lunes, 30 de diciembre de 2019

...pero nos extraña...

Si alguien recuerda a Will Smith y la película El día de la independencia, se inicia con la lectura de la placa que dejó la tripulación del Apolo 11 en la superficie de la Luna. Eso ocurrió sólo unos instantes antes de que Will Smith nos salvara de una inminente extinción.
Hasta donde sabemos, somos los únicos seres de vida inteligente en el universo, y sin embargo la probabilidad de que estemos solos es tan baja que nos hace cuestionarnos si de verdad lo sabemos. De la misma manera, nuestra presencia en el universo se veía confinada a estas paredes esféricas que llamamos hogar. ¿Conocen las canchas de futbol? Esas como en la que ayer perdió el América. La velocidad ocuparía una pelota para salir de la Tierra sería equivalente a recorrer 30 de esas canchas de fútbol en un segundo. La primera de esas pelotas que salió de nuestro planeta se llamó Sputnik y su única función era emitir un pitido mientras orbitaba alrededor de nuestro planeta; las pelotas fueron aumentando de tamaño y con ello el ego de los que las pateaban; sin dispararse una bala entre ellos, el tío Sam y el soviet se enfrentaron en la guerra fría y como consecuencia obtuvimos para el bien de toda la humanidad la Carrera espacial.
Nos aburrimos de la Luna después de haber llegado, cuando se envió la segunda misión ya se había vencido a los rusos y el público ocupaba aún del drama, es por eso que fue una suerte (lo digo en el más cordial de los sentidos) que el Apolo 13 sufriera su accidente con un elenco conformado por James Lovell, Jack Swigert y Fred Haise (interpretados por Forrest Gump, Sebastian Shaw y Dinky Winks como corresponde en la pantalla grande), recuperando ranking, aunque no pasaría lo mismo con las otras misiones. Apolo 14, 15 y 16 sorprendieron llevando un rover a la superficie lunar para aumentar el recorrido hecho por los astronautas en la superficie de nuestro satélite; el Apolo 17 llevó un científico a bordo, se trataba de un geólogo llamado Harrison Schmitt, una de las doce personas que pisó la Luna, siendo Eugene Cernan el último en subir a la nave antes de alejarse para siempre.
Se canceló el Apolo 18, y es que ir a la Luna es costoso: la NASA optó por misiones orbitales para probar sistemas de mayor importancia en ese momento. Se trata de misiones que usaban los cohetes Saturno V restantes para establecer estaciones espaciales; hablamos de misiones como el Skylab o Sailut, aunque el mayor aporte a la humanidad fue el histórico acoplamiento de las naves Apolo y Soyuz en 1975, lo que de a poco desembocaría en la Estación Espacial Mir (en ruso: paz, un mensaje bastante claro) y ahora en Estación Espacial Internacional, que es una reunión de módulos de la NASA, Roscosmos, ESA, JAXA y hasta un par de instrumentos científicos proporcionados por México.
Después de la muerte de los Apolo, la NASA decidió dejar morir a los cohetes Saturno V y quedaron sólo miles de misiles modificados a que de vez en cuando enviaba a una persona en una misión secreta. En un esfuerzo por mantener su presencia en el espacio, la NASA pagó a Roscosmos por permitir que astronautas convivieran con las cosmonautas (equivalencia rusa de los astronautas) a bordo de la nave Soyuz, esto fue así mientras se desarrollaban los transbordadores espaciales que facilitarían y abaratarían los viajes. Estados Unidos presentó cinco plataformas con características similares y las nombró Columbia, Challenger, Discovery, Atlantis y Endeavour; sabemos que dos de ellos sufrieron accidentes fatales, mientras los otros tres poco a poco fueron retirados. Los transbordadores espaciales contribuyeron a construir el espacio orbital tal y como lo conocemos, siendo elemental su misión de construir la Estación Espacial Internacional, o la puesta en órbita de misiones de gran importancia como el telescopio espacial Hubble, o los satélites Morelos para nosotros los mexicanos. 
Rodolfo Neri Vela es como Howard Wolowitz: fue una vez al espacio y no ha dejado de hablar de ello desde entonces. Fuera de bromas, se trata del primer mexicano en llegar al espacio para poner en órbita el satélite Morelos II, y la razón por la que no ha dejado de hablar de ello es porque tiene la convicción de no ser el único mexicano en lograr la hazaña. Puedo decir que me inspiró a mí a entrar en la ingeniería para buscar un cambio. De manera más reciente se encuentra el astronauta José Hernández Moreno, y esperemos que esto no acabe ahí.
Sin tomar en cuenta los satélites que se construyeron por diferentes países, además de las misiones en las que casi cada país ha tenido un representante en el espacio, parecía que la exploración espacial era un juego de dos jugadores. Francia lanzó su satélite Astérix, Japón lanzó su Ohsumi, y aquí se empieza a percibir un número mayor de países participantes en la exploración del espacio. Europa como Unión es un participante importante con su agencia conjunta ESA, las naciones asiáticas también han contribuido de manera separada con misiones indias, chinas y japonesas; aquí en latinoamérica Brasil es el principal participante. Sucede que el espacio ahora está más cerca de nosotros (en términos de exploración) y la cooperación es lo que lo acerca.
Por fortuna, la historia no acaba aquí.

domingo, 29 de diciembre de 2019

Hace 50 años la Luna era una fiesta...

HACE TRES DÍAS regresaron los hombres de la luna. Nadie habla de otra cosa. Fue un viaje magnífico y aterrador.
La televisión nos la enseñó de cerca: ¿arena, cenizas, rocas?, el horizonte demasiado breve, parecía que el astronauta se fuese a caer por la borda.
¡Cuántas cosas averiguamos de la luna! Su estupenda, desolada soledad infinita, su enrarecimiento, ¿su vacío?, su superficie igual que el espacio que la rodea: caminos empedrados hacia todas las estrellas. 
Sabremos muchas cosas de la luna, composición química, distancias, logos y grafias. Y sin embargo... ¿le quitarán su miel?, perderá su ternura?
Quiero pensar que no ha pasado nada. La luna no es eso La luna es la distancia de aquí a la luna. Es la luz de la luna mansa e  infinita. Es también su sombre, la certeza de que está allí esperando.
Mientras no nos la quiten, mientras no la hagan girar en órbita alrededor de otro planeta, la luna será nuestra como siempre  hemos pensado: un hermoso sueño, una distante liz que nos penetra, un suave amor profundo y quieto en nuestro corazón. La  luna será siempre el resplandor que sale de nosotros en la noche y en la soledad.
(Jaime Sabines).





Por muchos motivos, la llegada del ser humano a la Luna fue un acontecimiento que cambió todo. En el siglo XX pasamos de transportarnos sobre el suelo a volar y a navegar en la inmensidad del espacio.

