jueves, 9 de abril de 2020

Linkin Park, A Thousand Suns y el 2020: crónica de una revelación anunciada.



Cuando la década ante pasada terminó, me topé con una lista muy curiosa. Siempre al final de las décadas hacen las listas de lo mejor que hubo, discos, canciones, videos, artistas. También de lo peor y lo menos memorable, que rememoramos porque la condición morbosa siempre pesa más de lo que admitimos. Pero, también del punto medio, y eso fue lo que me sorprendió. Rolling Stone hizo una lista de los discos más infravalorados de la década. Los 2000s fueron muy predecibles musicalmente, Indie Rock, Gangsta rap que agonizaba, el inicio del EDM. Esta lista tenía en primer lugar al Sam’s Town de The Killers como el disco más infravalorado de la década. Le eché un vistazo al Metacritic y sí, efectivamente, las reseñas fueron malísimas. Y el disco siempre ha sido uno de mis favoritos de la vida. Si es un mal disco, la verdad es que es una mentira, porque no lo es, pero lo otro de si es lo que Brandon Flowers calificó como el “álbum que mantendrá al rock and roll a flote”, pues eso también es bastante discutible.

Hace diez años yo me acababa de topar con el nuevo disco de Linkin Park. Estaba en la secundaria y lo que siempre tuvimos a la mano fue el Nü metal y el Rock pesado de hacía ya treinta años. Con esto, me tocó ver cómo Linkin Park lanzó un disco que estaba condenado al fracaso. Por muchas razones. La primera era un disco completamente diferente a lo que habían hecho hasta entonces, en todo sentido. Y la segunda, no apelaba al público joven del que siempre se habían nutrido durante tanto tiempo. Y proporcional a su fracaso, fue que creció en mí como uno de mis álbumes más entrañables de esa época. También quizás el disco más infravalorado de la década que terminó hace unos meses. Y justo como pasó con los The Killers, aún no se le ha hecho la justicia que merece. Este año es el décimo aniversario de haber salido, y más allá de haber sido la-obra-en-turno de la banda, parece que fue relegado al olvido. Injustamente, por supuesto que sí.
A Thousand Suns es una obra de arte. Así de sencillo. Intricado en el detalle, y secuenciado como una maquinaria compleja de principio a fin. El primer y único disco conceptual que creó Linkin Park, el más inusual e impredecible de todos. El más humano y el más acorde a los días por demás extraños que estamos pasando en estos momentos, de los que no tenemos idea alguna de cómo nos irá en los próximos meses.

Yo me topé con “The Catalyst” cuando salió. Una pista convencional, con los rapeos tan característicos de Mike Shinoda y los coros melodramáticos de Chester Benington. Nada en especial, nada que no hayan hecho antes, salvo por un factor electrónico más marcado que nunca. Linkin Park siempre han tenido a un tecladista que hace las veces de DJ cual banda de rap que funciona con samples. Pero ahora, este sampleo se ve menos claro y su producción empezaba abarcar un rango mucho más amplio. Aunque apenas lo advertí cuando la escuché por primera vez. La verdad me gustó más porque tenía noticias frescas de Linkin Park que porque en verdad fuera una canción buena. Así pues, cuando en los meses siguientes los sencillos y los videos continuaron saliendo, no presté demasiada atención. Sin darme cuenta de que el disco salió casi inmediatamente.
Hasta que un día, muchos meses después “Burning In The Skies” apareció por ahí. Recuerdo que la escuché de pasada, y que sólo me pareció familiar por la voz de Chester, porque por lo otro no se parecía en nada a lo que tenía yo tan familiarizado. Y me gustó, demasiado. Luego me hice del disco como pude y henos aquí.

