lunes, 30 de diciembre de 2019

...pero nos extraña...

Si alguien recuerda a Will Smith y la película El día de la independencia, se inicia con la lectura de la placa que dejó la tripulación del Apolo 11 en la superficie de la Luna. Eso ocurrió sólo unos instantes antes de que Will Smith nos salvara de una inminente extinción.
Hasta donde sabemos, somos los únicos seres de vida inteligente en el universo, y sin embargo la probabilidad de que estemos solos es tan baja que nos hace cuestionarnos si de verdad lo sabemos. De la misma manera, nuestra presencia en el universo se veía confinada a estas paredes esféricas que llamamos hogar. ¿Conocen las canchas de futbol? Esas como en la que ayer perdió el América. La velocidad ocuparía una pelota para salir de la Tierra sería equivalente a recorrer 30 de esas canchas de fútbol en un segundo. La primera de esas pelotas que salió de nuestro planeta se llamó Sputnik y su única función era emitir un pitido mientras orbitaba alrededor de nuestro planeta; las pelotas fueron aumentando de tamaño y con ello el ego de los que las pateaban; sin dispararse una bala entre ellos, el tío Sam y el soviet se enfrentaron en la guerra fría y como consecuencia obtuvimos para el bien de toda la humanidad la Carrera espacial.
Nos aburrimos de la Luna después de haber llegado, cuando se envió la segunda misión ya se había vencido a los rusos y el público ocupaba aún del drama, es por eso que fue una suerte (lo digo en el más cordial de los sentidos) que el Apolo 13 sufriera su accidente con un elenco conformado por James Lovell, Jack Swigert y Fred Haise (interpretados por Forrest Gump, Sebastian Shaw y Dinky Winks como corresponde en la pantalla grande), recuperando ranking, aunque no pasaría lo mismo con las otras misiones. Apolo 14, 15 y 16 sorprendieron llevando un rover a la superficie lunar para aumentar el recorrido hecho por los astronautas en la superficie de nuestro satélite; el Apolo 17 llevó un científico a bordo, se trataba de un geólogo llamado Harrison Schmitt, una de las doce personas que pisó la Luna, siendo Eugene Cernan el último en subir a la nave antes de alejarse para siempre.
Se canceló el Apolo 18, y es que ir a la Luna es costoso: la NASA optó por misiones orbitales para probar sistemas de mayor importancia en ese momento. Se trata de misiones que usaban los cohetes Saturno V restantes para establecer estaciones espaciales; hablamos de misiones como el Skylab o Sailut, aunque el mayor aporte a la humanidad fue el histórico acoplamiento de las naves Apolo y Soyuz en 1975, lo que de a poco desembocaría en la Estación Espacial Mir (en ruso: paz, un mensaje bastante claro) y ahora en Estación Espacial Internacional, que es una reunión de módulos de la NASA, Roscosmos, ESA, JAXA y hasta un par de instrumentos científicos proporcionados por México.
Después de la muerte de los Apolo, la NASA decidió dejar morir a los cohetes Saturno V y quedaron sólo miles de misiles modificados a que de vez en cuando enviaba a una persona en una misión secreta. En un esfuerzo por mantener su presencia en el espacio, la NASA pagó a Roscosmos por permitir que astronautas convivieran con las cosmonautas (equivalencia rusa de los astronautas) a bordo de la nave Soyuz, esto fue así mientras se desarrollaban los transbordadores espaciales que facilitarían y abaratarían los viajes. Estados Unidos presentó cinco plataformas con características similares y las nombró Columbia, Challenger, Discovery, Atlantis y Endeavour; sabemos que dos de ellos sufrieron accidentes fatales, mientras los otros tres poco a poco fueron retirados. Los transbordadores espaciales contribuyeron a construir el espacio orbital tal y como lo conocemos, siendo elemental su misión de construir la Estación Espacial Internacional, o la puesta en órbita de misiones de gran importancia como el telescopio espacial Hubble, o los satélites Morelos para nosotros los mexicanos. 
Rodolfo Neri Vela es como Howard Wolowitz: fue una vez al espacio y no ha dejado de hablar de ello desde entonces. Fuera de bromas, se trata del primer mexicano en llegar al espacio para poner en órbita el satélite Morelos II, y la razón por la que no ha dejado de hablar de ello es porque tiene la convicción de no ser el único mexicano en lograr la hazaña. Puedo decir que me inspiró a mí a entrar en la ingeniería para buscar un cambio. De manera más reciente se encuentra el astronauta José Hernández Moreno, y esperemos que esto no acabe ahí.
Sin tomar en cuenta los satélites que se construyeron por diferentes países, además de las misiones en las que casi cada país ha tenido un representante en el espacio, parecía que la exploración espacial era un juego de dos jugadores. Francia lanzó su satélite Astérix, Japón lanzó su Ohsumi, y aquí se empieza a percibir un número mayor de países participantes en la exploración del espacio. Europa como Unión es un participante importante con su agencia conjunta ESA, las naciones asiáticas también han contribuido de manera separada con misiones indias, chinas y japonesas; aquí en latinoamérica Brasil es el principal participante. Sucede que el espacio ahora está más cerca de nosotros (en términos de exploración) y la cooperación es lo que lo acerca.
Por fortuna, la historia no acaba aquí.

