

Hace no mucho salió
Songs of Experience. Fue una
novedad, sí. Prescindible para casi todos, también. No tuvo la
repercusión que tuvo Songs of Innocence,
su contraparte. Aquel escándalo de los iPhones y la imposición del
disco en sus cuentas de iTunes fue noticia y dio a los periodistas
musicales debate para mucho tiempo respecto a las formas de
lanzamiento, la relevancia de U2 para hacer esa movida, la
re-definición del disco como objeto al hacerlo gratuito. Músicos y
críticos se partieron la cabeza tratando de entender esta jugada.
Pocos, muy pocos, se dieron a la tarea de hablar de la música que el
disco contenía. Y es que U2 siempre ha dado de qué hablar, su afán
de permanecer relevantes cueste lo que cueste le ha hecho pasar a
Bono sarcasmos seguros y de forma perpetua se les ha visto como
arrogantes. La verdad sea dicha, es el mismo ejemplo que con Kanye
West: nos dedicamos tanto en odiar a la persona detrás del nombre en
la placa, que la música queda en segundo plano, y eso siempre será
una injusticia de nuestra parte. La diferencia es que Kanye tiene
todo para presumir de sus redaños y U2 quizás no tanto.
Cuando
salió Songs of Innocence
hace más de tres años nadie lo esperaba. Fue totalmente repentino.
De un momento a otro se dejó ver en las redes sociales noticias de
que el nuevo disco de U2 había salido al mismo tiempo que el iPhone
6… ¡y que era gratis! Desde
Radiohead no se había visto algo así proveniente de una banda tan
grande. Fue retador, casi una
declaración de principios. La primicia de que no sólo fue gratis
sino de que habían sido introducidos por fuerza en los dispositivos
Apple de todos también trajo un sin fin de quejas, al punto de que
Apple tuvo que crear una aplicación especial para que los
inconformes lo
borraran. Ese acto de queja no deja de ser arrogante también. Hay
que aceptar algo: creemos que nuestros gustos son tan preciados que
cuando nos regalan un disco de U2 parece que acabamos de ser víctimas
de una afrenta contra nuestra integridad, tanto que ocupamos de la
ayuda de alguien más para borrar ese trauma. No me malentiendan, no
defiendo la estrategia de U2, sólo no deja de parecer soberbia esa
reacción, después de todo, si en su lugar hubieran puesto un disco
de cualquier género deleznable que pasa por la radio en estos días,
ni siquiera imagino qué clase de reacción pudiese haber tenido la
gente. En fin, recuerdo
aquella tarde en que las notas corrieron por todo Facebook y quise
darme prisa para descargarlo. Tuve que hacer una cuenta de Apple y
demás cosas tediosas para por fin tener las
canciones. Había pasado ya
mucho tiempo desde la última vez que lanzaron algo nuevo. Tenía
once años cuando No Line on the Horizon
salió e inundó los estadios con la gira de U2 360°. No voy a
negarlo, siempre he sido fan de U2, cualquier intento de mi parte por
mostrar lo contrario será mera pose. Desde entonces estaba esperando
lo que sería Songs of Ascent,
aquel disco que ellos mismos describieron como contemplativo y
reflexivo y que no ha visto la luz. El niño que los escuchó por
primera vez era una persona completamente distinta cuando Songs
of Innocence aterrizó.
Pasaron muchísimas cosas, entonces tenía diecisiete y qué decir
del año que me tocó vivir cuando lo oí.
La verdad es que me gustó, muchísimo. Desde las seis de la mañana
que desperté al día siguiente hasta la hora de dormir estuve
oyéndolo,
no pude sacarlo de mi cabeza. Y es que “Every Breaking Wave” era
ya un himno por sí misma. Cálida, brillante. La
oda al amor siempre idealizado.
De este álbum no podría hacer una reseña cual crítico
pretencioso, porque el muchacho que lo encontró
entonces no tenía afanes de nada, sólo de disfrutar. Es de los
últimos discos que se han quedado pegados a mi memoria, que están
ligados a los momentos y a las circunstancias en que llegaron. Quizás
quien está escribiendo esto es también aquel adolescente que tenía
todo un mundo por comerse y que parecía más atento a lo que pasaba.