Todos estos avances fueron posibles por una carrera armamentística que ha tenido distintos nombres a lo largo de las épocas, y uno de esos nombres es la Carrera espacial, que no es más que una consecuencia de la guerra fría. Sucede que si Washington es capaz de poner un misil con capacidades nucleares en Moscú, se acaba la guerra de manera definitiva tan rápido como se acaba la humanidad en nosotros; sucede lo mismo en sentido inverso. Con esa misma analogía, los saltos que se realizaron durante la carrera implicaban distancias cada vez más grandes o también cargas mayores.  Kennedy, con su decidida lucha antisoviética a cuestas, se decidió a retar a su país a «llevar a un hombre a la Luna y regresarlo a salvo antes de que termine la década.» Sin entrar a reñir con teorías de conspiración o cuestiones políticas, él no alcanzó a ver realizado su cometido, debemos agradecer a él que la NASA haya recibido un presupuesto como nunca antes o jamás pudo conocer ni conocerá, también fue gracias a su mano que toda su nación se unió para subir en sus hombros a ese primer ser humano a nuestro satélite natural. La NASA y Roscosmos brindaron a sus trajeados dirigentes muchos pequeños pasos, y a toda la humanidad grandes saltos. Es así como se pueden enumerar esos saltos, tomo los que considero de mayor importancia:

  • Sputnik I: Primer satélite artificial enviado al espacio (URSS, 4 de octubre de 1957).
  • Sputnik II (Laika): Primer ser vivo enviado al espacio (URSS, 3 de noviembre de 1957).
  • Explorer I: Primer satélite artificial enviado al espacio (EEUU, 1 de febrero de 1958).
  • Yuri Gagarin: Primer humano enviado al espacio (URSS, 12 de abril de 1961).
  • Alan Shepard: Primer estadounidense en ser enviado al espacio (EEUU, 5 de mayo de 1961).
  • Telstar: Primer satélite de comunicaciones (EEUU, 10 de julio de 1962).
  • Valentina Tereseshkova: Primera mujer en ser enviada al espacio (URSS, 16 de junio de 1963).
  • Alexei Leonov: Primera caminata espacial (URSS, 18 de marzo de 1965).
  • Luna 1: Primera sonda no tripulada en llegar a la Luna (URSS, 4 de enero de 1959).
Y puedo ahondar en primeros lugares, cuando lo que de verdad se vuelve de interés es lo ocurrido el 21 de julio de 1969, cuando Neil Armstrong descendió de la cápsula Eagle y pronunció su famosísima frase «Es un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad.» En aquel momento eran millones de personas quienes se encontraban frente a su televisor para ver cómo se conjuraban los sueños y esperanzas de una especie humana que necesita sin duda poder escapar del planeta para poder trascender. En ese tiempo, Nixon tomó su teléfono rojo en un primer momento para felicitar a la tripulación (quizá con eso selló las paces con su rival político Kennedy), y en un segundo momento para recibir la felicitación de Nikolái Podgorni (quizá  firmando así un armisticio por un instante)
¿Recuerdan a Buzz Lightyear? El primer guardián espacial de nombre Buzz formó parte de la tripulación del Apolo 11, y me refiero a Buzz Aldrin, quien descendió a la Luna junto con Neil Armstrong. Quien también figuró en la misión, orbitando el satélite natural para dirigir las comunicaciones y tener todo listo para el regreso, fue Michael Collins; a él ya le tocaría pisar la Luna más adelante. Los tripulantes de la nave fueron pilotos militares antes de convertirse en astronautas, esa es quizá la razón por la que se llegó a considerar al alunizaje como una victoria militar, dejando de ser así cuando los tres personajes eran unas completas super estrellas; los tres hombres incluso hicieron un viaje un tanto más surrealista cuando visitaron México en su gira internacional.
Bien, parece que en su totalidad el crédito de la misión pueda yacer sobre los hombros de estos tres gigantes, sin embargo existen cientos o miles de personas encargadas de realizar los complejos cálculos matemáticos que desembocaron en el alunizaje; o los encargados de diseñar, construir y probar todos y cada uno de los sistemas que llevaba la nave a bordo; aquellas personas de camisa blanca de manga corta que se encontraba en el centro de control y que aparece en las fotos tan emblemáticas... No quiero dejar este espacio en el completo anonimato, y nombro a algunos de estos personajes en nombre de todos: Katherine Johnson, Margaret Hamilton, Wernher Von Braun, y Gene Kranz.
No quiero (y de verdad no tengo ganas de hacerlo otra vez) discutir con todos aquellos que se basan en YouTube para decir que este gran acontecimiento ni siquiera ocurrió; las pruebas están dadas para quien quiera buscarlas y tenga suficiente criterio para aceptarlas. Mencionaré a modo de knock out que la mejor manera de comprobar la llegada del hombre a la Luna es ir y leer por uno mismo la placa conmemorativa; en su defecto, si se posee un láser lo suficientemente potente, puede usted usarlo para apuntar al reflector que se dejó en el Apolo 11 y en cada una de las subsecuentes misiones; tenemos también las rocas lunares como evidencia y un sinfín de avances científicos que se hubieran llegado mucho después de no ser por el reto de Kennedy.

viernes, 27 de diciembre de 2019

El principio del placer

En los rincones de mi memoria ya tenía la impresión de haber leído este libro con anterioridad. Mis recuerdos no me engañaron y encontré una pequeñísima reseña que preparé en ese tiempo para un grupo de lectura que comparto con algunos amigos; esto de aquí es una reseña también para el grupo de lectura (guiño, guiño). Existe una maldición (?) que me persigue cuando regalo un libro, y es que cuando lo hago siempre vuelve a mí con diferente edición; después de varias incidencias es que he tomado una medida como precaución: cada que regalo un libro le incluyo dedicatoria.
Regalé El principio del placer hace algunos años y en sus primeras páginas incluí una nota que llené de muchísimo cariño para la persona que le regalaría el libro. Hace pocos días volvió a mí el libro en una edición más nueva. En esta entrada del blog quisiera hablar de la otredad, del Claudio que compró el libro en un puesto hace algunos años, y del Claudio que recibió el libro ahora. Junto con la maldición que me persigue cuando regalo libros, debo añadir que se me olvidan las tramas de los libros al poco tiempo de leerlos, por lo que al releerlos me llevo gratas sorpresas siempre.
La reseña que escribí hace algunos años la inicié así: «Hay básicamente dos maneras de decir las cosas: de golpe y como se debe. A la hora de querer escuchar alguna, yo opto por la tercera: como José Emilio Pacheco». Ahora mantengo lo que digo, y Langerhaus es esa primera historia que se me viene a la mente cuando hablamos de la otredad, pues en ella encontré historias de fantasmas la primera vez, mientras que ahora en la segunda me parece evidente cómo el olvido es un arma poderosa, y cómo la memoria es un arma falible (por decirlo poco), como sea que se le quiera ver.
El principio del placer, la novela corta que comparte título con el libro, nos muestra a Jorge, y me recuerda que yo soy casi diez años mayor que el Jorge que retrata José Emilio Pacheco, parece tan actual esa historia tanto cuando López Mateos era presidente como cuando yo estaba en secundaria. Uno puede diseccionar a esa novela corta en cada uno de sus órganos.
En el cuento La zarpa se muestra la historia con un punto de vista retorcido acerca del significado de la amistad. La fiesta brava es un cuento dentro de otro cuento, y a la vez son dos historias que transcurren de manera casi paralela; una no existe sin la otra y se vuelve una responsabilidad del lector llegar a la intersección; es una de las historias que sirven como guía de viajes en la Ciudad de México.
Terminamos con Tenga para que se entretenga y Cuando salí de La Habana, válgame Dios. Un par de auténticas historias de fantasmas. Nos ponen la piel de gallina, y sin embargo despiertan un miedo que requiere dos o tres leídas más para concretarse.
Hasta aquí mi reporte, ya luego veremos cómo lo describo cuando lo lea por tercera vez.

domingo, 22 de diciembre de 2019

Pereza - Aviones



Hace unos meses me topé con un vídeo en el que un sujeto decía que había llegado el fin de la melodía. Que había analizado varias épocas, géneros y artistas y llegó a la conclusión de que, efectivamente, la complejidad y emotividad de las melodías en las canciones había reducido bastante. Cómo comparar, decía, las melodías y coros tan cuidados de los Beatles, Eric Clapton e incluso Madonna en los ochentas; a Billie Eilish que apenas parece que canta, a Taylor Swift con sus habilidades expresivas reducidas a sólo un buen ritmo con acordes pegajosos. La tendencia, argumenta, es casi una infección en toda la música occidental en los últimos años de este siglo. Las canciones no dejan de ser interesantes, no ahuyentan su atractivo comercial, pero también no puedes decir que se caractericen por tener una melodía muy complicada o muy trabajada. Sin meternos en detalles, la melodía es la parte que junta prácticamente todo, ritmo, tonalidad y armonía en una pieza. Por ende, es la parte más complicada de hacer a la hora de componer algo. Es lo que volvió a las canciones de otra época algo que se quedó en nuestras cabezas por décadas. Es imposible olvidar esas líneas en “Don’t Stop Me Now” como una invitación segura a moverse hasta para el más renuente amargado del lugar. Y aunque “Bad Guy” no es mala, ni Billie Eilish es mala artista tampoco, no podemos decir que su éxito recaiga en la misma razón que hizo a Freddie Mercury el mejor cantante de rock de todos los tiempos (lo es, ya es hora de aceptarlo). Lo de si ella es, con su disco y con unos cuantos sencillos, la voz de su generación, es cosa aparte, y que me genera sentimientos encontrados.