domingo, 29 de diciembre de 2019

Hace 50 años la Luna era una fiesta...

HACE TRES DÍAS regresaron los hombres de la luna. Nadie habla de otra cosa. Fue un viaje magnífico y aterrador.
La televisión nos la enseñó de cerca: ¿arena, cenizas, rocas?, el horizonte demasiado breve, parecía que el astronauta se fuese a caer por la borda.
¡Cuántas cosas averiguamos de la luna! Su estupenda, desolada soledad infinita, su enrarecimiento, ¿su vacío?, su superficie igual que el espacio que la rodea: caminos empedrados hacia todas las estrellas. 
Sabremos muchas cosas de la luna, composición química, distancias, logos y grafias. Y sin embargo... ¿le quitarán su miel?, perderá su ternura?
Quiero pensar que no ha pasado nada. La luna no es eso La luna es la distancia de aquí a la luna. Es la luz de la luna mansa e  infinita. Es también su sombre, la certeza de que está allí esperando.
Mientras no nos la quiten, mientras no la hagan girar en órbita alrededor de otro planeta, la luna será nuestra como siempre  hemos pensado: un hermoso sueño, una distante liz que nos penetra, un suave amor profundo y quieto en nuestro corazón. La  luna será siempre el resplandor que sale de nosotros en la noche y en la soledad.
(Jaime Sabines).





Por muchos motivos, la llegada del ser humano a la Luna fue un acontecimiento que cambió todo. En el siglo XX pasamos de transportarnos sobre el suelo a volar y a navegar en la inmensidad del espacio.

Todos estos avances fueron posibles por una carrera armamentística que ha tenido distintos nombres a lo largo de las épocas, y uno de esos nombres es la Carrera espacial, que no es más que una consecuencia de la guerra fría. Sucede que si Washington es capaz de poner un misil con capacidades nucleares en Moscú, se acaba la guerra de manera definitiva tan rápido como se acaba la humanidad en nosotros; sucede lo mismo en sentido inverso. Con esa misma analogía, los saltos que se realizaron durante la carrera implicaban distancias cada vez más grandes o también cargas mayores.  Kennedy, con su decidida lucha antisoviética a cuestas, se decidió a retar a su país a «llevar a un hombre a la Luna y regresarlo a salvo antes de que termine la década.» Sin entrar a reñir con teorías de conspiración o cuestiones políticas, él no alcanzó a ver realizado su cometido, debemos agradecer a él que la NASA haya recibido un presupuesto como nunca antes o jamás pudo conocer ni conocerá, también fue gracias a su mano que toda su nación se unió para subir en sus hombros a ese primer ser humano a nuestro satélite natural. La NASA y Roscosmos brindaron a sus trajeados dirigentes muchos pequeños pasos, y a toda la humanidad grandes saltos. Es así como se pueden enumerar esos saltos, tomo los que considero de mayor importancia:

