viernes, 19 de enero de 2018

Justice - Woman


Debe ser muy difícil para un artista haber creado la que será su obra maestra y tener que seguir complaciendo el apetito insaciable de aquellos que consumen su arte. Serrat lo dijo: bienaventurados los que alcanzan la cima porque será cuesta abajo el resto del camino. A eso súmele el haber concebido esa misma obra justo en el debut, en los primeros años. La presión debe ser terrible: el ver cómo todos aclaman el fruto de nuestro primer esfuerzo y encima tener que superarlo entrega tras entrega. No es tarea fácil y la mayoría de los artistas prefieren dejarlo como está; otros continúan dando trabajos medianamente aceptables porque, y esto es válido en todo caso, ellos siguen teniendo algo qué decir, no importa que no sea tan bueno como fueron en su momento aquellos pasos a gatas del comienzo de sus carreras. A éstos últimos la memoria se encarga de irlos relegando a un lugar no cerca del olvido pero sí muy por debajo de lo que pudieron saborear si el camino hubiese terminado antes. No me malentiendan, mi intención no es decirles a esos artistas que se retiren antes de que todo se salga de control, sino que nos demos cuenta de que a veces el destino es un poco injusto con ellos, que el público como crítico no perdona y que es probable que no tengamos la mínima preparación para emitir un juicio tan sumario como el que muchos hacemos a diario. Sin embargo, la vida es así. Si usted que lee esto ha oído hablar de Justice y se enteró del reciente lanzamiento de Woman creo que sabrá por donde va la cosa.Justice en su momento fueron el futuro de la música dance. Así, ni más ni menos. El toque de aire fresco que necesitaba el movimiento antes de la llegada de lo ahora pomposamente llamado EDM. Y es que tenían algo que volvía a la electrónica casi una “experiencia religiosa”, como dijo Fantano muy acorde con su icónica cruz presente en las portadas de todos sus discos. Cross fue un abrasivo intento de recrear lo que fue la música disco en los años ochenta, con un ambiente lleno de distorsión y breakbeats inesperados llegando en el lugar y en el momento perfectos. No sólo eran pegajosos, eran variados en muchos aspectos y lograban que gente no adepta al género les diera al menos una escuchada. Se volvió en un clásico instantáneo y pavimentó el camino a un dúo que le prometía a la escena un futuro buenísimo. La comparación con Daft Punk era inevitable, ambos eran dúos, franceses y con líneas de composición muy parecidas. Varios críticos dijeron que a la luz de un álbum tan sólido como lo fue Cross, Daft Punk debería tener pensado la retirada. El tiempo siguió su marcha, y mientras Daft Punk se sumergió en un silencio que duró ocho años antes de la llegada del Random Access Memories, Justice lanzó Audio, Video, Disco. Fue aquí donde las comparaciones entre ambas bandas llegaron a su fin. El porqué es muy sencillo: Audio, Video, Disco definitivamente no fue lo que la gente esperaba. No había distorsiones ni ritmos que dieran ganas de bailar, no había mucha variación y pareciese que la producción se descuidó como lo hizo Human After All en años anteriores. Incluso a mí, siendo sincero, me pareció un mal proyecto: mecánico, repetitivo y mucho muy comprimido. No fue sorpresa que la gente añorara con nostalgia, porque tardaron cuatro años en lanzarlo, una segunda parte de Cross. Por las razones que fuesen, el público comenzó a comerse a Justice.


Pasaron cinco años, una eternidad en tiempos de Facebook, para que tuviéramos noticias de ellos. Así, en verano de este año, se anunció “Safe and Sound”. Si el Random Access Memories tuvo un mérito fue el de redefinir lo que se entendía por música house. La revelación vino de un dúo pionero en el house francés que decidía no hacer más música que no se sintiera viva. Después de esto no debe sorprender que varios discos posteriores fueran comparados con el enfoque que tuvo éste: el Currents de Tame Impala y ahora Woman. Y es que Woman puede tener ese calificativo de “retro” que reciben todos aquellos álbumes que suenan a años ochentas. Sin embargo, existe una gran diferencia: no vivimos en los años ochentas y no estamos tratando con los Bee Gees. A primera impresión “Safe and Sound” promete un entorno disco y bailable en todo sentido: un bajo slap impecable, sintetizadores a manera de orquesta, un coro cantando letras que no tienen porqué ser profundas y una producción limpia y concisa. Parece que se abandonó la sucia maqueta de su predecesor y crean un ambiente festivo que deja un muy buen sabor de boca. El horror viene después, porque Woman no es sólo “Safe and Sound”. En este punto también vemos cómo la brecha entre Daft Punk y Justice se hace más grande cada vez. La razón es simple: Woman tampoco es el Random Access Memories. El último fue una declaración de principios en tiempos en los que todas las canciones parecían estar hechas con una Mac, una declaración en la que la música habla por sí sola y no requería una explicación de trasfondo que no fueran las canciones mismas. Ahora, Woman falla por la misma razón que falló el rock progresivo al entrar la década de los años ochentas: su exceso. El disco está plagado de canciones perdidas en un muro de sonido que no permite al escucha adentrarse en él, divaga en líneas melódicas que se repiten infinitamente y flaquea con vocales que lejos de ser una nostálgica remembranza de Chic o de Donna Summer parecen una parodia de lo que ellos mismos hicieron en Audio, Video, Disco. Lejos de ser la declaración de principios que fue el Random Access Memories, Woman pierde vuelo en un mar de sintetizadores y máquinas de ritmo que no proponen algo nuevo y que abusan de lo que se hizo hace más de treinta años. Canciones como “Pleasure”, “Stop” y “Love S.O.S.” tienen una producción rica en dinámicos pero con esas vocales y líneas que se reiteran como si no hubiera final y que llegan a ser abrumadoras. La gran mayoría de las canciones en la lista requiere un tijeretazo a fin de que no divague tanto en su propia autocomplacencia. Luego, pistas como “Randy” y “Alakazam!” levantan un poco el vuelo en un disco que no pide que le prestemos atención, no es que no la merezca, simplemente parece ser olvidable. A pesar de esto, el disco como un todo tiene una gran gama de sonidos y atmósferas, pero se pierde, de forma continua, en clímax que nunca llegan y en melodías que deben durar menos de lo que duran en el corte final. Woman tiene todo para llegar a grandes canciones, porque la producción, como ya dije, es impecable; tiene muchos brazos de dónde agarrarse para lograr su cometido. No obstante, se suelta y se queda a medio camino, regresando a lo profundo.


