De entre los planes que tuve para este año, el de escribir fue el que menos completé. A finales del año pasado hice un compilado de libros que iba a diseccionar y de los cuales tomaría algo que me inspirara. La mayoría largos y complicados como el de David Foster Wallace o el de Daniel Sada, dos caras muy opuestas de la misma moneda posmoderna, etc. Al darme cuenta de que pequé de aficionado dándome tantos ánimos, me conformé con un paso más lento del que el trabajo de docente permitía darme para el ocio. Sin embargo, de entre esa lista tomé uno que me llamó mucho la atención desde hacía por lo menos dos años. Roberto Bolaño entró en mi imaginario cuando pude leer 2666 en abril de este año que ya agoniza, sin premura ni pretensiones de ningún tipo. Se dice fácil pero hay muchísimo más debajo de ese enunciado. Entrar a su vez en el imaginario de Bolaño fue directo y sin preámbulos, y así recomiendo que sea para quienes lo vayan a leer. De Roberto Bolaño se ha dicho mucho, se está diciendo mucho, y sin embargo acá no llegan noticias de él. Es un autor con el que pasa un fenómeno curioso, por decir lo menos, pero más tarde diré algo sobre eso.
Por allá de abril o mayo empezó la ola de calor que nos azotó a todos y, con una coincidencia extraña, me puso de alerta para adentrarme en lo que tenía entre manos. Y es que para empezar, 2666 es un libro que se sufre, de muchas formas. 1,200 páginas, 5 novelas en una, personajes que entran y salen como un río de fantasmas y, si el adjetivo macabro aplica también, una lista más larga todavía de mujeres muertas que aparecen una por una como gotas de lluvia. Todo, o casi todo, transcurrido en el desierto de Sonora, o de Chihuahua según se vea, en una Ciudad Juárez que para no ser tan directos se le llamó Santa Teresa. La lista de muertas crece como la profundidad de una arena movediza, y con detalles tan explícitos como terroríficos de su asesinato o del lugar en el que aparecieron. El libro transcurre en historias relacionadas entre sí y que tienen como centro principal, precisamente Ciudad Juárez, vista como el agujero más profundo de donde sale el mal en su expresión más pura, o distorsionada, también, según se vea, y que se vuelve una metáfora del horror más salvaje en un lugar en el que aparentemente no pasa nada. Pero es que así es México, ¿no? El giro inesperado que Bolaño le da a este, en palabras de Stephen King sobre el libro, “mural sobre una sociedad golpeada por la pobreza que parece que se está comiendo a sí misma” tiene que ver con el epígrafe de Baudelaire que utiliza: “Un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento”. Y Stephen King concluye: “¿Y a quién le importa? A nadie, eso parece”. El terror que uno vive leyendo este libro es inmenso, pero no por los elementos que vuelven clásico al género, la distorsión de los elementos familiares sobre los que estamos acostumbrados, sino precisamente lo contrario: lo excesivamente familiar de los eventos que pasan en sus páginas. En algún momento del libro, asocian esta locura colectiva, y apatía colectiva, al calor del desierto, como si el terreno y su clima extremoso regresara a las personas a sus condiciones más animalescas y crueles. Aunque, incluso aquí se queda corto ese argumento. Pero vuelvo a lo mismo, así es México, ¿no? Sin ir más lejos, este libro previó con décadas de anticipación nuestro propio cinismo e indiferencia hacia el horror que viven las personas día con día en este país. Y las razones son claras.