  • Sputnik I: Primer satélite artificial enviado al espacio (URSS, 4 de octubre de 1957).
  • Sputnik II (Laika): Primer ser vivo enviado al espacio (URSS, 3 de noviembre de 1957).
  • Explorer I: Primer satélite artificial enviado al espacio (EEUU, 1 de febrero de 1958).
  • Yuri Gagarin: Primer humano enviado al espacio (URSS, 12 de abril de 1961).
  • Alan Shepard: Primer estadounidense en ser enviado al espacio (EEUU, 5 de mayo de 1961).
  • Telstar: Primer satélite de comunicaciones (EEUU, 10 de julio de 1962).
  • Valentina Tereseshkova: Primera mujer en ser enviada al espacio (URSS, 16 de junio de 1963).
  • Alexei Leonov: Primera caminata espacial (URSS, 18 de marzo de 1965).
  • Luna 1: Primera sonda no tripulada en llegar a la Luna (URSS, 4 de enero de 1959).
Y puedo ahondar en primeros lugares, cuando lo que de verdad se vuelve de interés es lo ocurrido el 21 de julio de 1969, cuando Neil Armstrong descendió de la cápsula Eagle y pronunció su famosísima frase «Es un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad.» En aquel momento eran millones de personas quienes se encontraban frente a su televisor para ver cómo se conjuraban los sueños y esperanzas de una especie humana que necesita sin duda poder escapar del planeta para poder trascender. En ese tiempo, Nixon tomó su teléfono rojo en un primer momento para felicitar a la tripulación (quizá con eso selló las paces con su rival político Kennedy), y en un segundo momento para recibir la felicitación de Nikolái Podgorni (quizá  firmando así un armisticio por un instante)
¿Recuerdan a Buzz Lightyear? El primer guardián espacial de nombre Buzz formó parte de la tripulación del Apolo 11, y me refiero a Buzz Aldrin, quien descendió a la Luna junto con Neil Armstrong. Quien también figuró en la misión, orbitando el satélite natural para dirigir las comunicaciones y tener todo listo para el regreso, fue Michael Collins; a él ya le tocaría pisar la Luna más adelante. Los tripulantes de la nave fueron pilotos militares antes de convertirse en astronautas, esa es quizá la razón por la que se llegó a considerar al alunizaje como una victoria militar, dejando de ser así cuando los tres personajes eran unas completas super estrellas; los tres hombres incluso hicieron un viaje un tanto más surrealista cuando visitaron México en su gira internacional.
Bien, parece que en su totalidad el crédito de la misión pueda yacer sobre los hombros de estos tres gigantes, sin embargo existen cientos o miles de personas encargadas de realizar los complejos cálculos matemáticos que desembocaron en el alunizaje; o los encargados de diseñar, construir y probar todos y cada uno de los sistemas que llevaba la nave a bordo; aquellas personas de camisa blanca de manga corta que se encontraba en el centro de control y que aparece en las fotos tan emblemáticas... No quiero dejar este espacio en el completo anonimato, y nombro a algunos de estos personajes en nombre de todos: Katherine Johnson, Margaret Hamilton, Wernher Von Braun, y Gene Kranz.
No quiero (y de verdad no tengo ganas de hacerlo otra vez) discutir con todos aquellos que se basan en YouTube para decir que este gran acontecimiento ni siquiera ocurrió; las pruebas están dadas para quien quiera buscarlas y tenga suficiente criterio para aceptarlas. Mencionaré a modo de knock out que la mejor manera de comprobar la llegada del hombre a la Luna es ir y leer por uno mismo la placa conmemorativa; en su defecto, si se posee un láser lo suficientemente potente, puede usted usarlo para apuntar al reflector que se dejó en el Apolo 11 y en cada una de las subsecuentes misiones; tenemos también las rocas lunares como evidencia y un sinfín de avances científicos que se hubieran llegado mucho después de no ser por el reto de Kennedy.