No es una decepción pero sí algo un poco desalentador. Y entra nuestra premisa del principio: después de Cross parece que hemos escuchado todo de Justice. Es muy injusto que así sea, porque después de todo se agradece siempre el toque humano en días en los que la música es la misma desde David Guetta; pero de Justice siempre se va a pedir más. Y así las cosas, con lanzamientos como este, veremos cómo el dúo es desplazado lentamente hacia un Olimpo que recordará su debut más como un clásico en solitario que como el inicio de una carrera brillante en la música de los últimos años. Una vez más, nos comimos a Justice. 

Emerson, Lake & Palmer - Tarkus


Emerson, Lake & Palmer siguen siendo controvertidos hasta en estos días. La razón es muy sencilla: siempre representaron la parte más pretenciosa del rock progresivo. Después de unos años de carrera la banda se volvió prácticamente todo lo que estaba mal en un género que permite ya de por sí pasajes de más de veinte minutos, en los que el exceso de virtuosismo y de exageración sonora desembocan en un pantano tan denso que sólo muy pocas personas aprecian, un pantano tedioso y con neblina que es imposible atravesar. Es por eso que, notable teniendo en cuenta la época, que cuando la banda entró en la industria fueron una de las pocas bandas que lograron el estrellato comercial pero con críticas malísimas por parte de los expertos, en tiempos en los que el rock progresivo comenzaba a dominar las listas con Pink Floyd, King Crimson, Yes y Rush. Perfilaron un estilo que tuvo su debacle en muy poco tiempo, debido siempre por sus abusos artísticos, pero que entonces fue la música del futuro. La banda no fue la excepción por obvias razones, la historia de ELP engloba casi la del género por sí misma: auge y caída, potencial y auto complacencia.

A pesar de todo, Tarkus supone un momento de transición. El segundo álbum de ELP llegó con muy poco entusiasmo. El debut pareció un intento de ejemplificar la naciente escena prog con un órgano onmipresente al estilo Doors y fue recibido con un entusiasmo notable, quizás demasiado. Hecho como un híbrido entre el rock psicodélico, música clásica y jazz, aquel álbum debut ya preveía la pretenciosa grandilocuencia pero se quedaba como un disco bastante ameno. Tarkus expande ese sonido y lo llena de largos breakdowns de batería y órgano, combinándolo con los siempre presentes pasadizos psicodélicos, manteniéndose entre un comienzo poco comprendido y el épico Trilogy. No es sorpresa que empiece con una monumental como “Tarkus”, cuyos veinte minutos son un hueso duro de roer. La introducción sigue siendo una marca registrada en la banda, toda una pieza de jazz espacial con hammonds por doquier y una batería con solos de sobra, en el mal sentido, es tanto al afán de virtuosismo que se pierde en un mar de tarolas y percusiones. Las fracciones siguientes siguen este orden, un vaivén de cambios de métrica y de velocidad, pero ahora con Greg Lake armonizando la pieza con versos escritos por él mismo. El salto a un ritmo lento llega en el momento adecuado, justo cuando se empieza a ver todo como una capirotada de abundancia. Sin embargo, la canción regresa a esos mismos lugares, se desenvuelve tarde y, conforme uno avanza, se acaban los dedos de la mano para contar las veces que regresan a los mismos solos autocomplacientes de batería y órgano. Justo cuando la canción empieza a crear un esqueleto, estas partes vienen a romper el equilibrio, y esa es la falla de una canción que prometía volverse un épico pasaje en la historia del rock progresivo. La misma nunca llega a un clímax porque está llena de ellos, los primeros diez minutos son iguales a los restantes y se reitera a sí misma indefinidamente, salvo por “Battle Field”, donde vemos un momento de distensión y Greg Lake nos regala un solo espacial más que memorable, comparable a “Echoes” en atmósfera e intensidad. Los últimos minutos siguen sin aportar nada a la pista que pueda distinguirse.

