
En
este año más que en ningún otro, se viven tiempos convulsos para
la música popular. Este 2018 ha estado plagado de muchas sorpresas,
en el sentido más neutral posible. Porque hemos visto el auge del
desenfreno total, de la masificación desmedida del consumo de arte,
de las tendencias casi extremistas de las bandas y los artistas, de
lo volátiles que han sido nuestros gustos en lo que ha sido este
año. Y es que ha sido un maldito caos, sí, un caos. Estamos
viviendo una época prolífica y democratizadora de los medios y los
recursos musicales, con cada vez más artistas accesando y subiendo
sus creaciones casi inmediatamente que los terminaron. ¿Es malo? La
verdad es que no. El problema viene cuando la saturación es
excesiva. La rapidez de los lanzamientos han permitido a bandas y
cantantes llegar a un público más grande y de forma más eficaz,
esto logrado por supuesto gracias a los servicios de streaming.
Spotify y Apple Music han sido los catalizadores de esta bomba
nuclear que es el mercado musical en estos años. Porque nos han
permitido escuchar, literalmente, millones de canciones de forma
inmediata, prácticamente todos los artistas que uno busca están en
estos servicios, sus discos, colaboraciones, etcétera. El impacto es
tan grande que la compra de discos físicos se ha visto mermada, al
punto de que, estoy seguro, muy pronto vamos a ver cerradas las
tiendas de discos de las provincias en todos los países.
Paradójicamente, el vinilo ha regresado junto con el cassette, algo
que es otro tema, pero que es igual de insólito.
En
toda esta maraña de consumismo, hemos visto el realce del Reggaetón,
nos guste o no, y del Hip Hop. Éste último ha jugado un papel
importante en todo lo que vemos y escuchamos en los medios de
comunicación. Por nuestra condición de latinos, el Reggaetón es
más fácil de notar, pero en sí los dos géneros tienen algo en
común: su fácilidad de producción. Y es que es verdad, los dos
siguen exactamente el mismo procedimiento: un músico (llamémoslo en
este contexto productor) crea
una pista instrumental, baterías electrónicas con bombos
atronadores y hi-hats rápidos y sintéticos, a ésto agreguemos unos
cuantos acordes, mayores en su mayoría, un sample de alguna canción
de rock y casi terminamos. Luego agregamos unos cuantos
sintetizadores y listo, tenemos un beat.
El beat es esta parte instrumental que no involucra la voz. Este
productor entonces buscará a alguien a quien vender su nueva pista,
alguien que ponga voces en ella y la vuelva un producto de consumo.
Ahí entran los Malumas, los J Balvins, los Bad Bunnys (en el caso
latino) y los Drakes, los Migos, los Lil Pumps, los XXXTentacion en
todo lo demás. Y todo esto
sin salirse de la computadora o incluso de la tablet. No hubo músicos
de sesión, ni horas de ensayo prolongadas, ni estudios de grabación
carísimos, ni burocracia vorágine de por medio. ¡Es por eso que
estamos rodeados de Rap y Reggaetón! Porque en dos días de trabajo
podemos tener el pŕoximo éxito de radio y volvernos millonarios. Y
es que la inmediatez ha permitido casos tan extremos como Kanye West
lanzando cinco discos en poco más de un mes. ¡Cinco discos! ¡CINCO!
La duración de los mismos es cuestionable, porque ninguno dura más
de treinta minutos y algunos pasan rozando los veinte. Si eso es un
“larga duración” para mí es más que dudoso. Pero así estamos.
Y con todo y que Kanye es productor y rapero al mismo tiempo. ¡Que
también estaba
por lanzar el sexto en noviembre! Drake también lleva una racha de
lanzar discos dobles por año. Pero es que son muy fáciles de hacer.
Los discos de Hip Hop en general, no hablo de que lo sean
precisamente los de Kanye y Drake, ahí la afirmación se ve
pretenciosa, pero no deja de ser cierta hasta cierto punto. Es una
barbaridad la cantidad de música que se lanza y a la que tenemos
acceso. La trascendencia monetaria de la nueva ola de Hip Hop es tal
que las canciones que están en los Top 10 de Spotify o de Apple
Music producen, semanalmente, 25 millones de dólares. Ahí es nada.