viernes, 27 de diciembre de 2019

El principio del placer

En los rincones de mi memoria ya tenía la impresión de haber leído este libro con anterioridad. Mis recuerdos no me engañaron y encontré una pequeñísima reseña que preparé en ese tiempo para un grupo de lectura que comparto con algunos amigos; esto de aquí es una reseña también para el grupo de lectura (guiño, guiño). Existe una maldición (?) que me persigue cuando regalo un libro, y es que cuando lo hago siempre vuelve a mí con diferente edición; después de varias incidencias es que he tomado una medida como precaución: cada que regalo un libro le incluyo dedicatoria.
Regalé El principio del placer hace algunos años y en sus primeras páginas incluí una nota que llené de muchísimo cariño para la persona que le regalaría el libro. Hace pocos días volvió a mí el libro en una edición más nueva. En esta entrada del blog quisiera hablar de la otredad, del Claudio que compró el libro en un puesto hace algunos años, y del Claudio que recibió el libro ahora. Junto con la maldición que me persigue cuando regalo libros, debo añadir que se me olvidan las tramas de los libros al poco tiempo de leerlos, por lo que al releerlos me llevo gratas sorpresas siempre.
La reseña que escribí hace algunos años la inicié así: «Hay básicamente dos maneras de decir las cosas: de golpe y como se debe. A la hora de querer escuchar alguna, yo opto por la tercera: como José Emilio Pacheco». Ahora mantengo lo que digo, y Langerhaus es esa primera historia que se me viene a la mente cuando hablamos de la otredad, pues en ella encontré historias de fantasmas la primera vez, mientras que ahora en la segunda me parece evidente cómo el olvido es un arma poderosa, y cómo la memoria es un arma falible (por decirlo poco), como sea que se le quiera ver.
El principio del placer, la novela corta que comparte título con el libro, nos muestra a Jorge, y me recuerda que yo soy casi diez años mayor que el Jorge que retrata José Emilio Pacheco, parece tan actual esa historia tanto cuando López Mateos era presidente como cuando yo estaba en secundaria. Uno puede diseccionar a esa novela corta en cada uno de sus órganos.
En el cuento La zarpa se muestra la historia con un punto de vista retorcido acerca del significado de la amistad. La fiesta brava es un cuento dentro de otro cuento, y a la vez son dos historias que transcurren de manera casi paralela; una no existe sin la otra y se vuelve una responsabilidad del lector llegar a la intersección; es una de las historias que sirven como guía de viajes en la Ciudad de México.
Terminamos con Tenga para que se entretenga y Cuando salí de La Habana, válgame Dios. Un par de auténticas historias de fantasmas. Nos ponen la piel de gallina, y sin embargo despiertan un miedo que requiere dos o tres leídas más para concretarse.
Hasta aquí mi reporte, ya luego veremos cómo lo describo cuando lo lea por tercera vez.

domingo, 22 de diciembre de 2019

Pereza - Aviones



Hace unos meses me topé con un vídeo en el que un sujeto decía que había llegado el fin de la melodía. Que había analizado varias épocas, géneros y artistas y llegó a la conclusión de que, efectivamente, la complejidad y emotividad de las melodías en las canciones había reducido bastante. Cómo comparar, decía, las melodías y coros tan cuidados de los Beatles, Eric Clapton e incluso Madonna en los ochentas; a Billie Eilish que apenas parece que canta, a Taylor Swift con sus habilidades expresivas reducidas a sólo un buen ritmo con acordes pegajosos. La tendencia, argumenta, es casi una infección en toda la música occidental en los últimos años de este siglo. Las canciones no dejan de ser interesantes, no ahuyentan su atractivo comercial, pero también no puedes decir que se caractericen por tener una melodía muy complicada o muy trabajada. Sin meternos en detalles, la melodía es la parte que junta prácticamente todo, ritmo, tonalidad y armonía en una pieza. Por ende, es la parte más complicada de hacer a la hora de componer algo. Es lo que volvió a las canciones de otra época algo que se quedó en nuestras cabezas por décadas. Es imposible olvidar esas líneas en “Don’t Stop Me Now” como una invitación segura a moverse hasta para el más renuente amargado del lugar. Y aunque “Bad Guy” no es mala, ni Billie Eilish es mala artista tampoco, no podemos decir que su éxito recaiga en la misma razón que hizo a Freddie Mercury el mejor cantante de rock de todos los tiempos (lo es, ya es hora de aceptarlo). Lo de si ella es, con su disco y con unos cuantos sencillos, la voz de su generación, es cosa aparte, y que me genera sentimientos encontrados.

