martes, 29 de diciembre de 2020

El guardián entre el centeno

Comencé a bosquejar las primeras palabras de esta entrada allá por el ocho de diciembre, cuando en esos días John Lennon fue Trending Topic en Twitter; ahora que el mes se prepara para decir adiós con las manos es probable que no tenga sentido hacer una reseña del libro de noviembre. El caso es que desde finales de noviembre todo se puso raro y diciembre sólo consiguió perpetuar la extrañeza. No tiene caso explicarlo, todo este año estuvo empapado de una otredad que no despierta interés.
La importancia de mencionar a John Lennon es que en las cercanías del ocho de diciembre todo el mundo recuerda el aniversario de la muerte de este personaje. A lo mejor todo el mundo lo recuerda cuando el frío le susurra a la piel que llega diciembre, aunque sinceramente esta sensación de piel de gallina es indistinguible de la que provoca la próxima llegada de la vacuna del Covid-19. Vacuna de la otredad. Pfizer parando la cosa como siempre.
Ahora, cuando mencioné ya a Lennon y al ocho de diciembre, es inevitable que entre en el juego Mark David Chapman, trayendo consigo John Hinckely Jr. y Robert John Bardó. Estamos hablando de la relación de algunos asesinos con el libro que parece ser un manual de misantropía. Aquí está escribiendo un seudo-adulto que hace unos años (quizá ayer) era un completo Holden Caulfield. Estoy escribiendo para un eventual interlocutor que en algún momento (quizá ayer) era un Holden Caulfield. Y es que no me equivoco si digo que es un libro diferente a cualquier otro, por su lenguaje, por sus personajes y por una serie de peculiaridades que uno sólo entiende cuando lo va leyendo.
Así es, me estoy refiriendo a El guardián entre el centeno, y para quienes ya lo conocen, estas afirmaciones de seguro les provocarán un movimiento vertical de la cabeza en signo de aceptación. Nos encontramos con una verdadera novela adolescente, para el momento en que uno ha vivido realmente poco y ha leído aún menos, la novela de iniciación, la novela de angustias y contradicciones. La novela es una cachetada con la que nos damos cuenta que los patos de Central Park no van a ningún lado y de todas maneras la vida seguiría con su andar sinsentido, y está bien. La verdad es que no recuerdo todo lo que hizo Holden a lo largo de la historia, no existe algo reseñable en el libro que merezca que se le haga un libro entero, y sin embargo es un libro increíble;  pero recuerdo mucho a Holden, como a La Maga de Cortázar, o el monstruo de Frankenstein de Mary Shelley. A lo mejor el encanto se deba a que la historia es más real que la propia vida.

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La reeleré algún día, espero que me toque releerla cuando vuelva a la adolescencia.

martes, 3 de noviembre de 2020

El Túnel

«...en todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario, el mío.»

Primero, este sujeto se atrevió a epigrafiarse a sí mismo, y yo también lo epigrafío aquí. En segundo lugar, este sujeto nos cuenta el final al inicio de este libro: ¡Brutal!
En general cuando me preguntan qué libro es mi favorito me resulta difícil. No me lo pregunten, hace mucho tiempo que dejé de clasificarlos por genialidad y simplemente lo ignoro; pero si me lo preguntan, es casi seguro que diga que mi favorito es El túnel. A lo mejor es verdad, y no me molestaría en lo absoluto que así fuera, cuando es un gran libro (oxímoron forzado).

Sucede que hay un no sé qué que qué se yo con los escritores rusos que siempre me hace volver a disfrutar sus páginas, y en particular eso implica que llegue a Dostoievsky. Lector, sucede también que Ernesto Sábato es el más dostoievskiano de entre todos los escritores latinoamericanos. No son palabras mayores, sólo es cuestión de enumerar algunos pocos autores y pensar en su estilo... ¿ahora lo ves? A mí también me sorprendió esta conclusión. El protagonista es un pintor de nombre Juan Pablo Castel, y también está muy presente María Iribarne. Nosotros podemos estar seguros de que tanto Castel como Iribarne están a la altura de los personajes de Dostoievsky (otras vez este tipo), Hemingway o Woolf, por mencionar sólo pocos nombres.
El túnel es una novela que se asemeja a una pintura (vamos, que Castel era un pintor), y en esa pintura de la que hablamos la composición es simple: con una imagen central llamativa, pero uno debe esforzarse por apreciar los detalles superfluos, ver a través de la ventana. Nos encontramos mirando directo a los ojos a una obra maestra de la psicología, que al intentar leerla se pone a leernos. Encontramos en sus pinceladas una completa metáfora de la desesperanza, con aquello de los túneles paralelos.




Coda
«Yo siempre he sentido un poco de lástima
hacia aquellas personas que no han conocido
el Ajedrez; justamente lo mismo que siento
por quien no ha sido embriagado por el amor.
El Ajedrez, como el amor, como la música,
tiene la virtud de hacer feliz al hombre».
Siegbert Tarrasch.


Estos días vi en Netflix una miniserie que me encantó. Desde siempre he sido un fanático del ajedrez, por lo que cuando me apareció en las sugerencias un Gambito de Dama lo acepté (guiño guiño) y me pareció increíble. Cuando se trata de ajedrez es difícil realizar una serie acerca de este tema sin que se incline a la pedantería o al hastío, le pasó a En busca de Bobby Fischer y a La jugada maestra (que no he visto, sin embargo es posible inferir que dado el poco éxito que tuvo, también le pasó). No sé si yo pueda gritar a los cuatro vientos que es una obra maestra, pero sí es una joya que de seguro atraerá a más personas a este hermoso deporte, y a lo mejor también contribuya a que se den mejores producciones sobre el ajedrez y quién sabe si a la larga alguna vez nos muestren otra apertura y la historia de otro ajedrecista.

