domingo, 5 de octubre de 2025

Mañana y tarde

Primer acto

Un hombre nace. La mañana, el inicio del día, el alumbramiento del sol. El nacimiento.


Segundo acto

Un hombre muere. El milagro de morir. La tarde, el Sol comienza a ocultarse, todo se hace oscuro. La muerte.


Primer acto

En un pueblo pesquero de Noruega, nace Johannes, quien es hijo de Olai, quien decidió ponerle ese nombre porque su padre se llamaba Johanes, y uno debería ponerle a un hijo el nombre de su padre.


Segundo acto

Johannes despierta y, después de vivir varios años, la vida se la ha acabado; sin embargo, él no se ha dado cuenta. Cuando sale al pueblo, encuentra en su camino gente que ya ha muerto, la realidad es distinta, él se da cuenta que está dejando el mundo.


Telón



No se trata de una narración de hechos que ocurren uno tras otro. No es el viaje del héroe o alguna de las siete historia arquetípicas. Es una invitación a llevar la existencia con calma, donde la muerte es una continuación de la vida, y el nacimiento es el preámbulo. Ambos son los corchetes de ese acto. Fosse establece que «La mañana se convierte en tarde, como la vida se convierte en muerte. Pero el día sigue siendo el mismo».

Así como ya dije antes, esta puesta en escena se olvida del drama, para contemplar el ritmo musical que esta poesía en prosa presenta. El libro se escucha más que leerse. Con sus inicios en teatro, Jon Fosse estructura un camino donde la linealidad es aparente, y se intersecta con la realidad del mundo. Tras haber muerto, Johannes (el mismo que nacía en el primer capítulo), siente que camina sobre un terreno que altera la naturaleza de las cosas a cada paso: recordemos que agua y tierra terminan por confundirse, la luz es algo incierto, las voces se encuentran más allá del fiordo. 

«No hay nada que temer, porque ya todo ha sucedido. Y, sin embargo, todo está sucediendo». Y esto se relaciona con el propio nombre de Johaness, que lleva el nombre de su abuelo. Repetir el nombre es mantener viva su esencia. Johannes - Olai - Johannes. Un hilo invisible que une las generaciones. Olai que cierra el ciclo de la vida. Peter que cierra el ciclo de la muerte.

En la mitología nórdica (recordando la nacionalidad noruega de Fosse), el Midgard es el mundo humano, el Asgard es el de los dioses, el Hel es de los muertos. Ahí es donde Módgudr custodia el Gjallarbú, que es el puente que las almas deben cruzar para llegar al Hel. Esto me recuerda a Peter, quien entra en escena, y es el amigo de Johannes que se le presenta para ayudarle a comprender su muerte y ayudarle a cruzar al otro lado (una suerte de pollero interdimensional). Peter, quien le dice que «ya no hay nada que buscar. Todo lo que era, está aquí», aparece en el lugar donde el silencio se llena de todo lo que no se puede decir. Peter también me recuerda a Caronte, el barquero que ayuda a los muertos a atravesar el río Estigia. Peter es quizá otra idea en sí mismo: ¿será Peter el Simón Pedro con las llaves del cielo? 

Y no tengo mucho más que decir sólo invitarlos a aceptar lo divino en lo simple, acepar la muerte como una continuación del movimiento. Tal y como lo quiso Fosse.



sábado, 5 de abril de 2025

El Conejo ha ̶a̶l̶u̶c̶i̶n̶a̶d̶o̶ alunizado: diez años y doce meses después



Era 2014 y los días eran más fáciles. El comienzo fue improvisado, y a todos los que alguna vez colaboraron en el proyecto les conté la misma historia:

Como todas las grandes ideas de nuestro tiempo, todo surgió viendo un capítulo de Los Simpsons.