El desastre de Fukushima estaba fresco por esos días. La idea de que hubiera un desastre tipo Chernóbil ya en pleno siglo XXI recuerdo que fue motivo de mucha discusión en las noticias. Y de que el cuchillo de Damocles de la energía nuclear estaba siempre pendiendo de todos, por alguna razón. Por eso, cuando escuché la voz de Robert Oppenheimer en “The Radiance” la primera vez, supe que tenía que regresar a verlo todo desde el principio y poner atención. Se me estaba escapando todo y no concluía nada para entenderlo. Entonces, lo primero fue ver quién era Oppenheimer. El Proyecto Manhattan hizo la primera bomba nuclear para vencer a Japón en la Segunda Guerra Mundial, y Rober Oppenheimer como director dedicó unas palabras, tan crípticas como ciertas, que decían: “sabíamos que el mundo no iba a ser el mismo, algunas personas se rieron, otras lloraron, la mayoría estaban callados. Recuerdo esa línea de la escritura hindú el Bhagavad Gita, Vishnu está persuadiendo al Príncipe de que haga su deber, y para impresionarlo, tomó su forma con múltiples brazos y dijo, ‘me he convertido en Muerte, el destructor de los mundos’. Supongo que todos pensamos eso, de alguna forma u otra.” Y ahí fue donde el concepto de A Thousand Suns cobró sentido, porque Oppenheimer en otra ocasión hizo alusión al cataclismo nuclear como si se juntara el equivalente al “brillo del mil soles, sería igual al resplandor del Todopoderoso”.

Para este momento, “The Requiem” había pasado sin pena ni gloria, pero también cobró sentido cuando entendía que contenía versos de “The Catalyst” a modo de obertura. La sola idea de tener dos introuducciones me pareció rara, porque sí se sentía un poco tediosa la secuencia, hasta que “Burning In The Skies” aparecía. Y aunque ya habíamos visto a Mike Shinoda cantar en Minutes to Midnight, acá era la primera voz de la banda que lo hacía, con un tono desesperado y fingiendo una falsa calma tranquilizadora. Pero regresemos un poco otra vez. Describir canción por canción no ayuda mucho. Por la razón de que, aunque es un álbum conceptual muy bien armado y estructurado, la verdad es que canción por canción suena muy inconexo. Hay interludios, pasajes electrónicos ambient a mitad de las canciones que no parece que tengan mucho sentido, y que probablemente fuera lo que polarizó tanto a la crítica. Lo impresionante fue ver esa modalidad tan compleja de armar un concepto para un disco en una banda como Linkin Park. De entrada, relegada al melodrama y a la tendencia más comercial del Rock de aquellos años. Con esto en mente y después de varios meses de escucha desde entonces, A Thousand Suns está dividido en tres partes, como suites, de cinco pistas cada una. Esto se nota por el cómo hay un silencio cuando termina cada parte, y por cómo hay un seguimiento en la secuencia dentro de ellas.

Casi cada suite puede tratar un tema en específico. Y así, aproximamos. Vemos que son tres etapas en la evolución de una guerra nuclear o de cataclismo humanitario debido a esto. “The Requiem” es la introducción al mismo, con los versos de “The Catalyst” cantados como letanía, y da paso al humor completo del disco. “The Radiance”, por su ritmo vertiginoso puede ser precisamente el punto entre una explosión nuclear y el inmediato efecto que hay cuando recobramos la idea de qué es lo que pasó exactamente. Con la voz de Oppenheimer más relevante que nunca, y con tambores electrónicos haciendo un ritmo tribal. Aquí me di cuenta de algo, porque el uso de sintetizadores nunca había creado tanta textura como antes en un trabajo de Linkin Park. Aquí se palpan las resonancias de cada ataque al tambor, y las líneas de teclado que hacen la forma de un tic tac del reloj parecen como vidrios que se quiebran a cada golpe. La precisión en el detalle es algo que advertí apenas en esta parte, pero que sería mucho más visible luego. Entonces, “Burning In The Skies”. El ritmo de rock alternativo suave es lo que predomina aquí. Con guitarras limpias, y voces no muy procesadas. Hay un piano preponderante que con su limpieza le da mucha intimidad a una pista que pintaba a sonar un poco mecánica. Sin embargo, las letras no son tan amigables como lo es la música misma. Mike y Chester dan un panorama general de lo que parece ser el desastre nuclear recién sucedido, con el verso iniciando “I use the dead wood to make the fire rise, the blood of innocence burning in the skies”. De manera alegórica, lo obvio es el mensaje a la niñez y la parte desprotegida que siempre paga las consecuencias por actos de los adultos. La verdad es que trata de la condición humana en general de forma más pesmista, cuando en el segundo verso dice: “we held our breaths when the clouds began to form, but you were lost in the beating of the storm, and in the end we were made to be aparte, like separate chambers of the human heart”. Es oscura, sin mucho lugar al optimismo. Después de un interludio bélico, en español por cierto, en “Empty Spaces”, “When They Come For Me” viene a terminar la parte de manera épica. Es el primer rap de Mike Shinoda que me gusta de verdad. El enfoque electrónico es inmejorable aquí y suena de maravilla. La textura de toda la pista es abrasiva y no da un solo respiro. La letra está más alejada del concpeto del disco, pero su humor militar y al mismo tiempo como pagano la vuelve la mejor pista de todo el disco. Es agresiva, y llena de contrastes. No fue difícil entender como con cinco pistas en la primera parte, sólo tenías dos canciones convencionales propiamente, las demás son interludios o bien pasajes para sentar el ánimo.

