“I’m pushing to stay with something
better,
With something better.”
-Bleeding Me
Mucho se ha opinado sobre
los años noventa en el Metal. Es una época muy complicada que anunciaba un
futuro incierto para el género. Los noventas, sí, la época de gloria en la que
inició la electrónica rave, la pluriculturalidad por fin parece asomarse en las
radios de todo el mundo y la masificación de los medios musicales hicieron de
esta década un tiempo de transición que aún hoy en día es difícil de definir.
¿De qué iba todo? Muy fácil: iba a todos lados. El Hip Hop tendría su boom
aunado al hecho de que existía una campaña rapaz por censurarlo, ya lo dijo
Eazy-E: “toda publicidad es buena publicidad”; veíamos el ocaso del Glam rock
que comenzó a dormirse sin pena ni gloria y los DJs rentaban Disneylandia para
hacer fiestas monumentales infestadas de toda clase de drogas experimentales.
Al igual que los narcóticos, la música estaba mutando.
No recuerdo qué canción
decía que quizá sea muy ingenuo seguir las reglas cuando todos te siguen a ti.
Y, aunque ellos no hicieron las primeras tablas de la ley del Metal, Metallica
sí redefinió lo que significaba seguir y nadar contra corriente.
Nunca me ha gustado
hablar de Metallica como la banda de Metal más grande de todos los tiempos. Es
una aseveración poco informada que hace enojar a prácticamente todos los
metaleros a los que se la digamos. Pero es que, si no son ellos, ¿quiénes lo
son? Pregunta seria. Metallica es una salida fácil. Nunca han sido el pináculo
de la creación estética entre sus congéneres, ni se han caracterizado tampoco
por mostrar desinterés ante la tajada mediática ni por volverse una marca. Son
demasiado gigantes, en un sentido casi grotesco. Pero quitándolos del debate,
la verdad es que el género se queda muy pobre de atención. Durante la década de
los ochentas, Metallica fue la cara más visible en un género que era
considerado aberrante entre la comunidad musical. Siempre han sido extraños,
aceptémoslo. Son una comunidad que, aunque son perfectamente visibles por
utilizar playeras negras y chaquetas de piel en pleno mediodía de julio, se han
visto marginados y han preferido mantenerse como un gremio autoexiliado.
Metallica es exactamente lo contrario. Son mediáticos, son exhibicionistas y no
tienen reparo en llamar la atención. Porque, esto es cierto, lo fariseo de su
mensaje musical es algo que irrita a cualquier introvertido que no le apetece
estar bajo reflectores. También es cierto que, de no ser por Metallica quizás
no estaría yo escribiendo algo musical en primer lugar. Ellos me introdujeron
en el Rock y la música pesada, y todavía estoy agradecido por ello.
Como dije, durante los
ochentas la banda lideraba comercialmente el barco que estaba llevando los
riffs y las tarolas como metralletas a terrenos que nunca pensaron que podrían
escucharlos. Ya es tiempo de aceptar que prácticamente todos sus discos de esa
época son obras maestras del género. Punto final. Desde un Kill ‘Em All
crudo y pesado como plomo, pasando por un Ride the Lightning refinado y
que no pierde continuidad, un Master of Puppets que culminaba la
apreciación por las tendencias progresivas y que es unánimemente aceptado como
una cumbre para el avance rockero, hasta un …And Justice for All
complejo y comúnmente mal entendido. Son gemas de la historia del rock, es
momento de aceptarlo. Pedantes y absurdamente contenidos en sí mismos, tampoco
se niega. Quizás la banda más atrevida en un género que lleva ya décadas
estancado, también. La década terminó bien para unos años que auguraban
desconcierto. Y se venían muchas mejores cosas.
Aquí empieza mi problema.