Me refieroal episodio donde parodian El ciudadano Kane (una de tantas que hace la serie), cuando el señor Burns compra todos los medios de comunicación de Springfield. Aquella historia durabalo que un parpadeo comparada con la película de Orson Wells, pero dejó en mí la una semilla: la idea de imprimir un diario en casa. Fue mi momento ¡Eureka! que describo como si hubiera descubierto el fuego, pero ya lo entenderán después si me da para expresarlo tal y como quiero.

No me enfrentaba a William Randolph Hearst, ni a Charles Forest Kane, no siquiera al señor Burns. Mi rival era más íntimo: la ensura de mi propia apatía, mi propia flojera. Y mi voz que madura.

(Paréntesis: Yo no fui el primero que cometió la osadía de decir que esta película es la segunda mejor de la historia del cine, pero quizá suscribo con esta idea.)

Tomé la decisión una noche de insomnio de sábado. El domingo lo pasé maquetando y ajustando todo para que el primer número quedara en dos hojas tamaño oficio, dobladas por la mitad.

Si piensa que lo que sigue es pura nostalgia, está usted en lo correcto, aunque apelo a llamarlo saudade por el simple placer de usar esa palabra. Esta es la historia de cuando tuve una fanzine,y esto hacía que la vida tuviera un ritmo más acompasado.

La revista tenía una portada con el nombre, y al centro una imagen relacionada con el tema del mes, luego un epígrade, quizá al estilo de Borges. Luego, alguna que otra cosa más que llenaba la vista.

Sobre el nombre, no hay mucho misterio, en aquel tiempo aún no existía el ChatGPT y tenía que hacer lluvia de ideas conmigo mismo. Y entre tantas posibilidades (no crean que tantas), terminé llamando a la revista "El Conejo en la Luna". No hay una razón clara. A veces las cosas se sostienen sólo por su sonido o por cómo se sienten al decirlas.

Quizá debí haber lanzado una convocatoria desde el inicio, pero la falta de textos me llevó a improvisar y llenar de textos las páginas cuando faltaba ayuda. Entre las cosas, comencé con la reseña de un libro (aquella vez fue "De la Tierra a la Luna"), y esa costumbre se mantuvo hasta el último número. Ese germen brotó hacia este blog.

De último momento había decidido que la imagen que estaría en la portada del primer número sería una foto que había encontrado donde se ve a Zacatecas de mediados del siglo pasado. El lunes siguiente, ya tenía el original impreso, y al salir de la la prepa, fui al lugar donde solía fotocopiar mis tareas y salí cargando una bolsa con cien copias.
El primero de los retos fue ensamblarlas; mecánicmante tomar cada par de hojas, doblarlas por la mitad, engraparlas, y lograr que se formara un pila de revistas que pudiera llevar en mi mochila. El reto mayor fue traspasar la capa de timidez que me envolvía y que a su vez no me permitía abrir la boca para decirle a mis compañeros de prepa que sacaran dos pesos de su bolsa para comprar el primer número de la revista "El Conejo en la Luna". Decirles. por ejemplo:

Damita, caballero, no se guarden sus cositas, yo no vengo a robarle más que un minuto de su muy amable atención. El día de hoy vengo a ofrecere este primer número de la revista que es mi nuevo proyecto. Estas hojas engrapadas que ve aquí son el esfuerzo de mi fin de semana, Aquí tengo el nuevo texto de Susana Sábado, los poemas de Marcelo de los Campos, las críticas de Leonardo de la Viña, las meditaciones de Virginia Loba, lo que sea eso que escribió Juan Pablo Sastre, rellené lo que faltaba con algo que yo mismo escribí, y repartí los deseos de que esta revista crezca entre la portada y la contraportada. Si no traen dos pesitos ahorita se las puedo fiar, o si conoces a alguen que pueda estar interesado, yo se la llevo hasta su salón.

No todas las veces dije esas palabras /en realidad, ninguna). La mayoría de las veces sólo extendía la mano con una torpe sonrisa, cargando con la vergüenza. Los cien ejemplares comenzaron a irse, y en mi mano quedaron unas 80 revistas, esto fue mi modesto triunfo. Y mi boque madura.