Tengo recuerdos muy vívidos de mis escuchas de aquellos entonces; un
pasaje de ensueño particularmente hermoso fue cuando escuché “Iris
(Hold Me Close)”, iba de noche en carretera en autobús y la
melodía suave con la música tan lejana, espacial
pero moviéndose casi me hicieron llorar. Era
una joya que sigue sonando perfecta aún hoy día, porque la lejanía
que evoca Bono en la letra no tiene tiempo, es imperecedera y habla a
todos y a ningún lugar, en este caso al recuerdo de su madre. Como
dije, “Every Breaking Wave” engancha
desde el principio, advertimos a una banda renovada y el coro no es
sólo pegajoso, sino que
compensa una melodía
memorable. Las demás
canciones, “Song for Someone”, “Volcano”, “This is Where
You Can Reach Me Now” etc. ya figuran en mi imaginario permanente,
del mismo modo, atemporales. Son el reflejo de una época
especialmente luminosa. Y es que no podía ser de otra forma, en las
letras U2 habla de inmadurez,
de episodios de juventud, del paso al niño al hombre, de la pérdida
de la infancia.
Hay una línea en “Iris” que ilustra perfectamente todo esto:
“Iris playing on the strand, she buries the boy beneath the sand”.
Bono recuerda un día en la playa con su madre a la que perdió
cuando tenía dieciséis años, alegóricamente es una metáfora del
golpe que supone perder la inocencia, con aquel evento desde el cual
ya no somos los mismos
niños de antes. Resumiendo,
el disco es uno de mis favoritos, de toda la vida. No porque sea
bueno, en realidad es de los peores que ha hecho U2 y
no es muy recordado precisamente,
sino porque estuvo presente y fue la banda sonora de un tiempo ya
idealizado, lejano, que para bien o para mal representa mis
últimos resquicios de inocencia. Es por eso que no puedo ver el
disco como alguien
crítico, simplemente no puedo. Porque las fallas que tiene, que son
muchas, no representan para mí en lo más mínimo un problema cada y
que lo escucho.
Songs of
Innocence fue un cambio radical
para U2. Cambiaron de los habituales colaboradores Brian Eno y Daniel
Lanois, benditos entre los productores, y optaron por Danger Mouse,
quien era entonces y sigue siendo mi productor favorito. Su trabajo
con los Black Keys, con Gnarls Barkley, luego con Michael Kiwanuka me
impresionó desde entonces, cualquier
cosa que produzca será digna de escuchar. El sonido de Danger Mouse
se caracteriza por permear el de
la banda que produce, es por eso que no importa de qué artista se
trate, siempre podremos advertir la mano maestra de Brian Burton en
la composición; Adele es un caso muy sencillo en el que en una sola
canción podemos advertir este fenómeno. También contaron con la
participación de otros expertos más jóvenes como Paul Epworth y
Ryan Tedder, más conocido como cantante y compositor de OneRepublic.
El sonido se oye mucho más vivo que el No Line
y también vemos una introspección más palpable. Como dije antes,
evocan sus años de juventud en Dublín, sus amores idealizados, sus
recuerdos trágicos. El más personal que han hecho, y el más
sencillo de escuchar a pesar de todo. Porque U2 siguen siendo
aquellos que sacaron The Joshua Tree,
esa obra maestra que no ha pasado de moda, guste o no a
la gente y que en cada
canción trata su relación con Estados Unidos de forma ambigua,
siempre áspera y con renuencias a la aceptación, quizás por eso no
tuvo sentido hasta el año pasado el hacer una gira por su
aniversario, aún treinta años después parece que los tiempos son
casi los mismos; también
son aquellos que armaron el
Achtung Baby, kraken
colosal en el que se volvieron el “monstruo” mediático
y petulante que ya son ahora.
Recuerdo
también que anunciaron en el mismo día del lanzamiento de Songs
of Innocence una segunda parte,
Songs of Experience, haciendo
juego con aquel libro de William Blake, los Cantos de la
inocencia y de la experiencia.
En palabras de Bono, si el primero fue un disco sobre sus primeros
años, el segundo sería la confirmación de lo que son ahora. Quedé
tan impresionado por el trabajo de Danger Mouse aquí que esperaba de
verdad que también éste fuera producido por él. Dieron
el anuncio de
que en seis meses lo tendríamos en nuestras manos. Aquel medio año
pasó, el año completo también. Dos años. Y al tercero pudimos ver
la noticia de que saldría en diciembre de 2017. Ya
en esos días ni siquiera creía que conservara el nombre original.
Incluso entonces entendí que
tampoco era el muchacho que escuchó aquellos primeros cantos a la
inocencia, mucho menos el niño que les dio la primera oportunidad.
Estuve tan atascado de trabajo cuando vi la
noticia, que no me entusiasmó
escuchar “You’re the Best Thing About Me” como primer sencillo.
