Como ocurre todos los años después de la guerra civil, octubre es una de las cosas que llegan con seguridad y nos hace sentir como si tuviéramos animales en las tripas.
La época ulterior a «Cien años de Soledad» es un charco en el que varias de las obras de Gabo meten los pies y chapotean. Hay que agradecer al coronel Aureliano Buendía su lucha en cada una de las revoluciones en la que peleó en un ir y venir del partido liberal y el partido conservador. Hay obras que a manera de crónica hablan de las hazañas de este personaje, al que admiro mucho por lo que se dice de él más que por lo que hizo, así que no tendrá caso que esta reseña se engrose con material que no le corresponde. Si me tomé la molestia de invocarlo al pronunciar su nombre, sólo fue porque el personaje principal de esta novela corta (?) peleó a su lado en la guerra de los mil días de Colombia en ese tiempo añejo.
Del desfile de contiendas, los vencedores se quedaron con los puestos políticos y los vencidos se tuvieron que conformar con el amargo sabor del olvido (algo que casi ni pasa). Bueno, mientras todos estaban en la miseria de la desmemoria, el único aliciente era esperar la jugosa pensión que les prometieron por sus servicios a la nación, sin importar si pelearon del lado liberal o el conservador. El Coronel vive con su esposa y un gallo de pelea que heredaron de su hijo, asesinado hace unos meses. En un pueblo de esos donde la gente conoce hasta la intimidad dentro de la vida de sus vecinos, guardar las apariencias resultaba necesario para llevar la vida a cuestas, con lo que la esposa del coronel se enfocaba en estirar el gasto para poder alimentar la boca del gallo, la boca de su esposo, la suya propia y a ese asma que la embestía cuando cada quince días el Coronel regresaba de la oficina de correos con las manos vacías. La vida no era tan sencilla, la desesperanza provocada por la pensión que no llega se amortigua con el dinero que pudieran ganar cuando lleguen las ferias y el gallo pueda darles dinero ganando peleas, de momento la cuenta gorda era un pagaré a «cuando cante el gallo».
Gabriel García Márquez, a quien todos le llamamos Gabo por cariño, consideraba a «El amor en los tiempos del cólera» la obra por la que quería que se le recordara por representar la historia de amores contrariados que vivieron sus padres; «Cien años de Soledad» sería el libro que le dedicaría a Mercedes, y resultó ser el grifo por el que todos sus libros serían dados a conocer al mundo, incluyendo este cuento largo (?) en el que aún no se presentan los saltos en la historia ni los arrebatos de realismo mágico que caracterizan al buen Gabo. En este punto yo me paso a retirar, y tengo la inquietud por saber si le hice justicia a esta historia (lo más seguro es que medio párrafo no es hacerle justicia), pero ya no puedo agregar más texto sin empezar a copiar las frases componen la narrativa del libro.
Coda.
Estoy seguro que el coronel se entretenía leyendo las travesuras de Mafalda en el periódico. También estoy seguro que lamenta la pérdida de Quino, como todos nosotros.