Todo
este panorama ha dado pie a que exista lo que coloquialmente se le
conoce como mumble rap.
Canciones y beats que prácticamente no tienen sentido y que nunca
fue ese su propósito original. La verdad es que es casi abominable.
Así pues, el disco no sólo como formato físico sino como obra
completa y contenida en sí misma se ha visto afectada, casi
ignorada. Porque la inmediatez nos da la posibilidad de escuchar una
canción y olvidarla todo en un sólo día. Es por eso que, en medio
de toda esta ola de negligencia por lo estéticamente “correcto”
sobresale un personaje singular, un rapero que tiene toda la pinta, o
tenía, de ser uno como los demás. Porque los productores con los
que trabaja son los mismos, porque sus beats no son la vanguardia
tampoco, musicalmente hablando. No, es singular porque tiene esa
artisticidad que lo vuelve alguien completamente distinto a los
demás. Y sí, ese es Kendrick Lamar. La pregunta obvia es qué lo
vuelve especial, y la respuesta no es fácil de obtener. Nos tenemos
que remontar a cuando Kendrick era un aspirante a rapero que llegaba
a publicar ciertos mixtapes esporádicamente. Hasta que un día,
bendito entre los benditos, lanzó de forma independiente aquel
Section.80 que a su
vez fue encontrado por el mismísmo Dr. Dre, santo entre los santos.
Section.80 es un disco
“común” pero que tiene algo que parece distinto. Quizás la
respuesta entonces era la narrativa que utiliza para contar
historias, pero uno se tarda en entender eso. Luego,
vino un año después ese pedazo de disco que es el good
kid mA.A.d city. Ya de la mano
de Dr. Dre como productor ejecutivo, vino uno de los mejores discos,
sí, en lo que va de la década. Aquel GKMC
es una obra de arte. Y es que, dos oriundos de Compton se encontraron
de forma nuclear, como una explosión épica de proporciones
inestimables. Aquí, Kendrick da un retrato de lo que es vivir en una
ciudad como Compton, y crecer, sobretodo crecer. Porque en algunos
lapsos nos encontramos con episodios del rapero viendo morir a sus
amigos, en otros el cómo tuvo que lidiar con el alcohol, el qué
implica crecer en un lugar que está lleno de prácticamente todo
tipo de desesperanza. Kendrick parte de ahí, porque la
ruina trajo consigo y de la mano a las musas,
el disco es una obra conceptual, contenida en sí misma, coherente y
completa, que ya es un clásico. La narrativa ya era excepcional, al
punto de que cuando leí la letra de “Swimming Pools (Drank)” me
veía a mí mismo atado a una copa de alcohol, hastiado, y
mágicamente al instante ya estaba nadando en una piscina llena de
licor. Tal y como pasó cuando era más joven, exageraciones poéticas
de lado pues. Por aquel entonces no veíamos la tormenta de canciones
y hits que se volvería el 2018, pero nadie hubiera imaginado que el
formato álbum estaba por extinguirse, y menos con una obra tan
monumental como lo fue el Good Kid.
Aunque el disco es más bien introspectivo, la temática personal
abrió un parteaguas en un género que se caracteriza por la
presunción de dinero, mujeres y drogas. Y aunque la tendencia era a
acelerar los ritmos, éste era más bien un disco downtempo que
carecía de falsas pretenciones y de retoques innecesarios. Kendrick
era una promesa. Luego vino
la obra cumbre, To Pimp A Butterfly.
Es la obra cumbre porque así es, es su disco más complejo hasta la
fecha, el mejor hecho, en el que es dueño de sus recursos, musical y
líricamente. Es casi un compendio de música afroamericana, todo en
78 minutos de viaje interno sobre la identidad negra en Estados
Unidos. Es mi mejor resumen, porque obviamente el disco es mucho más
que eso. Aquí Kendrick hace un cóctel de todo: Jazz,
Funk,
R&B, Soul, Hip Hop.