No podemos entender a Metallica como lo que son sin saber de qué fue el año de
1991. Estaban ya en la cima del mundo, volviendo masivo algo que era ya de por
sí muy difícil de vender. Me cuesta mucho poder ver qué pasaba por las cabezas
de James y Lars cuando se trataba de escribir el Metallica. No me lo
explico. Hay entrevistas, documentales, y archivos hasta para regalar, pero hay
cosas que siguen sin cuadrar. Empezando por el primer factor importante: Bob
Rock. Antes de Iron Maiden con Martin Birch nadie se había preocupado por el
papel del productor en las grabaciones de Heavy Metal. No es para menos, los
metaleros siempre han creído que el Metal se produce sólo. Los productores del
género se cuentan con los dedos de la mano y tienen un estilo muy bien
definido. Sin contar el hecho de que todos son de la década pasada. Debe ser un
indicador el hecho de que no haya productores de los 2000 o de esta década
haciendo Metal. Bueno, Andy Sneap sí, por supuesto que sí. Quizás Slayer y Rick
Rubin, pero paremos de contar. Ahora, Bob Rock nunca ha sido propiamente un
productor de Metal, lo último que supe fue que produjo un disco de Nelly
Furtado. Entonces, ¿cómo forma parte de la ecuación en Metallica? Simple,
Metallica a partir de entonces deja de ser una banda de Thrash Metal y comienza
a ser una banda Pop. Sí, así es. Y puede que Bob Rock no sea un productor de
Pop, la verdad es que, con Mötley Crue y Bon Jovi como currículum, es fácil
entender cómo todos podemos hablar de la parte más comercial en un Rock que no
terminaba de entender a su hijo rebelde que encabezaban Hetfield y compañía. Es
por eso que, cuando salió “Enter Sandman” ya hablábamos de experimentación, y
mucha materia lucrativa.
Lo que escuchamos en el
Black Album no sólo es un signo de madurez. Es una refinación total. La batería
suena impecable, las guitarras y las voces están en una mezcla que es
inmejorable y que aún hoy suena adelantada a su época. “Sad But True”,
“Wherever I May Roam” y “Of Wolf And Man” son ejemplos clarísimos de un
perfeccionamiento sonoro más que evidente. Pero, ¿cómo Metallica cometió su
primer acto de arrebato y ambigüedad? Se volvieron más lentos, menos agresivos,
y más cercanos a las tendencias del mainstream. ¿Es eso un pecado? No debería.
Pero lo fue, para nuestros amigos que mantienen la industria de la ropa oscura
rentable. Obviamente lo fue. Es un cambio radical de sonido, no es Thrash
Metal, a lo mucho es Heavy Metal. Es Hard Rock en estado puro, pero ni siquiera
en la manera que uno esperaría. Es quizá lo más cercano a “limpieza” que el
género haya podido llegar. Era de esperarse que el disco fuera el más vendido
de toda la década. Puso al rock pesado en el mapa, y a partir de entonces, si
alguien sabe algo de Metal es porque ha escuchado “Enter Sandman” y quizás no
necesite más.
Entonces vino la pregunta
fundamental que cualquier persona se hace cuando gana la lotería: ¿ahora qué?
De forma paralela Nirvana regresaba a lo crudo y hasta negligente que el rock
había perdido en el camino, mientras Nine Inch Nails hacía precisamente eso,
pero aterrorizando los oídos de los padres de familia cuando sus hijos cantaban
I want to fuck you like an animal como obsesionados. Soungarden, Alice
in Chains, Red Hot Chili Peppers hacían lo suyo mientras Korn ya empezaba a
infectar la vena más puritana con el Nü Metal. ¿Qué te queda por hacer cuando
eres la banda de rock pesado más comercial de esa década? No hay respuestas
claras, y de sólo pensar en la expectativa y tener que considerarla me aterro.
La banda se encontraba justo en medio del cambio entre la grabación análoga y
digital, no lo olvidemos. Sin embargo, este siguiente paso no está muy
documentado en la prensa ni en la promoción, por lo que prácticamente tenemos
que conformarnos con que las canciones hablen por sí mismas. Y se hizo la luz.
Con Bob Rock nuevamente a la cabeza de la producción, “Until it Sleeps” salió
como primer sencillo de Load el 21 de mayo de 1996. Habían pasado casi
cinco años desde el lanzamiento del Black Album y este primer adelanto dejó a
todos con más preguntas que respuestas. Lo que quedaba por hacer era esperar,
me imagino. Para cuando el álbum se lanzó un mes después, la clásica decisión
de “tómalo o déjalo” nunca había sido tan difícil de responder en una banda de
rock. Sigue impactando a más de tres que estaban acostumbrados a la digestión
fácil en el consumo musical. En serio, la dinámica no fue sencilla.
