miércoles, 7 de febrero de 2018

Black Kids - Partie Traumatic



El indie rock siempre ha sido incomprendido. De varias e inimaginables formas. Representa muchas cosas y a la vez es muy poco probable que la gente se pueda poner de acuerdo con respecto a qué es y en dónde lo podemos ubicar. No es que exista un género llamado así propiamente, es más bien una red gigante de bandas que están siendo representados por disqueras independientes. Pero ni eso es suficiente, todavía hay más. También es un sonido particular, porque hay bandas “indie” manejadas por compañías monstruo. No por nada asociamos al indie rock más como a un género que como a un movimiento encabezado por la libertad creativa y que es inherente al sentimiento juvenil. Eso sí, esta “red” cambió por completo el panorama musical en la década pasada. Hay nombres que salen de inmediato cuando decimos esto: Arcade Fire, Interpol, Franz Ferdinand, The Strokes, The White Stripes, Arctic Monkeys. La verdad todo se remonta a algo mucho más lejano. Al shoegaze, al grunge, al rock alternativo de los ochentas, al post punk, al new wave. Los primeros dos se caracterizaban por tener un sonido particularmente crudo, resonante, lleno de espacio y de energía. Quizás esas etiquetas sean las que encajen mejor con el disco en cuestión, éste.

No hay mucho que decir sobre los Black Kids salvo que son una banda de indie rock estadounidense que empezó justo en el auge de la nueva ola de rock alternativo a la que nos referimos. Debutaron con Partie Traumatic en el 2008 y no sacaron disco hasta casi diez años después, cuando el panorama musical había cambiado tanto que apenas se reconocería. Es por eso, y quizás sea lo más importante, que Partie Traumatic se queda congelado como una fotografía de aquel año ya tan lejano, diez años se dicen fácil.

Encapsular el sonido del álbum es bastante fácil, es indie rock. Así, sin más. Tiene absolutamente todo lo que un disco de éstos debe tener. No es broma, todo. La duración, la instrumentación, la confianza y la indulgencia equilibrada. El estilo es el mismo y se mantiene congruente con el de las bandas antes mencionadas. Pero, no por eso deja de ser bueno. El disco perpetúa esa aura de juventud que caracteriza a las bandas de aquel entonces antes de que la experimentación se hiciera patente, para bien o para mal. Y es que Partie Traumatic impresiona por su energía, su jovialidad y su cohesión. De principio a fin se mantiene en una línea bien definida y nunca llega a hartar, porque acaba en el momento justo. Hasta las canciones “lentas” pueden parecer llenas de una carga emocional tremenda. Un tour de force que gusta porque es sencillo. El estilo recuerda a los Arctic de los primeros dos álbumes, a los Strokes cuando eran jóvenes ilustres y hasta el tipo de vocales hace que la comparación con Arcade Fire sea irremediable. El vocalista Reggie Youngblood (aún ignoro si es seudónimo o en verdad es así) es acompañado por una voz femenina que emula la química entre Win Bulter y Regine Chassagne. La diferencia quizás radica en que es un coro casi infantil y paródico, como Everything Now pero esa es otra historia. La voz de Ali Youngblood (puede que hasta sean matrimonio, como Arcade Fire) es un cojín en el que las vocales y el estilo de Reggie caen perfecto; aunque en ocasiones parezca estar de más, porque la música es desinteresada, no pasa desapercibida pero no se caracteriza por sobresalir intelectualmente tampoco, es rock juvenil puro, con todo y lo que esa etiqueta conlleva. Aquí también agregamos el hecho de que la variedad de ritmos es sorprendente, y en eso radica su vivacidad, su energía cautivadora. Es eso precisamente lo que mantiene el disco a flote y le da seguridad, la paleta de ritmos y de formas de instrumentación. El dance rock se hace patente, pero aunque podamos percibirlo en todas las pistas, no es la base principal y encontramos guiños a el new wave, al grunge, a la primera ola de rock alternativo, incluso al rockabilly. Las letras se mantienen iguales, el tema es el mismo, es indie rock después de todo. “Hit the Breakers” mantiene una similitud velada con casi todas las demás, “I’m Not Gonna Teach Your Boyfriend How To Dance With You” (los nombres largos vienen también con la etiqueta indie) y “I Wanna Be Your Limousine” por ejemplo. El amor adolescente y la fiesta están mezclados en un disco que puede bien entrar como uno que habla sobre la eterna juventud. Lo que le da el carácter coherente y concreto es, insisto, su diversidad. Los sintetizadores están donde deben estar, las guitarras no abruman, la batería no ensordece con tarolas insoportables, la voz es confidente y no se desgasta en versos ni en pasajes innecesarios. Al final lo que importa no es el mensaje, es el cómo lo mandas. Hay incluso momentos de distensión a mitad de las canciones en los que los instrumentos no se estorban unos con otros, con guitarras, teclados y líneas de bajo precisas, con idas y venidas como montaña rusa. Y eso en un debut se agradece bastante. Las opus primus son armas de doble filo, contienen toda esa euforia que hizo a la banda acredora de grabar algo, es la declaración de principios en la que el grupo deja por sentado de dónde viene y a dónde va. Y aquí lo lograron con creces, definir lo uno y lo otro, para llegar a un punto de quiebre en el que la música parece que se compone por sí misma.