“Robot Boy” inicia la segunda parte, que junto con “Waiting For The End” tienen un ambiente más optimista, pero a secas. No son mis favoritas del disco, definitivamente. Esta parte más bien trata con las secuelas sociales que puede dejar un desastre así. “Jornada del Muerto” es el desierto donde se hizo la prueba Trinity de la primera bomba nuclear, a la que alude Oppenheimer, y al estar cantada en japonés su referencia a las bombas caídas en Hiroshima y Nagasaki se vuelve también obvia. “Blackout” puede llegar a ser por momentos muy cursi, y muy contrastante. Entre su pretendida agresividad y su melodía la vuelven un momento extraño en el álbum. Hasta ahora, esta segunda parte lidia con las consecuencias morales de la situación, los dilemas morales que asoman cuando la responsabilidad cae en los individuos. Detallan la mentira y la falta de ética. Finalmente, “Wretches And Kings” habla del poder, de la forma en cómo una situación límite lleva a todos a cuestionarse si las acciones de las personas en el poder en verdad son las equitativas, y justas, para toda la población. Usualmente este nunca es el caso, y de ahí que la canción tome ese ritmo vertiginoso, muy similar al de “When They Come For Me”. Aquí también da un preámbulo de la tercera parte en cuanto a que es un llamado a la justicia social de cierta manera.

La última parte inicia igual de oscura y reveladora al mismo tiempo que en “The Requiem”. “Wisdom, Justice And Love” musicaliza un discurso dado por Martin Luther King Jr. en el que habla sobre cómo la compensación moral por los hechos ocasionados por algo que marca un giro enorme en nuestra comprensión de los valores no puede simplemente sanarse con buena voluntad y justicia, sino que es algo que casi nunca se resuelve del todo. Aquí están las palabras más claras de lo que dice el disco o intenta decir. De que después de hacer y ver todas las atrocidades que se cometen por orden de guerra, ni las consecuencias que tienen en las familias y en las vidas de los demás pueden simplemente compensarse con cosas obvias como “sabiduría, justicia y amor”, sino de que las huellas son mucho más profundas, si es que se llegan a ver algún día. “Iridiscent” llega a poner una nota mucho más optimista, la única completamente así, en la que la música y la letra están en perfecta sincronización, tanto en humor como en estructura. Fuera de contexto puede sonar muy cursi y predecible, pero en dentro del marco del disco, cae como anillo al dedo en momentos muy oscuros para un disco oscuro. “Fallout” es un interludio como lo fue “Jornada del Muerto” en el que se repiten las frases de “Burning In The Skies”, para dar paso a “The Catalyst”. Esta pieza da el sentir apocalíptico y resume no sólo esta parte del álbum, sino al álbum mismo. La parte más humana está aquí en el que se tiene que ver a futuro después de un cataclismo así, y de cómo las secuelas son las que se quedan, más allá de las decisiones de aquellos en el poder, o de los daños materiales que se tengan que reparar. También es una especie de análisis sobre la negligencia de todos nosotros, o eso me gusta pensar. “The Messenger” es inesperada, es acústica, completamente diferente a todas las pistas, en la que la voz sin retoques de Chester suena limpia y sincera. Y aquí, la frase que lo suma todo: “when life leaves us blind, love keeps us kind”. También es de mis favoritas, por ser directa al punto, y por no dejarse llevar por una producción tan maximalista como lo fue todo el disco, que aquí termina.

A Thousand Suns fue un experimento que le costó a la banda cierta credibilidad. Credibilidad en el sentido más frívolo posible, que es el que rige los gustos masivos y el mercado musical. Tan es así que no volvieron a hacer algo semejante y en su lugar utilizaron los elementos que desarrollaron en este disco para hacer cambios más acordes a lo que la banda ya hacía. Menos pesados, menos dramáticos, más enfocados en la escritura misma de las canciones. No me gusta ver a este disco como uno de transición, que son tan comunes en las bandas. Tiene un carácter propio y un significado más profundo del que se habla siempre, si es que alguien ha vuelto a hablar de él.

