Diez años después de que
Kevin Parker debutara como un ejemplo de la autosuficiencia en una industria en
transición, era difícil imaginar que todo llevaría hasta aquí. Pero hagamos un
pequeño recuento. Desde hace un tiempo la dinámica de la banda como conjunto
de elementos creativos se ha visto un poco distorsionada. Cada vez es más común
encontrar bandas de una persona, en la que el miembro principal escribe,
produce, graba, mezcla, masteriza y promociona su propia música. En ese
sentido, Kevin Parker llegó un poco tarde, pero la esencia es la misma. Innerspeaker
fue la culminación de un movimiento que empezaba a retomar el rock psicodélico,
ácido y en baja fidelidad que fue tan famoso en los sesentas y setentas. Mismo
que refinó y expandió en Lonerism y que tiró al suelo y lo volvió a
armar con cinta sintética llena de fiebre pop en Currents. La evolución
sónica de Parker hasta ese entonces parecía perfecta e inmaculada. Su sonido
estaba dentro de lo que parecía una imitación descarada del rock antes mencionado
y una voz tan exageradamente parecida a la de John Lennon que me provocó una
repulsión de inmediato, hasta que el solo de sintetizador en “Elephant” me calló
el hocico con madres. Está muy bien hecho. Luego, la espera por Currents
simplemente fue el siguiente paso lógico.
Currents
es un paso inesperado dentro de la secuencia de Kevin Parker. Algunos lo vieron
como una respuesta al Random Access Memories, la alta fidelidad y el
sentido nostálgico eran más patentes que nunca. La influencia del sonido
electrónico hecho en los setentas y ochentas eran el telón de fondo de un tema
recurrente en el disco: ir hacia adelante. La misma portada era una pequeña
exploración de eso. Un campo uniforme que de súbito se ve invadido por una masa
que distorsiona todo a su alrededor. Y aunque fue el disco que le dio el
estrellato mundial, de la crítica como del público, la verdad, lo que seguiría
de ahí no se veía muy claro. Y después, el silencio. Kevin Parker se recluyó
durante un tiempo, haciendo sólo colaboraciones aquí y allá. Hizo una aparición
estelar en Astroworld, y corroboró lo que ya pensaba, si Tame Impala
hiciera beats de Hip Hop, sonaría a algo muy parecido al Travis Scott del 2018.
Así, cuando “Patience”
salió el año pasado, parecía que estábamos ante algo más concreto. No sonaba
muy revelador, quizás una extensión de lo que había hecho en Currents,
con un aire un poco latino, pero nada más. El efecto del phaser tan
característico estaba ahí, saturándolo todo. La verdad no me entusiasmaba mucho
escuchar algo nuevo de Tame Impala. “The Less I Know the Better” y “Let it
Happen” eran muy buenas canciones que hartaron por la sobre exposición que
hicieron de ellas en la radio y en todos lados. Y luego, también de repente,
empezaron a salir demasiados sencillos. En una revista leí que para cuando el
álbum saliera, ya no habría mucho qué escuchar. Oh soberano error.
Entonces, The Slow
Rush fue anunciado. E incluso desde antes, ya era uno de los discos más
anticipados del año. Por muchas razones, pero la más importante, porque quizás
Tame Impala era la banda más importante de rock de la última mitad de la década.
La experimentación y la sensación de atmósfera estaba muy perdida en el Inide
rock, y Kevin Parker vino básicamente a ponerla de nuevo en el centro de
atención. Así, cuando salió, The Slow Rush tenía una premisa predecible,
pero un poco más intrigante que el Currents. Kevin Parker siempre ha
sido un perfeccionista, se nota en el tipo de composiciones, en su producción a
la que no involucra a nadie mas que a él mismo. “One More Year” es una carta de
principios, en la que bien podemos resumir todo el disco. Los tempos no tan
rápidos, la voz procesada hasta el agotamiento, y una vibra electrónica y Disco
siempre presentes. Frases cortas, directas al punto. La producción es retro,
como en el último disco, pero se lo lleva al extremo. Hasta la orquesta
sintética suena a una canción de Chic, salvo por la inmortal guitarra de Nile Rodgers.
No es el prólogo monumental de “Let it Happen”, y por momentos da la sensación
de que se estanca, de que no llega a ningún lado. Pero sirve como buen
precedente. También aquí introduce el tema principal, los cambios que se hacen
poco a poco, la autoreflexión sobre nuestro potencial y nuestras capacidades.
Después, “Instant Destiny” y “Borderline” nos regresan a esa época del disco
anterior, pero con un toque extra, que no entendí hasta después de varias
escuchas. El Innnerspeaker y el Lonerism nunca habían estado tan presentes
desde que salieron. Parece mucho, el disco salió hace sólo ocho años, pero
parece que fue una eternidad. Hay funk, hay Soul, hay Synthpop, pero en su
estado más experimental. Experimental para esos géneros pues, no es que TSR
sea muy abstracto, ya tenías un pronóstico similar, pero para el gusto de James
Brown, de Stevie Wonder, este álbum debió ser el Songs in the Key of Life
mientras se sobrepasaban de ácido. El mote quizás lo tenga bien merecido. Hay
pasajes muy largos, muy espaciados y ciertamente muy envolventes.