No olvidemos que este año, y esta década, terminó por cerrar una etapa de transición en la industria musical. El streaming y los éxitos virales fueron un carrusel a punto de volar. Turbulencia y mareo incluidos. Nunca fue tan fácil hacer un hit, y nunca fue tan difícil mantenerlo. Por eso, a media década, un amigo publicó una vez una canción terriblemente bella, y que por ende distaba muchísimo de todo lo que mencioné arriba. “Al otro lado de las vías estoy, el Sol se esconde…”. Unos cuantos acordes en piano, una sección de metales y era todo lo que necesitaba. Yo sabía de Leiva por su relación con Sabina desde hacía un tiempo, con Pereza, pero esto me voló la cabeza. Era un coro monumental, emotivo gigante. Entonces, la búsqueda inició. La principal característica que encontré en él fue su capacidad para hacer coros y versos buenísimos al puro estilo clásico del rock setentero, pero con un toque renovado que debe tener toda buena grabación. “Nuestra revolución era una ensoñación. Fin de la historia, oh oh oh…”. Tenía todo para ser un himno. Luego, en una búsqueda en internet me topé con “El Día Que No Pueda Más”, ya con Rubén Pozo, para ser un corte de Aviones. Lo diferente era su cualidad acústica, porque Leiva es guitarrero con toda la crudeza y finura que eso requiere. La melodía de los versos y el coro eran ya también una declaración de principios y a pesar de que la línea “El día que no pueda más voy a matarte” es una invitación segura a una controversia para Twitter si hubiera caído en estos años, la verdad es que es de las mejores canciones que he escuchado en mucho tiempo.

Entonces, Aviones fue una referencia obligada que toma rato en escuchar completo. La cultura de esta década se hizo presente, escuchar 17 canciones en un disco es casi un suicidio musical si no lo anuncias como un álbum doble, y con todo y que fue publicado en el 2009, sigue teniendo una frescura que es difícil encontrar no sólo en el rock, sino en la música iberoamericana en general. Entonces, entendí que Leiva llevaba ya años construyendo ese sonido que en Monstruos se oye impecable, y en el que ya era dueño de sus recursos literarios y musicales. La obra de un artista es un libro en blanco, que se escribe una nota a la vez, para a quien le importa un poco más de lo normal dejarnos algo memorable. Desde “Windsor” ya advertimos su forma orgánica y desinteresada de plasmar simplemente canciones bien curadas. Los coros, otra vez, se cantan ligeros y potentes por igual. Listos para los estadios como para cualquier sala de conciertos pequeña. Y así, se sigue una sucesión de canción tras canción en la que puede que se sienta que se reciclan melodías, pero que tenuemente se matizan con los acordes de Leiva y las frases de Rubén Pozo. Es que parece que ya eran un super grupo desde entonces. El rocanroleo no se pierde para nada, y Dylan como Bon Iver se hacen presentes para continuar un sonido americano profundamente arraigado en una raíz española. Lograr la conjunción de esas cosas es tarea titánica, y lograrlo merece que se use para sí el apelativo de Titán, sin dudas. “Lady Madrid” sigue una línea también muy definida, en la que los amores contrariados son una temática principal.

Calamaro hace una aparición estelar en “Amelie”, en la que tenemos el título del disco en los versos. El ritmo blues y country no se deja de lado, y aunque instrumentación no cambia de forma considerable, las texturas de las guitarras son variadas por mucho y no caen en redundancias, el pecado mortal del rock en nuestros días. Cada canción parece que se ha hecho con toda la alevosía de crear himnos, extractos que la gente puede cantar y cantar no importa en la época en la que se encuentre. Las bondades del uso de la guitarra acústica son precisamente esas, Rick Rubin mencionó una vez, a propósito de la versión de “Lovesong” de Adele, que todas las canciones que son las mejores pueden reducirse a un piano o guitarra y al cantante. Entonces, crear canciones que un profesional puede cantar como un amateur son las joyas que la gente tiende a infravalorar de inmediato. Porque para cuando llegamos a “Leones”, esta primicia no sólo se confirma, se potencia y se mejora con triunfo. Para “Champagne” tenemos quizás el cambio de dinámica más importante. A estas alturas, “Champagne”, con un jazz blues de película negra, desemboca en un coro entre optimista e irónico, que se queda bajo la superficie. Los metales llegan para contrastar una melodía en plan soul y que no opacan ni dejan lugar que se sienta vacío. La producción es muy buena hasta estos momentos. Es en “Que Parezca Un Accidente” en el que tenemos el primer desliz. La melodía pop no queda, para nada, rompe el hilo orgánico de la grabación y con todo y que su coro sigue siendo su fuerte, su afán por subirse a la tendencia de líneas melódicas del 2009 no le sienta nada bien. Probablemente el único momento que está demás en un álbum con una hora que apuntaba a ser un resultado un poco indigesto. Insisto, la paciencia de Facebook no era para las obras de esos años. “La Chica de Tirso” también tiene un lugar muy importante que tiene su justo y merecido valor dentro de los éxitos de Pereza. Aquí en el contexto del disco nos regresa al humor decadente y volátil que necesitaba esta colección en estas alturas. La letra debe ser un mensaje directo que no logramos entender los profanos de la vida de Leiva, pero es emotiva como debe ser, no empalagosa, ni excesivamente deprimente. El punto medio necesario. Las canciones en voz de Rubén Pozo empiezan a escasear, vaticinando el final, quizás. Y para “Voy a Comerte” uno empieza a sentir que quizás era necesario cortar algunas canciones. Aunque su valor lírico vale millones, eso sí.