domingo, 4 de octubre de 2020

El Coronel no tiene quién le escriba

Como ocurre todos los años después de la guerra civil, octubre es una de las cosas que llegan con seguridad y nos hace sentir como si tuviéramos animales en las tripas.
La época ulterior a «Cien años de Soledad» es un charco en el que varias de las obras de Gabo meten los pies y chapotean. Hay que agradecer al coronel Aureliano Buendía su lucha en cada una de las revoluciones en la que peleó en un ir y venir del partido liberal y el partido conservador. Hay obras que a manera de crónica hablan de las hazañas de este personaje, al que admiro mucho por lo que se dice de él más que por lo que hizo, así que no tendrá caso que esta reseña se engrose con material que no le corresponde. Si me tomé la molestia de invocarlo al pronunciar su nombre, sólo fue porque el personaje principal de esta novela corta (?) peleó a su lado en la guerra de los mil días de Colombia en ese tiempo añejo.
Del desfile de contiendas, los vencedores se quedaron con los puestos políticos y los vencidos se tuvieron que conformar con el amargo sabor del olvido (algo que casi ni pasa). Bueno, mientras todos estaban en la miseria de la desmemoria, el único aliciente era esperar la jugosa pensión que les prometieron por sus servicios a la nación, sin importar si pelearon del lado liberal o el conservador. El Coronel vive con su esposa y un gallo de pelea que heredaron de su hijo, asesinado hace unos meses. En un pueblo de esos donde la gente conoce hasta la intimidad dentro de la vida de sus vecinos, guardar las apariencias resultaba necesario para llevar la vida a cuestas, con lo que la esposa del coronel se enfocaba en estirar el gasto para poder alimentar la boca del gallo, la boca de su esposo, la suya propia y a ese asma que la embestía cuando cada quince días el Coronel regresaba de la oficina de correos con las manos vacías. La vida no era tan sencilla, la desesperanza provocada por la pensión que no llega se amortigua con el dinero que pudieran ganar cuando lleguen las ferias y el gallo pueda darles dinero ganando peleas, de momento la cuenta gorda era un pagaré a «cuando cante el gallo».
Gabriel García Márquez, a quien todos le llamamos Gabo por cariño, consideraba a «El amor en los tiempos del cólera» la obra por la que quería que se le recordara por representar la historia de amores contrariados que vivieron sus padres; «Cien años de Soledad» sería el libro que le dedicaría a Mercedes, y resultó ser el grifo por el que todos sus libros serían dados a conocer al mundo, incluyendo este cuento largo (?) en el que aún no se presentan los saltos en la historia ni los arrebatos de realismo mágico que caracterizan al buen Gabo. En este punto yo me paso a retirar, y tengo la inquietud por saber si le hice justicia a esta historia (lo más seguro es que medio párrafo no es hacerle justicia), pero ya no puedo agregar más texto sin empezar a copiar las frases componen la narrativa del libro.

Coda.
Estoy seguro que el coronel se entretenía leyendo las travesuras de Mafalda en el periódico. También estoy seguro que lamenta la pérdida de Quino, como todos nosotros.

viernes, 4 de septiembre de 2020

Amor propio

ANTIGUOS COMPAÑEROS SE REÚNEN
Ya somos todo aquello 
contra lo que luchamos a los veinte años
—José Emilio Pacheco


Si te digo que te falta amor propio, no me refiero a que te falte este bien tan invaluable, ni tampoco que sea un guiño a la feliz metáfora, o no sé qué te venga a la mente. Muchos llegaron antes que yo para hablar del tema del que yo no voy a hablar, y es que todos tienen el amor propio como mantra, y está bien, pero Gonzalo Celorio no pensó en eso cuando proyectó el título de la novela como un eufenismo y no como un tema de superación personal. 
En la universidad de Guadalajara, Salvador Allende mencionó en su discurso que «...ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica.», y mi yo un poco más joven sabe que es cierto, y ustedes saben que es cierto. Lo que es verdad con el pasar de los años, es que al subir los escalones de la edad en una maniobra llamada madurar, crecen las responsabilidades, dejando sobre el suelo las migajas de la utopía que buscábamos construir. Saben a lo que me refiero, y saben también que no significa algo malo: «Es parte de crecer, Timmy». 
Las partículas que forman nuestra personalidad son algo que bajo la lupa puede verse como personas diferentes conforme pasan los años. La persona que es enamora en la adolescencia no es la misma que se realiza la misma acción en los 20's y tampoco corresponde con la de los 30's en adelante, eso a pesar de que la persona que está en el brillo de los ojos sea la misma. ¿Qué voy a saber yo que estoy ingresando al segundo piso? La verdad es que hablo desde lo que vivió Ramón Aguilar, a quien sus amigos llaman Moncho. 
Si llegamos ya hasta aquí, es para decir que Moncho es el personaje principal de esta novela en la que un estudiante de la prepa entra en la facultad de filosofía y letras y después se hace camino escribiendo para vivir antes de acabar en las filas del ejército Godínez. Los sucesos corren en las periferias del movimiento estudiantil del 68, luego tenemos el halconazo y el sabor amargo queda en la boca. A final de cuentas, estamos conscientes que estamos frente al retrato de una época. La historia transcurre en las fiestas, porque ese es el lugar en el que se gestan las transformaciones de la sociedad, pues es donde salen a flote los contextos culturales y surgen las modas y las ondas. Es a lo largo de esas transformaciones que podemos decir que «Yo tenía la onda, pero luego cambiaron la onda. Ahora la onda que traigo no es onda, y la onda me parece muy mala onda, y te va a pasar a ti.» Le pasó a Mocho y de seguro a todos. Susana aparece con una gran importancia desde las primeras fiestas, y puedo inferir que Ramón le toma algo más que cariño a esa muchacha con la que luego se casa sin casarse, y bueno, esas cosas pasan; en particular cuando Juan Manuel Barrientos pone su casa que parece ferrocarril para la boda que no es boda.
Lo importante era hablarles sobre la novela y los cambios que en ella se hace énfasis, por lo que adentrarme más en la historia implica un delito llamado spoiler, sólo quería llegar al contexto de la boda para mencionar la casa de ferrocarril y al doctor Juan Manuel Barrientos para promocionarme, porque Gonzalo Celorio ha sido uno de los mejores descubrimientos en este terrible año. Tantán.

lunes, 17 de agosto de 2020

Conferencia sobre la lluvia

Óyeme como quien oye llover,
ni atenta ni distinta.
‒Octavio Paz.

En esta temporada de huracanes, la imaginación nos lleva a sitios donde lo que más se ansía es leer acompañado de un café mientras se miran las gotas cayendo por la ventana, o es lo que dicen algunos. La verdad es que la lluvia es una gran metáfora, quizá se disputa el primer puesto con el amor, la muerte y los tacos. Juan Villoro se ocupa de mostrarnos quiénes son los poetas que son capaces de cambiar el clima usando sólo sus versos. A una conferencia acuden adeptos al tema y a veces los hay quienes llegan a ese lugar para refugiarse de la lluvia, qué gran ironía que la charla tenga todo que ver con lo que ocurre afuera. Este libro es un paraguas: todos caben para refugiarse del agua y empaparse de su relación con la poesía amorosa.

En el prólogo, Juan Villoro dice: «El teatro es un género literario peculiar: se escribe en un mundo y se representa en otro.» Traigo este tema porque el libro se trata de un monólogo que se escribió para la inauguración del teatro Antonieta Rivas de la biblioteca de México. En el monólogo se aborda un rincón en la vida de un bibliotecario que se encuentra acaso en el cenit de su vida, cargando a cuestas con un volumen de lectura enorme de todos sus años  en el puesto (Villoro explica que se trata de un retrato de Jaime García Terrés). Ser albacea de la biblioteca lo ha llevado a conocer la manera en que se acomoda esta colección de amores, de repudios, de sinsabores y de nostalgias; a la par también la ha dejado un dolor de espalda que se relaciona con todas las veces que su oficio le exigió agacharse, y toda la baraja de posiciones que adopta al leer; aún así va a necesitar ponerse de pie por no sé cuánto tiempo para dictar una conferencia.
Ahora, el bibliotecario es un ratón de biblioteca, o sea un completo ser introvertido que, a pesar de lo que esto conlleva, encontró el amor en al menos dos ocasiones. Esto de aquí es el nudo dentro de la historia que se desarrolla, y sólo me dedicaré a decir que se trata de dos mujeres: primero con una mujer cuyo nombre iniciaba con S y rimaba con la soledad, y luego Laura con los problemas que le acarreaba. Nos encontramos aquí con un hombre melindroso, lo que se vuelve un problema mayúsculo con Soledad, y sin embargo esa misma melindre se convierte en la más tierna cualidad que encuentra Laura en él.
Al final una presencia nos sorprende junto con la lluvia. Debo decir que la mayor lección debe ser no devolver un paraguas olvidado, quién sabe lo que podemos encontrar del otro lado.

jueves, 9 de julio de 2020

Huxley como turista

Se dice que un libro te puede transportar a muchos lugares sin salir de casa. En ánimo de no perder la cordura, en estos tiempos de encierro se vuelve algo real la exploración de cientos de lugares a través de la lectura. En especial, existe una categoría llamada Libros de viajes que en los dos siglos pasados adquirieron gran fama.

