domingo, 5 de mayo de 2019

Primer congreso de microrrelatos


Existe una sutil diferencia entre un cuento largo y una novela corta. Es por esta misma razón que muchas veces cueste englobar en una u otra categoría a algunas obras como Aura, El Perseguidor, Las batallas en el desierto, Querido Diego, te abraza Quiela, La muerte de Iván Ilich, El Principito, Memorias de mis putas tristes, etc. Los puristas se pondrán a analizar con la hermenéutica estructural para descifrar si aquel libro tan delgado como un par de galletas Marías es un cuento o una novela. En principio, ambos ocupan de un inicio, un desarrollo y un final para que puedan existir, y mientras los doctos siguen discutiendo dónde va la línea entre un cuento largo y una novela corta, vayamos un paso más allá para mostrar (no definir) la línea que se encuentra entre un cuento corto y un aforismo (o refrán, proverbio, adagio, o como guste llamarle).
El título del trabajo que estoy desarrollando como Trabajo Terminal tiene la espantosa cantidad de 10 palabras: «Implementación de algoritmos de conducción autónoma en vehículos a escala 1:10». No es de extrañar, pues muchos títulos de tesis son tan largos como pretensiosos, no hablemos de los artículos de revista científica que a veces tienen títulos tan largos para ocultar su falta de contenido. Otros casos que hay que tomar en cuenta son aquellos textos literarios que con un título largo resumen de manera fidedigna el contenido que tratan de esconder. Me refiero en específico a «La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada», aquel cuento largo (o novela corta, antes de entrar en debate) cuyo ferroviario título de seguro no cupo en las carteleras de los cines cuando se estrenó la película basada en el libro. Con sus 14 palabras, supera con creces al que por mucho tiempo fue considerado el cuento más corto de la lengua española, aquel que escribió el guatemalteco Augusto Monterroso y que dice «Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.», y cuyo título es El Dinosaurio, con sólo 7 palabras.
Por su parte, la generación perdida hizo lo suyo para darle vida a los microrrelatos. Por ejemplo, Hemingway consideraba una de sus obras maestras un texto de 6 palabras (por encima de Por quién doblan las campanas). El texto, homónimo del título, en inglés dice: «For sale: baby shoes, never worn», que en español una traducción adecuada pudiera ser «Vendo zapatitos de bebé, sin usar». Si alguna vez usted ha leído Adiós a las armas, de seguro a la mente le vino un grito de sobresalto y tristeza (¡Catherine!), de otra manera de seguro no pudo tragar la saliva por el nudo que le cerró la garganta. Este pequeñísimo cuento no es tan bien conocido, esto ya que en la lengua inglesa se considera que el cuento más breve con el que se cuenta es el que dice: «The last man on Earth sat in a room. There was a knock on the door», y otra vez por la magia de la traducción se tiene: «El último hombre sobre la Tierra está sentado a solas en una habitación. Llaman a la puerta». No obstante, el relato de Hemingway sigue haciendo escuela, tanto que la revista Wired convocó a un concurso de microcuentos basado en las 6 palabras de Hemingway. En el concurso hasta Arthur C. Clarke participó con una propuesta tan larga como los dedos de las manos, y versa así: «God said, “Cancel Program GENESIS.” The universe ceased to exist», y lo podemos traducir como «Dios dijo, “Cancelen el programa GENESIS.” Y el universo dejó de existir».
Uno de mis microcuentos favoritos (y posiblemente también mi cuento favorito) lo conocí en la secundaria. Se trata de El migrante de Luis Felipe Lomelí y por años lo he confundido. En primer lugar les dejo la versión original:
«–¿Olvida usted algo?
–¡Ojalá!»
Y ahora les dejo mi versión personal:
«–¿Volverá usted?
–¡Ojalá!»
La diferencia es sutil, sin embargo existe. Por un lado tenemos a un personaje que se va y otro que va a extrañar a quien se despidió ya con anterioridad. En otro no importa si hablamos de migrantes, el ímpetu del cuento aplica para poder hablar de ellos, de amantes, de amigos, de mascotas y cualquier escenario en que se deba volver (a la Tierra, al lugar en que uno fue feliz, a casa…). De manera independiente, los signos de interrogación y de admiración alargan el cuento, y convierten esas 4 (o 3) palabras en una historia llena de nostalgia, melancolía y no sé qué más. Como adivinarán, mi versión favorita es mi versión personal, que es un microrrelato diferente y, dicho sea de paso, más corto, aunque no rivaliza con el que es considerado como el microcuento más corto del mundo. Juan Pedro Aparicio escribió Luis XIV, y basado en su popular frase «El estado soy yo», hace una síntesis en su estado más puro como «Yo». Y eso es todo.
No se puede hablar de un microrrelato con una extensión menor a una palabra, pero no falta mucho para que todo resulte como un mal chiste cuando alguien declare que escribió un cuento de extensión menor a una letra y que su transcripción íntegra es: «Casio», o que alguien después escribió un cuento con una extensión menor a eso con una transcripción que nos dice: «Nicasio». Hasta que ese día llegué, que Dios nos ampare no cancelando el programa GENESIS, que el migrante vuelva porque olvidó algo (o dijo olvidar), que se vendan esos zapatitos de bebé y que cuando despertemos de este mal chiste, el dinosaurio siga allí.