La contraportada incluía una convocatoria para recibir colaboraciones. Así varios compañeros comenzaron a mandar textos que habían escrito para sus clases, fue también cuando el Joaqui nutría las páginas con sus entrañables reseñas musicales. Ese segundo número se vendió por completo.

Como el primer número ocupaba salir con prisa, ni siquiera hubo tiempo de ponerle un logo. Fue en ese segundo múmero que hasta sobró tiempo despúes de improvisar este logo en paint.


Una actualización de este logo se logró cuando Luis colaboró en el sexto número y le dio una nueva imagen a la revista (es la que estáal inicio). Y mi voz quema dura,

En este punto el proyecto tomó vuelo. Recibíamos más textos cada mes. Algunos profesores pedían copias para leer con sus alumnos. Comenzó la venta de guerrillas en el Café zapatista. Las revistas que quedaban cada mes se venían con el tiempo. Y con la cantidad de textos que recibíamos en aumento, cada mes el precio aumentaba un poco, en una jugada que parecía atentar contra la economía familiar.

Con el impulso que tomaba la revista, me pareció buena idea mandar a imprimir algunas tazas con el logo. Repartí algunas con colaboradores y vendí las demás. No fue un gran negociom pero ahora el café sabe mejor cuando se mira hacia atrás. Si algún día llegan por un café a mi casa, quizá les toque una de esas tazas.


Con el tiempo perdímos las colaboraciones. Se nos acabaron los seudónimos. La inocencia de los días fáciles fue desvaneciéndose. Nos alcanzó la universidad, y con ella el peso de nuevas responsabilidad. La gravedad nos arrebató la esfera de cristal que sosteníamos entre las manos y, como un suspiro, se escuchó: "Rosebud". O cualquier otra palabra que sirviera como despedidad. Y mi voz quemadura.

Sólo dejamos de publicar, nunca hubo un cierre formal. Si aún siente la necesidad de compartir algún texto, puede enviarlo a revistaelconejoenlaluna@gmail.com, si alguna vez se suspende el silencio que venimos manejando, lo consideraremos.

Yo, junto con todos mis seudónimos, les damos las gracias.

jueves, 13 de febrero de 2025

Corina, Corina, Corina

Corina, Corina, Corina. Son las palabras con las que inicia Liliana una conversación incómoda. Y sin entrar más en una descripción  de los sucesos, dejaré aquí algunas palabras. Salí del cine contento y pensando. Sabía que acababa de ver una buena película, y camino a casa desvié un poco el recorrido que suelo tomar para dirigirme al polígono de cuatro lados donde se desarrolla gran parte de la historia. Quería encontrar a Corina y no la vi en ningún lado. A lo mejor, 25 años después, ella decidió rehacer su vida fuera de esa prisión envuelta entre cuatro calles.


Lo natural es que yo escriba una clase de reseñas acerca de libros; a veces sólo porque sí, a veces hay una razón más genuina que viene desde adentro y me obliga a tirar letras en el teclado para obtener  esos textos. Lo de aquí sale de eso, ya que quien se encarga de hablar de películas es Ibarreche. y yo sólo estoy siendo empujado por aquello que les comenté hace poco para contarles de esta película.

Voy a lanzar al aire una pregunta, luego podremos discutir con calma si es necesario responderla. ¿Es Corina la Amelie mexicana? Me parece que se esfuerza por no parecerlo. No sé cómo explicar a profundidad todas las cosas que tienen en común, desde el número de letras en los nombres, hasta la manera en que la mancomunidad de cámara y la narradora cuentan la historia. La existencia de una no implica la existencia de otra, y por fortuna el mundo en el que vivimos es tan ancho que ambas películas pueden existirsin que de toquen con la mirada. Con lo que la pregunta más bien debería ser ¿y qué si Corina es la Amelie mexicana?