Sabemos que Aldous Huxley provenía de una familia de académicos, con lo que no es de sorprender que tomara una relajada vida de escritor. Lo conocemos por su canon de la literatura distópica Un mundo feliz y algunas obras que retratan intereses como misticismo y parapsicología, las religiones orientales y su vista crítica de la literatura inglesa.
En el '33 se embarcó junto a su esposa hacia las islas del Caribe, Centroamérica y México. Es en estas palabras donde nos damos una idea de la situación de esta región del mundo en el periodo de entre guerras. En México la revolución recogía sus últimos tiliches en el maximato aguardando el inicio del gobierno del presidente Cárdenas. Jorge Ubico Castañeda era el presidente de Guatemala en un larguísimo periodo. Jamaica era todavía una colonia inglesa. El panorama era distinto aunque de cierta manera nos referimos a lo mismo. En el '29 la bolsa hizo crack, entonces nuestro personaje se decidió por iniciar el viaje buscando una solución espiritual, y regresó maravillado con los paisajes que encontró a su paso, pero sinceramente horrorizado con las idiosincrasias humanas con que tropezó.
La crónica es fluida, y se logra plasmar a cabalidad la propia dinámica del viaje, así como las impresiones en los involucrados. El libro es un recordatorio para que aquellos interesados en la lectura de temas como la historia y la geografía puedan realzar esas pasiones, y nos muestra una visión extra hasta ese personaje, quizá una de las personas más inteligentes del siglo pasado.

martes, 16 de junio de 2020

Of course I still love you

Hablemos un momento en voz alta acerca de la importancia de los nombres. Allá por el 2001, Elon Musk fundó su compañía SpaceX con un nombre que resumía sus ambiciones de exploración espacial (porque space exploration); al poco tiempo regresó frustrado de tratar de comprar misiles en Rusia y en el equipo se pusieron a trabajar en su cohete mínimo viable, que resultó ser a la postre el primero de capital privado en llegar al espacio: hurra por el Falcon I, honrando el mítico milenium falcon de Han Solo. Ahora la compañía mantiene en el Falcon IX una fuerte herencia de su más lejano predecesor, con el mismo modelo de poderosos motores cohete Merlin. El cohete tiene capacidad de carga, pero se ha puesto en boca de todos por la hazaña realizada al llevar astronautas en la cápsula Dragon 2 (nombre asignado después de que el primero se perdiera en una prueba fallida) y el pasado 30 de mayo los astronautas la bautizaron Endeavour porque ambos debutaron en los viajes espaciales en ese mismo Transbordador Espacial.
Volvamos en el tiempo, en este año que nos cambió los planes a todos, y nos damos cuenta que el hijo de Elon Musk con Grimes se llama X AE A-12. No se qué pretenda el señor Musk, pero me parece que él no es muy consistente con los nombres en ocasiones.
Para ir al grano, uno de los protagnistas del lanzamiento del 30 de mayo ha sido la barcaza-dron Of Course I still love you, y quisiera sacar a relucir mi lado ingenieril contándoles qué es lo que acabamos de ver. Según el poderoso internet, lleva ese nombre gracias a la novela The player of games de Iain M. Banks (luego la leo y les cuento qué tal). El mar es un cuerpo de constante movimiento, las olas llevan las cosas de aquí para allá todo el tiempo, es por eso que se vuelve un desafío para los mejores marineros mantener una posición fija en altamar, pero lo que todos vimos fue a esa barcaza luchar con los efectos de la marea para estar donde debía estar cuando debía estar. Esperando el regreso del cohete...
Vivimos un segundo aire de la carrera espacial que nos mostró el primer intento de lanzamiento que fue interrumpido por el clima. Se requiere que tanto la ISS como Caño Cañaveral estén en posiciones específicas para que el lanzamiento sea exitoso, a eso se le conoce como ventana de lanzamiento. Por seguridad se espera que el clima sea óptimo, aunque varias misiones de Soyuz, el Apolo XII hayan recibido un rayo, pero la NASA ya no quiere otro desastre como el Challenger o el Columbia. Es por eso el pecado de la prudencia, pero Musk ha alardeado que su nave puede volar en las más inhóspitas condiciones.
Imaginen al Chavo del 8 balanceando una escoba en su dedo una escoba, el problema de mantener la escoba sobre su dedo no es muy diferente a contener la estabilidad de un cohete durante su despegue. La cantidad de variables involucradas en esas matemáticas volverían loco a cualquiera. Los problemas son similares al momento de lograr aterrizar de manera vertical a ese cohete en una barcaza, o también al maniobrar para atracar la cápsula Endeavour en la ISS (y a pesar de estos desafíos mayúsculas, hay gente que no puede estacionarse correctamente en un cajón de estacionamiento).
Sólo divago al estar encerrado mientras presenciamos todos la conquista de la última frontera.

Coda
  • Además de este exitoso lanzamiento, se han agregado más satélites al proyecto Starlink.
  • El día anterior del exitoso lanzamiento, hubo una explosión asociada a un proyecto de SpaceX, se trata de un cohete que se usará para colonizar Marte, y a pesar de la explosión todo va viento en popa.
  • No perdamos de vista a la compañía RocketLab. Están demostrando que también en Nueva Zelanda saben lanzar cohetes.
  • Falta esperar el regreso de los astronautas.

jueves, 11 de junio de 2020

El Libro Salvaje

Leí en alguna parte que dominar un género literario era similar a dominar una lengua. Juan Villoro sucede a una familia de académicos doctos en la ensayística, y con su praxis logró adquirir su voz en el género, se hizo bilingüe con el cuento, trilingüe con la novela y ahora con su arribo a la poesía y al teatro podemos deshacernos de todos los prefijos y sólo describirlo como políglota. 
Fuera de su contexto académico, de su trabajo periodístico y su faceta futbolera, Juan Villoro se ha preocupado por llevar la literatura al público infantil. Lo ha hecho a través de varios de sus cuentos, y creo que su esfuerzo más notable ha sido a través de El Libro Salvaje.
La historia inicia con un niño de nombre Juan, que con su hermana Carmen se encuentra en el medio del divorcio de sus padres. En ese proceso es enviado a la casa de su tío Tito mientras su hermana pasa el verano con una amiga.
No me sorprendió que este libro infantil haya atrapado a un cuasi-señor de 22 años; en fin, me sigue atrapando Bob Esponja. No sé cuál fue la situación que me llamó la atención en la narrativa, como la biblioteca extravagante que se encuentra dentro de la casa del Tío Tito, con una clasificación que es pura parafernalia y que es por completo diferente a la Dewey o la clasificación de la biblioteca del Congreso de los EE. UU.
Existieron dos búsquedas paralelas, una de ellas fue encomendada por el Tío Tito con la cacería de El Libro Salvaje y la otra búsqueda surgió de manera espontánea cuando Juan decide escapar de la solemnidad de la biblioteca y va a la farmacia del otro lado de la calle, y ahí conoce a Catalina...
Además de bibliófilo, el tío Tito es naturalmente un gran lector que extrapola la literatura a la cocina, con platillos que aluden a momentos literarios.