No hay mucho más qué decir. El disco es sencillo pero contenido en sí mismo. La música indie es también un arma de doble filo, es tan vasta y tan variada que parece que suenan todos igual, la verdad es que llega el punto en el que eso pasa. El tedio y la bruma llenan todo cuando las bandas suenan a lo mismo y dejan de ser novedad. Aquí el caso es contrario y hemos descubierto una joya divertida y creativa. Si necesitáramos un ejemplo para alguien que no haya escuchado indie rock (bastante improbable), quizás sería este, que ya lo tiene todo y que habla por sí mismo. En verdad, no puede pedirse más.

viernes, 2 de febrero de 2018

Eminem - The Marshall Mathers LP


El cambio de milenio se ve muy lejos ya. El mundo no estaba preparado para lo que se venía, en todo sentido. La tecnología, el arte, la forma de vida, todo se ve tan viejo y anticuado. Hablamos de aquellos años como si hubieran pasado cincuenta o más, como si aunque hubiéramos vivido en ella, el reflejo de entonces se vea difuminado por una nube de lejanía. La verdad sea dicha, no somos los mismos de entonces para acá. Vimos el auge y caída de las boy bands, el comienzo de las disqueras independientes tomando el volante, la caída del gangsta rap, la del pop punk. Parece un torbellino. Pero, eso sí, si hacemos un recuento de los artistas que marcaron aquella década hay nombres que salen de inmediato: Radiohead, Linkin Park, The White Stripes, Kanye West, The Strokes, Britney Spears (para bien o para mal), Coldplay, Gorillaz, la lista sigue. Los escándalos no estuvieron ausentes, las noticias volaban, dando siempre de qué hablar en unos años en los que MTV era la única plataforma vox populi para escuchar y enterarse de lo último en música, antes de que Facebook y YouTube hicieran todo más fácil y, por lo mismo, desechable. Entonces, si alguien fue el vivo ejemplo del escándalo y que se merezca el título de ícono fue Eminem, todo esto gracias al que es y siempre será su mejor álbum: The Marshall Mathers LP. Ya era escándalo cuando salió The Slim Shady LP, una placa marcada siempre por el humor negro, la irreverencia, la libertad de palabra, los beats impresionantes. Aquel fue un disco convulso, pero sobretodo oscuro. Eminem siempre canalizaba su atribulada vida en letras bastante explícitas y en narraciones particularmente irreales. Fue algo completamente nuevo para la década, hasta entonces estábamos acostumbrados al gangsta rap de N.W.A. y derivados, no este tipo de bizarrez. Sin embargo, cuando pensábamos que no podía ser más extraño llegó el segundo LP. Fue un parteaguas que vendió 1.78 millones de copias en su primera semana y que se volvió un hito en el hip hop.