El 2024 fue uno de los más convulsos que tuvo México desde la pandemia. Cualquier año electoral es inestable, pero este estuvo cargado de un bulto de mezquindad y cinismo especialmente aberrantes por parte de los políticos y de sus seguidores. Se implementaron reformas de muy amplio alcance y completamente contrarias al status quo, o a la idea del status quo, que teníamos todos nosotros y que pusieron a prueba nuestra capacidad de entender y defender a la clase política, así sea a punta de machete, porque los mexicanos, solidarios en muchas cosas, también sabemos encontrar y sacar a la luz lo peor de nosotros mismos. Y el 2024 también fue el año en el que 2666 cumplió veinte años de su publicación, un año después de la muerte de Bolaño, como el testamento oscuro y perturbadoramente real de lo que se vendría en los siguientes años. Pero sin divagar tanto, Bolaño entendió mejor que nadie el espíritu del mexicano que estaba por entrar al nuevo milenio y que salía de las postreras del siglo XX. Un chileno que llevaba más de veinte años viviendo en España entendió más al mexicano de lo que toda una generación de intelectuales educados en las mejores escuelas pudo. Un escritor al borde de la muerte y en la pobreza más absurda, que sólo llegó hasta la secundaria, hizo más de lo que cualquiera de nosotros siquiera imaginó lograr. Nos dio la brújula para entender nuestro propio espíritu en medio del hipercapitalismo y de la condición salvaje y bronca de nuestro ser. Este año vimos como el dolor del drama que vive el mexicano todos los días quedaba de lado, lo minimizamos como siempre que no nos importa algo o que no estamos dispuestos a entender. Así, el horror se volvía un oasis al cual podíamos escapar después de cruzar el desierto de nuestra propia indiferencia.
Las razones de Bolaño sobre el por qué aparentemente no parece importarnos el dolor ajeno es muy clara, pero está escondida de forma sutil, nos mira desde el bosque de horror en el que cada vida se acumula como una pila de paja y en el que entonces uno necesita armarse de valor para seguir leyendo. La primera razón es simple: porque son pobres. En 2666 las víctimas son más de 400 mujeres, las cuales todas viven cerca o en colonias marginadas de Ciudad Juárez, con la escasez de recursos más extrema, y de las que se sabe poco o nada porque no figuran en el mapa del capital. Son mujeres, muchas, que trabajan para el proyecto de maquiladoras que inició entre los setentas y ochentas y que estaban destinadas a las zonas de escasos recursos. La idea de que las maquilas mejorarían la calidad de vida de los lugares en donde se instalan fracasó y logró que se generaran guetos de pobreza al rededor de ellas. Nuestra indiferencia hacia la gente de menor categoría que nosotros, si es que eso siquiera tiene sentido en un país con más del 50% de pobres, ha sido determinante para que nos volvamos cínicos ante el dolor colectivo. La otra razón es que, de alguna u otra forma, no hay un verdadero interés por parte del Estado en resarcir los daños que sus propias decisiones económicas han creado en los estratos más pobres. La policía y los agentes de seguridad en Santa Teresa son ineptos por decir lo menos, holgazanes y poco proactivos. A la gran mayoría se le retrata como hombres viejos que no tienen ningún escrúpulo por mostrar su desprecio hacia las mujeres y que hacen todo lo posible por ralentizar los procedimientos; que desprestigian y castigan a los agentes que sí quieren hacer su trabajo y vuelven un muro infranqueable de lentitud e inutilidad cualquier intento de poner en marcha el sistema judicial. Ahora, si alguien lee esto, estoy completamente seguro de que se dará cuenta de que eso no tiene absolutamente nada de diferente a como son las cosas ahora, aquí mismo incluso. Más aún, hay una parte en la que se especula que Santa Teresa sea la capital mundial del cine snuff. Las películas snuff son el escalón más bajo dentro de la industria pornográfica, porque los asesinatos de mujeres que muestran en video son reales. Se dice mucho, sobre todo en el sistema judicial estadounidense, de que esas películas ni siquiera son reales porque darían evidencia directa del lugar en el que se realizó y de al menos una persona que estuviera involucrada en el asesinato. Las volvería una fuente de primera mano para la incriminación de los ejecutantes y no tendría sentido ser así de tonto como para inculparse a sí mismos, y en video. Pero, según La Parte de Fate en el libro, en México, y en Ciudad Juárez específicamente, tendría todo el sentido del mundo hacerlas porque el sistema de justicia nunca iba a dar con los responsables debido a su propia ineptitud. Y aunque yo aquí puse razones, dentro de su infinidad de ramificaciones, el libro parece más bien querer decirnos que, como Einstein, “la verdadera respuesta se encuentra en los corazones de todos nosotros”.