En “Posthumous Forgiveness”
hay una cantidad inmensa de capas de sintetizador, en una canción tediosa, que
recuerda por mucho al Kevin Parker de sus inicios, con guitarras más limpias,
pero con una autoindulgencia cada vez más descarada. No me malentiendan, puede
ser cansada por momentos. “Breathe Deeper” y “Tomorrow’s Dust” son pistas
también largas, con capa tras capa de instrumentación, y a estas alturas, The
Slow Rush empieza a dar la sensación de que debió ser más corto. Hasta aquí
la producción sigue siendo impecable, sólo se empieza a sentir monótono, algo
que nunca había pasado en un disco de Tame Impala. “On Track” es la misma
historia, momento largo que hace que uno pierda el interés, claro que sí.
Y cuando ya empezaba a
cansarme de escuchar, porque ya iban siete canciones y no veía que las cosas se
salieran mucho de lugar, “Lost in Yesterday” vino a salvar todo, un poco.
Cuando salió de sencillo no lo escuché, y aquí agradezco no haberlo hecho, el
factor sorpresa no hubiera sido el mismo y al hartarme nunca hubiera escrito
esta nota en primer lugar. El pop ochentero aquí está más que evidente, con
batería y un bajo fabricados como esas canciones de Foreigner o Rick Astley que
sólo se escuchan una vez en la radio durante la hora que dedican las estaciones
a esa época, pero aquí no cansa, ni parece que sea su propósito darle un fin
hiper lucrativo al disco, sino un sentido homenaje a una ola de música
particular, algo que sí está muy de moda en estos días. Bien ahí, creo de las
mejores canciones del álbum. “Is it True” también viene a darle un respiro a
todo. Aunque parezca que no, la vibra Disco aquí está mejor que nunca, bien
equilibrada, con piano eléctrico y un bajo que engancha de inmediato. También
hay una línea menos tediosa en la instrumentación, porque no tiene tanto
contenido que la sature, sino más bien es ligera como ninguna.
“It Might Be Time” viene
a romperlo todo, llevábamos casi diez minutos de canciones equilibradas y aquí
el loop de piano eléctrico parece infinito, al punto de que ya no esperaba
mucho cuando pasaron los casi cinco minutos que dura. Los teclados y la batería
abruman, parece sacada de los primeros discos de los Chemical Brothers, en los
que la batería atronadora y llena de reverberación eran esenciales. No termina
de cuajar, porque parece ya algo excesiva. La estructura se vuelve muy repetitiva,
pareciera que intenta ser un recuento de sus primeros años, pero cae
estrepitosamente porque no suena nada inspirada.
“Glimmer” viene a
anunciar el fin del álbum, haciendo el resumen que ya era “One More Year”, con
ese ritmo pegajoso, sin una línea melódica muy clara, y con la duración
necesaria para entender que no debemos esperar mucho de ella. Así, “One More
Hour” viene a ser el “New Person Same Old Mistakes”. La analogía es cierta por
una razón, porque la fórmula es prácticamente la misma. Es una melodía reiterada,
que después de un momento cumbre de catarsis, se vuelve esperanzadora y más
accesible que lo pronosticado al principio. Llena con más guitarras, la batería
más rockera y con los sintetizadores abrasivos pero no cansados. Sí es una
buena despedida, no como me hubiera gustado quízas, porque su lado fuerte sigue
siendo las canciones más pop, pero deja buen sabor de boca después de casi una
hora en la que las cosas no sólo eran más concretas, pecaban de predecibles.
Bien, The Slow Rush
hasta aquí no es ni de cerca el mejor disco de Tame Impala. Hace unos días recuerdo
que comenté que cinco años eran demasiados para hacer un Currents
Segunda Parte. Las ambiciones del rock ácido y psicodélico se abandonan por
algo más pop, que no es necesariamente malo, pero sí con menos lugar a la
imaginación. Para la gente que está acostumbrada al sonido de Tame Impala, esto
sólo es una continuación, necesaria mas no musicalmente relevante, de uno de
los pocos perfeccionistas que aún quedan al servicio de la música. No es una
mala grabación, para nada. Es un lugar cómodo en el que Kevin Parker puede
seguir experimentando hasta encontrar una forma nueva procesarlo todo sin que
suene forzada y sin que comprometa el atractivo comercial que a él también le
importa. Los virtuosos del sonido cada vez son más escasos, y aunque los que
quedan dejan claro que lo hacen principalmente por ellos mismos, uno siempre
puede agradecer ese gesto.
Después de un mes de
escucha me gusta ver a The Slow Rush como un disco de transición, porque
sí, es predecible y no muy expansivo, pero deja la puerta abierta para que
Kevin Parker tome de aquí y de allá las cosas que necesita para crear su
siguiente obra maestra. Al puro estilo pop, y con la buena dosis de acidez que hace
que su banda siga siendo una de las más interesantes de los últimos veinte
años. Hasta entonces, aún podemos disfrutar de una obra monolítica, consistente
y perfeccionada para aquellos que quieran tomar lo que gusten en una paleta de
estilos inmejorables. Vaya responsabilidad.