No es para menos, el Eminem de entonces era más indiferente, más agresivo, mucho más atormentado. El sonido del Slim Shady LP fue expandido y llevado a la parte más oscura en la psique del rapero. Will the Real Slim Shady please stand up? Era la frase que teníamos como referencia para este disco, sin dudas. Pero hasta esa canción no está exenta de una vibra oscura que la permea por entero, es graciosa, irreverente, pero oscura como un cementerio. Discutir el trasfondo de todo ese entramado que conforma el tronco común del disco y que representa el contexto en sí de la música de aquellos años podría tomarnos horas y creo que ni así podríamos ponernos de acuerdo. Baste decir que de principio a fin el disco está cargado de un sentimiento ambiguo de introspección y megalomanía. “Kill You” es un ejemplo claro, Eminem habla sin tapujos sobre descuartizar mujeres, sobre su eterna relación conflictuada con su madre, drogas por aquí y por allá. La letra es por demás agresiva, irreverente y nada acorde con el status quo de las buenas conciencias. No es broma, se torna oscura y enferma conforme pasa, y es la primera canción. Letras como esta aparecen por todos lados, en “Remember Me”, “Criminal” por decir ejemplos. Es una mezcla extraña entre sodomía y abierta drogadicción, mezclada con comentarios sardónicos sobre homosexualidad. Hay una línea en el sketch “Steve Berman”, en el que el presidente de Interscope Records, Steve Berman, resume todo perfectamente: You know why Dre’s record was so successfull? He’s rapping about big screen TVs, blunts, 40s and bitches, you’re rapping about homosexuals and vicodin, I can’t sell this shit!. Sin embargo, a pesar de todo este entramado de psicopatía megalómana, Eminem presenta también un disco bastante personal. En el que siempre encontramos al rapero evaluando de forma constante sus sentimientos, estudiando irónicamente la percepción que existe sobre él por parte de los medios de comunicación y la gente en general. Canciones como “The Way I Am”, “Marshall Mathers” y “Kim” están en constante sintonía con su psique atormentada. En la primera da una declaración de principios en la que no le debe nada a nadie y que se volvería una fórmula para crear sencillos exitosos. La última revela de forma agresiva sus pensamientos sobre su ex esposa Kim Mathers.

Es un disco complejo en el que los beats se entremezclan con letras histriónicas. Aquí también observamos la increíble capacidad de Em para contar historias. El ejemplo más que claro está en “Stan”. La mejor pista del álbum, sin equivocarnos. En ella dejamos de lado el sarcasmo y las drogas para obtener una narrativa sólida en la que vemos el deslinde entre el Eminem introspectivo y el Marshall Mathers interesado en la creación de personajes. Encontramos la historia sobre un fan obsesionado con el mismo Eminem y que llega al grado de matarse por estar en presencia del mismo. Mediante cartas, vemos cómo le reprocha al rapero el hecho de que no pudiera estar con él en persona por una u otra razón, que conforme avanza la canción pareciera ignorarlo sistemáticamente. La manía llega al punto en el que el fan deja de lado las relaciones interpersonales, como la que tiene con su esposa embarazada, con tal de ver a Em. La historia termina con Eminem diciéndole que no pudo contestar sus cartas, que ha estado ocupado. Nota como aumenta el tono agresivo de su redacción y le pide que se calme, que no es nada del otro mundo. Finalmente relata que vio que se había enterado de la muerte de alguien, semanas antes, y que el descuido horrendo lo enfermó, pero más enfermizo aún era el hecho de que el nombre que salió en las noticias era el de él: Stan.