“Until it Sleeps”
cambiaba completamente el sonido. Era un giro de 180° para todo lo que se había
hecho con la banda hasta entonces. Era lenta, oscura pero accesible, con una
letra encausada en la parte más personal de James Hetfield. El uso en los
efectos de las guitarras era algo único (usar la palabra innovador hará
enojar a muchas personas) en las tendencias técnicas de aquella época. La banda
sufría un tumulto interior que acabó siendo documentado magistralmente en Some
Kind of Monster media década después. Los excesos, las inseguridades, todo
hecho un coctel que aún hoy en día es complicado de explicar. Tal fue la polarización
que generó este lanzamiento que cuando era más pequeño y escuchaba a Metallica
por primera vez, un primo me regaló una copia del álbum porque me aseguró que
nunca más lo iba a escuchar. ¿Era para tanto una actitud ante el disco? La
verdad es que no los culpo. En verdad es un hueso duro de roer.
Pero, ¿por dónde empezar?
Como dije, “Until it Sleeps” era una prueba muy acertada para mostrar al mundo
el nuevo camino que iban a tomar. La batería empieza a tomar ritmos convencionales,
para dar paso a tempos más lentos y líneas de fraseo menos extenuantes. Dejemos
de lado los riffs pesados y demos paso a ostinatos definidos en una escala
pentatónica que recuerda mucho al modelo que usaron Guns N’ Roses con los Use
Your Illusion, un sentimiento lleno de Blues que permea toda la grabación. Nunca
entendí bien el problema que la mayoría de la gente tenía con este cambio en
estilo. Después de todo yo empecé a escuchar a partir del Death Magnetic y
cuando Juanes los presentó en los Premios MTV que se celebraron en Guadalajara.
“Ya llovió desde aquel chaparrón hasta hoy”. El consenso general es que la
mayoría de los fanáticos que pasan de un encuentro casual con la banda saben
que existen, pero es poco probable que se tomen la molestia de escuchar estas
grabaciones. Un segundo acercamiento lo tuve con el S&M en el que
las versiones sinfónicas se juntan para crear un híbrido majestuoso, en todo
sentido. Ahí fue cuando escuché “Bleeding Me”, “Hero of the Day”, “The Outlaw
Torn”, “Fuel”, “Devil’s Dance” y “The Memory Remains”. Uno no nota la
diferencia cuando escucha el ambiente general de ese concierto, la verdad es
que esas pistas se derriten perfectamente con las demás, desde las más antiguas
hasta las que se reencontraban en el Black Album. Me tomó casi diez años en
darme cuenta de cómo es que funcionaba todo eso. Con “Ain’t My Bitch” uno no
puede esperar cualquier cosa. Si es que existe la música para motociclistas,
éste debería ser un himno. Es rápida, aunque ajena a la intensidad de los
tempos de Thrash. Las guitarras y su abrasiva, pero no ruidosa, presencia la
vuelven una pista sin duda más pesada que muchas de las que estaban en el Black
Album. Las voces se oyen mucho más potentes cuando se tratan de ritmos más convencionales,
porque Hetfield nunca perdió capacidad de crear su propia catarsis, aunque se
traten baladas Country como “Mama Said”. Después de esa primera pista tan
cargada de agresividad lírica, las siguientes se ocupan de llenar un tono entre
pesado y oscuro. Con un ambiente lleno de mala vibra pero que no se vuelve
tedioso. “King Nothing” sigue siendo una de las mejores canciones en todo el
catálogo de Metallica, aunque su epicidad radique en su salto a lo profundo y
en una letra llena de resentimiento. La comparación con Guns N’ Roses es
adecuada, pero el camino que toman no es tan accesible ni tan grandilocuente
como “November Rain” o “Estranged”. No me malentiendan, Load no es ni de
cerca un disco fácil de escuchar. Dura una hora y veinte minutos, es excesivo
para una escucha casual. Nuevamente, el fango malvibroso que alimenta a estas
canciones no lo hacen mucho menos sencillo. “Hero of the Day” es lo más cerca que
estaremos de escuchar un optimismo ligeramente errático. Y, aunque exista una
atmósfera pantanosa, es un disco lleno de contrastes. Canciones que rondan los
diez minutos, con otros impulsos metaleros que apenas llegan a los cuatro. Baladas
convencionales y bastante bien definidas como “Mama Said”, como pistas lentas
sin una línea concreta y que duran casi lo doble como “Bleeding Me”. Vemos que
James y Lars le prestaron mucha más atención a la escritura de las canciones
como un todo, que a cargar tres clases de ritmos diferentes con riffs
complicadísimos y breaks de batería intrincados como en ...And Justice for
All. También la personalidad introspectiva de Hetfield se ve reflejada en
el tiempo que le toma desenvolverse en sus propias canciones, como “Wasting My
Hate” que con 3:57 minutos dice prácticamente todo, en contraste con “The
Outlaw Torn” que con sus 10:48 minutos originales tuvo que ser cortada un
minuto para que pudiera caber en un CD. Como dije, es un álbum de contrastes.