Bueno, tal parece que estos días se han escapado a nuestra comprensión. No hay precedente cercano a lo que está sucediendo ahorita y todo parece apuntar a que estamos improvisando y tanteando nuestra suerte como especie mientras cae una nueva revolución forzada en nuestro pensamiento. La actual pandemia nos ha demostrado que muchas cosas deben cambiar, ha desenmascarado a un sistema económico que trata a sus empleados como basura cada vez más agresivamente pero que sin ellos toda su maquinaria se cae como un castillo de naipes en un huracán. Hasta pareciera que el virus fue hecho de modo que si no existe una colaboración genuina entre el poder y el pueblo todo esto se puede ir a la alcantarilla en poco tiempo, y ese es quizás el reto más importante que nuestra civilización ha afrontado. Hace poco me topé con un artículo del Imperial College sobre los modelos de mitigiación en el que el encabezado decía “We’re not going back normal”. En ese preciso instante la frase de Oppenheimer de “we knew the world would not be the same” vino a mi cabeza y volví a A Thousand Suns buscando la sabiduría que creía tener cuando lo escuché por primera vez, topándome con el muro rígido de la incertidumbre a estas alturas. Porque cualquier cosa que podamos pensar como solución se nos escapa de las manos. Y porque ese encabezado del Imperial College sólo corroboraba lo que ya estábamos presintiendo, que las cosas a partir de ahora no iban a ser las mismas. Pero no sólo eso, reacomodar el sistema económico es la parte más fácil, digan lo que digan, lo verdaderamente importante es algo de lo que no tendremos noticia hasta muchos años después, y es qué queda de nosotros como individuos en sociedad. Qué valores nos regirán a partir de hoy. No pueden ser los mismos, el disco lo dice, porque tal parece que la condición humana es estar separados como los vasos en el corazón humano.

A Thousand Suns reverberó en mi cabeza hoy más que nunca como una postal de lo que podía ser el futuro, un futuro que yo imaginaba lejano y que nos está tocando ver de primera mano frente a nuestros ojos. Hace diez años, cuando todo parecía no ir más allá de lo normal. Para bien o para mal, cuando existe un cambio en nuestra forma de pensar, radical, no puede existir éste sin primero purgar, por decirlo de alguna forma, todas las cosas que nos describen en colectivo y que ya no pueden continuar, o haremos esto un infierno aquí en la Tierra. Lo peor de todos nosotros debe exponerse para poder ser evitado en el futuro, y para eso habremos de enfrentar la cruda verdad de que aparte de crear y de ser los motores del progreso somos los seres más perversos y mezquinos que habitan en este planeta. Ya lo estamos viendo, desde nuestros gobernantes, desde la calle en la que vivimos. Así, este disco está más vigente que nunca porque nunca pensamos que algo así iba a ocurrir. Y la verdad sea dicha, las soluciones quizás estén más allá de lo que nosotros vemos como obvio, tal cual dice la banda en palabras de Martin Luther King Jr. Como dijo Bob Marley: “emancipate yourselves from mental slavery, none but ourselves can free our minds”.  Hoy más que nunca, espero que no nos toque ver los estragos de mil soles ardiendo, pero quizás sólo así encontraremos la luz suficiente para iluminar un futuro que se cae. ¿Al Todopoderoso? Bueno, puede que también.