Ejemplos como éste abundan en la discografía de Eminem. La razón de que aquí cobren mayor importancia es que los recursos de estilo y de narrativa no los ha vuelto a encontrar jamás. The Marshall Mathers LP sigue siendo el punto cumbre en la lírica de Eminem. No hemos encontrado letras tan agresivas, tan explícitas y tan bien elaboradas como las que aquí presenta. Siempre contrastando el delirio moral entre lo malo y lo bueno y el punto en el que ambos convergen. El disco es un clásico no por sus ventas, no por su controversia, no por el nombre de quien lo firma. Es un clásico porque supone un punto artístico inigualable en la carrera de Eminem y del rap en general. Está hecho con una capa de plomo que lo cubre contra los ataques del tiempo y lo descubre para volverlo imperecedero. Aún y cuando no pensábamos que las cosas no podían ponerse más raras.

Los años han pasado y han sido más amigables con el álbum que con el propio Eminem. Y es que, a pesar de que tenía todo un arsenal de recursos, el hombre detrás del seudónimo sigue siendo un humano. Mantuvo su postura anti-condescendencia hasta donde pudo, mostrando indiferencia ante los comentarios mediáticos y arreglando las controversias a su manera. Un episodio especialmente importante fue cuando, en medio de la polémica por sus letras homófobicas, invitó a Elton John a cantar con él en los Grammy, el clásico de siempre: “Stan”. Sin embargo, conforme fueron pasando los años, Eminem fue entregando discos con inteligencia lírica y musical definidas pero pobres en inspiración. La debacle se vino desde Encore, cuando el dramatismo y la agresividad del rapero se vio mermada por la falta de creatividad, con todo y que es mi álbum favorito personal, las cosas como son. Luego de eso entró en rehabilitación por un más que explícito abuso de drogas y el resultado fue Relapse. A éste siguió Recovery para completar un álbum doble que no aporta nada nuevo a su carrera y en el que las letras pasan más bien desapercibidas. Cuando esperaba muy poco de él anunció la segunda parte de éste disco al que nos referimos: The Marshall Mathers LP 2. Una segunda parte parecía más bien un ejercicio de mercadotecnia. Y aunque no regresa a la intensidad de su lírica, si es un retorno a lo bien hecho y le da un toque de aire fresco a algo que parecía más bien encaminado al final. Y ahora, iniciando el 2018, seguimos todos en shock por el que fue su último lanzamiento hace un mes: Revival. Eminem siempre ha sido político y controversial por igual, ya en el 2004 cuando con “Mosh” amenzaba con matar a Bush entre otras cosas. Es por eso que no pasó desapercibido el mensaje que le tenía guardado a Trump, un personaje que, aunque no lo queramos ver, representa una figura mucho más nefasta de lo que fue Bush en su momento. Eminem no pudo resistir la tentación y le ha dedicado más de un verso a la administración y a su gabinete, advirtiendo incluso con no importarle perder la mitad de su fanbase con tal de criticar al “presidente”. Ésta carga que nos ha tocado, padecer más que ver, en lo que concierne a Trump, marca muchísimo el ambiente en Revival, y aunque no era una reseña sobre él, dicho sea de paso, el disco es malísimo. Sin dudas, el peor que ha sacado Eminem en su carrera. Y lo dejamos así.


Parece que la justicia no se lleva de la mano con el paso del tiempo. Pero, y muy a su pesar, The Marshall Mathers LP sigue siendo una obra maestra. Consistente, internamente coherente. Un ejemplo de la energía que era capaz de propagar el hip hop y una instantánea de lo turbulentos que fueron los comienzos del nuevo milenio. Cínico sería decir que los años de ahora son menos convulsos, pero qué se la ha de hacer.

Aura

La soledad es necesaria 
para alcanzar la santidad.
Se han olvidado que en la soledad
la tentación es más grande.
Carlos Fuentes.