Mientras que en “Bleeding Me” crean una atmósfera casi relajante antes de que
inicie el primer coro, “The House That Jack Built” no deja de tener algo dentro
de sí que hace poner incómodo a más de dos. Mientras sucedía esta grabación, la
banda pasaba por un momento bajo en el que los problemas personales se habían
mezclado con los del grupo. Las drogas, los excesos que deja la fama, todo
estaba convergiendo en una necesidad de cambiar que el grupo quiso constatar a
toda costa. Como dije, James Hetfield evolucionó considerablemente en la
escritura de las letras y los temas personales que se tratan siguen siendo un
momento impresionante en la historia de Metallica.
Entonces, el Metal estaba
cambiando. Y Metallica, en vez de dejarse llevar por la corriente sin más,
apostó por un sonido propio en el que existen influencias de muchas partes,
pero se vuelven mucho más memorables que la gran mayoría de los discos que
salieron en esos años. El Metal Alternativo tomaba partida de manera impresionante
con Tool y Faith No More, pero es también válido darle una oportunidad a la
visión que tuvo Metallica con estas canciones. La verdad es que han envejecido
mucho mejor que otras de aquella época. El cambio de sonido pudo ser mucho
peor.
Lars mencionó en una
entrevista que él y James llevaron al estudio los demos para treinta canciones
cuando comenzaron la grabación. Cuando se hace un disco normalmente se desecha
más de la mitad para crear un cuerpo de trabajo consistente y que no se pierda
en la escucha para las personas que no tiene forma o tiempo de hacerlo. Sin
embargo, con todos los recursos financieros y mercantiles del mundo, Metallica
apostó por mejorar y pulir la otra mitad de canciones que se quedaron varadas
cuando Load comenzó a gestarse. Y, una vez más, se hizo la luz. “The Memory
Remains” se lanzó el 11 de noviembre de 1997 para preceder el lanzamiento de ReLoad
una semana después, a tan sólo un año y medio de la publicación y promoción de Load.
Por desgracia, el primo que me regaló este último, no quiso comprar el otro y
por lo tanto lo tuve que conseguir por mi cuenta.
El resultado es
básicamente el mismo. Es la misma atmósfera que tiene el Load. Oscura y
neblinosa, pero con riffs atrayentes en tono Blues. Los mismos contrastes, todo
igual. Sin embargo, teníamos canciones mucho más cortas. O, mejor dicho, no
había una diferencia radical entre las mismas. Todas las pistas rondan entre
los cinco minutos y los ocho. Por lo tanto, hay pistas que duran mucho más de
lo que deberían, y otras increíblemente elevadas como “Fuel”, “Devil’s Dance” y
hasta la nada conocida “Fixxxer”. Los pasajes largos y atrayentes que
ejemplificaban en “Bleeding Me” o “The Outlaw Torn” se quedaban a un lado para
dejar a otros más cortos pero redundantes como en “Slither” o “Prince Charming”.
Creo que aquí se empieza a ver el exceso, el repetir un disco que de por sí ya
era difícil de digerir mediante una reiteración de fórmula. Sin embargo, sigue
habiendo momentos que no encontraremos en el predecesor. Las letras pudieran
parecer más agresivas, pero mantienen una temática bastante parecida a las
anteriores. Existen también momentos completamente inesperados como “Low Man’s
Lyric”, en el que el Blues se hace cargo de todo para dejar una canción
impresionante y personal que nunca ha sido valorada como se debe. “Where The
Wild Things Are” puede quedar como un punto medio entre la indulgencia y la
complejidad pero que suena bastante bien. Por momentos parece que encontraron nuevos
caminos en un año y medio, aunque entendamos que los planes empezaron incluso
antes que el anterior. Una vez más, es un disco largo, con 76 minutos.