En el segundo lado del LP encontramos “Jeremy Bender”, con una melodía alegre y un ritmo bien definido al estilo de Queen en los años de A Night at the Opera. Prescindible quizás, pero que está bastante bien hecha. “Bitches Crystal” es “Tarkus” en una versión acortada. Son básicamente la misma salvo por la voz agresiva de Greg Lake y el solo en tipo blues de Keith Emerson; casi puedo apostar que están hechas en el mismo tono y la progresión de acordes no varía de la épica del primer lado del disco. El cambio viene con la primera de dos partes: “The Only Way (Hymn)”. El órgano de iglesia le da ese toque casi sacro a una pieza que se oye de maravilla. Minimalista y sobria, virtuosa en el uso del órgano con sketches de Bach, quizás sea la única que se escuche completa y con una cohesión concreta. La continuación “Infinite Space (Conclusion)” es un pasaje de piano que asemeja la banda sonora de una película muda, bien hecha y definida pero completamente despreciable; no suma nada nuevo al disco, aunque bien pudo terminarlo, ya que las siguientes pistas se vuelven una parodia de una banda en consolidación. “A Time and a Place” es una reiteración de “Tarkus” que si en “Jeremy Bender” parecía tediosa, aquí se ve convulsa, con los mismos extractos que vuelven a ambas pistas monótonas en ascenso. Continuando esta línea está “Are You Ready Eddy?” para terminar la caricatura repleta de momentos innecesarios. La misma es un rockabilly que no termina de cuajar y que sobresale por su ritmo vertiginoso llenando todo sin decir nada. Leyendo sobre el proceso de grabación encontré que fue una celebración por haber terminado Tarkus y aquí podemos ver la alarmante ausencia de auto crítica que hizo a la banda tan escandalosa por aquellos años. En el 2012 Steven Wilson remezcló el álbum y añadió una joya perdida, “Oh My Father” es una balada que no fue incluida en la versión original y que vale su peso en oro. Podemos quitar las últimas dos pistas del tracklist dejando ésta al final y el disco se salva porque se salva. Tiene una acabado perfecto, con una batería acorde al sentimiento, un piano sobrio y consistente y un solo de guitarra a la mitad que la vuelve la mejor canción del segundo lado. El virtuosismo queda de lado y se escucha genial en un álbum caracterizado por la falta de solidez.

Después de todo esto creo que se puede apreciar la conclusión. Tarkus es un álbum que en general tenía todo por delante y que falla por su carencia de creatividad, de iluminación. Ejemplifica perfecto el estereotipo del rock progresivo y lo relega al punto en el que el exceso se vuelve la parte seminal. Nunca he sido precisamente un fan de ELP, sus composiciones siempre me parecieron repetitivas y poco interesantes, pero creo que de todo lo que he escuchado éste es quizás uno de los más consistentes. Es innegable la influencia que han tenido a lo largo de los años, Dream Theater es un ejemplo más que claro, ya que siempre representaron al género tal cual es, con un punto de quiebre genial pero que después de una primera ola iba a terminar sucumbiendo a la ceguera de la sobrecarga, y alejándose cada vez más de algo tan importante como lo es la auto crítica, mencionada ya arriba. El estudio da la técnica, pero no la creatividad.



martes, 16 de enero de 2018

El papá de los pollitos

«Estoy colmado de imprecisos deseos,
de una vaguedad que es como neblina,
y adentrándose en todo mi ser,
lo torna casi aéreo, impersonal y alado.»
El juguete rabioso
—Roberto Arlt





Roberto Arlt fue un escritor argentino de principios del siglo pasado que por su estilo innovador para su tiempo y la musicalidad (después de él tan recurrente) con la que se desarrollan sus relatos, fácil podría ser llamado «el papá de los pollitos» en lo que a literatura argentina (y latinoamericana) respecta. A lo largo de la novela podrían apreciarse elementos narrativos que tanto Cortázar como Sábato bien pudieron haber robado para sus relatos, y otros tantos que Borges y Bioy Casares sólo se tomaron la molestia de pedirlos prestados. Tengo que decir que es, hasta el momento que que me encargo de escribir esta reseña, la única novela que he leído de Roberto Arlt, y también la única de la que tengo certeza de su existencia gracias a un libro prestado.
Es la primera novela de Arlt que leo, pero parece que el tema del fracaso que enfrenta enfrenta el protagonista es una constante para todos sus relatos.


Se divide en cuatro capítulos (Los ladrones, Los trabajos y los días, El juguete rabioso y Judas Iscariote), que por sí solos, como una sucesión de cuatro oraciones forman el inicio, nudo y desenlace de una historia, bien contada, exponiendo de manera clara a muy grandes rasgos la trama de esta novelita, pero Arlt no se detiene allí... Arlt explota el «¿qué quieres ser de grande?» y lo lleva a una profesión innoble (¿?) que a final de cuentas, como debería de ocurrir en todas, se lleva a cabo con pasión, ya sea en pandilla o de manera individual.