Después de decir lo anterior, me gustaría agregar que, de entre todas las cosas que la película hace bien, hay una que me pareció especial. La película se esfuerza por reproducir la época. Los teléfonos que se discan, o los primeros celulares que originalmente eran enormes y blancos y el tiempo los tiñió de amarillo. Las iMac G3, las impresoras de matriz de puntos con su orquesta estridente. Los archiveros inmensos, y todo termina de encajar con los escritorios de hojalata. La oficina de la editorial no es muy distinta de las oficinas de la presidencia cuando yo iba a visitar a mi papá en los comienzos de este siglo.

Digo que se esfuerza por reproducir la época porque me la pasé buscando anacronismos y no encontré nada, pero empecé a sentir nostalgia viendo vochos en cada calle, y por supuesto que no puedo dejar de lado la nostalgia de los precios que ya no volveremos a ver.

La película está compuesta por capas, y en su centro nos encontramos con una crítica poderosa a la industria editorial, se revalora el significado de la autoria, la propiedad intelectual, y se ponen en manifiesto los escritores fantasma. Se cuestiona la solemnidad de los escritores y al estilo como un combustible de la literatura.

En otra de las capas, se atreve a cuestionar la cotidaniedad y la rutina, nos enseña a ser valientes, y no intenta forzar las relaciones con el único fin de redondear la aventura.

La volvería a ver todas las veces porque vale la pena.

viernes, 24 de enero de 2025

Poeta chileno

Desde hace tiempo huyo de responder a la pregunta de cuál es mi libro/escritor favorito. Con los años, a veces menciono a Rayuela/Cortázar, Pedro Páramo/Juan Rulfo, Por quién doblan las campanas/Hemingway, y un largo etcétera que depende de lo primero que recuerde. En este punto, pienso que la dupla Poea chileno/Zambra tiene los elementos para ser mencionada cuando no encuentre refugio cuando me llegue la pregunta.

Los últimos textos que he escrito aquí han sido para hablarles de lo lúcidos que son los libros Bonśai y La vida privada de los árboles en este momento de la literatura. Vamos a decir que con este texto se acaba la primera serie de reseñas de libros de Alejandro Zambra, ya que en la FIL del año pasado Anagrama se encargó de proteger mis finanzas al no haber llevado más libros de este autor.

¿Qué méritos tiene Alejandro Zambra para ocupar tres reseñas en este blog? Quizá se trate de uno de los narradores más relevantes en el siglo para el español como lengua. Desde su primera novela nos envuelve en la brevedad, ya que quizá se trate de algo exagerado llamarla cuento, y en el sentido opuesto se puede advertir que novela no sea el género que mejor la describe. Los franceses a este tipo de libros que se encuentran en el limbo los llaman nouvelle. Bajo otra lupa, Cortázar mencionaba que en un combate de boxeo, las novelas ganaban por puntos mientras que los cuentos por knock out. Supongo que acudí a una pelea de box para la que no estaba preparado, y así fue como Zambra acabó por knoquearme con un certero golpe desde el comienzo de Bonsái

Puedo argumentar que para el segundo combate yo estaba mejor preparado para afrontar los golpes de su segunda novela, pero La vida privada de los árboles acabo por vencerme en una decisión unánime de los jueces. 


Ahora, en la tercera vez que me enfrento a la lectura de Alejandro Zambra, caía en la cuenta que se trataba de un combate largo con un libro de unas 400 páginas. Hasta aquí voy a dejar la analogía del boxeo ya que la veo innecesaria para el resto del texto, y por su parte hablaré más directo. Al desmembrar la estructura, descubrí que el autor mantuvo el elemento de la brevedad al esconder cuatro nouvelles en esta novela, de modo que son cuatro historias que coexisten entre la portada y la contraportada.

Los inicios de Gonzalo solo con Carla y Gonzalo solo. Gonzalo nuevamente con Carla y ahora con Vicente. La vida de Vicente y la aparición de Pru. Al final un epílogo, por llamarlo de alguna manera.