Entonces, viene la recta final y lo que me trajo a aquí. “El Día Que No Pueda Más” inicia una última fase en un disco que no se siente que haya durado tanto todavía. La letra aún me estremece por momentos. Pero es que esa “me levanto lento, voy hasta arriba, no me trago y compro mi compañía” sigue siendo una de las mejores partes del rock español en esos años. Siempre he tenido la idea de que hay una canción que nunca termina de encajar en cualquier disco. No que esté de más, pero su estructura, su cadencia y su humor general no empatan con el resto. Esta canción es esa. Baja de tajo el tempo y se pone profundamente confesional. Sincera, lo más probable. Su letra rígida y honesta la quita del resto precisamente por esa razón. Las canciones hasta ahora tienen un aire fantasioso que brillan gracias a ello. Esta es sincera y desinteresada, lo que se aleja del plano ficticio que tienen las demás. La voz susurra más que canta, como suplicando, y eso también la lleva a otro plano aparte. La madurez de Leiva como letrista está aquí inmejorable y siempre ha sido mi favorita de todas las de Pereza. Con sus metales tipo “Penny Lane” y su órgano “Strawberry Fields Forever”, es la joya, seguro.

El blues regresa con “Escupe”, con renovada energía después de la emotividad y tour de forcé que es la pista anterior. También es probablemente la mejor letra cínica y brutal que tiene Rubén Pozo. Y para rematar, como haciendo batalla por la mejor línea y fraseo de Robert Johnson, “Señor Kioskero” es otra perfecta canción, más en tono hard rock, que da un subidón al álbum a espera de sus últimos momentos. Finalmente, “Llévame al Baile” acaba tranquila y plácidamente este cóctel de blues y rock que no deja de ofrecer diferentes escuchas cada vez que me lo topo. La única canción en la que Pozo y Leiva cantan a dueto, no le pide nada a las mejores baladas de su época. Regresando a su temática romántica y contrariada. Un guiño a lo que sería “Palermo No Es Hollywood” varios años después.

La cosa ha sido muy complicada. Pereza se disolvió, y Leiva ha intentado hacer carrera solista con cuatro discos muy buenos, es la verdad. Leiva ha optado por prescindir casi por completo de la guitarra acústica. Y en Polvora llegó a otra madurez que parecía que ya no mejoraría en Aviones. El vals sin final de “Llévame al Baile” es una pasada de coda, con un solo de guitarra intenso que deja con ganas de más.

Aunque no pudimos haber visto la muerte del rock como género mayoritario, ni que Spotify iba a dictarnos de manera tan fascista qué escuchar, Pereza todavía es algo que podría brindarnos inspiración para muchos años más. Aviones ha envejecido con gracia, algo impensable en un disco de este año, y a sus diez años todavía podemos ver su maestría como algo atemporal, porque se basa en raíces más profundas que una tendencia. Y porque sus coros se cantan a todo pulmón aunque no podamos decir una palabra en voz alta. La melodía seguía más viva que nunca y, por eso, los condenados, una vez más, los saludamos.