viernes, 12 de enero de 2018

The War on Drugs - A Deeper Understanding



Pasaron tres años antes de que The War on Drugs nos trajera nueva música después del éxito que supuso Lost in the Dream en el ya un poco lejano 2014. The War on Drugs evolucionaron a la perfección de ser una banda con una propuesta blues y heartland en baja fidelidad, a crear un sonido no sólo nuevo, sino profundamente arraigado a las raíces de la música estadounidense más pura. Lost in the Dream fue en su momento un álbum que tuvo la valoración justa por dos razones: primera, desde un principio éste no se tiñe de excesos que pudieran provocar miradas escépticas de gente sacra o profana en el ámbito musical, no contiene un excesivo uso de la experimentación o de las técnicas de vanguardia que traen a los críticos dando disertaciones eternas sobre ellas; segunda, el disco es sencillamente bueno, la ejecución y la producción son prácticamente impecables, pero no sólo eso, propone un híbrido cuyos pilares se sostienen entre dos polos casi opuestos, el heartland rock con blues y hasta country, mezclado con shoegaze y el rock psicodélico. Si logramos que ambas cosas tan dispares embonen, tendremos entonces un disco digno de escuchar y disfrutar por un buen rato. El sonido tan peculiar de la banda tenía también dos contrapartes, una contraparte orgánica ejemplificada en el guitarreo y frenesí de Bruce Springsteen, y una parte más artificial llena de sintetizadores y largos pasajes ambient propios de del shoegaze y de “muros de sonido”, muy comunes en esos géneros. La fórmula encajó perfecto en un acto de apuesta o nada por una cohesión de ambas caras de la moneda. El resultado fue uno de los mejores trabajos de aquel año y quizás de la década, por decir algo.

La naturaleza introvertida de Adam Granduciel, como él mismo lo ha señalado, hacía que tuviéramos poca o nula noticia del progreso de la banda en la grabación de la continuación de Lost in the Dream. Durante todo ese tiempo no se anunció nada que no fueran fechas de gira o mercancía nueva. Fue hasta Abril del año pasado que nos enteramos del lanzamiento de “Thinking of a Place”, una canción de edición especial que dura escasos once minutos en los que se advierte en el primer instante una evolución en el sonido. Cuando las guitarras y el teclado entran volvemos al terreno familiar, plácido, tranquilo y acústico. La canción gira en torno a una línea melódica y un coro que se reiteran sin fin en un entramado hipnótico de sintetizadores, guitarras acústicas, pianos eléctricos y la voz calma de Granduciel. Una pieza así descrita debería parecer tediosa con la duración que tiene, el resultado es exactamente lo opuesto. El espacio que logra supera por mucho al que habíamos escuchado antes, la instrumentación y la producción son por demás detalladas hasta lo minúsculo y la atmósfera se deja escuchar completamente ligera. Los solos son soberbios y encajan de maravilla. Aquellos once minutos pasan como si nada debido a esta estructura que Granduciel logró, son once minutos cortísimos que no pasan en balde y que detienen el tiempo. Como ya habrán adivinado, me gustó mucho aquella pista, y el regreso mismo fue más que triunfal.

A diferencia de otros artistas, la banda adelantó prácticamente la mitad del disco en sencillos promocionales antes del lanzamiento oficial. Escuché “Holding On” y me pareció otro triunfo, tal pareciera que todo lo que tocaba este sujeto se volvía oro. No quise adelantar todo lo demás para que cuando saliera el disco completo pudiera tener un rato para escucharlo como se debe, de principio a fin, a todo volumen y con el tiempo en mis manos. El día llegó y me dispuse a hacerlo. Del mismo modo que en Lost in the Dream, esperaba una introducción épica llena de energía y de acabados volátiles como lo fue “Under the Pressure”, y aquí una vez más obtuvimos el caso contrario. “Up All Night” es reposada y ligera, comienza con una batería parcialmente electrónica y un piano en ostinato que da un punto de partida bastante inmediato; en ella advertimos un cambio un poco radical, la “artificialidad” de la que hablé antes llegó ahora de la mano de máquinas de ritmos, algo por completo inesperado en un disco de la banda, la instrumentación no ha perdido el toque del álbum anterior y el cuerpo de la misma crece lenta pero rebosante de complejidad. El cambio radicó en un ambiente más electrónico, en donde las guitarras pasan a un segundo plano y dónde los instrumentos acústicos son prácticamente inexistentes. Terminando la introducción, “Pain” llega para regresarnos al entorno acústico y sintético de siempre, con la cuidada y desarrollada producción que caracteriza siempre a The War on Drugs. Si “Up All Night” pudiera parecer monótona por momentos, “Pain” reorganiza todo y pone las cosas en su lugar, con guitarras de todo tipo empalmadas una con la otra, con teclados y sintetizadores creando ese etéreo hábitat que combina lo puro y orgánico de las composiciones. “Pain” es buenísima, tiene un final arrasador hecho con dos solos que dejan una sensación de majestuosidad insuperable. “Holding On” aquí se presenta como una reiteración de ese mismo sonido cargado de caminos y veredas, con un ritmo más vertiginoso y con pasajes de guitarra lap steel inmejorables. Fue en este punto donde me di cuenta de algo importante, A Deeper Understanding se caracteriza por su optimismo, una sonoridad llena de acordes que brillan en lugar de regresar a lo profundo, opuesto diametralmente al humor que personificaba Lost in the Dream, con canciones como “Suffering” y “Disappearing” de tono más bien deprimente y nostálgico. La siguiente pista vino a callarme la boca una vez más. Aquí en “Strangest Thing” volvemos a los momentos de melancolía. Es lenta, concisa y un poco redundante. Sin embargo, carece del temperamento derrotista ya mencionado y crece como “Up All Night” para llegar a un final brillante y pulcro, igual lleno de entusiasmo. “Knocked Down” parece estar más emparentada con Lost in the Dream, es calmada, con un ritmo lento que pausa un poco la progresión eufórica del disco, dada su duración comparada con las demás puede ser un interludio simple y tranquilo, pero que a mi parecer dura demasiado. Después del paréntesis “Nothing to Find” viene como insistencia de “Holding On”, el ritmo, casi la secuencia de los acordes, son prácticamente idénticas salvo por los falsettos de Granduciel en la segunda, y aquí encuentro el primer problema del disco. Aquí es donde se empieza a poner redundante y repetitivo, con los solos reciclándose y con la vitalidad desenfrenada acaparando el lugar. No me malentiendan, la canción no es mala en absoluto, es impresionante, el problema sigue siendo que empieza a dar la sensación de escuchar lo mismo una y otra vez. La primera mitad iba inmejorable, variada pero sobretodo increíblemente concisa y detallada. Ahora encontramos un pequeño bache que obviamente se puede reparar y que globalmente no parece más que una muletilla insignificante. El salvador es “Thinking of a Place”, cuyo lugar en el tracklist la pone como un momento cumbre en todo el álbum. El disco bien pudo terminar aquí y sería casi una obra maestra. “In Chains” y “Clean Living” corroboran esta sensación de caminar en círculos, son pistas muy similares a otras ya escuchadas al principio, creo que la redundancia llegó aquí un poco más lejos y es lo que hace que el disco se vuelva un poco tedioso. Si antes pudimos escucharlo sin necesidad de un descanso, ahora parece una opción más que viable. El sonido es igual de bueno y la producción sigue genial, el meollo del asunto es su falta de variedad con respecto a la composición, lo que empieza a generar un resultado indigesto. Finalmente, “You Don’t Have to Go” soluciona esto de forma gloriosa, con su crescendo épico y con una melodía más simple y apacible, no excesiva, con ese toque nostálgico que sigue remitiendo a otras escuchas más viejas. Un final maravilloso, certero y directo al punto.