Mientras que en la parte narrativa todo se vuelve un viaje por la
psique de Lamar, combinado con el ambiente
sociopolítico que era entonces Estados Unidos, con todo y que Trump
aún no llegaba al poder. Aquí es necesario hacer la pausa. Porque
ya en pleno 2015, Kendrick volvía a reafirmar la necesidad del
disco, por eso el Pimp A Butterfly
se vuelve icónico. Las canciones, aunque hubo sencillos
promocionales, están hechas para escucharse en conjunto, y por eso
el disco se vuelve un viaje más interesante, artísticamente. Lo
sobresaliente también es que aquí Kendrick incrusta en sus letras
referencias literarias cada vez más variadas, en este caso todas
relacionadas con la identidad afroamericana.
Luego
de toda esta larga introducción, hace un año y medio nos
sorprendió, y bastante, con el que sería el sucesor de lo que yo
pensaba que iba a ser un insuperable, Pimp A Butterfly.
Por Marzo él mismo lanzó “Humble”. Lo primero que pensé fue un
“ya valió madres”. Porque el beat era Trap, con todo y lo que
detesto esa clase de instrumentales. La letra y su forma de rapearla
me hizo ver que quizás estaba viendo al Kendrick venderse al
monstruo comercial. Era una lástima, porque Kendrick tenía todo
para ser el artista de la década. Así pues, lanzó Damn
y no tuve mucho que decir. Porque
me pareció muy incoherente aquella primera escucha. En principio
duraba casi media hora menos que el TPAB
y tenía sólo tres colaboraciones. Aunado al hecho de que sonaba
mucho más moderno. Era experimental, me pareció un Life
of Pablo que no necesitábamos
de su parte.
Así fue durante un tiempo, escuché “DNA” y como era también
Trap, me pareció que quiźas no era para mí. Así pues, era el
disco al que estaba más renuente de escuchar, porque no lo entendí
y sentía que no me aportaba nada. Entonces, pasó algo curioso.
Estaba en Cholula, Puebla, cansado por las desveladas y muriéndome
por tirarme a la cama, cuando en el camino de regreso a Puebla, en el
camión decidí cerrar los ojos un poco, ponerme los audífonos y
esperar a que terminara el viaje. Quise darle una oportunidad,
después de todo no perdía nada, y aunque ya me empezaba a gustar un
poco más “Humble” y “DNA”, el disco por sí mismo no me daba
buena espina. Así que lo puse, con “Blood” como preludio. Ese
“Is it wickedness? Is it weakness?”
aún resuena muy profundo en mi memoria. Aquella voz medio Soul daba
un aire un poco extraño, pero como dura muy poco, no fue para tanto,
aunque la rareza seguía ahí. Luego empieza un instrumental como de
Big Band y Kendrick procedió a contar una historia. Ahí, narra como
fue a dar un paseo un día y en el trayecto se topó con una mujer
ciega, que parecía estar buscando algo, como si lo hubiera perdido.
Luego nos cuenta que se
acercó a ofrecer su ayuda diciendo: “Seems to me that
you’ve lost something”. Para
que esta le responda: “oh yes, you’ve lost something,
you’ve lost your life”. Y un
disparo en seco se oye. Mi fatiga se esfumó y, como si algún
mecanismo hubiera sido accionado de improviso, todo tuvo sentido.
Pasaba por unos días un poco malos por allá, y ese disparo fue un
detonante que iluminó algo que no entendía del todo. Sorprendido,
dejé que la música siguiera, escuché ese reportaje sampleado donde
un conductor de Fox News se queja de las letras de Kendrick, y que da
paso a “DNA”. Aquellos dos minutos y los que siguieron a “Blood”
han sido unos de los más sorprendentes que he pasado últimamente,
con música pues. Entonces me pareció magistral, de eso hace más
de un mes.
Luego
de buscar información sobre “Blood”, que no hay mucha, un
comentario confirmado por Lamar fue particularmente interesante:
según leí, la Maldad
(“wickedness”) y la Debilidad (“weakness”) son los dos
caminos descritos por el Libro del Deutoronomio como los que llevan a
la condena. El alma está condenada (“damned” pues) debido a uno
de estos dos defectos, uno por ingenuo y el otro por mala persona.