Terminar el libro deja una combinación de desasosiego y de descanso muy contradictoria. Da la sensación de que la vida no vuelve a ser la misma, y en esto no exagero en lo más mínimo. Porque quizás Bolaño exige que la vida no vuelva a ser la misma. Cada libro de Bolaño es así. No alecciona a nadie, no quiere educar a nadie, no pretende ser quien dé las tablas de la ley. Sólo nos expone en nuestras condiciones más miserables para que, si somos lo suficientemente atentos y tenemos un pequeño gramo de autocrítica, podamos por fin ver nuestra absurda y patética máscara de realidad que hemos creado a base de cinismo y de indiferencia. Nos deja ver que nuestras aspiraciones de dinero y poder se vuelven mero capricho infantil cuando la realidad en su forma más cruda se impone ante nuestros ojos.
A partir de aquí interrumpí la lista de libros que había hecho a finales del 2023 para hacerme con todo lo que pudiera de Roberto Bolaño. La tarea fue ardua, pero siempre, siempre, fue gratificante. Bolaño, desde 1996 hasta 2003 que fue su torrente de publicaciones, meteóricas y en un periodo tan corto como la carrera de los Beatles, hacía libros diferentes entre sí, algunos largos y divertidos como Los Detectives Salvajes, cortos melancólicos y de la belleza más sincera como en Amuleto, u otros literalmente enciclopédicos como La Literatura Nazi en América. Con un ánimo y un trasfondo personal que hace que cualquiera de nosotros sienta algo de vergüenza de nuestra auto conmiseración, Bolaño escribió todo al borde de la muerte, a la espera de un transplante de hígado que nunca llegó, y en medio de las situaciones económicas más precarias. Cualquiera que quiera escribir tiene más que aprender de Bolaño que muchas de las vacas sagradas que hemos inflado y que hacen gala de un talento más bien mediocre en comparación, darse cuenta de esto es como vivir la parábola del Traje Nuevo del Rey en la literatura. Al menos a mí, con el reflejo que se me reveló al leer sus libros y la humildad con la que los confeccionó, me dejó el impacto más grande que he tenido de cualquier obra de arte desde que tengo memoria. Yo no sé escribir sobre literatura, y sin embargo aquí me tienen todavía.
Después de un tiempo, me di cuenta de que con Bolaño ocurría algo curioso. Entra en una lista larga de autores sin patria. En Chile apenas en tiempos recientes se le rinden homenajes, en México (donde vivió unos quince años pero donde suceden la mayoría de sus obras) su adopción en los círculos académicos ““serios”” lleva retrasada ya muchos años. Y sólo en España ha tenido un cierto reconocimiento, donde publicó toda su obra y pasó el resto de sus días. Se dice que Los Detectives Salvajes es la mejor novela mexicana desde La Región más Transparente y a pesar de eso no parece entrar en el canon de las letras mexicanas, ni ahora ni en el futuro próximo. Siendo quizás el espejo humeante más impresionante y profundo que podamos encontrar para entendernos a nosotros mismos en el 2024 y en los años que quedan por venir. Sobre a qué país le pertenece Bolaño será quizá lo más cerca que estaremos de una Cuestión Homérica de largo alcance en Latinoamérica.
Quizá para entender la indiferencia del académico mexicano hacia Bolaño haya que recurrir a Chomsky en La Responsabilidad de los Intelectuales y darnos cuenta de que nosotros como país somos muy renuentes a algo muy particular, porque “qué fácil es poder ver las cosas, y poder contarlas tal cual son”. Pues eso. A veces el trago amargo que genera la imagen en el espejo es demasiado difícil de pasar, sin dejar decirnos las cosas tal cual son.
Gracias por tanto, Bolaño, perdón por tan poco.