Bien, después de todo esta divagación la conclusión es sencilla. The War on Drugs han creado una inquietante continuación de lo que sigue siendo su mejor trabajo. Con mejoras significativas en cuanto a producción y a composición que los ponen en lo más alto en cuanto a rock contemporáneo. Antes mencioné que existían dos partes de su sonido, lo orgánico y lo artificial, aquí la línea que los divide se ha desdibujado casi por completo logrando así combinar de la mejor manera la poca ambigüedad que quedaba con respecto a una tendencia musical nueva y sin explorar. Sin embargo, la fórmula no puede caer en una espiral de reiteración, las raíces de las que se nutre Adam Granduciel no se caracterizan por ser muy variadas con respecto a sí mismas, lo que tarde o temprano puede ser una mala jugada para una banda que tiene todavía todo por delante y nada que perder. Si la banda sabe jugar bien sus cartas logrará no volverse una parodia de lo que son sus mejores grabaciones y nos entregarán otro trabajo lleno de canciones y momentos memorables, refrescando todo un género que está perdiendo adeptos conforme pasan los años. Hay quién dice que el rock oficialmente murió el año pasado, la verdad es que mientras existan discos como este podemos estar seguros de que la roca seguirá rodando hasta el final de los tiempos.

Bitácora del contacto. #1


Como no todo son reseñas, les queremos mostrar un poco de divulgación científica con un proyecto que estamos  realizando.
Este proyecto consiste en la construcción de un radiotelescopio del tipo Itty Bitty Radio Telescope para la observación de objetos en el espacio... y una eventual tesis. No ahondaremos momentaneamente en todo lo que pueda llegar a involucrar, pues esto es sólo el trabajo de una tarde pegados al ordenador buscando información al respecto, del que se obtuvo como preeliminar este bonito desglose de los elementos que necesitaríamos.
Posteriormente, y por estética, lo cambiamos a algo más conciso.
Donde por ahora sólo establecemos que utilizaremos una antena parabólica para recibir la señal (listo), un LNB para recibir ruido (listo), un Sat-finder para recibir la señal procedente del espacio (¿listo?) y posteriormente ser procesada por una computadora (desde donde les escribimos). En este diagrama incluimos un sistema para control de la antena a través de un arduino y algunos motores.
Si entra a ver esta entrada no espere productos terminados, ya que esto es un avance, pero seguiremos informando.
Pedimos también que la academia sueca conceda un Nobel a los creadores de este artículo que nos ha servido mucho. Este no es otro radiotelescopio copiado de internet...

martes, 9 de enero de 2018

Parra

«A los amantes de las bellas letras
Hago llegar mis mejores deseos
Voy a cambiar de nombre a alguna cosas.
...»
Cambios de nombre