No olvidemos que este año, y esta década, terminó por cerrar una etapa de transición en la industria musical. El streaming y los éxitos virales fueron un carrusel a punto de volar. Turbulencia y mareo incluidos. Nunca fue tan fácil hacer un hit, y nunca fue tan difícil mantenerlo. Por eso, a media década, un amigo publicó una vez una canción terriblemente bella, y que por ende distaba muchísimo de todo lo que mencioné arriba. “Al otro lado de las vías estoy, el Sol se esconde…”. Unos cuantos acordes en piano, una sección de metales y era todo lo que necesitaba. Yo sabía de Leiva por su relación con Sabina desde hacía un tiempo, con Pereza, pero esto me voló la cabeza. Era un coro monumental, emotivo gigante. Entonces, la búsqueda inició. La principal característica que encontré en él fue su capacidad para hacer coros y versos buenísimos al puro estilo clásico del rock setentero, pero con un toque renovado que debe tener toda buena grabación. “Nuestra revolución era una ensoñación. Fin de la historia, oh oh oh…”. Tenía todo para ser un himno. Luego, en una búsqueda en internet me topé con “El Día Que No Pueda Más”, ya con Rubén Pozo, para ser un corte de Aviones. Lo diferente era su cualidad acústica, porque Leiva es guitarrero con toda la crudeza y finura que eso requiere. La melodía de los versos y el coro eran ya también una declaración de principios y a pesar de que la línea “El día que no pueda más voy a matarte” es una invitación segura a una controversia para Twitter si hubiera caído en estos años, la verdad es que es de las mejores canciones que he escuchado en mucho tiempo.

Entonces, Aviones fue una referencia obligada que toma rato en escuchar completo. La cultura de esta década se hizo presente, escuchar 17 canciones en un disco es casi un suicidio musical si no lo anuncias como un álbum doble, y con todo y que fue publicado en el 2009, sigue teniendo una frescura que es difícil encontrar no sólo en el rock, sino en la música iberoamericana en general. Entonces, entendí que Leiva llevaba ya años construyendo ese sonido que en Monstruos se oye impecable, y en el que ya era dueño de sus recursos literarios y musicales. La obra de un artista es un libro en blanco, que se escribe una nota a la vez, para a quien le importa un poco más de lo normal dejarnos algo memorable. Desde “Windsor” ya advertimos su forma orgánica y desinteresada de plasmar simplemente canciones bien curadas. Los coros, otra vez, se cantan ligeros y potentes por igual. Listos para los estadios como para cualquier sala de conciertos pequeña. Y así, se sigue una sucesión de canción tras canción en la que puede que se sienta que se reciclan melodías, pero que tenuemente se matizan con los acordes de Leiva y las frases de Rubén Pozo. Es que parece que ya eran un super grupo desde entonces. El rocanroleo no se pierde para nada, y Dylan como Bon Iver se hacen presentes para continuar un sonido americano profundamente arraigado en una raíz española. Lograr la conjunción de esas cosas es tarea titánica, y lograrlo merece que se use para sí el apelativo de Titán, sin dudas. “Lady Madrid” sigue una línea también muy definida, en la que los amores contrariados son una temática principal.

Calamaro hace una aparición estelar en “Amelie”, en la que tenemos el título del disco en los versos. El ritmo blues y country no se deja de lado, y aunque instrumentación no cambia de forma considerable, las texturas de las guitarras son variadas por mucho y no caen en redundancias, el pecado mortal del rock en nuestros días. Cada canción parece que se ha hecho con toda la alevosía de crear himnos, extractos que la gente puede cantar y cantar no importa en la época en la que se encuentre. Las bondades del uso de la guitarra acústica son precisamente esas, Rick Rubin mencionó una vez, a propósito de la versión de “Lovesong” de Adele, que todas las canciones que son las mejores pueden reducirse a un piano o guitarra y al cantante. Entonces, crear canciones que un profesional puede cantar como un amateur son las joyas que la gente tiende a infravalorar de inmediato. Porque para cuando llegamos a “Leones”, esta primicia no sólo se confirma, se potencia y se mejora con triunfo. Para “Champagne” tenemos quizás el cambio de dinámica más importante. A estas alturas, “Champagne”, con un jazz blues de película negra, desemboca en un coro entre optimista e irónico, que se queda bajo la superficie. Los metales llegan para contrastar una melodía en plan soul y que no opacan ni dejan lugar que se sienta vacío. La producción es muy buena hasta estos momentos. Es en “Que Parezca Un Accidente” en el que tenemos el primer desliz. La melodía pop no queda, para nada, rompe el hilo orgánico de la grabación y con todo y que su coro sigue siendo su fuerte, su afán por subirse a la tendencia de líneas melódicas del 2009 no le sienta nada bien. Probablemente el único momento que está demás en un álbum con una hora que apuntaba a ser un resultado un poco indigesto. Insisto, la paciencia de Facebook no era para las obras de esos años. “La Chica de Tirso” también tiene un lugar muy importante que tiene su justo y merecido valor dentro de los éxitos de Pereza. Aquí en el contexto del disco nos regresa al humor decadente y volátil que necesitaba esta colección en estas alturas. La letra debe ser un mensaje directo que no logramos entender los profanos de la vida de Leiva, pero es emotiva como debe ser, no empalagosa, ni excesivamente deprimente. El punto medio necesario. Las canciones en voz de Rubén Pozo empiezan a escasear, vaticinando el final, quizás. Y para “Voy a Comerte” uno empieza a sentir que quizás era necesario cortar algunas canciones. Aunque su valor lírico vale millones, eso sí.

Entonces, viene la recta final y lo que me trajo a aquí. “El Día Que No Pueda Más” inicia una última fase en un disco que no se siente que haya durado tanto todavía. La letra aún me estremece por momentos. Pero es que esa “me levanto lento, voy hasta arriba, no me trago y compro mi compañía” sigue siendo una de las mejores partes del rock español en esos años. Siempre he tenido la idea de que hay una canción que nunca termina de encajar en cualquier disco. No que esté de más, pero su estructura, su cadencia y su humor general no empatan con el resto. Esta canción es esa. Baja de tajo el tempo y se pone profundamente confesional. Sincera, lo más probable. Su letra rígida y honesta la quita del resto precisamente por esa razón. Las canciones hasta ahora tienen un aire fantasioso que brillan gracias a ello. Esta es sincera y desinteresada, lo que se aleja del plano ficticio que tienen las demás. La voz susurra más que canta, como suplicando, y eso también la lleva a otro plano aparte. La madurez de Leiva como letrista está aquí inmejorable y siempre ha sido mi favorita de todas las de Pereza. Con sus metales tipo “Penny Lane” y su órgano “Strawberry Fields Forever”, es la joya, seguro.