viernes, 3 de abril de 2020

Tokio Blues: Norwegian Wood

En una entrega anterior, hablé de mi primer acercamiento al escritor nipón Haruki Murakami, en aquella ocasión hablé del libro «Los años de peregrinación del chico sin color». En la reseña que ahora escribo, les hablo acerca de mi segundo acercamiento a autor, ahora a través del libro «Tokio Blues: Norwegian Wood». Se trata de una novela que no es necesaria para comprender al autor y sus pretensiones (porque, ¿qué es un escritor sin pretensiones?), mas es de gran ayuda para mostrar una de sus facetas.
La dinámica de la novela es diferente: se siente diferente desde el fuerte intento por conciliar la cultura oriental de su país con la cultura occidental que comenzaba una fuerte invasión en un Japón debastado por la guerra y el poder del átomo. Era un amplia posguerra, habían pasado algo más de 20 años y la nación del sol naciente tenía aún traumas que se reflejaban en la juventud que se escapaba de las cicatrices para salir a tomar las calles.
Por inicio de cuentas, la historia es protagonizada por Toru Watanabe, quien es un estudiante en una escuela de teatro de Tokio. Tres cuartas partes de la historia transcurren con Watanabe viviendo en una casa de estudiantes, dejando el resto de la historia al mismo Watanabe ahora viviendo en un cobertizo que rentaba. La historia comienza cuando un Toru ya mayor en edad, que inicia un largo viaje al pasado cuando escucha Norwegian Wood de The Beatles. Todos tenemos una canción que nos transporta a otra época: en este caso la canción de The Beatles llevó a Watanabe de viaje a los días de su juventud en que se perdía con Naoko en los trenes y estaciones del metro de Tokio. El viaje estuvo accidentado con varios topes en la memoria que le hicieron recordar cómo le prometió a Naoko que no la olvidaría; se lamentó tener que escuchar Norwegian Wood para poder llamar a Naoko de vuelta a su mente.
Desde el momento en que ella acude como un personaje a la historia, todo el tiempo transcurre como un ente de dimensión lineal, con excepción de los momentos en que es necesario usar la memoria para referirse a cualquier otro hecho que cobra relevancia. Entre los momentos a los que viajaba Watanabe en su memoria, con frecuencia se encontraban con los años de instituto cuando su mejor amigo era Kuzuki, quien además era el novio eterno de Naoko. Varias veces en la historia viaja al recuerdo de la última vez que jugó billar con él, la tarde anterior a la noche que él se suicidara. Por azares de la historia que se teje, varios años después Toru y Naoko se encontrarían en el metro de Tokio y juntos recorren las estaciones, sin saber cuál de todas esas sería la última vez que se verían juntos antes de que ella se recluyera en el sanatorio.
La primera ocasión que leí a Murakami, el autor mostraba una dominación espiritual que sostenía la historia, y ahora algo se sentía diferente en todo esto. El autor muestra una amplia influencia kafkiana que se manifiesta en la tragedia de los suyos y la eterna búsqueda de asegurar un futuro que ha partido lejos hace ya un tiempo. Junto con esos guiños, el autor se apropia de otros al incluir en las lecturas del protagonista La montaña mágica, un chiste de mal gusto cuando se dirige a visitar a Naoko en el sanatorio mental. Ahí conocen a Reiko (primero Naoko al ser su compañera de cuarto, y después Toru al visitrarlas), quien es un personaje que en una adaptación cinematográfica debe ser interpretado por Jane Lynch. En su habitación, después de todas las actividades recreativas en el sanatorio, las compañeras Reiko y Naoko se conocieron de más de una manera y llegaron a ser amigas, y en las tardes de lluvia cuando ya no había nada que hacer, era Reiko quien aprendía a tocar en guitarra cualquier canción después de haberla escuchado tres veces. Fue así como recibieron a Watanabe con una Fuga de Bach, después un popurrí de Simon & Garfunkel y de The Beatles; para entonces se le pedía permiso a Naoko para tocar Norwegian Wood que siempre la hacía llorar, y después cerrar tocando de nuevo esa Fuga de Bach. Tal vez esa era la razón por la que Norwegian Wood movía los recovecos de su memoria y siempre lo llevaba a los campos circundantes del sanatorio cuando le prometió que no la olvidaría.
La música vuelve a ser un elemento importante en la obra de Haruki Murakami, pero lo que le da a esta novela su título no es su obvia inclusión de la música como motor; se trata de ese compás que mueve a la historia: ese síncope improvisado del vaivén del protagonista en Tokio. Primero cuando a su llegada su compañero es Tropa-de-asalto, luego como compañero de parranda de Nagasawa y de manera incidental con Hatsumi —la novia de éste—, Midori Kobayashi como la chica medio loca que llega en el peor momento para desequilibrar su vida. Toru Watanabe ve la vida con Naoko apenas ella salga del sanatorio, no podía reñir con la idea de perderla a pesar de que Nagasawa lo llevara a conocer por el sexo fácil con las mujeres, ni cuando sintió el peso de todo el cariño que Midori sentía por él.
Volveré a leer a Murakami, ansioso.