Nicanor Parra

Julio Ortega como compilador navega a través de un mar de lírica creada por Nicanor Parra y le entrega al mundo esta antología de antipoemas, coplas, pensamientos, elogios, dibujos y una que otra prosa disfrazada de verso. El mundo necesita siempre a un Parra, y con su chabélica edad, Nicanor ha cubierto este papel por algo así como 103 años. Cuando nacimos todos él ya era un viejo juglar.
Nicanor es el fundador del movimiento de antipoesía, que durante largo tiempo se ha dedicado a luchar por acabar con algunos de los más ridículos cánones de la poesía, a tal punto de tener que combatirlos replicándolos en diversas ocasiones. También, en su ferviente marxismo, Nicanor ha estado presente en los movimientos sociales acaecidos en su natal Chile, logrando que el mundo se fije conmovido en esa franja delgada del cono sur en diversas ocasiones. Es un hombre que tiene alma de poeta y de científico, siendo físico nuclear y cosmólogo (Cuidado chicas).
En Poemas para combatir la calvicie, que es lo que nos atañe, el compilador se da un paseo a través de la bibliografía para encontrar aquellos poemas con los que este libro se nutre de aquellas ráfagas de polémica con las que tenemos un libro balanceado de lo mejor y lo peor de Parra. Supongo que esto es lo único de importancia respecto al libro (vaya usted a leerlo), ya que lo importante respecto al libro es Parra.
Parra es primero en la lista de Parras artistas de su generación, dejando espacio para sus hermanas y hermanos en diversas disciplinas, como la danza, el teatro, la música, la pintura o la literatura. Ha sido acreedor a vitrinas llenas de premios y reconocimientos, como el premio de literatura latinoamericana y del caribe Juan Rulfo, y varias nominaciones al Nobel. No ha sido laureado con este último, porque como él dice «si no lo ganó Rulfo, ¿por qué yo habría de ganarlo?».



lunes, 8 de enero de 2018

David Bowie - Blackstar


You say you’l lleave me.
And when the sun is low,
And the rays high.
I can see it now,
I can feel it dying.”
-Heathen (TheRays)