Me pareció prescindible, convencional. En las actualizaciones leí
que decidieron retrasar la salida del disco casi un año para dar
paso a que los ánimos se calmaran por el Brexit y la llegada de
Trump al poder. Un argumento presuntuoso, con la megalomanía que
caracteriza a la banda, como si el lanzamiento del disco fuera
equiparable a un evento como aquellos, pensé. La verdad es que, y
ahora lo entiendo, querían tener algo qué decir sobre todo
eso, sobre el cambio que dio
el mundo hacia lo conservador, y eso sólo se logra dando tiempo al
tiempo para que los resultados a mediano plazo se empiecen a palpar.
Me tomé la encomienda de
escucharlo casi como un deber para mi Yo más joven, y aunque
estuviera ahogado en trabajo me tomé la hora que casi dura el álbum
para estrenarlo. Confirmé mi madurez, porque no encontré algo que
me pareciera rescatable. No le encontré fallas, sólo me pareció un
poco carente de espíritu. Las letras, eso sí, son geniales, Bono se
lució con los versos.
Son
reposados, soberbios, directos y sin miedo, arriesgando todo. También
noté ciertos guiños a las canciones del Innocence en
las nuevas, en “Lights of Home” con “Iris”, en “American
Soul” con “Volcano”, en “13 (There is a Light)” con “Song
for Someone”, por decir algunas. Tuve que darme más tiempo para
escucharlo, definitivamente el ambiente de estrés no ayuda en nada.
Y así fue, ya dándole tiempo más fértil lo encontré casi igual
de bueno que el anterior. Porque son dos caras de la misma moneda que
se desenvuelven perfectas,
la primera mejor que la segunda, pero que mantienen esa cohesión que
las caracterizaba desde un principio. El muchacho del
anterior álbum no habla
ahora, porque el Experience
no es un disco que vaya a marcar un período en mi vida como lo hizo
el otro, pero entiendo que a pesar de eso, al oír éste último
puedo ver con alegre nostalgia aquellos años en los que las mañanas
frías de diciembre fueron acompañadas por unos versos sobre la
pureza de la inocencia,
aquella que yo creía lejana ya, pero que paradójicamente era
la que pasaba entonces y a la que se referían las letras de Bono.
Sin decir más, es un buen álbum para cerrar el ciclo de la
autobiografía de U2, sensibles al dolor del mundo, atentos a los
procesos políticos, contemplando perpetuamente sus propios
sentimientos.
El
Experience es un disco
que igualmente me hace evocar viejos recuerdos, para verlos ya de
lejos. Porque aunque las
circunstancias en las que salió no hicieron que representara en
mí un mantra
particular, regalarle
tiempo a ambos trabajos es
siempre algo placentero, al
menos para mí. Porque como ya dije, las fallas son muchísimas,
sobretodo en el segundo, pero nunca está de más escuchar y darle la
oportunidad a la casualidad. Nunca
está de más hacer un espacio
para disfrutar algo nuevo sólo para eso, disfrutar, sin afán de
encontrarle errores, de ver en qué falla, de creernos capaces de
encerrar todo ese trabajo en nuestro propio y ególatra intelecto.
Quién sabe, después de eso quizás volvamos
a encontrar
algo como lo que
yo encontré aquel día, hace cuatro años. Una joya que se congeló
en el tiempo, aquel tiempo que no vuelve pero se incrusta en lo más
profundo de nuestra memoria y es la causa de la
añoranza, de alegre recuerdo, de
volver la vista atrás y entender lo que somos ahora, más sabios
pudiera ser, más torpes también, pero siempre buscando más allá y
no sólo viendo los días y
las horas pasar. Después
de todo de eso se trata la vida ¿no? Ahora más que nunca, no
dejando que el tedio y el hastío consuman los momentos que nos hacen
crecer, porque cuando uno es más joven ve las cosas con un fulgor
casi de ensueño, somos casi conscientes de nuestro lugar en el mundo
y el aquí y el ahora se funden en el paso y el latido del tiempo, el
ver las cosas como algo que se nos escapa al entendimiento y que nos
hacen felices sólo por existir es
lo que nos hace inocentes, y es lo que de alguna forma Bono y
compañía lograron captar con maestría en estos dos álbumes.
Por eso, cuando alguien se meta con alguno de aquellos objetos que
nos
hicieron la vida
más fácil y los desdeñen como algo completamente inútil, estamos
en todo nuestro
derecho de enojarnos.
Después de todo, es una cuestión personal.