El blues regresa con “Escupe”, con renovada energía después de la emotividad y tour de forcé que es la pista anterior. También es probablemente la mejor letra cínica y brutal que tiene Rubén Pozo. Y para rematar, como haciendo batalla por la mejor línea y fraseo de Robert Johnson, “Señor Kioskero” es otra perfecta canción, más en tono hard rock, que da un subidón al álbum a espera de sus últimos momentos. Finalmente, “Llévame al Baile” acaba tranquila y plácidamente este cóctel de blues y rock que no deja de ofrecer diferentes escuchas cada vez que me lo topo. La única canción en la que Pozo y Leiva cantan a dueto, no le pide nada a las mejores baladas de su época. Regresando a su temática romántica y contrariada. Un guiño a lo que sería “Palermo No Es Hollywood” varios años después.

La cosa ha sido muy complicada. Pereza se disolvió, y Leiva ha intentado hacer carrera solista con cuatro discos muy buenos, es la verdad. Leiva ha optado por prescindir casi por completo de la guitarra acústica. Y en Polvora llegó a otra madurez que parecía que ya no mejoraría en Aviones. El vals sin final de “Llévame al Baile” es una pasada de coda, con un solo de guitarra intenso que deja con ganas de más.

Aunque no pudimos haber visto la muerte del rock como género mayoritario, ni que Spotify iba a dictarnos de manera tan fascista qué escuchar, Pereza todavía es algo que podría brindarnos inspiración para muchos años más. Aviones ha envejecido con gracia, algo impensable en un disco de este año, y a sus diez años todavía podemos ver su maestría como algo atemporal, porque se basa en raíces más profundas que una tendencia. Y porque sus coros se cantan a todo pulmón aunque no podamos decir una palabra en voz alta. La melodía seguía más viva que nunca y, por eso, los condenados, una vez más, los saludamos. 


lunes, 11 de noviembre de 2019

Canciones Vacías No. 1 - 11/11/19

Acabo de leer una nota sobre el centenario del Partido Comunista de México. La carta me sorprende por su espontaneidad, lo surreal de su aparición. Porque mientras la leo, estoy escuchando una lista de reproducción de Nick Cave, con "Into My Arms" de fondo, también a media pausa de leer su Sickbag Song. 

Sus reflexiones me fascinan como me relajan. Su cotidianidad me abruma por lo fantástico de la misma. Por eso es que una nota del PCM me abruma todavía más. Nick Cave, un perfecto burgués cantándole a alguien sobre su anhelo de un amor desde su (ausente) espiritualidad. Nada menos espiritual que la doctrina marxista para recordarme que es posible un mundo aparte, ajeno por completo a la mente inquieta de Cave, nombrando canciones como "Rings of Saturn", "Higgs Boson Blues" y "Your Funeral My Trial".

Nadie nos habló DE VERDAD sobre el Bosón de Higgs los cuatro años que estuve en la carrera de Física. Y creo que entendí todo cuando Nick dice: "it's hot, that's why they call it the hotspot". Y la máxima: "Hannah Montana does the african Savannah". 

Entonces, se teje otro hilo ramificado de mundos paralelos. Con el telón de acero detrás, el infame golpe de estado en Bolivia, nuestras opiniones que están demás y la otredad de ver el mundo desde la lente de una pantalla oscura que cabe en la bolsa de mi pantalón.

Soluciones vacías para tiempos vacíos.

11/11/19.

sábado, 2 de noviembre de 2019

The Black Parade: Un Sgt. Pepper's para esta época.




Antes que nada, sí, el título de la nota es correcto. Venga que iré directo al grano y repetiré la premisa como si no la hubieran leído ya lo suficiente: My Chemical Romance anuncia su regreso después de casi siete años desde su separación. Los años no pasan en balde, la verdad, y después de un tiempo es difícil ponerlos en perspectiva. Sin embargo, ahí están y parece que será el primero de muchos. ¿Qué ha pasado desde la última vez que aparecieron? Casi nada, el mundo es un completo caos y el rock está en su peor momento desde que se creó.
My Chemical Romance es una de esas bandas juveniles que le tiran a un grupo en particular, o eso creía yo. Su público estaba tan bien definido que no era difícil imaginarse quiénes eran los que escuchaban, era cuestión de verlos en la calle. La afirmación es clasista, por supuesto que sí. Innecesaria y pedante, boy oh boy también. Porque yo los escuché bastante hace ya muchos años y nunca, ni por asomo, se me ocurrió intentar siquiera pertenecer a ese gremio social al que apelaban. Yo fui alumno de un guitarrista metalero de la vieja escuela, y MCR era casi pecado mencionarlos, sin embargo, vaya que los escuchaba. ¿Por qué? Yendo al punto como me propuse, porque han creado al menos tres discos que son casi obras maestras. A pesar de todo, cuando anunciaron su regreso, el clasismo y el prejuicio seguían en boga como si nunca se hubiera ido, con todo y que sus seguidores ya crecimos bastante.
Hará ya mucho tiempo que me topé con el Black Parade. El video para “Welcome to The Black Parade” era el cliché para los emo de aquel entonces y sus imágenes eran el trasfondo visual de varios muchachos de aquella época. La tipografía exagerada, el maquillaje y las poses de la banda eran todo lo que necesitaban. Sin embargo, algo más sutil se quedaba casi debajo de la conversación, y era la música. Porque podías odiar a MCR y a sus seguidores, podías vomitar incluso cuando te los mencionaran, pero la música nunca se tocaba. La razón es simple: francamente no tenían mucho qué criticar. El melodrama, la voz exagerada de Gerard Way, quizás, pero más allá de lo infinitamente subjetivo, no podían reprocharles nada.
Cuando lo escuché fue parte por parte, tenía yo algo así como 11 años y el rock era aún nuevo y temible para mí. Yo nunca me pregunté si ellos eran rock, porque para mí lo eran. Tenían guitarras distorsionadas, ritmos vertiginosos, baterías atronadoras. Lo eran, lo son, lo seguirán siendo. Y dejemos esa conversación ahí, por favor. Volviendo a lo otro, tuve que ir por partes. Escuchando canción por canción, durante varias semanas. Un día, por fin me hice con todo el disco y pude escucharlo completo. En Wikipedia había leído que era un disco conceptual, una ópera rock que contaba la historia de El Paciente, un muchacho al que le detectan cáncer de corazón y en el que relata su historia a manera de flashback. Ah, comprendí, de ahí el melodrama y la pose lúgubre. Debía ser de esa manera, no otra. También leí que musicalmente se habían basado en las otras ya clásicas óperas rock, Ziggy Stardust, The Wall, Tommy, pero, obviamente, las palabras David Bowie, Pink Floyd y The Who seguían siendo muy lejanas para mí. Aunque, y eso era verdad, los Beatles vaya que los conocía, y sus trajes versionados como un desfile negro del Sgt. Pepper’s eran una referencia más que obvia. Con todo y que la alusión era tan clara, nunca se me ocurrió pensar que el Sgt. Pepper’s no sólo fuera un álbum conceptual, sino que en realidad fuera el primero. Entonces, aunque yo no entendía el inglés, vaya que la música evocaba los sentimientos de El Paciente por sí misma. Era oscura, cargada de emotividad y de un toque bastante lúgubre.  Mama we al go to hell” no era muy difícil de descifrar, tampoco. Pero vamos, eso no era tampoco lo especial.
Lo que ha hecho importante al Black Parade es que ha envejecido muy bien. Aún hoy se escucha moderno después de 13 años y no le pasa factura el tiempo. Las canciones aún suenan frescas y densas en su justa medida, y conforme he ido creciendo y llegando a la dolorosa adultez, muchas de sus letras comenzaron a cobrar sentido. Porque todo el disco está lleno de pasajes memorables, de situaciones inmejorables en las que la historia, la interpretación vocal de Way y la ejecución de la banda alcanzan un punto de clímax casi perfecto. Aunque existe, por momentos, un sobrecargo de melodrama, la atmósfera se mantiene infranqueable de principio a fin, y vaya qué final. Partes como en las que cantan: “A light to burn all the empires, so bright the sun is ashamed of rise and be in love with al lof these vampires” en “The Sharpest Lives” son ya clásicos para la posteridad, y cuyo significado, nuevamente, no se entiende hasta que uno pasa por momentos así. La canción habla sobre la adicción al alcoholismo y las drogas del protagonista, y en mayor o menor medida, uno no necesita emular a la par los vicios de Gerard Way para entender que la mínima resaca provoca una sensación similar. Aquí vi yo maestría, cuando los sentimientos y la música encajaban de manera única.
Conforme iba avanzando en edad, no pude evitar encontrar, ahora sí, el casi plagio de “In the Flesh” y “Five Years” de Floyd y Bowie en “The End”. Las dos son las introducciones a sus respectivos discos, y aunque acá la copia es más que descarada, la verdad es que sigue encajando perfecto. “Dead!”, “This is How I Disappear” y “House of Wolves” siguen siendo un tour de forcé frenético cada una. “Teenagers” con su punk blues todo ecléctico también es una joya, y “Disenchanted” como balada envenenada cumple su propósito. Sin embargo, la oscuridad verdadera, la que está dentro de todos nosotros, ajá ajá, es “Famous Last Words”. Esta pieza es la que se lleva el trofeo a una de las mejores canciones de la década pasada. Es dura, incisiva, pesada, densa y poco amigable, pero con un coro infinitamente más cómodo que cualquiera que intentara hacer algo parecido en aquellos años.  “Cancer”, “Mama” y “Sleep” también cumplen con creces su papel dramático durante la historia.
Ni hablar del aspecto visual. “Welcome to The Black Parade” sigue siendo una pintura móvil mientras que “Famous Last Words” acaba con el desfile y se vuelve uno de los videos más oscuros de los que tengo memoria. Dado que todo en el disco sigue una trama, las referencias a los personajes están volcadas de lleno en el vídeo para el primer sencillo. Mother War, Fear y Regret, todos están representados, mientras que El Desfile Negro, son la banda misma, de igual manera que lo haría un introductorio Roger Waters rompiendo el cuarto muro en “In the Flesh?”. Los trajes siguen siendo la primera parte de la resemblanza para el Sgt. Pepper’s, pero es que la estructura del mismo casi parece emularla. Llena de intriga, de complejidad para su época, quizás sea la última gran ópera rock hemos visto hasta ahora.
El tiempo no es muy amable con los artistas. Sin embargo, con este disco no sólo lo ha tenido en justa medida, lo ha enaltecido, como la obra conceptual que ya era, con su complejidad, su ritmo vertiginoso y su drama todo contenido en casi cincuenta minutos de escenas para una memoria. Su intencionada grabación llena de mala vibra y de atmósfera densa como en su momento fue el proceso para The Downward Spiral de Nince Inch Nails en la casa de Cielo Drive donde ocurrieron los asesinatos de Charles Manson, fue hecha también en una residencia con fama de embrujada, y aunque las cosas parecen alinearse para cumplir con no sólo el cliché de la banda maldita, sino con el paso de una trama muy bien hecha, parece que no es necesario agregarle fantasmas a las canciones. La presencia escénica de Gerard Way durante la gira que culminó en la Ciudad de México, da cuenta de que aún se podían tener a Freddie Mercury o David Bowie en un escenario muy a pesar de su ausencia en aquellos días. Puede que en estos días ya podamos decir que también Way fue la voz de toda una generación. La última ópera rock, ya enmarcada en los pasillos de la memoria colectiva, más allá de si vivan o mueran quienes la imaginaron en primer lugar. “Nothing you can say can’t stop me going home”. Vaya resumen.