David Bowie





Siempre es difícil empezar a hablar de David Bowie. A estas alturas, para entender un poco al Blackstar es necesario tener en cuenta lo que él mismo representa después de casi cincuenta años de carrera. Yo comencé a escucharlo cuando tenía unos quince años, justo en ese año había salido a la luz TheNext Day. En todas las reseñas que leí antes de escucharlo, algo pésimo para quien disfruta de la música sin más, mencionaban el regreso de “Bowie, El vanguardista”, “Bowie, El innovador”. Yo tenía inquietudes musicales extrañas en aquellos días, me oponía férreamente al indie rock y buscaba un cambio de aire a una época en la que mis gustos artísticos andaban sin rumbo. El Next Day supuso ese regreso al mundo de los vivos. Supongo que Bowie también quería eso después de diez años de no grabar absolutamente nada. En fin, se volvió uno de mis álbumes de cabecera en ese año, no porque fuera la gran obra maestra de Bowie, sino porque era buen rock, convencionalmente orgánico y con sinceridad, sin rayar en el exceso que ahora está tan de moda. Ese y el Random Access Memories de Daft Punk fueron mis discos del ya muy lejano 2013. Si algo tienen en común es la honestidad, el amor por la alta fidelidad y una música de maravilla. La figura de David Bowie comenzó a imponerse entre mis gustos musicales de forma permanente.
Eso sí, el Next Day no proporciona nada nuevo. Es un muy buen álbum, pero en ocsaiones da la impresión de que se hizo sólo porque ya era hora de grabar algo después de tanto tiempo de ausencia. Duré mucho tiempo sin escuchar otra cosa de él que no fuera ese disco. Me informaba cada vez más sobre sus principales grabaciones pero no las escuchaba. Casi un año y medio después encontré hurgando en internet la discografía completa. Desde mucho antes mi padre me inculcó el gusto por Kraftwerk, así que cuando en “Trans-Europe Express” encontré una referencia a Bowie y al Station to Station me pareció un buen punto por el cuál empezar. El Station to Station es oro puro, la canción que lleva el mismo nombre es una de las mejores canciones que he escuchado. Épica, llena de atmósfera y de ritmo, sin perder la fineza, era un tesoro haberla descubierto. Las demás canciones se dejan escuchar perfectas, pero esa primera intención del torbellino en “Station to Station” es insuperable. Conocí también “Heroes” y “Ashes to Ashes” pero, nuevamente, tomó otro año para que me dispusiera a escucharlos todos, en un acto de irremediable coincidencia con su muerte un mes después.
Me hice de todos los discos, los veintiséis que conforman su discografía de estudio y me propuse escucharlos. No hablaré de todos ellos, eso no es lo que nos compete ahora, sólo diré que me tomó unos cinco meses y llegue a hartarme. Son demasiados, tan variados uno del otro que abruma. Lo que sí puedo afirmar es que Bowie ha sido el artista total. Su discografía ya es el reflejo de lo que se escuchaba en cada época. Desde su debut en el que parece presentador de show de variedades, seguido por el rock espacial en “Space Oddity”, el pop experimental desde Honky Dory hasta Aladdin Sane, el protopunk en Pin Ups, la transición en Station to Station, la vanguardia pura en la Trilogía de Berlín, la comercialización en los años ochenta, el cambio big beat-industrial a lo Nine Inch Nails-Chemical Brothers en los noventas, un Bowie consciente y consistente en Heathen y Reality y, finalmente el regreso triunfal en The Next Day. Cada álbum representa un testimonio de las tendencias de aquellos días. Algunos tan seminales, como Low y “Heroes”, que dieron paso a nuevas tendencias, ahora tan famosas que no se imagina el mundo sin ellas: el post rock, el new wave, el ambient, el post punk, el house y la lista continúa. Sí, después de todo este parloteo, David Bowie ha sido el artista más influyente de todos los tiempos, superando quizás a los Rolling Stones y a los Beatles.
Ahora bien, después de varios meses de intentar entender a Bowie, cosa de niños para los especialistas que lo estudian por años, el Blackstar llega con muy poca sorpresa, musicalmente y en apariencia. El acto surreal que supuso el lanzamiento eso sí es tan intempestivo y asombroso que da miedo. Se anunció como el regreso al krautrock que había experimentado en sus años en Berlín y la noticia me entusiasmó: después de todo no caería nada mal escuchar una cuarta entrega en la saga del Bowie puramente experimental. Siendo sinceros no seguí del todo las actualizaciones que se hacían sobre él, distintos problemas me lo impidieron, por lo que sólo me di cuenta de la inmediatez de las cosas cuando salió “Blackstar” y su por demás extraño video. Cuando vi las fotos promocionales me sorprendí, Bowie se veía mucho muy acabado, más delgado y con unas arrugas terribles. Cuando anunciaron su muerte un ligero escalofrío me recorrió la espalda porque un día antes, uno después del lanzamiento, al ver las fotos pensé que debía estar mucho muy enfermo. Sin embargo, antes de eso, “Blackstar” me dejó pensando un rato. Sí, no me sorprendió musicalmente, de Bowie hay que esperar lo inesperado, pero la canción es oscura, muchísimo. No es un toque de aire fresco, más bien es un regreso a lo profundo. Llena de texturas y de atmósferas envolventes y, a pesar de mi acto de nula impresión, “Blackstar” es un logro increíble. Progresiva y con un ritmo jazz electrónico que nunca había escuchado jamás a lo Massive Attack, es una joya, una joya de esas que brillan en la oscuridad. Desde el comienzo se advierte una voz ligeramente desgastada, no es el Bowie de siempre, es un Bowie que llora con ella. La pieza envuelve, como ya lo había mencionado, es de esas canciones que, o te dejas enganchar largo rato con ella, o intentas alejarte conforme la atmósfera avanza. Una verdadera joya. Junto con ella se anunció la salida del disco para el 8 de enero. Conforme pasaban los días se fueron dando detalles, el video musical muestra a un Bowie iluminado que parece más bien un profeta, anunciando el rapto. Lo he visto una vez y me parece suficiente.
Los días siguieron su curso y esperaba con mediana impaciencia el lanzamiento. Cuando salió me ocupé en otras cosas, por lo que no tuve tiempo de escucharlo hasta que en la madrugada del 10 de enero se anunció que Bowie había muerto. Dije: “Carajo, no me tomé la molestia ni de buscarlo en el Pirate Bay y ahora ya no está”. Su muerte me dejó atónito, era completamente improbable que se muriera dos días después de lanzar su último disco, ¡y de su cumpleaños! La ola de comentarios respecto a su defunción no se dejó esperar en el internet, miles y miles de personas, que quizás no lo conocían pero había que estar dentro del tren, mostraron su tristeza por aquel fatídico desenlace. A pesar de eso, había una nota que rondaba por las redes sociales, una nota en la que el productor de toda la vida Tony Visconti mencionaba que Blackstar y el video para “Lazarus” habían sido el canto de cisne de David Bowie y un regalo para los fans. Yo no vi el vídeo de “Lazarus”, ni me tomé el tiempo para escuchar la canción, pero al verlo por primera vez, aquel escalofrío volvió a mi espalda, pareciese como si Bowie supiera de antemano que en ese mismo instante iba a morir, él se veía con un pie en el más allá mucho antes de que pasara. Un testamento, un adiós premeditado: “Look up here, I’m in Heaven […] Everybody knows me now”. Fue algo tan aterrador como artísticamente perfecto. Visconti, o Brian Eno, no lo recuerdo, mencionó que hasta su muerte fue una obra de arte. Después de eso hice una lista de reproducción con todas las canciones que me habían gustado de él, y en eso se me fue el día, en escuchar a Bowie.