miércoles, 20 de mayo de 2020

Guarden la fecha

En el 2011 fue la última vez que vi un lanzamiento de transbordador espacial. Me emocionaba tanto cada lanzamiento que me costó trabajo aceptar que esa nave haya sido el más grande retroceso en la exploración espacial por unos 40 años. Después del programa Apolo, uno hubiera esperado que la NASA hubiera expandido sus horizontes, y sin embargo los seres humanos sólo pudieron alejarse 400 km de lo que nosotros llamamos suelo. Por otro lado, desde que se anunció la cancelación de los transbordadores espaciales yo aguardaba ya a su sucesor, la nave Orión; llegaron múltiples retrasos en las pruebas programadas para la nave, y luego llegó Trump y de eso mejor ni hablamos.
Por fortuna, de manera paralela encontramos a varios entusiastas que vislumbraban un futuro en el que los gobiernos no llevaran la batuta de la exploración espacial. Vamos a enlistar algunos por puro capricho: Richard Branson, Jeff Bezos y Elon Musk. La lista en verdad más larga, sin embargo la razón de mencionar estos tres personajes es porque llevan la delantera, por favor no pierdan de vista al sudafricano del final. Sabemos también de las clásicas gigantes aeroespaciales como Lockheed Martin, Northrop Grummano o Boeing que también entran en la batalla contra los neófitas Virgin Galactic, Blue Origin y SpaceX.
Con una veintena de años de experiencia, SpaceX se ha convertido en un gigante en la puesta en órbita de satélites comerciales, pero ahora ahora debemos guardar como fecha importante este 27 de mayo cuando se convertirá en la primera vez en casi diez años que se envían astronautas a la ISS desde el territorio del tío Sam, y eso es sólo el inicio de los planes de Elon. Sucede que este personaje se lanzó en una cruzada por la vieja unión soviética para buscar viejos misiles en desuso para usarlos como cohetes, y como no se los vendieron decidió diseñar sus propias naves. Ahora una variante nueve veces mejor que el primer cigarro volador de SpaceX será el encargado de mandar a Douglas Hurley junto con Robert Behnken, que son dos veteranos de los vuelos en transbordadores Atlantis y Endeavour, rumbo a la Estación Espacial Internacional en un vehículo con el el caprichoso nombre de Crew Dragon que va en la punta del Falcon 9. La mítica plataforma 39A se comenzará a desenpolvar para un eventual retorno a la Luna, y eso es algo que todos deseamos ver, antes de que el ser humano se atreva a ir a Marte.

Mientras los días corren y se acercan tan rápido a la fecha que ya guardamos, los astronautas ahora se encuentran en su cuarentena previa a la misión y a nosotros nos toca ahora seguir en esta cuarentena en nuestras casas para que podamos segui viendo de cerca esta nueva carrera espacial. Las palabras me faltan y de seguro volverán otra vez a mí cuando vea el lanzamiento, ahora a través de internet.

miércoles, 13 de mayo de 2020

El velorio de mi cuarto: refutando a Gonzalo Celorio

Llegué a este librito después del buen sabor de boca que me dejó haber leído Y retiemble en su centros la tierra cuando me encontraba buscando cualquier otra lectura de este autor. Lo segundo que diré es que para nada pretendo refutar al buen Gonzalito, sólo que esa palabra se escuchaba chida cuando pensaba en el título; más bien se trata de una corta apropiación personal y no estoy dispuesto a hacer un cambio en el nombre. Lo último que quiero decir de manera introductoria es que no hallo cómo enmarcar este libro, ya que no me gusta que se diga que es narrativa, y por la descripción que hace lo podría equiparar a un poema en prosa o un ensayo de recovecos muy personales.
En el número 26 de la calle Tiziano en la colonia Mixcoac se encuentra la casa a la que Gonzalo Celorio llegó para instalarse hace más de 35 años y en ella permaneció 17 años, escribiendo estas líneas como despedida al sitio que llamó hogar por ese tiempo.
Pues bueno, yo quisiera hacer un falso facsímil de los cambios a la manera en que lo retrata Celorio, y lo hago del lugar en que el mundo ha sido mío desde allá por el 2004. Sucede que por cuestiones de la vida que no quiero abordar, he vivido en cinco casas desde que recuerdo, para los puristas serían cuatro porque la primera y la cuarta son la misma pero la casa y yo no éramos los mismos en ambos encuentros. De manera precisa, la casa de El Paraíso es la primera y la cuarta, yo atraqué ahí en 2004 para refugiarme del mundo.
Como todos los niños de siete años, pasé por diferentes etapas del ¿qué quieres ser de grande? que asumí primero desarmando mis juguetes para obtener de sus entrañas los cables, motores y algunos regaños cuando improvisé un carrito con una tabla de madera, taparroscas de refresco y un carro a control remoto que me habían regalado. La faceta de científico loco la asumí con mis microscopios y mi juego de química, fue en ese tiempo cuando comencé a darle acomodo a las cosas en mi cuarto, usando una mesa como la base de mi laboratorio y así siguió el asunto hasta que me empañaron los lentes del microscopio, se rompieron los últimos tubos de ensayo y también se terminaron los reactivos en verdad no recuerdo qué cosa pasó primero, no me sorprende que en realidad hayan pasado de manera simultánea. Transcurrieron años en que todo esto importó poco y hasta que entré a la prepa me dio otra vez por cambiar de etapa cuando descubrí la literatura y a la par me hice adepto a la bibliofilia. Con lo que me sobraba del dinero del camión compré mis primeros libros de Tomo y EMU, y recuerdo con mucho cariño cuando me adentré más y compré La Tregua junto con el Historias de Cronopios y de Famas que siempre está en mi mesa esperando a que acuda a él. Aprendí a base de Google y un diccionario qué es esa encuadernación rústica que era la única que me permitía mi presupuesto, o la encuadernación española, la holandesa y la japonesa; qué es un colofón, las guardas, los tejuelos de los lomos; también busqué la diferencia entre las letras VERSALES y la versalitas. Con la lista de cosas que descubrí creo que pudiera seguir, sin embargo no es el caso. Con mis primeros pocos libros sobre la mesa, comencé a pensar en las expansiones para que estos se hallaron más cómodos, en ese momento comencé con la instalación de las repisas, y en el momento en que menos acordé ya estaban desbordando de lo llenas que estaban. Hice algunos arreglos para desposeer al estudio de uno de sus libreros ya casi vacíos y con esfuerzo lo subí a mi cuarto, lo acomodé y ahora lo vacío eran mis repisas además del librero, pues no llenaba ni uno de sus cuatro pisos. Con la prepa llegó también el amor, y las pequeñas cosas que uno conserva de esas aguas requieren un lugar separado de la vista del curioso, y la colección de piedras las que me gusta tomar cuando voy caminando por el cerro que sirven como fachada para todo. La máquina de escribir que pertenecía a la mamá de mi archi-enemiga (es curioso que sea amiga de mi mamá) tomó su lugar junto con las revistas sobrantes que editaba y le daban un ritmo acompasado a mi existencia.
La tercer etapa se dio cuando entré a la universidad y las circunstancias me arrojaron a la necesidad de tener que hacerme con componentes electrónicos: resistencias por aquí, transistores por allá, un par de arduinos y algunos cables. Luego acomodarlo, buscar saber qué tengo sin que se me olvide para la próxima vez que lo requiera, saber qué presté y no me regresaron, enterarse qué se quemó. Buscar que no se mezclen las cajas donde tengo mis componentes electrónicos con mis libros en el librero. Luego las circunstancias me llevaron a buscar un par de pintarrones donde escribir mi lista de tareas y dónde desarrollar los problemas que se presentaban en cada una; las mismas circunstancias me acarrearon a adquirir libros de ingeniería, con lo que se complicó el asunto de cómo ordenarlos. Borges, en un poema al borde de la ceguera, hablaba algo de la manera en que se acomodan los libros, diciendo que eso es en principio una forma de crítica (lo parafraseo pobremente a falta de una referencia a la mano). También por esos día encontré una Dosfilos con un texto de Gonzalo Lizardo (así es, otro Gonzalo) titulado «Los libros, los lugares y las cosas» que lo único que me dio como aportación fue una intriga que me duró dos años y medio, en los que por pura pedantería me dediqué a crear un sistema de clasificación bibliográfica que estuvo basado en el sistema Dewey y el de la biblioteca del congreso, esto me permitió tener una especie de orden caprichoso en categorías que se asemejaban a las establecidas por el tío Tito. Me figuraba abarcar incluso libros de medicina, de derecho y de otras cosas en mi colección así, ya viejo y habiéndome divertido, podría aprender de esos temas tan alejados de mis intereses. Fuera de ese plan tan a largo plazo, comprendí que el proceso de armar una biblioteca personal es un proyecto de vida, así que yo comencé por adquirir libros de literatura, filosofía, política, historia, divulgación científica, ingeniería y algunos de cocina. A lo largo de cada adquisición fue evolucionando mi exlibris, de ese nombre garabateado con mi letra hasta el sello que ahora mandé a hacer con algunas de las cosas que creo que me representan.  Algo de lo que no me enorgullezco es cómo los dejo a la espera de ser leídos cuando otros nuevos van llegando, pues tengo una manera un poco rara de leer libros que no es para nada una pila ni una cola, otra forma de crítica.
En otro tenor, pensé en hacer este escrito por el conflicto de un mueble, pues ahora me encuentro viviendo en mi quinta casa, me encuentro en un espacio más reducido y mi pequeñísima biblioteca ‒no sé si llamarle en verdad biblioteca‒ sigue en el cuarto que tardé en acomodar a mi gusto en un tiempo total parecido a quince años, allá también están mis herramientas, los proyectos que construí con esmero durante la carrera, y otros enseres personales. Encima no he mencionado que también tengo ropa, y parte de ella también está allá (poca en realidad). Lo llamo ahora velorio porque por más que me resista sé que debe llegar el cambio, de momento pienso en la mudanza de la cuarta y quinta casa, que representa un traslado completo de mi plan de carrera. Toca quitar mis repisas que alguna vez me abrieron la cabeza, y dejar todo como cuando llegué. Por ahora en mi mente ya sé en cuántas cajas meteré mi vida, falta por calcular cuánto me costará hacérmelas llegar al futuro, e inicia el gran proceso de hacerme a la idea de sacar también los recuerdos percutidos en ese espacio a lo largo del tiempo.
Zacatecas, Zacatecas
Mayo 2020