Entonces, uno bien podría hacer la asociación con el resto de las
canciones, la temática de algunas pueden ser, o bien “malvadas”
o “ingenuas”. “DNA” entra pues, con toda esa agresividad y
crítica, como una pieza malvada. De ésta no hay mucho que decir que
no se haya publicado ya, que es una genialidad de rola en la que Mike
Will Made It hace un beat inmejorable, lleno de textura y con una
atmósfera siniestra. La crítica musical, la crítica social son los
temas principales. El concepto ya de entrada me alucinó. Y
aunque estaba muy renuente a que me gustara, quizás entonces era el
momento adecuado, porque la canción quedó perfecta después de ese
disparo. En “Yah” empieza lo curioso. Porque el disco, como ya
mencioné, contiene muchas referencias al cristianismo. Kendrick,
cristiano por sí mismo, hace una mezcla muy extraña sobre estos
temas, en los que se ve a sí mismo como un condenado, pasando el
camino de la purga hasta el Paraíso, o bien directo al Infierno. La
palabra Yah es una
abreviatura del hebreo Yahweh,
el nombre original de Dios. Eso e introduciendo a su nuevo personaje
Kung Fu Kenny. Los excesos se
hacen presentes en esta parte, en donde habla de ciertas “nigga
conditions” y habla de hacer
despilfarro. Como si éstos elementos fueran inherentes en la vida
afroamericana. El ritmo es lento, introspectivo por mucho, pero
nuevo, contrario a los tempos bajos del Pimp a Butterfly,
en los que el jazz y la
instrumentación de estudio eran predominantes. Así entonces, “Yah”
es una versión “ingenua” de “DNA”. Y el disco sigue así su
curso. El alardeo se mantiene
en “Element”, un alardeo a ultranza que cae mal desde el
principio. El mismo sujeto que presenta a Kung Fu Kenny, añade
ciertas lineas que apoyan al concepto general del álbum: “Ain’t
nobody praying for me, Y’all know what happens on Earth stays on
Earth”. Y aunque la
temática se mantiene igual en toda la pieza, el beat es oscuro,
inexplicable si tomamos la letra de la canción fuera de contexto. Es
introvertido, con una instrumentación mínima, y aunque no es
precisamente más elaborado, es casi siniestro. En “Feel” ese
“nobody praying for me” se vuelve el tema recurrente, sin
embargo, en el contexto de lo que le ha causado el estrellato.
Kendrick analiza el como parece que la vida pública y la industria
musical lo está consumiendo, porque aunque parezca lo contrario, sus
demonios siguen habitándolo. Esta clase de confidencia no era común
en el Hip Hop, en donde las debilidades no se tocaban. Aquí, parece
casi el tronco común. En este punto del álbum las canciones parecen
un tanto caóticas, como si no llevaran a ninguna parte, en parte por
el beat, y por los constantes elementos que la contienen y que
parecen nunca resolverse. La
voz de Kendrick parece cansada, como anestesiada, por llamarle de
alguna forma. “Loyalty” y “Pride” no son la excepción,
porque, muy a pesar de que la primera tiene la primera colaboración
con Rihanna, las dos mantienen la misma vibra un tanto oscura, ajena.
La primera es una reflexión (continuamos con la introspección)
sobre la lealtad (obviamente) y pureza en las relaciones que tenemos
cotidianamente. La segunda continúa con las referencias bíblicas en
la misma línea que teníamos antes. “Pride” menciona el hecho de
que el orgullo, de alguna forma, es la causa de todos los males. Para
dar paso, como un muy buen chiste, a “Humble”. La pista es
exactamente opuesta a lo que se esperaría dado el contexto en que
viene, después de “Pride”. Porque, “Humble”
es también un alardeo al
puro estilo “DNA” pero en un momento un poco extraño en el
disco, de modo que a partir de aquí podemos ver un ligero cambio en
el humor del disco. Es muy probable que el álbum tenga una segunda
parte, mucho más oscura, que empieza en “Humble” y continúa con
“Lust” y “Love”. Muy
cierto es
que tanto el amor como la lujuria están muy relacionados uno con el
otro, y, aunque se repita el concepto, una es la parte “malvada”
de la otra. Por eso “Lust” es oscura, con un beat en reversa, que
justo a la mitad de la canción toma su curso habitual. Así, “Love”
es una pista más abierta, más R&B que Hip Hop, muy al estilo
Drake. Siguiendo con la crítica al la cultura racial estadounidense,
tenemos “XXX” que, sorpresa, cuenta con U2 como colaboración.