Unos días después me armé de valor para escucharlo y mi primera conclusión fue que no lo entendí. Para nada. Ni de cerca. “Blackstar” era el perfecto de resumen de un álbum oscuro, pero llevado a la perfección. Mi impresión por esa primera canción no cambia mucho a lo que escribí arriba, quizás la entendía un poco mejor ahora, quizás me pareció un poco más agradable entonces. “’Tis a Pity She Was a Whore” fue el respiro, tal vez sea la canción más “convencional” en todo el álbum, el ritmo vertiginoso no varía mucho y la línea melódica no cambia tan abruptamente, pero no por eso es menos virtuosa, ésta mantiene la atmósfera oscura e infranqueable, pero deja al escucha un agradable sabor de boca. Y el respiro, no olviden el respiro. Ahora bien, “Lazarus” me regresó a esa incomodidad extraña, pero atrayente, que “Blackstar” dejaba desde el principio. Un epitafio de maravilla, probablemente el mejor, en cuyo saxofón nos toma por caminos y veredas propias, a mi parecer, de las mejores películas de cine negro, en un contexto mucho muy actual por supuesto. La letra ya era pesada, la crónica de su muerte anunciada, y del video ni hablamos. “Sue (Or In Season of Crime)” es esa pieza de jazz experimental que estaba esperando. Nunca escuché la versión del Nothing Has Changed y sigo sin hacerlo, pero la aquí hecha no es menos que virtuosa. Es una de las más experimentales de todo el disco, con arreglos de sintetizador, de orquesta, de saxofón geniales, propios de Bowie. Aunque el riff principal se mantiene durante toda la pista, el clímax logrado en el final es buenísimo. “Girl Love Me” me parece extraña (como si no hubiese usado ese adjetivo antes en esta misma nota), es la que menos está cargada de atmósfera y de arreglos, pero la voz y sus accidentes me confieren un ambiente incómodo, no malo ni inapropiado, sólo inusual, es de la que menos tengo que hablar. “Dollar Days” es otro respiro. Una suerte de balada casi folk con saxofón que baja los ánimos y confiere un ambiente dramático y agradable al mismo tiempo. Con un arreglo de cuerdas cercano al “Muro de sonido” tan característico de los setentas, es una pieza hermosa, fina y con un acabado memorable. Ésta última, con sus segundos finales, sirve de transición hacia una pista que cierra un álbum de forma magistral. “I Can’t Give Everything Away” es la mejor despedida que he escuchado en algún disco jamás. El verdadero “Canto de Cisne”, el grand finale. Con una armónica escuchada previamente en el Low y con un buenísimo solo de saxofón digno de don Kamasi, pone una nota alegre y para nada derrotista a una carrera brillante, a una vida llena de episodios increíbles, a un ideal innovador que marcó a todas las generaciones que le sucedieron, a un arte en sí misma. El punto culminante en un disco que no se digiere fácil y que con eso propone nuevas escuchas. La voz de Bowie, lo repito, llora. Es como si escucháramos a alguien que de verdad le quedan pocos segundos para ir al más allá, que es realidad aparte”.
Hablando del disco como un todo, es difícil discernir la esencia de la grabación. La propia línea que lo conduce pareciera que no está tan definida, y se ve borrosa la mayoría de las veces. No estoy diciendo que carece de consistencia o que divague innecesariamente. En realidad me refiero a que no es fácil encontrar el núcleo que lo compone. La intención parece clara: un Bowie diciendo adiós a los que se quedan, un adiós lleno de acertijos y entramados tan colosales como aparentemente sencillos de entender. Sin embargo, y esto ocurre en casi todos sus discos, si nos quedamos con esta primera impresión nos perdemos de ese “algo más” que ha hecho a Bowie El artista. En buena medida Bowie rompió fronteras de géneros, y ahora más que nunca lo vemos. Las influencias en Blackstar van desde la IDM hasta los por demás bizarros Death Grips, pasando, entre otras bandas, por Kendrick Lamar y el épico To Pimp a Butterfly. Aquí no hay rock, no hay nada “convencional”. Tenemos enfrente, a mi parecer, un híbrido que pertenece a muchos géneros y a ninguno a la vez. Bowie prescindió intencionalmente de la influencia del rock and roll para crear Blackstar, y el resultado es una obra de total innovación en el mismo género. Si antes dije que The Next Day se caracterizaba por ser un lanzamiento de facto en la carrera de Bowie y sus otros discos podrían ser considerados fotografías instantáneas de la historia de la música popular desde los setentas, Blackstar es el legado de algo nuevo usando la música que a priori pareciera que no tiene nada que ver con lo que ha hecho él mismo antes. Quizás el mejor regalo es que podamos escuchar este disco como algo que siempre será inmediato no importa si ya pasaron más de cien años de su muerte. En el fondo, el núcleo radica en esto: recrear la historia del pop actual haciendo algo que los músicos de ahora ni siquiera se les ocurrió que podían intentar. No un nuevo género, aunque suene tendencioso, una declaración de principios quizás, de las muchas que él mismo ha hecho a lo largo de su vida. Y es así como se ha ganado de nueva cuenta la influencia en varios otros artistas que encontrarán en Blackstar lo que Daft Punk ha encontrado en la Trilogía de Berlín, o lo que Marilyn Manson encontró en Aladdin Sane y la lista continúa.
Han pasado muchos meses desde el lanzamiento del Blackstar y de la muerte de Bowie. En ese lapso ocurrieron mil y un atentados en todo el mundo, uno de ellos el tributo que le hizo Lady Gaga al propio Bowie en los Grammy; muchísimos homenajes, demás recuentos de sus múltiples facetas y personajes: “Bowie, El innovador”, “Bowie, El vanguardista”. Y es que, ¿de qué otra forma sería? ¿Cómo olvidar la Heroes Symphony que le compuso Philip Glass y que sucedió a la Low Symphony? ¿Cómo no admirar a alguien que legaba al mundo la fórmula del rock y del pop contemporáneos? Bowie creó todo un entramado de subgéneros que una lista condensativa no sería suficiente. Ziggy Stardust, The Man Who Fell to Earth, parafraseando a Poniatowska: meteoro radiante que brillará mucho tiempo en el cielo y en la Tierra.
Seeing more and feeling less
Saying No but meaning Yes.
This i sall I ever meant,
That’s the message that I sent.

-David Bowie