viernes, 1 de mayo de 2020

Sin trincheras




Entre los libros que elegí para que me acompañaran durante los días de encierro, se encuentra Sin trincheras de Habacuc Antonio del Rosario (quien en la ilustración de abajo aparece diciendo «Eres arte, amiga»), un libro que abate fronteras. Primero me explico con esto de las fronteras: este libro resultó ganador del premio binacional de novela Frontera de palabras del 2014, en el que participan residente de alguna ciudad fronteriza de ese gran muro entre nosotros como México y nuestro vecino del norte. Me abstengo a listar todos los tipos de fronteras, son demasiados y eso de por sí ya es una frontera. Dentro del libro nos encontramos la geográfica que nos deja anodinos a ambos lados de la garita, que nos muestra la adicción allá con ellos y toda la violencia acá con nosotros.

De nuestro lado, la cantidad de fronteras es también gigante, me atrevo a decir que ha sido similar a lo largo de nuestra historia y sólo la declaración de la guerra al narcotráfico se revelan como muros endebles que nos ponen del otro lado de la realidad cuando los sicarios te piden derecho de piso, cuando los sicarios (por favor, no confundir a los sicarios con los sicarios) quieren tu camioneta. Una frontera entre los sicarios y los sicarios; al final todos pertenecientes a la mafia. La otra frontera etimológica que confronta a la mafia [Mazzini Autorizza Furti, Incendi, Avvelenamenti] con la caria [Calderón Autoriza Robo, Incendio, Asesinato].
La frontera (qué lata ya con la palabra frontera), de la familia, la del dinero, la del amor. La ciudad como una frontera que en los tejidos del tiempo te protege de morir acribillado cuando la frontera de las cuatro paredes de tu casa se vuelve papiro en agua ante las explosiones de bazuca, o que en el mismo proceso te da la mala suerte de ser violada y otra sarta de desgracias que nos toca por estar de este lado. Pero del otro lado de la primera frontera que describimos los sicarios se convierten en mulas, los muertos en adictos y el dinero que acá llega allá es droga, y eso permanece.



Coda
[…] Let me disclose the gifts reserved for age
To set acrown upon your lifetime’s effort [...]
T. S. Eliot. Little Gidding, II.4.

En el año 2015 se estrenó la película Pasante de moda, en ella Robert De Niro adquiere un personaje protagonista de nombre Ben, y por el otro lado Anne Hathaway como Jules, que se muestra tan encantadora como siempre. La película me ha resultado mejor de lo que esperaba y me limitaré a explicar un breve por qué.
Después de una larga trayectoria cinematográfica, la senectud se vuelve un argumento para desarrollar la historia cuando Ben se topa con un anuncio que lo sacaría de su solitaria rutina de un viudo jubilado de 70 años. Se buscan pasantes en una empresa de venta de ropa online, con el requisito de contar con al menos 60 años de edad. Hathaway es la estresada fundadora y directora de la empresa, y por la dinámica de la historia, lo que pareciera sólo una relación laboral se convierte en una carga de química y buena vibra. Quiero pensar que la película surge buscando la manera de insertar a De Niro en un papel dentro de la trama con base en su experiencia, léase en todos los sentidos.
No quiero ahondar en los recovecos de la historia (que por cierto tiene un ritmo tan ligero y fluido) ni las posibles moralejas que uno pudiera encontrar; algunas damas pudieran llorar por el choque emocional de algunas escenas de la historia, y gracias a la película es que los caballeros nos enteramos de por qué debemos cargar siempre con un pañuelo.
Dejo esta entrada hasta aquí antes de que se vuelva artículo de revista de chismes y me quedo sólo con el asombro que me provocó la película y que me hizo pensar en el par de versos de T. S. Eliot que epigrafíaa a este texto.

jueves, 9 de abril de 2020

Linkin Park, A Thousand Suns y el 2020: crónica de una revelación anunciada.