Eso también fue algo inesperado, porque U2 nunca ha dado
colaboraciones fuera de sus discos, ni las ha tenido en los de nadie
tampoco. Es por eso que no deja de ser aún más raro todavía este
pasaje. Cuando escuché “XXX” por primera vez, que fue cuando
salió, no me gustó tampoco, aunque definitivamente era lo mejor que
había hecho U2 desde el Achtung Baby.
Sí,
lo dije, no me arrepiento de nada. Pero es que creo que resume muy
bien la esencia del disco, porque Kendrick habla de asesinatos e
inseguridad de manera
claustrofóbica, el pasaje de U2 es lento, tranquilo y mínimo con
esa frase que ya me gustaba de entrada por parte de la voz de Bono:
“it’s not a place, this country is to me a sound of
drum and bass...”. Un muy buen
momento
R&B, casi Soul. Entonces,
“Fear” vuelve a ser otra vez nublinosa, mostrando tres etapas de
miedo, cada una con diez años de diferencia, en la vida de Kendrick
empezando por los siete años. En todos los versos reina una falta de
seguridad tremenda, pero confidente, por contradictorio que esto
suene. Casi para terminar,
“God” es como su nombre, casi redentora. Es una pista con aires
Gospel, aunque en realidad es Kendrick hablando de cómo ha llegado a
ser lo que es, comparándolo a estar a cargo como Dios, relegando a
los demás raperos que se sienten así como meros subordinados. El
viaje termina en “Duckworth”, una historia de como Anthony
Tiffith, fundador de Top Dawg Entertainment, la disquera de Lamar,
casi pudo matar al padre de Kendrick en un asalto que él mismo hizo
en un KFC donde el otro trabajaba, de haber pasado así, Lamar nunca
hubiera nacido y Tiffith hubiera ido a la cárcel por asesinato. De
cualquier forma, si uno muere
y el otro está en la cárcel, ninguno hubiera logrado que Kendirck
pudiera existir siquiera, menos su carrera en Top Dawg
Entertaiment.
La
historia del disco no termina ahí, porque escuchamos el disparo
final que alegóricamente mata al padre de Kendrick y termina la
música, para después empezar de ahí un rebobinado
en reversa, en donde parece que se recapitula al disco de forma
invertida, para terminar con el “I got I got”
y el “So I was
taking a walk the other day...”
que inicia en “Blood”. Cualquier persona normal pudo haber
terminado ahí, y dejarlo tal como está, para reflexionar sobre el
disco después. Sin embargo, no podemos tener nada tranquilo con el
Internet, y de inmediato empezaron a salir las teorías conspirativas
sobre el concepto. Algunas bastante locas como que era la Biblia
sintetizada, que era profético casi. Unas menos escatalógicas
hablaban del orden correcto de escucha de las canciones. La teoría
partía de la premisa de lo que ocurre en “Duckworth” al
principio, porque alguien grita “just remember, what
happens on Earth stays on Earth, we gon’ put it on reverse!”.
Eso aunado al hecho de la pasada en reversa que termina el álbum.