viernes, 1 de noviembre de 2019

Prototipo de calaverita

I
La muerte sin bigote andaba
pues al pedir el muertito
anoche con su niñito
ningún camote atajaba.

Caminaba la huesuda
en calles de Zacatecas,
como dicen siempre cada
una de las calaveras.

Eso era muy de mañana
toda esa larga calle
de tiendas cerradas llena
y la muerte iba, ya sin llave.

Eso era muy de mañana,
todo estaba cerrado,
iba yo pobre desvelado
reconocí a la catrina.

Me golpeó la huesuda,
fue a mitad de este agosto,
yo la vi y se quedó muda
a ella ya la había visto.

Estaba muy apenada ella
su mandíbula al suelo fue
y sin ella era bella
y andando continué.

Me dijo un largo "te extraño",
me dijo que había errado,
dijo que este no era el año,
admitió haberla regado.


II
Ella me encerró en una urna
y me dijo "te voy a enseñar".
Fui a parar a una caverna
mas no lo acabé de soñar.

Comimos un pan de muerto
después de ahí desayunar,
la parca me empezó a explicar
y yo de comer quedé harto.

Tal vez no sea su culpa.
Dice que es el sindicato
donde ella de ahí es un gato.
Para ellos sí no hay disculpa.

Dije "déjame aquí".
"Aún te falta Iván
tu nombre no está ahí
tu tumba no excavarán"

Ya no recuerdo qué pasó
desperté lejos de allí
una lágrima rodó
y en llanto me zambullí.

Me despedí de la parca,
después de todo es mi amiga
lo cual me causa fatiga
por siempre sentirla cerca.

"A ella dile que la extraño
que luego se lo diré yo mismo.
De seguro será otro año
para el que falta un abismo".

Ve aquella flor de allá arriba,
mira aquella mariposa.
¿Acaso ella no es hermosa?
Reencarnan desde arriba.

No entendí lo que me dijo.
Respondí con balbuceos
distribuidos en voceos
dentro de un gran revoltijo.

Y a ti pelona, mi amiga
cuando la Tierra cruce aquí
con sólo un poco de miga
elevaré un quiquiriquí.

domingo, 13 de octubre de 2019

La opinión que no me pidieron acerca de El Camino

Desde que se anunció la producción de una película de Breaking Bad, a muchos de nosotros nos pre-explotó la cabeza. Un aspecto que de verdad llamó la atención en la multipremiada serie fue la manera en que los personajes eran sobreanalizados a través de sus diálogos que, precisamente hacían que a uno le explotara la cabeza. Fueron largos meses de espera y una gran expectativa, sí. La grabación de la película fue un secreto muy bien guardado, tanto es así que nos enteramos de la película hasta el momento en que anunciaron que la grabación había terminado. Mucho se especulaba acerca de la presencia de Bryan Cranston en su papel de Walter White, y creo que de manera paralela también estaba en la boca de muchos la aparición de otros personajes que aparecieron a lo largo de la serie en el entorno de Jesse Pinkman. Que por cierto, el decir que el protagonista de esta producción es Pinkman, es todo menos un spoiler. 

La precuela Better Call Saul logró su cometido circunstancial de rellenar los pocos huecos que pudo haber dejado la serie de la que es precuela; y gracias a ello conocemos cómo fueron los inicios de Saul, Gustavo y algunos otros personajes. De parte de todos a los que no nos interesan las cuestiones legales que hacen aburrida a una serie (dícese de La Ley y El Orden), esta precuela es bastante dinámica y no da rodeos innecesarios que pudieran sacarnos del tema principal. Vince Gilligan lo había hecho de nuevo.

