Desde hace tiempo huyo de responder a la pregunta de cuál es mi libro/escritor favorito. Con los años, a veces menciono a Rayuela/Cortázar, Pedro Páramo/Juan Rulfo, Por quién doblan las campanas/Hemingway, y un largo etcétera que depende de lo primero que recuerde. En este punto, pienso que la dupla Poea chileno/Zambra tiene los elementos para ser mencionada cuando no encuentre refugio cuando me llegue la pregunta.
Los últimos textos que he escrito aquí han sido para hablarles de lo lúcidos que son los libros Bonśai y La vida privada de los árboles en este momento de la literatura. Vamos a decir que con este texto se acaba la primera serie de reseñas de libros de Alejandro Zambra, ya que en la FIL del año pasado Anagrama se encargó de proteger mis finanzas al no haber llevado más libros de este autor.
¿Qué méritos tiene Alejandro Zambra para ocupar tres reseñas en este blog? Quizá se trate de uno de los narradores más relevantes en el siglo para el español como lengua. Desde su primera novela nos envuelve en la brevedad, ya que quizá se trate de algo exagerado llamarla cuento, y en el sentido opuesto se puede advertir que novela no sea el género que mejor la describe. Los franceses a este tipo de libros que se encuentran en el limbo los llaman nouvelle. Bajo otra lupa, Cortázar mencionaba que en un combate de boxeo, las novelas ganaban por puntos mientras que los cuentos por knock out. Supongo que acudí a una pelea de box para la que no estaba preparado, y así fue como Zambra acabó por knoquearme con un certero golpe desde el comienzo de Bonsái.
Puedo argumentar que para el segundo combate yo estaba mejor preparado para afrontar los golpes de su segunda novela, pero La vida privada de los árboles acabo por vencerme en una decisión unánime de los jueces.
Ahora, en la tercera vez que me enfrento a la lectura de Alejandro Zambra, caía en la cuenta que se trataba de un combate largo con un libro de unas 400 páginas. Hasta aquí voy a dejar la analogía del boxeo ya que la veo innecesaria para el resto del texto, y por su parte hablaré más directo. Al desmembrar la estructura, descubrí que el autor mantuvo el elemento de la brevedad al esconder cuatro nouvelles en esta novela, de modo que son cuatro historias que coexisten entre la portada y la contraportada.
Los inicios de Gonzalo solo con Carla y Gonzalo solo. Gonzalo nuevamente con Carla y ahora con Vicente. La vida de Vicente y la aparición de Pru. Al final un epílogo, por llamarlo de alguna manera.
Chile es un país al que no le importa mucho no haber ganado un mundial de futbol, ya que se honran de haber ganado dos veces el mundial de poesía. Gabriela Mistral y Pablo Neruda. Y fuera de eso es una lista bastante larga de poetas que no ganaron el Nobel, pero quizá sí obtuvieron el premio Cervantes o los juegos florales de la región de Atacama, y me gustaría hacer aquí una pausa de la historia para incluir algunos de estos poetas y queden en la curiosidad del lector:
Raúl Zurita, Nicanor Parra, Gonzalo Rojas, Vicente Huidobro, Roberto Bolaño, Pablo de Rokha, Elicura Chihuailaf o Carmen Berenguer.
Volviendo a acá, Zambra hace un ejercicio en el que desde dentro del mundo literario nos muestra ese mismo escenario en Santiago, una crítica sutil a la poesía chilena, pero con ojos de poeta los sucesos cotidianos se tornan extraordinarios. Las relaciones humanas se enlazan con la poesía. Cuando inicié el libro, alguna vez le preguntaba: «Alejandro Zambra, ya me hiciste llorar, ¿qué más quieres de mí?» Y lo que obtuve además de eso fue una novela muy divertida e introspectiva, me hacía pensar y me conmovió múltiples veces.
Por ejemplo, en este momento yo sólo puedo relatar desde este lado, siendo hijo; no tengo las credenciales para hablar de aquel lado, siendo padre o padrastro; sin embargo es fácil empatizar con ese momento en la vida de Gonzalo. En algunos años, quizá me tocará estar del otro lado y pondré al final de esta reseña un addendum al respecto.
Debo confesar que en este punto de la vida no he leído a Los detectives salvajes de Bolaño, y mientras sigue entre mis proyectos de lectura que voy postergando, con la información que tengo en este momento acerca de esa novela, me gustaría decir que cuando Gonzalo y Vicente se asumen los protagonistas de esta historia, ellos se vuelven Los detectives domésticos. Ambos en su cruzada personal de convertirse en poetas chilenos.
Rescato, para terminar, los poemas que más me gustaron.
Primero la poesía pueril de Gonzalo, cuando experimentaba con haikús:
*
El viento en los árboles
dibujabas con los ojos
cerrados
*
Los lunares de tu
muslo izquierdo
me los comí
Luego ya maduro escribe:
GARFIELD
Cada vez que un avión se cae
en cualquier parte del mundo
los diarios chilenos informan
si hay chilenos
entre las víctimas.
Pero mi hijo de cuatro años
no pregunta si murieron chilenos
pregunta si murieron niños
porque los niños pertenecen
al país de los niños
igual que los muertos pertenecen
al país de los muertos.
Eso pienso mientras camino
con mi hijo por el cementerio
y lo veo alejarse corriendo
en dirección de una lápida
donde un remolino de papel
y un Garfield de peluche
manifiestan la visita reciente
de unos padres desolados.
Mi hijo de cuatro años juega
con el peluche de un niño muerto
y yo temo que quiera llevárselo a casa
pero no dice nada, no quiere
llevárselo: unos segundos más tarde
lo deja respetuosamente
en el mismo lugar
y se despide no sé si del peluche
de la lápida
o del niño muerto.
Mientras Vicente lee su poema, aún sin nombre:
si vuelves a mi casa no te olvides:
la llave que es redonda es de la reja
pintaron con acrílico naranja
la llave de la puerta principal
las otras llaves nunca las usamos
es una puerta vieja con dos chapas
cerramos solamente la de abajo
mi casa tiene doce interruptores
y diez enchufes dobles y uno triple
y hay dos alargados no muy largos
la clave del internet ya la conoces
la casa tiene grietas invisibles
y gatos desafiantes en el techo
y manchas que no veo en las paredes
y un árbol de limones bien amargos.
Y yo rescato estos poemas porque es poco probable que aparezcan en esas guías telefónicas de los poetas jóvenes que comunmente se llaman antologías.