Chile es un país al que no le importa mucho no haber ganado un mundial de futbol, ya que se honran de haber ganado dos veces el mundial de poesía. Gabriela Mistral y Pablo Neruda. Y fuera de eso es una lista bastante larga de poetas que no ganaron el Nobel, pero quizá sí obtuvieron el premio Cervantes o los juegos florales de la región de Atacama, y me gustaría hacer aquí una pausa de la historia para incluir algunos de estos poetas y queden en la curiosidad del lector:

Raúl Zurita, Nicanor Parra, Gonzalo Rojas, Vicente Huidobro, Roberto Bolaño, Pablo de Rokha, Elicura Chihuailaf o Carmen Berenguer.

Volviendo a acá, Zambra hace un ejercicio en el que desde dentro del mundo literario nos muestra ese mismo escenario en Santiago, una crítica sutil a la poesía chilena, pero con ojos de poeta los sucesos cotidianos se tornan extraordinarios. Las relaciones humanas se enlazan con la poesía. Cuando inicié el libro, alguna vez le preguntaba: «Alejandro Zambra, ya me hiciste llorar, ¿qué más quieres de mí?» Y lo que obtuve además de eso fue una novela muy divertida e introspectiva, me hacía pensar y me conmovió múltiples veces.

Por ejemplo, en este momento yo sólo puedo relatar desde este lado, siendo hijo; no tengo las credenciales para hablar de aquel lado, siendo padre o padrastro; sin embargo es fácil empatizar con ese momento en la vida de Gonzalo. En algunos años, quizá me tocará estar del otro lado y pondré al final de esta reseña un addendum al respecto.

Debo confesar que en este punto de la vida no he leído a Los detectives salvajes de Bolaño, y mientras sigue entre mis proyectos de lectura que voy postergando, con la información que tengo en este momento acerca de esa novela, me gustaría decir que cuando Gonzalo y Vicente se asumen los protagonistas de esta historia, ellos se vuelven Los detectives domésticos. Ambos en su cruzada personal de convertirse en poetas chilenos.

Rescato, para terminar, los poemas que más me gustaron.

Primero la poesía pueril de Gonzalo, cuando experimentaba con haikús:

*

El viento en los árboles

dibujabas con los ojos

cerrados


*

Los lunares de tu

muslo izquierdo

me los comí

Luego ya maduro escribe:

GARFIELD

Cada vez que un avión se cae

en cualquier parte del mundo

los diarios chilenos informan

si hay chilenos

entre las víctimas.

Pero mi hijo de cuatro años

no pregunta si murieron chilenos

pregunta si murieron niños

porque los niños pertenecen

al país de los niños

igual que los muertos pertenecen

al país de los muertos.


Eso pienso mientras camino

con mi hijo por el cementerio

y lo veo alejarse corriendo

en dirección de una lápida

donde un remolino de papel

y un Garfield de peluche

manifiestan la visita reciente

de unos padres desolados.


Mi hijo de cuatro años juega

con el peluche de un niño muerto

y yo temo que quiera llevárselo a casa

pero no dice nada, no quiere

llevárselo: unos segundos más tarde

lo deja respetuosamente

en el mismo lugar

y se despide no sé si del peluche

de la lápida

o del niño muerto.


Mientras Vicente lee su poema, aún sin nombre:

si vuelves a mi casa no te olvides:

la llave que es redonda es de la reja


pintaron con acrílico naranja

la llave de la puerta principal


las otras llaves nunca las usamos

es una puerta vieja con dos chapas


cerramos solamente la de abajo

mi casa tiene doce interruptores


y diez enchufes dobles y uno triple

y hay dos alargados no muy largos


la clave del internet ya la conoces


la casa tiene grietas invisibles

y gatos desafiantes en el techo


y manchas que no veo en las paredes

y un árbol de limones bien amargos.