Después de ese final espectacular que tuvo Heisenberg, no era necesario meter las manos, con lo que en verdad pensar en material extra era jugar en un terreno bastante peligroso que podría llegar a dañar la reputación de Breaking Bad si no se ejecutaba bien. Cargando a cuestas con este hecho, Vince Gilligan se encargó de reunir a parte del elenco original de la serie para que la película fluyera con naturalidad. De antemano puedo decir que se logró ese objetivo con la película; misma que podríamos contar como un nuevo capítulo final después de Felina, cuando Jesse huye en un Chevrolet El Camino (he ahí el por qué del título)... y es la manera en que lo definiría más que como una película. Un episodio final, un episodio final extendido, un episodio final extendido que nos ayudó a cerrar un ciclo; esto al mostrarnos un lado más humano de Jesse Pinkman que es quien es gracias a todas las personar que han pasado por su vida (algunos de ellos vistos en esta película a través de regresiones). Si tuviera que describir la película (porque eso dice Netflix que es) en una sola palabra, sería: innecesaria. Estoy seguro que con Felina acabó la serie para muchos de nosotros, y la melancolía nos hacía recordarla con la canción homónima de Leiva, o los memes que también fueron parte importante de todo este proceso, y me quedo con esto mientras el bendito internet y la maldita censura lo permitan. Nadie pidió la película, y el gran pero del asunto es que el no haberla pedido nos dio a nosotros los completistas una satisfacción extra.
Justo después del estreno de la película, muchos nos sorprendimos con la noticia de la muerte de Robert Foster, y puede que sea cierto, y puede que sólo haya solicitado a Ed Galbraith un filtro nuevo para una Hoover MaxExtract Pressure Pro modelo 60. Un gracias extendido.
El estreno fue la madrugada del viernes, y hoy domingo resulta todavía irrespetuoso hablar más acerca de la película por riesgo a incurrir en spoilers, así que por el momento este pequeño escrito será todo lo haré al respecto. Siempre tendremos para recordar esa fabulosa escena cenital. Pero qué hermoso final carajo, J&J.

martes, 30 de julio de 2019

Load & ReLoad: los años oscuros de Metallica.



“I’m pushing to stay with something better,
With something better.”

-Bleeding Me

Mucho se ha opinado sobre los años noventa en el Metal. Es una época muy complicada que anunciaba un futuro incierto para el género. Los noventas, sí, la época de gloria en la que inició la electrónica rave, la pluriculturalidad por fin parece asomarse en las radios de todo el mundo y la masificación de los medios musicales hicieron de esta década un tiempo de transición que aún hoy en día es difícil de definir. ¿De qué iba todo? Muy fácil: iba a todos lados. El Hip Hop tendría su boom aunado al hecho de que existía una campaña rapaz por censurarlo, ya lo dijo Eazy-E: “toda publicidad es buena publicidad”; veíamos el ocaso del Glam rock que comenzó a dormirse sin pena ni gloria y los DJs rentaban Disneylandia para hacer fiestas monumentales infestadas de toda clase de drogas experimentales. Al igual que los narcóticos, la música estaba mutando.

No recuerdo qué canción decía que quizá sea muy ingenuo seguir las reglas cuando todos te siguen a ti. Y, aunque ellos no hicieron las primeras tablas de la ley del Metal, Metallica sí redefinió lo que significaba seguir y nadar contra corriente.

Nunca me ha gustado hablar de Metallica como la banda de Metal más grande de todos los tiempos. Es una aseveración poco informada que hace enojar a prácticamente todos los metaleros a los que se la digamos. Pero es que, si no son ellos, ¿quiénes lo son? Pregunta seria. Metallica es una salida fácil. Nunca han sido el pináculo de la creación estética entre sus congéneres, ni se han caracterizado tampoco por mostrar desinterés ante la tajada mediática ni por volverse una marca. Son demasiado gigantes, en un sentido casi grotesco. Pero quitándolos del debate, la verdad es que el género se queda muy pobre de atención. Durante la década de los ochentas, Metallica fue la cara más visible en un género que era considerado aberrante entre la comunidad musical. Siempre han sido extraños, aceptémoslo. Son una comunidad que, aunque son perfectamente visibles por utilizar playeras negras y chaquetas de piel en pleno mediodía de julio, se han visto marginados y han preferido mantenerse como un gremio autoexiliado. Metallica es exactamente lo contrario. Son mediáticos, son exhibicionistas y no tienen reparo en llamar la atención. Porque, esto es cierto, lo fariseo de su mensaje musical es algo que irrita a cualquier introvertido que no le apetece estar bajo reflectores. También es cierto que, de no ser por Metallica quizás no estaría yo escribiendo algo musical en primer lugar. Ellos me introdujeron en el Rock y la música pesada, y todavía estoy agradecido por ello.

Como dije, durante los ochentas la banda lideraba comercialmente el barco que estaba llevando los riffs y las tarolas como metralletas a terrenos que nunca pensaron que podrían escucharlos. Ya es tiempo de aceptar que prácticamente todos sus discos de esa época son obras maestras del género. Punto final. Desde un Kill ‘Em All crudo y pesado como plomo, pasando por un Ride the Lightning refinado y que no pierde continuidad, un Master of Puppets que culminaba la apreciación por las tendencias progresivas y que es unánimemente aceptado como una cumbre para el avance rockero, hasta un …And Justice for All complejo y comúnmente mal entendido. Son gemas de la historia del rock, es momento de aceptarlo. Pedantes y absurdamente contenidos en sí mismos, tampoco se niega. Quizás la banda más atrevida en un género que lleva ya décadas estancado, también. La década terminó bien para unos años que auguraban desconcierto. Y se venían muchas mejores cosas.

Aquí empieza mi problema. No podemos entender a Metallica como lo que son sin saber de qué fue el año de 1991. Estaban ya en la cima del mundo, volviendo masivo algo que era ya de por sí muy difícil de vender. Me cuesta mucho poder ver qué pasaba por las cabezas de James y Lars cuando se trataba de escribir el Metallica. No me lo explico. Hay entrevistas, documentales, y archivos hasta para regalar, pero hay cosas que siguen sin cuadrar. Empezando por el primer factor importante: Bob Rock. Antes de Iron Maiden con Martin Birch nadie se había preocupado por el papel del productor en las grabaciones de Heavy Metal. No es para menos, los metaleros siempre han creído que el Metal se produce sólo. Los productores del género se cuentan con los dedos de la mano y tienen un estilo muy bien definido. Sin contar el hecho de que todos son de la década pasada. Debe ser un indicador el hecho de que no haya productores de los 2000 o de esta década haciendo Metal. Bueno, Andy Sneap sí, por supuesto que sí. Quizás Slayer y Rick Rubin, pero paremos de contar. Ahora, Bob Rock nunca ha sido propiamente un productor de Metal, lo último que supe fue que produjo un disco de Nelly Furtado. Entonces, ¿cómo forma parte de la ecuación en Metallica? Simple, Metallica a partir de entonces deja de ser una banda de Thrash Metal y comienza a ser una banda Pop. Sí, así es. Y puede que Bob Rock no sea un productor de Pop, la verdad es que, con Mötley Crue y Bon Jovi como currículum, es fácil entender cómo todos podemos hablar de la parte más comercial en un Rock que no terminaba de entender a su hijo rebelde que encabezaban Hetfield y compañía. Es por eso que, cuando salió “Enter Sandman” ya hablábamos de experimentación, y mucha materia lucrativa.