Por lo que de pronto empezaron surgir teorías que, en principio,
decían que el disco se debía escuchar al revés, empezando con
“Duckworth” y terminando en “Blood”, y que el álbum
adquiría un nuevo mensaje, más revelador, al ser escuchado así. La
idea escaló tanto, que el mismo Lamar la confirmó en una
entrevista, y el meme cobró vida cuando la edición de colección
salió así, con el orden de las canciones invertido. Porque Kendrick
decía que el disco debía ser escuchado así, para empezar, y que la
dualidad de la que se hablaba en el disco sobre la maldad y
la debilidad era
correcta, que el disco se trataba efectivamente de una lucha
constante entre el bien y el mal, aunque nunca dio muchos detalles
sobre eso. Si bien, el concepto original parte del hecho de que
Kendrick es el condenado desde el principio y muere tan pronto como
inicia la grabación, con este hecho, el que muere al principio es el
padre
y la condena adquiere un nuevo hilo narrativo. El disco abunda en la
frase, como ya dije, de “ain’t nobody praying for me”, casi
como letanía. Según la tradición Cristiana, cuando alguien muere,
se le ofrecen plegarias para que el alma del difunto suba al cielo, y
aunque pareciera que el Damn
está repleto de referencias a esto, la idea pues es que Kendrick
muere y que el viaje que hace para llegar con Dios en “God”
requeriría que alguien rezara por él. Es una jornada, visto desde
esta manera, un tanto extraña. Porque la jornada de la muerte aquí
es más bien un viaje por la psique y las emociones más profundas
del rapero, desembocando entonces en la gloria después de hacer la
purga interior que uno tiene que hacer siempre que pasa por un estado
parecido. “Duckworth” es más un epílogo que no aporta mucho a
la grabación por sí misma, salvo por el hecho de que propone la
idea de escucharlo en reversa, y aquí viene lo ingenioso. Porque
si el disco acaba con un Kendrick Lamar renacido y
que inicia con su propia defunción, de esta otra forma el disco
empieza precisamente con la condena por las malas acciones, la
maldad, y termina con un Kendrick muriendo a causa de esto. Y así la
historia está contenida en sí misma, sin necesidad de recurrir a
explicaciones externas, porque lo natural es que el camino a la
condena empiece con una pérdida del “camino de la luz” como
Dante, y termine efectivamente sin redención en su muerte.
Bien,
teorías aparte, el disco es complejo. No es fácil de entender al
principio. Porque la vaguedad con la que se presenta ante la primera
escucha es inaudita, uno no entiende cómo es que Kendrick pudo caer
a un nivel de desconeptualización tan efímero, cuando él ya es un
maestro en la narrativa introspectiva, muy cerca del más acá que
del más allá, que es realidad aparte.
La verdad es que no, Kendrick nunca pretendió hacer algo así, y la
vaguedad aparente de la que hablo es sólo eso, apariencia. Porque
aunque las ideas parezcan tan inconexas unas con otras, el hilo
conductor que las une es el más importante: el viaje que hace
Kendrick por su psique, de forma críptica y poco clara. Haciendo
referencias a Dios, a la religión, al conflicto racial, a la epopeya
moderna de vivir con estas debilidades. Es el disco más flaco
musicalmente, el más oscuro y poco franqueable, pero el que
conceptualmente atrapa más. Esta idea de la salvación y la
redención como parte del quehacer diario de todos nosotros cuando
admitimos nuestras debilidades debió ser un proceso casi terapéutico
para él, porque lo vemos más expuesto que nunca, más asustado, más
divagado y más consciente de ello. No es fácil nunca admitir las
debilidades, y aunque parezca mentira, el empezar por ahí puede dar
siempre más luz de la que uno cree. Estamos probablemente ante peor
disco de Kendrick, musicalmente, pero una obra maestra conceptual por
antonomasia, ahí es nada. Fue de todos sabido que por este disco
Kendrick recibió el premio Pulitzer de Música, un premio que el
mismo Hemingway ganó, en
literatura claro, y que fue
un acto insólito cuando se anunció. Fue como legitimar el Rap y el
Hip Hop de forma casi académica. Y aunque el antecedente lo había
tenido Bob Dylan con el Nobel de Literatura, llegamos al punto en el
que al Rap ya se le ve con otros ojos, como lo que es, un género con
mucho potencial.
Vivimos tiempos curiosos para la música popular, nunca había tenido
tanto reconocimiento, y nunca había sido tan mal vista por igual. No
es para menos, se han hecho cosas que valen mucho la pena y que se
merecen todos los reconocimientos que haya, e igualmente se han hecho
barbaridades que habría que olvidar cada vez más pronto. En ambos
casos han sido bastante rentables, vendibles y comerciables. Y,
queramos o no, para bien o para mal, es el turno del Rap de crear
obras así, que trasciendan y le den un nuevo aire a un género que
necesita legitimidad, hoy más que nunca. Aunque si con discos como
este aún no la tiene, el problema a solucionar es otro, algo que ni
mil Kendricks van a poder hacer, que abramos nuestra mente a lo que
es verdaderamente bueno, sea como sea. Porque aunque habrá quien
diga lo contrario, vivimos tiempos de obras maestras, y de genios de
la composición, en parte gracias a Kendrick Lamar. Y, por eso,
nosotros los condenados, lo saludamos.