Cuando la década ante pasada terminó, me topé con una lista muy curiosa. Siempre al final de las décadas hacen las listas de lo mejor que hubo, discos, canciones, videos, artistas. También de lo peor y lo menos memorable, que rememoramos porque la condición morbosa siempre pesa más de lo que admitimos. Pero, también del punto medio, y eso fue lo que me sorprendió. Rolling Stone hizo una lista de los discos más infravalorados de la década. Los 2000s fueron muy predecibles musicalmente, Indie Rock, Gangsta rap que agonizaba, el inicio del EDM. Esta lista tenía en primer lugar al Sam’s Town de The Killers como el disco más infravalorado de la década. Le eché un vistazo al Metacritic y sí, efectivamente, las reseñas fueron malísimas. Y el disco siempre ha sido uno de mis favoritos de la vida. Si es un mal disco, la verdad es que es una mentira, porque no lo es, pero lo otro de si es lo que Brandon Flowers calificó como el “álbum que mantendrá al rock and roll a flote”, pues eso también es bastante discutible.

Hace diez años yo me acababa de topar con el nuevo disco de Linkin Park. Estaba en la secundaria y lo que siempre tuvimos a la mano fue el Nü metal y el Rock pesado de hacía ya treinta años. Con esto, me tocó ver cómo Linkin Park lanzó un disco que estaba condenado al fracaso. Por muchas razones. La primera era un disco completamente diferente a lo que habían hecho hasta entonces, en todo sentido. Y la segunda, no apelaba al público joven del que siempre se habían nutrido durante tanto tiempo. Y proporcional a su fracaso, fue que creció en mí como uno de mis álbumes más entrañables de esa época. También quizás el disco más infravalorado de la década que terminó hace unos meses. Y justo como pasó con los The Killers, aún no se le ha hecho la justicia que merece. Este año es el décimo aniversario de haber salido, y más allá de haber sido la-obra-en-turno de la banda, parece que fue relegado al olvido. Injustamente, por supuesto que sí.
A Thousand Suns es una obra de arte. Así de sencillo. Intricado en el detalle, y secuenciado como una maquinaria compleja de principio a fin. El primer y único disco conceptual que creó Linkin Park, el más inusual e impredecible de todos. El más humano y el más acorde a los días por demás extraños que estamos pasando en estos momentos, de los que no tenemos idea alguna de cómo nos irá en los próximos meses.

Yo me topé con “The Catalyst” cuando salió. Una pista convencional, con los rapeos tan característicos de Mike Shinoda y los coros melodramáticos de Chester Benington. Nada en especial, nada que no hayan hecho antes, salvo por un factor electrónico más marcado que nunca. Linkin Park siempre han tenido a un tecladista que hace las veces de DJ cual banda de rap que funciona con samples. Pero ahora, este sampleo se ve menos claro y su producción empezaba abarcar un rango mucho más amplio. Aunque apenas lo advertí cuando la escuché por primera vez. La verdad me gustó más porque tenía noticias frescas de Linkin Park que porque en verdad fuera una canción buena. Así pues, cuando en los meses siguientes los sencillos y los videos continuaron saliendo, no presté demasiada atención. Sin darme cuenta de que el disco salió casi inmediatamente.
Hasta que un día, muchos meses después “Burning In The Skies” apareció por ahí. Recuerdo que la escuché de pasada, y que sólo me pareció familiar por la voz de Chester, porque por lo otro no se parecía en nada a lo que tenía yo tan familiarizado. Y me gustó, demasiado. Luego me hice del disco como pude y henos aquí.

El desastre de Fukushima estaba fresco por esos días. La idea de que hubiera un desastre tipo Chernóbil ya en pleno siglo XXI recuerdo que fue motivo de mucha discusión en las noticias. Y de que el cuchillo de Damocles de la energía nuclear estaba siempre pendiendo de todos, por alguna razón. Por eso, cuando escuché la voz de Robert Oppenheimer en “The Radiance” la primera vez, supe que tenía que regresar a verlo todo desde el principio y poner atención. Se me estaba escapando todo y no concluía nada para entenderlo. Entonces, lo primero fue ver quién era Oppenheimer. El Proyecto Manhattan hizo la primera bomba nuclear para vencer a Japón en la Segunda Guerra Mundial, y Rober Oppenheimer como director dedicó unas palabras, tan crípticas como ciertas, que decían: “sabíamos que el mundo no iba a ser el mismo, algunas personas se rieron, otras lloraron, la mayoría estaban callados. Recuerdo esa línea de la escritura hindú el Bhagavad Gita, Vishnu está persuadiendo al Príncipe de que haga su deber, y para impresionarlo, tomó su forma con múltiples brazos y dijo, ‘me he convertido en Muerte, el destructor de los mundos’. Supongo que todos pensamos eso, de alguna forma u otra.” Y ahí fue donde el concepto de A Thousand Suns cobró sentido, porque Oppenheimer en otra ocasión hizo alusión al cataclismo nuclear como si se juntara el equivalente al “brillo del mil soles, sería igual al resplandor del Todopoderoso”.

Para este momento, “The Requiem” había pasado sin pena ni gloria, pero también cobró sentido cuando entendía que contenía versos de “The Catalyst” a modo de obertura. La sola idea de tener dos introuducciones me pareció rara, porque sí se sentía un poco tediosa la secuencia, hasta que “Burning In The Skies” aparecía. Y aunque ya habíamos visto a Mike Shinoda cantar en Minutes to Midnight, acá era la primera voz de la banda que lo hacía, con un tono desesperado y fingiendo una falsa calma tranquilizadora. Pero regresemos un poco otra vez. Describir canción por canción no ayuda mucho. Por la razón de que, aunque es un álbum conceptual muy bien armado y estructurado, la verdad es que canción por canción suena muy inconexo. Hay interludios, pasajes electrónicos ambient a mitad de las canciones que no parece que tengan mucho sentido, y que probablemente fuera lo que polarizó tanto a la crítica. Lo impresionante fue ver esa modalidad tan compleja de armar un concepto para un disco en una banda como Linkin Park. De entrada, relegada al melodrama y a la tendencia más comercial del Rock de aquellos años. Con esto en mente y después de varios meses de escucha desde entonces, A Thousand Suns está dividido en tres partes, como suites, de cinco pistas cada una. Esto se nota por el cómo hay un silencio cuando termina cada parte, y por cómo hay un seguimiento en la secuencia dentro de ellas.