Lo que escuchamos en el Black Album no sólo es un signo de madurez. Es una refinación total. La batería suena impecable, las guitarras y las voces están en una mezcla que es inmejorable y que aún hoy suena adelantada a su época. “Sad But True”, “Wherever I May Roam” y “Of Wolf And Man” son ejemplos clarísimos de un perfeccionamiento sonoro más que evidente. Pero, ¿cómo Metallica cometió su primer acto de arrebato y ambigüedad? Se volvieron más lentos, menos agresivos, y más cercanos a las tendencias del mainstream. ¿Es eso un pecado? No debería. Pero lo fue, para nuestros amigos que mantienen la industria de la ropa oscura rentable. Obviamente lo fue. Es un cambio radical de sonido, no es Thrash Metal, a lo mucho es Heavy Metal. Es Hard Rock en estado puro, pero ni siquiera en la manera que uno esperaría. Es quizá lo más cercano a “limpieza” que el género haya podido llegar. Era de esperarse que el disco fuera el más vendido de toda la década. Puso al rock pesado en el mapa, y a partir de entonces, si alguien sabe algo de Metal es porque ha escuchado “Enter Sandman” y quizás no necesite más.


Entonces vino la pregunta fundamental que cualquier persona se hace cuando gana la lotería: ¿ahora qué? De forma paralela Nirvana regresaba a lo crudo y hasta negligente que el rock había perdido en el camino, mientras Nine Inch Nails hacía precisamente eso, pero aterrorizando los oídos de los padres de familia cuando sus hijos cantaban I want to fuck you like an animal como obsesionados. Soungarden, Alice in Chains, Red Hot Chili Peppers hacían lo suyo mientras Korn ya empezaba a infectar la vena más puritana con el Nü Metal. ¿Qué te queda por hacer cuando eres la banda de rock pesado más comercial de esa década? No hay respuestas claras, y de sólo pensar en la expectativa y tener que considerarla me aterro. La banda se encontraba justo en medio del cambio entre la grabación análoga y digital, no lo olvidemos. Sin embargo, este siguiente paso no está muy documentado en la prensa ni en la promoción, por lo que prácticamente tenemos que conformarnos con que las canciones hablen por sí mismas. Y se hizo la luz. Con Bob Rock nuevamente a la cabeza de la producción, “Until it Sleeps” salió como primer sencillo de Load el 21 de mayo de 1996. Habían pasado casi cinco años desde el lanzamiento del Black Album y este primer adelanto dejó a todos con más preguntas que respuestas. Lo que quedaba por hacer era esperar, me imagino. Para cuando el álbum se lanzó un mes después, la clásica decisión de “tómalo o déjalo” nunca había sido tan difícil de responder en una banda de rock. Sigue impactando a más de tres que estaban acostumbrados a la digestión fácil en el consumo musical. En serio, la dinámica no fue sencilla.

“Until it Sleeps” cambiaba completamente el sonido. Era un giro de 180° para todo lo que se había hecho con la banda hasta entonces. Era lenta, oscura pero accesible, con una letra encausada en la parte más personal de James Hetfield. El uso en los efectos de las guitarras era algo único (usar la palabra innovador hará enojar a muchas personas) en las tendencias técnicas de aquella época. La banda sufría un tumulto interior que acabó siendo documentado magistralmente en Some Kind of Monster media década después. Los excesos, las inseguridades, todo hecho un coctel que aún hoy en día es complicado de explicar. Tal fue la polarización que generó este lanzamiento que cuando era más pequeño y escuchaba a Metallica por primera vez, un primo me regaló una copia del álbum porque me aseguró que nunca más lo iba a escuchar. ¿Era para tanto una actitud ante el disco? La verdad es que no los culpo. En verdad es un hueso duro de roer.

Pero, ¿por dónde empezar? Como dije, “Until it Sleeps” era una prueba muy acertada para mostrar al mundo el nuevo camino que iban a tomar. La batería empieza a tomar ritmos convencionales, para dar paso a tempos más lentos y líneas de fraseo menos extenuantes. Dejemos de lado los riffs pesados y demos paso a ostinatos definidos en una escala pentatónica que recuerda mucho al modelo que usaron Guns N’ Roses con los Use Your Illusion, un sentimiento lleno de Blues que permea toda la grabación. Nunca entendí bien el problema que la mayoría de la gente tenía con este cambio en estilo. Después de todo yo empecé a escuchar a partir del Death Magnetic y cuando Juanes los presentó en los Premios MTV que se celebraron en Guadalajara. “Ya llovió desde aquel chaparrón hasta hoy”. El consenso general es que la mayoría de los fanáticos que pasan de un encuentro casual con la banda saben que existen, pero es poco probable que se tomen la molestia de escuchar estas grabaciones. Un segundo acercamiento lo tuve con el S&M en el que las versiones sinfónicas se juntan para crear un híbrido majestuoso, en todo sentido. Ahí fue cuando escuché “Bleeding Me”, “Hero of the Day”, “The Outlaw Torn”, “Fuel”, “Devil’s Dance” y “The Memory Remains”. Uno no nota la diferencia cuando escucha el ambiente general de ese concierto, la verdad es que esas pistas se derriten perfectamente con las demás, desde las más antiguas hasta las que se reencontraban en el Black Album. Me tomó casi diez años en darme cuenta de cómo es que funcionaba todo eso. Con “Ain’t My Bitch” uno no puede esperar cualquier cosa. Si es que existe la música para motociclistas, éste debería ser un himno. Es rápida, aunque ajena a la intensidad de los tempos de Thrash. Las guitarras y su abrasiva, pero no ruidosa, presencia la vuelven una pista sin duda más pesada que muchas de las que estaban en el Black Album. Las voces se oyen mucho más potentes cuando se tratan de ritmos más convencionales, porque Hetfield nunca perdió capacidad de crear su propia catarsis, aunque se traten baladas Country como “Mama Said”. Después de esa primera pista tan cargada de agresividad lírica, las siguientes se ocupan de llenar un tono entre pesado y oscuro. Con un ambiente lleno de mala vibra pero que no se vuelve tedioso. “King Nothing” sigue siendo una de las mejores canciones en todo el catálogo de Metallica, aunque su epicidad radique en su salto a lo profundo y en una letra llena de resentimiento. La comparación con Guns N’ Roses es adecuada, pero el camino que toman no es tan accesible ni tan grandilocuente como “November Rain” o “Estranged”. No me malentiendan, Load no es ni de cerca un disco fácil de escuchar. Dura una hora y veinte minutos, es excesivo para una escucha casual. Nuevamente, el fango malvibroso que alimenta a estas canciones no lo hacen mucho menos sencillo. “Hero of the Day” es lo más cerca que estaremos de escuchar un optimismo ligeramente errático. Y, aunque exista una atmósfera pantanosa, es un disco lleno de contrastes. Canciones que rondan los diez minutos, con otros impulsos metaleros que apenas llegan a los cuatro. Baladas convencionales y bastante bien definidas como “Mama Said”, como pistas lentas sin una línea concreta y que duran casi lo doble como “Bleeding Me”. Vemos que James y Lars le prestaron mucha más atención a la escritura de las canciones como un todo, que a cargar tres clases de ritmos diferentes con riffs complicadísimos y breaks de batería intrincados como en ...And Justice for All. También la personalidad introspectiva de Hetfield se ve reflejada en el tiempo que le toma desenvolverse en sus propias canciones, como “Wasting My Hate” que con 3:57 minutos dice prácticamente todo, en contraste con “The Outlaw Torn” que con sus 10:48 minutos originales tuvo que ser cortada un minuto para que pudiera caber en un CD. Como dije, es un álbum de contrastes. Mientras que en “Bleeding Me” crean una atmósfera casi relajante antes de que inicie el primer coro, “The House That Jack Built” no deja de tener algo dentro de sí que hace poner incómodo a más de dos. Mientras sucedía esta grabación, la banda pasaba por un momento bajo en el que los problemas personales se habían mezclado con los del grupo. Las drogas, los excesos que deja la fama, todo estaba convergiendo en una necesidad de cambiar que el grupo quiso constatar a toda costa. Como dije, James Hetfield evolucionó considerablemente en la escritura de las letras y los temas personales que se tratan siguen siendo un momento impresionante en la historia de Metallica.