Y yo rescato estos poemas porque es poco probable que aparezcan en esas guías telefónicas de los poetas jóvenes que comunmente se llaman antologías.

miércoles, 8 de enero de 2025

La vida privada de los árboles

 Con anterioridad les había hablado aquí del libro Bonsái. Desde entonces he buscado los otros libros del autor, y hasta este momento llevo dos que conseguí en la FIL del año pasado. Es, pues, mi responsabilidad salir del silencio de estos meses que han pasado para hablarles de lo que ha sucedido desde entonces hasta ahora que leí este segundo libro: La vida privada de los árboles.


Compré una maceta de un tamaño mediano, tierra suficiente para hacer tres pasteles de lodo, y semillas de varios árboles. Estoy por decidir de cuál árbol haré mi primer bonsai, y después ya veremos y les cuento. 

También, desde entonces, leí este libro,.

La escritura de Alejandro Zambra tiene algo que no he podido descifrar. No se parece a nada de lo que conozco, y a la vez me gusta más que muchas de las cosas que conozco. Desafía al intelecto al entregarte la historia ultraprocesada de tal forma que uno no encuentra nada nuevo que pueda pasar, pero te mantiene en vilo el tiempo suficiente para al final mostrarte que aún hay cosas pendientes, que estaban ahí escondidas detrás de una puerta de vidrio. La vez pasada les contaba que Zambra reveló la muerte de la protagonista al inicio del libro y esto sólo desapareció en la historia para contarnos todo lo demás y volver como una tormenta de bofetadas.

Ahora no se por dóde emperzar. Sigo esperando que Verónica vuelva. Julián y yo la hemos esperado porque su hija, Daniela, aguarda. Julián es el padrastro de Daniela. Es más feo que el papá de Daniela y es más joven. Luego Zambra hace  una serie de comparaciones entre ambos, y quizá lo hace para que el lector tome un bando. Cuando hablamos de padres y padrastros, el público tendería a tomar un bando. Pero Verónica ya tomó uno, y la historia muestra la manera en que tal vez Daniela también tomaría un bando, cuando las circunstancias la van forzando a afrontar la decisión..

Me costó reponerme del golpe que fue para mí leer Bonsái. Podemos decir que Bonsái es hermanastra de La vida privada de los árboles, y digo hermanastra porque comparten cosas, pero hay tantas otras que las distancían y diferencían. Alejandro Zambra es el padre de ambas, pero cada una es de distinta madre, no sé cómo explicarlo y apelaré a que ciegamente me crean. Como hijas suyas, Zambra  trató de educar a ambas novelas de manera similar, siendo en este caso el mimimalismo literario (que los critico definen y quizá Zambra ni enterado estaba). También es evidente cuando el autor lee poesía, y educa en este camino a sus novelas-hijas, lo cual es algo que uno como lector agradece.

La manera en que se conocen Julián y Verónica es una maravilla para nosotros, los amantes del pastel de tres leches. Por lo que no podemos decir que el libro pueda ser una historia de amor, y quizá sólo es una consecuencia de la vida con Karla. Tal vez sea mejor definirlo por los relatos que hace Julián a Daniela para antes de dormir cuando están en la habitación blanca, y que llanamente llaman La vida privada de los árboles; que son las cosas que en la cotidianidad suceden a los robles y los álamos, y los baobabs. Después de la peregrinaión que de lunes a sábado él hace por cuatro universidades de Santiago, los domingos se convierte en escritor. En sus domingos comienza a obsesionarse con los bonsái y escribe un libro con ese título, que trata de un hombre joven que se dedica a cuidar un bonsái. En este punto de la historia, las hermanastras se conectan y logra desviar nuestra atención de que Verónica no ha regresado de su clase de dibujo.

Tal vez he dejado muchas cosas al aire, pero si cierro las comisuras de la corta novela con esta reseña, entonces ya ustedes sabrían todo lo que pasa, y se molestarían conmigo por contárselos. Y sin sonar rebuscado, los invito a este proyecto de lectura que quizá te tome una tarde.

Así como disfruté la lectura de este libro, en una futura crisis existencial, disfrutaré su relectura. Y seguiré esperando a Verónica junto  a Julián y Daniela, sólo que yo sentado en la habitación verde.