Casi cada suite puede tratar un tema en específico. Y así, aproximamos. Vemos que son tres etapas en la evolución de una guerra nuclear o de cataclismo humanitario debido a esto. “The Requiem” es la introducción al mismo, con los versos de “The Catalyst” cantados como letanía, y da paso al humor completo del disco. “The Radiance”, por su ritmo vertiginoso puede ser precisamente el punto entre una explosión nuclear y el inmediato efecto que hay cuando recobramos la idea de qué es lo que pasó exactamente. Con la voz de Oppenheimer más relevante que nunca, y con tambores electrónicos haciendo un ritmo tribal. Aquí me di cuenta de algo, porque el uso de sintetizadores nunca había creado tanta textura como antes en un trabajo de Linkin Park. Aquí se palpan las resonancias de cada ataque al tambor, y las líneas de teclado que hacen la forma de un tic tac del reloj parecen como vidrios que se quiebran a cada golpe. La precisión en el detalle es algo que advertí apenas en esta parte, pero que sería mucho más visible luego. Entonces, “Burning In The Skies”. El ritmo de rock alternativo suave es lo que predomina aquí. Con guitarras limpias, y voces no muy procesadas. Hay un piano preponderante que con su limpieza le da mucha intimidad a una pista que pintaba a sonar un poco mecánica. Sin embargo, las letras no son tan amigables como lo es la música misma. Mike y Chester dan un panorama general de lo que parece ser el desastre nuclear recién sucedido, con el verso iniciando “I use the dead wood to make the fire rise, the blood of innocence burning in the skies”. De manera alegórica, lo obvio es el mensaje a la niñez y la parte desprotegida que siempre paga las consecuencias por actos de los adultos. La verdad es que trata de la condición humana en general de forma más pesmista, cuando en el segundo verso dice: “we held our breaths when the clouds began to form, but you were lost in the beating of the storm, and in the end we were made to be aparte, like separate chambers of the human heart”. Es oscura, sin mucho lugar al optimismo. Después de un interludio bélico, en español por cierto, en “Empty Spaces”, “When They Come For Me” viene a terminar la parte de manera épica. Es el primer rap de Mike Shinoda que me gusta de verdad. El enfoque electrónico es inmejorable aquí y suena de maravilla. La textura de toda la pista es abrasiva y no da un solo respiro. La letra está más alejada del concpeto del disco, pero su humor militar y al mismo tiempo como pagano la vuelve la mejor pista de todo el disco. Es agresiva, y llena de contrastes. No fue difícil entender como con cinco pistas en la primera parte, sólo tenías dos canciones convencionales propiamente, las demás son interludios o bien pasajes para sentar el ánimo.

“Robot Boy” inicia la segunda parte, que junto con “Waiting For The End” tienen un ambiente más optimista, pero a secas. No son mis favoritas del disco, definitivamente. Esta parte más bien trata con las secuelas sociales que puede dejar un desastre así. “Jornada del Muerto” es el desierto donde se hizo la prueba Trinity de la primera bomba nuclear, a la que alude Oppenheimer, y al estar cantada en japonés su referencia a las bombas caídas en Hiroshima y Nagasaki se vuelve también obvia. “Blackout” puede llegar a ser por momentos muy cursi, y muy contrastante. Entre su pretendida agresividad y su melodía la vuelven un momento extraño en el álbum. Hasta ahora, esta segunda parte lidia con las consecuencias morales de la situación, los dilemas morales que asoman cuando la responsabilidad cae en los individuos. Detallan la mentira y la falta de ética. Finalmente, “Wretches And Kings” habla del poder, de la forma en cómo una situación límite lleva a todos a cuestionarse si las acciones de las personas en el poder en verdad son las equitativas, y justas, para toda la población. Usualmente este nunca es el caso, y de ahí que la canción tome ese ritmo vertiginoso, muy similar al de “When They Come For Me”. Aquí también da un preámbulo de la tercera parte en cuanto a que es un llamado a la justicia social de cierta manera.

La última parte inicia igual de oscura y reveladora al mismo tiempo que en “The Requiem”. “Wisdom, Justice And Love” musicaliza un discurso dado por Martin Luther King Jr. en el que habla sobre cómo la compensación moral por los hechos ocasionados por algo que marca un giro enorme en nuestra comprensión de los valores no puede simplemente sanarse con buena voluntad y justicia, sino que es algo que casi nunca se resuelve del todo. Aquí están las palabras más claras de lo que dice el disco o intenta decir. De que después de hacer y ver todas las atrocidades que se cometen por orden de guerra, ni las consecuencias que tienen en las familias y en las vidas de los demás pueden simplemente compensarse con cosas obvias como “sabiduría, justicia y amor”, sino de que las huellas son mucho más profundas, si es que se llegan a ver algún día. “Iridiscent” llega a poner una nota mucho más optimista, la única completamente así, en la que la música y la letra están en perfecta sincronización, tanto en humor como en estructura. Fuera de contexto puede sonar muy cursi y predecible, pero en dentro del marco del disco, cae como anillo al dedo en momentos muy oscuros para un disco oscuro. “Fallout” es un interludio como lo fue “Jornada del Muerto” en el que se repiten las frases de “Burning In The Skies”, para dar paso a “The Catalyst”. Esta pieza da el sentir apocalíptico y resume no sólo esta parte del álbum, sino al álbum mismo. La parte más humana está aquí en el que se tiene que ver a futuro después de un cataclismo así, y de cómo las secuelas son las que se quedan, más allá de las decisiones de aquellos en el poder, o de los daños materiales que se tengan que reparar. También es una especie de análisis sobre la negligencia de todos nosotros, o eso me gusta pensar. “The Messenger” es inesperada, es acústica, completamente diferente a todas las pistas, en la que la voz sin retoques de Chester suena limpia y sincera. Y aquí, la frase que lo suma todo: “when life leaves us blind, love keeps us kind”. También es de mis favoritas, por ser directa al punto, y por no dejarse llevar por una producción tan maximalista como lo fue todo el disco, que aquí termina.

A Thousand Suns fue un experimento que le costó a la banda cierta credibilidad. Credibilidad en el sentido más frívolo posible, que es el que rige los gustos masivos y el mercado musical. Tan es así que no volvieron a hacer algo semejante y en su lugar utilizaron los elementos que desarrollaron en este disco para hacer cambios más acordes a lo que la banda ya hacía. Menos pesados, menos dramáticos, más enfocados en la escritura misma de las canciones. No me gusta ver a este disco como uno de transición, que son tan comunes en las bandas. Tiene un carácter propio y un significado más profundo del que se habla siempre, si es que alguien ha vuelto a hablar de él.

Bueno, tal parece que estos días se han escapado a nuestra comprensión. No hay precedente cercano a lo que está sucediendo ahorita y todo parece apuntar a que estamos improvisando y tanteando nuestra suerte como especie mientras cae una nueva revolución forzada en nuestro pensamiento. La actual pandemia nos ha demostrado que muchas cosas deben cambiar, ha desenmascarado a un sistema económico que trata a sus empleados como basura cada vez más agresivamente pero que sin ellos toda su maquinaria se cae como un castillo de naipes en un huracán. Hasta pareciera que el virus fue hecho de modo que si no existe una colaboración genuina entre el poder y el pueblo todo esto se puede ir a la alcantarilla en poco tiempo, y ese es quizás el reto más importante que nuestra civilización ha afrontado. Hace poco me topé con un artículo del Imperial College sobre los modelos de mitigiación en el que el encabezado decía “We’re not going back normal”. En ese preciso instante la frase de Oppenheimer de “we knew the world would not be the same” vino a mi cabeza y volví a A Thousand Suns buscando la sabiduría que creía tener cuando lo escuché por primera vez, topándome con el muro rígido de la incertidumbre a estas alturas. Porque cualquier cosa que podamos pensar como solución se nos escapa de las manos. Y porque ese encabezado del Imperial College sólo corroboraba lo que ya estábamos presintiendo, que las cosas a partir de ahora no iban a ser las mismas. Pero no sólo eso, reacomodar el sistema económico es la parte más fácil, digan lo que digan, lo verdaderamente importante es algo de lo que no tendremos noticia hasta muchos años después, y es qué queda de nosotros como individuos en sociedad. Qué valores nos regirán a partir de hoy. No pueden ser los mismos, el disco lo dice, porque tal parece que la condición humana es estar separados como los vasos en el corazón humano.

