lunes, 16 de marzo de 2026

Formas de volver a casa

Ya antes les había hablado de algunos libros que leí de Alejandro Zambra. Inicié con Bonsái, luego La vida privada de los árboles. Ahora vengo a contarles del final de esa trilogía, con Formas de volver a casa.

He metido tanto la nariz en los libros de Zambra, y me he dado cuenta de que, desde Poeta Chileno para acá, sus libros han estado dedicados a Jazmina y/o a Silvestre.  Lo menciono porque acá inicia con una dedicatoria para Andrea Jeftanovic, lo que nos habla también de una época diferente en la vida del autor. Durante los años en que Zambra escribió esta trilogía, Andrea y Alejandro fueron pareja, y este libro deja registro  de ello, aunque sea de forma marginal, así el libro no trate de eso.

Esta dedicatoria, junto con un par de epígrafes, da algunas de las bases en que se sostiene la novela.

Ahora sé caminar; no podré aprender nunca más.

W. Benjamin

En lugar de gritar, escribo libros.

R. Gary





El niño que crece entre Valparaíso y Villa Alemana en los años 80. El adulto que, años después, intenta escribir una novela sobre esa infancia. El narrador que, siendo niño, se pierde mientras camina con sus padres y logra volver a casa. Perderse y volver a casa funciona para establecer una metáfora en la novela: buscar el camino de regreso al pasado.

Cuando hablamos de Chile, el presente y el pasado, la dictadura es algo que siempre retumba en la memoria. Aquí, hay una generación que vivió la niñez durante los negros años de la dictadura, y la vivieron como si fueran personajes secundarios de una historia protagonizada por los adultos.

A través de un encuentro con Claudia, su vecina, el niño que protagoniza esta historia comienza a intuir que los adultos viven en un mundo lleno de secretos relacionados con la dictadura. La novela muestra familias aparentemente normales que prefieren no hablar de política, y eso deja fantasmas por todos lados.

Claudia es importante, sin embargo todo no gira en torno a ella. Es la puerta que se abre hacia las preguntas más amplias sobre la memoria. Claudia es la vecina misteriosa, se conocen cuando le pide al narrador espiar a su tío. En la vida adulta sus caminos terminan cruzándose, y ambos intentan reconstruir el pasado a partir de una memoria incompleta. Mientras más se rasca la memoria, mientras más se escribe y se reescribe, no saben cuánto de lo que recuerdan es real y cuánto se destruye al intentar reconstruir.

Esto me lleva a comentar lo que decía arriba de los epígrafes y que me parece relevante. Creo que el libro entra en el terreno de la autoficción, y a través de su encuentro con Claudia reflexiona sobre su relación con sus padres y su vida como escritor. Intenta comprender si fue un espectador o parte de una generación marcada por el silencio político de los adultos. El narrador es escritor. Intenta escribir una novela sobre su infancia. El libro que el narrador está escribiendo, es prácticamente el mismo libro que uno lee. Leemos la novela, pero también el proceso de escribirla, mientras se pide permiso al pasado para contarla, como si ese derecho sólo le perteneciera a los que la vivieron.

Trata sobre cómo escribir sobre el pasado sin apropiarse de la historia de otros. Escribir es una forma de volver a casa.