Metallica mencionó en una ocasión que planeaba lanzarlo como un disco doble. Si
sumamos la duración de Load, tendríamos más de dos horas y media de música
y 27 canciones de un solo golpe. Quizás fue una mejor idea publicarlos con un
año y medio de diferencia o si no hubiera sido uno de los fracasos más catastróficos
ante la crítica de aquellos años. Tal vez pareció algo innecesario que se debió
quedar en el baúl. O bien, se pudo elegir entre las mejores canciones de ambos
y lanzar uno solo que valiera por sí mismo la pena. Pero es que, quitando lo
que la gente considera paja, tampoco podríamos hablar de un disco mejor. En
absoluto. Me es complicado poder hablar de estos álbumes como algo que se pudo
filtrar para quedar más corto y mejor. No es así de fácil. La verdad es que, a
mi parecer, las dos partes de este proyecto han envejecido mejor que otros de
sus contemporáneos precisamente de esta manera, como un disco doble de dos
horas y media. Con la densidad y carácter intenso que eso implica y el reto que
conlleva escucharlo y adentrarse en ese fango y arena movediza. Como dije, son
los contrastes.
La razón de esta nota es sencilla.
Últimamente he notado una revalorización en los discos de Metallica que la
crítica y los fanáticos han dejado en el olvido. Y es que, es difícil ver lo
que éstos dos álbumes significan en la carrera de Metallica. Quizás estemos ante
la etapa musical más larga de toda la banda. Porque en los ochentas cada disco
tenía su personalidad, pero aquí hablamos de toda una era estética que
desembocó en el Garage Inc. un año después de ReLoad, y el S&M
el año siguiente. Obviamente una cuestión creativa que la gente no da por hecho
cuando escucha o habla de estos cuatro álbumes. Recordemos que “No Leaf Clover”
y “Minus Human” fueron creadas específicamente para su rotundo concierto
sinfónico, y las raíces puede que estén en esas sesiones del 1995 en las que Lars
y James planeaban lo que sería la etapa más infravalorada en la historia de la
banda. Luego vinieron los problemas reales dentro de la banda cuando en el 2001
comenzaron la grabación de St. Anger, pero esa ya es otra historia. Es
curioso como se habían relegado al olvido y precisamente en estos años
volvieron a surgir como tema de conversación. Quiero encontrar una respuesta
correcta al porqué de este fenómeno, pero sólo se me ocurre que es gracias a
los tiempos que corren. La democratización musical nos ha permitido abrir la
cabeza a tantos géneros y posibilidades que estos discos se entreven como una
joya cubierta de polvo por el paso del tiempo. Una vez tuve una conversación
con un amigo precisamente sobre estos dos discos, yo le dije que, en palabras
de Tobias Forge, cantante de Ghost, cuando le preguntaron su opinión sobre el Metallica
de los noventas, decía que casi nadie valora del todo el atrevimiento de la
banda cuando decidió experimentar de esa manera en estos discos. Mi amigo me
respondió, siendo él metalero de la vieja escuela, que él sigue creyendo que no
tiene valor en absoluto y que no se lo toma tan en serio. A lo que yo respondí
que es más probable que yo, que no soy parte del gremio, encuentre algo
interesante en estas canciones que alguien que da por sentado que debemos
escuchar a Metallica como una banda puramente de Metal. En sentido estricto lo
son, pero es muy difícil encontrar a un grupo que haya tratado de llevar la
experimentación a ese nivel siendo lo mediáticos y lo infinitamente acercados
al mainstream que ya eran. Han cometido suicidios artísticos al menos tres veces
y parece que de eso se trata. Metallica es una banda Pop, como lo son los
mismos Ghost, o como intentan ser las demás bandas que quieren utilizar su
estilo.
Load
y ReLoad fueron un punto de inflexión en la carrera de Metallica y, para
bien o para mal, un balde de agua fría para una escena que comenzaba a perder
credibilidad y que lleva muchísimo tiempo buscando un signo de identidad. Es
menos difícil explicar lo que estos discos representan en su carrera, si
tenemos en cuenta que su última grabación, el Hardwired… to Self-Destruct,
es precisamente la versión Thrash que debió ser esta etapa de la banda. Las
similitudes y los elementos que recuerdan a estos años se oyen frescos y
pertinentes en el 2016 que salió. Es un guiño más que nostálgico y que sigue
sonando perfecto. Es curioso como las bandas de estos días han admitido que encontraron
la solución a problemas creativos hurgando en las profundidades de estos
álbumes. Son los tiempos que corren sí. Del mismo modo que los noventa y sus
excesos figuraron como los años de transición que desembocaron en todas las
cosas que ya nos gustan hoy. Son muy buenos tiempos para estar vivo y escuchar
música.