A Thousand Suns reverberó en mi cabeza hoy más que nunca como una postal de lo que podía ser el futuro, un futuro que yo imaginaba lejano y que nos está tocando ver de primera mano frente a nuestros ojos. Hace diez años, cuando todo parecía no ir más allá de lo normal. Para bien o para mal, cuando existe un cambio en nuestra forma de pensar, radical, no puede existir éste sin primero purgar, por decirlo de alguna forma, todas las cosas que nos describen en colectivo y que ya no pueden continuar, o haremos esto un infierno aquí en la Tierra. Lo peor de todos nosotros debe exponerse para poder ser evitado en el futuro, y para eso habremos de enfrentar la cruda verdad de que aparte de crear y de ser los motores del progreso somos los seres más perversos y mezquinos que habitan en este planeta. Ya lo estamos viendo, desde nuestros gobernantes, desde la calle en la que vivimos. Así, este disco está más vigente que nunca porque nunca pensamos que algo así iba a ocurrir. Y la verdad sea dicha, las soluciones quizás estén más allá de lo que nosotros vemos como obvio, tal cual dice la banda en palabras de Martin Luther King Jr. Como dijo Bob Marley: “emancipate yourselves from mental slavery, none but ourselves can free our minds”.  Hoy más que nunca, espero que no nos toque ver los estragos de mil soles ardiendo, pero quizás sólo así encontraremos la luz suficiente para iluminar un futuro que se cae. ¿Al Todopoderoso? Bueno, puede que también.

viernes, 3 de abril de 2020

Tokio Blues: Norwegian Wood

En una entrega anterior, hablé de mi primer acercamiento al escritor nipón Haruki Murakami, en aquella ocasión hablé del libro «Los años de peregrinación del chico sin color». En la reseña que ahora escribo, les hablo acerca de mi segundo acercamiento a autor, ahora a través del libro «Tokio Blues: Norwegian Wood». Se trata de una novela que no es necesaria para comprender al autor y sus pretensiones (porque, ¿qué es un escritor sin pretensiones?), mas es de gran ayuda para mostrar una de sus facetas.
La dinámica de la novela es diferente: se siente diferente desde el fuerte intento por conciliar la cultura oriental de su país con la cultura occidental que comenzaba una fuerte invasión en un Japón debastado por la guerra y el poder del átomo. Era un amplia posguerra, habían pasado algo más de 20 años y la nación del sol naciente tenía aún traumas que se reflejaban en la juventud que se escapaba de las cicatrices para salir a tomar las calles.
Por inicio de cuentas, la historia es protagonizada por Toru Watanabe, quien es un estudiante en una escuela de teatro de Tokio. Tres cuartas partes de la historia transcurren con Watanabe viviendo en una casa de estudiantes, dejando el resto de la historia al mismo Watanabe ahora viviendo en un cobertizo que rentaba. La historia comienza cuando un Toru ya mayor en edad, que inicia un largo viaje al pasado cuando escucha Norwegian Wood de The Beatles. Todos tenemos una canción que nos transporta a otra época: en este caso la canción de The Beatles llevó a Watanabe de viaje a los días de su juventud en que se perdía con Naoko en los trenes y estaciones del metro de Tokio. El viaje estuvo accidentado con varios topes en la memoria que le hicieron recordar cómo le prometió a Naoko que no la olvidaría; se lamentó tener que escuchar Norwegian Wood para poder llamar a Naoko de vuelta a su mente.
Desde el momento en que ella acude como un personaje a la historia, todo el tiempo transcurre como un ente de dimensión lineal, con excepción de los momentos en que es necesario usar la memoria para referirse a cualquier otro hecho que cobra relevancia. Entre los momentos a los que viajaba Watanabe en su memoria, con frecuencia se encontraban con los años de instituto cuando su mejor amigo era Kuzuki, quien además era el novio eterno de Naoko. Varias veces en la historia viaja al recuerdo de la última vez que jugó billar con él, la tarde anterior a la noche que él se suicidara. Por azares de la historia que se teje, varios años después Toru y Naoko se encontrarían en el metro de Tokio y juntos recorren las estaciones, sin saber cuál de todas esas sería la última vez que se verían juntos antes de que ella se recluyera en el sanatorio.
La primera ocasión que leí a Murakami, el autor mostraba una dominación espiritual que sostenía la historia, y ahora algo se sentía diferente en todo esto. El autor muestra una amplia influencia kafkiana que se manifiesta en la tragedia de los suyos y la eterna búsqueda de asegurar un futuro que ha partido lejos hace ya un tiempo. Junto con esos guiños, el autor se apropia de otros al incluir en las lecturas del protagonista La montaña mágica, un chiste de mal gusto cuando se dirige a visitar a Naoko en el sanatorio mental. Ahí conocen a Reiko (primero Naoko al ser su compañera de cuarto, y después Toru al visitrarlas), quien es un personaje que en una adaptación cinematográfica debe ser interpretado por Jane Lynch. En su habitación, después de todas las actividades recreativas en el sanatorio, las compañeras Reiko y Naoko se conocieron de más de una manera y llegaron a ser amigas, y en las tardes de lluvia cuando ya no había nada que hacer, era Reiko quien aprendía a tocar en guitarra cualquier canción después de haberla escuchado tres veces. Fue así como recibieron a Watanabe con una Fuga de Bach, después un popurrí de Simon & Garfunkel y de The Beatles; para entonces se le pedía permiso a Naoko para tocar Norwegian Wood que siempre la hacía llorar, y después cerrar tocando de nuevo esa Fuga de Bach. Tal vez esa era la razón por la que Norwegian Wood movía los recovecos de su memoria y siempre lo llevaba a los campos circundantes del sanatorio cuando le prometió que no la olvidaría.
La música vuelve a ser un elemento importante en la obra de Haruki Murakami, pero lo que le da a esta novela su título no es su obvia inclusión de la música como motor; se trata de ese compás que mueve a la historia: ese síncope improvisado del vaivén del protagonista en Tokio. Primero cuando a su llegada su compañero es Tropa-de-asalto, luego como compañero de parranda de Nagasawa y de manera incidental con Hatsumi —la novia de éste—, Midori Kobayashi como la chica medio loca que llega en el peor momento para desequilibrar su vida. Toru Watanabe ve la vida con Naoko apenas ella salga del sanatorio, no podía reñir con la idea de perderla a pesar de que Nagasawa lo llevara a conocer por el sexo fácil con las mujeres, ni cuando sintió el peso de todo el cariño que Midori sentía por él.
Volveré a leer a Murakami, ansioso.