Entonces, el Metal estaba cambiando. Y Metallica, en vez de dejarse llevar por la corriente sin más, apostó por un sonido propio en el que existen influencias de muchas partes, pero se vuelven mucho más memorables que la gran mayoría de los discos que salieron en esos años. El Metal Alternativo tomaba partida de manera impresionante con Tool y Faith No More, pero es también válido darle una oportunidad a la visión que tuvo Metallica con estas canciones. La verdad es que han envejecido mucho mejor que otras de aquella época. El cambio de sonido pudo ser mucho peor.


Lars mencionó en una entrevista que él y James llevaron al estudio los demos para treinta canciones cuando comenzaron la grabación. Cuando se hace un disco normalmente se desecha más de la mitad para crear un cuerpo de trabajo consistente y que no se pierda en la escucha para las personas que no tiene forma o tiempo de hacerlo. Sin embargo, con todos los recursos financieros y mercantiles del mundo, Metallica apostó por mejorar y pulir la otra mitad de canciones que se quedaron varadas cuando Load comenzó a gestarse. Y, una vez más, se hizo la luz. “The Memory Remains” se lanzó el 11 de noviembre de 1997 para preceder el lanzamiento de ReLoad una semana después, a tan sólo un año y medio de la publicación y promoción de Load. Por desgracia, el primo que me regaló este último, no quiso comprar el otro y por lo tanto lo tuve que conseguir por mi cuenta.

El resultado es básicamente el mismo. Es la misma atmósfera que tiene el Load. Oscura y neblinosa, pero con riffs atrayentes en tono Blues. Los mismos contrastes, todo igual. Sin embargo, teníamos canciones mucho más cortas. O, mejor dicho, no había una diferencia radical entre las mismas. Todas las pistas rondan entre los cinco minutos y los ocho. Por lo tanto, hay pistas que duran mucho más de lo que deberían, y otras increíblemente elevadas como “Fuel”, “Devil’s Dance” y hasta la nada conocida “Fixxxer”. Los pasajes largos y atrayentes que ejemplificaban en “Bleeding Me” o “The Outlaw Torn” se quedaban a un lado para dejar a otros más cortos pero redundantes como en “Slither” o “Prince Charming”. Creo que aquí se empieza a ver el exceso, el repetir un disco que de por sí ya era difícil de digerir mediante una reiteración de fórmula. Sin embargo, sigue habiendo momentos que no encontraremos en el predecesor. Las letras pudieran parecer más agresivas, pero mantienen una temática bastante parecida a las anteriores. Existen también momentos completamente inesperados como “Low Man’s Lyric”, en el que el Blues se hace cargo de todo para dejar una canción impresionante y personal que nunca ha sido valorada como se debe. “Where The Wild Things Are” puede quedar como un punto medio entre la indulgencia y la complejidad pero que suena bastante bien. Por momentos parece que encontraron nuevos caminos en un año y medio, aunque entendamos que los planes empezaron incluso antes que el anterior. Una vez más, es un disco largo, con 76 minutos. Metallica mencionó en una ocasión que planeaba lanzarlo como un disco doble. Si sumamos la duración de Load, tendríamos más de dos horas y media de música y 27 canciones de un solo golpe. Quizás fue una mejor idea publicarlos con un año y medio de diferencia o si no hubiera sido uno de los fracasos más catastróficos ante la crítica de aquellos años. Tal vez pareció algo innecesario que se debió quedar en el baúl. O bien, se pudo elegir entre las mejores canciones de ambos y lanzar uno solo que valiera por sí mismo la pena. Pero es que, quitando lo que la gente considera paja, tampoco podríamos hablar de un disco mejor. En absoluto. Me es complicado poder hablar de estos álbumes como algo que se pudo filtrar para quedar más corto y mejor. No es así de fácil. La verdad es que, a mi parecer, las dos partes de este proyecto han envejecido mejor que otros de sus contemporáneos precisamente de esta manera, como un disco doble de dos horas y media. Con la densidad y carácter intenso que eso implica y el reto que conlleva escucharlo y adentrarse en ese fango y arena movediza. Como dije, son los contrastes.

La razón de esta nota es sencilla. Últimamente he notado una revalorización en los discos de Metallica que la crítica y los fanáticos han dejado en el olvido. Y es que, es difícil ver lo que éstos dos álbumes significan en la carrera de Metallica. Quizás estemos ante la etapa musical más larga de toda la banda. Porque en los ochentas cada disco tenía su personalidad, pero aquí hablamos de toda una era estética que desembocó en el Garage Inc. un año después de ReLoad, y el S&M el año siguiente. Obviamente una cuestión creativa que la gente no da por hecho cuando escucha o habla de estos cuatro álbumes. Recordemos que “No Leaf Clover” y “Minus Human” fueron creadas específicamente para su rotundo concierto sinfónico, y las raíces puede que estén en esas sesiones del 1995 en las que Lars y James planeaban lo que sería la etapa más infravalorada en la historia de la banda. Luego vinieron los problemas reales dentro de la banda cuando en el 2001 comenzaron la grabación de St. Anger, pero esa ya es otra historia. Es curioso como se habían relegado al olvido y precisamente en estos años volvieron a surgir como tema de conversación. Quiero encontrar una respuesta correcta al porqué de este fenómeno, pero sólo se me ocurre que es gracias a los tiempos que corren. La democratización musical nos ha permitido abrir la cabeza a tantos géneros y posibilidades que estos discos se entreven como una joya cubierta de polvo por el paso del tiempo. Una vez tuve una conversación con un amigo precisamente sobre estos dos discos, yo le dije que, en palabras de Tobias Forge, cantante de Ghost, cuando le preguntaron su opinión sobre el Metallica de los noventas, decía que casi nadie valora del todo el atrevimiento de la banda cuando decidió experimentar de esa manera en estos discos. Mi amigo me respondió, siendo él metalero de la vieja escuela, que él sigue creyendo que no tiene valor en absoluto y que no se lo toma tan en serio. A lo que yo respondí que es más probable que yo, que no soy parte del gremio, encuentre algo interesante en estas canciones que alguien que da por sentado que debemos escuchar a Metallica como una banda puramente de Metal. En sentido estricto lo son, pero es muy difícil encontrar a un grupo que haya tratado de llevar la experimentación a ese nivel siendo lo mediáticos y lo infinitamente acercados al mainstream que ya eran. Han cometido suicidios artísticos al menos tres veces y parece que de eso se trata. Metallica es una banda Pop, como lo son los mismos Ghost, o como intentan ser las demás bandas que quieren utilizar su estilo.

Load y ReLoad fueron un punto de inflexión en la carrera de Metallica y, para bien o para mal, un balde de agua fría para una escena que comenzaba a perder credibilidad y que lleva muchísimo tiempo buscando un signo de identidad. Es menos difícil explicar lo que estos discos representan en su carrera, si tenemos en cuenta que su última grabación, el Hardwired… to Self-Destruct, es precisamente la versión Thrash que debió ser esta etapa de la banda. Las similitudes y los elementos que recuerdan a estos años se oyen frescos y pertinentes en el 2016 que salió. Es un guiño más que nostálgico y que sigue sonando perfecto. Es curioso como las bandas de estos días han admitido que encontraron la solución a problemas creativos hurgando en las profundidades de estos álbumes. Son los tiempos que corren sí. Del mismo modo que los noventa y sus excesos figuraron como los años de transición que desembocaron en todas las cosas que ya nos gustan hoy. Son muy buenos tiempos para estar vivo y escuchar música.