Para muchos de los que me conocen, a este punto me dirán que me he tardado en leer Aura. Llevan insistiéndome desde que recuerdo y estaba esperando el momento, y justo cuando tenía que realizar trámites burocráticos me lo aventé en una sentada.
Sinceramente uno de los mayores enigmas que me surgieron con respecto al libro fue si le sobraron a Fuentes palabras cuando hizo este cuento, o si le faltó tinta en la máquina de escribir cuando escribió esta novela. Aura como libro es un libro que no se decide en primera instancia a inclinarse hacia uno u otro lado, es un libro que no se decide a permanecer al boom o desligarse de él como dándole la espalda.
Aura tiene todos los elementos necesarios para pertenecer al boom, siendo el más importante contener algunas frases dispersas a lo largo de todo el libro escritas en francés: avez vous fait des études?, Ah, oui, ca me fait plaisir, toujours d'entendré... oui... vous sabez... on étaít tellement habitué... et apprés
A lo largo de este libro tomamos en cuenta de un triple protagonismo. Tenemos a Felipe, a Consuelo y a Aura; de manera que aunque Felipe sea el que mueve la historia de aquí para allá, a pesar de que Aura sea nombre de mujer y título de libro, y de que Consuelo sea la dueña de la casa y al final de cuentas la que propicia esta historia; si me preguntaran por un personaje principal no me sentiría en condiciones de poder asegurar completamente quién lo sería.
Felipe es un joven con vastos conocimientos de francés, lo que le permite aplicar para un trabajo como traductor de las memorias del general Llorente, el esposo de Consuelo, y por lo tanto tío de Aura. Felipe sólo busca un poco de dinero para proseguir después con su proyecto y construir a tinta y papel su propio libro. En el libro no dicen qué clase de libro, y tampoco dicen ahí mucho acerca de qué experiencia tiene Felipe como escritor, lo que hace pensar en las intenciones de Consuelo desde el momento en el que lo aceptó sin realmente muchas referencias sobre él. Consuelo y Aura son muy similares, tanto por ser parientes como por el apego que Aura ha tenido por crecer en las faldas de Consuelo durante todo ese tiempo. Felipe se enamora de Aura, hacen el amor en distintas ocasiones, principalmente cuando Consuelo sale de la casa y ellos quedan solos, luego, para acabar la historia... 
Hay una cosa que me parece interesante en relación con los escritores que tienen relación con el boom, y es que en esta clase de libros sacan su parte más traviesa e imaginativa, y puede llegar un punto en el que uno mismo no puede distinguir si lee a Fuentes, a Cortázar, García Márquez o Vargas Llosa en una historia que despierta mucho a esa parte del cerebro llamada imaginación.
El verdadero secreto de Aura como libro es que nos dice algo que todos sabemos sin saberlo, que todos conocemos a alguien con unos ojos encantadores como los de Aura como persona.

Bitácora del contacto. #2

Hace una semana, buscando la manera de continuar con ese proyecto de vacaciones llamado radiotelescopio (un poco antes de que estas llegaran a su fin), nos reunimos con la esperanza de que en otra tarde de trabajo pudiéramos quizá escuchar la música de los hombrecillos verdes... o ya de perdido escuchar un gran ruido procedente del Sol. Básicamente nuestro punto de partida fue el punto final de la vez pasada, como recordarán habíamos hecho un diagrama de bloques, y creo que esta vez teniendo ya nuestra antena, el LNB y las ganas de lograr acabarlo, sería un poco más sencillo ir a la tienda de la esquina y comprar un satfinder. Pero como hasta este punto sabemos, no es tan fácil, y tras espulgar en diferentes lugares conseguimos uno sencillo con apenas los requerimientos que nosotros necesitamos para este caso.

Aquí tenemos una foto del satfinder después de sacarlo de la caja.

En esta otra le conectamos un par de pilas para probar que funciona. Además del satfinder aquí se observa el LNB (que también funciona).
El juguetito amarillo que vemos en la imagen es el satfinder que logramos conseguir, y tiene la peculiaridad de que, mientras su propósito verdadero es ser una ayuda para apuntar las antenas parabólicas como las de DirecTV (es recomendable evocar los comerciales del pavo bailando para leer correctamente DirecTV), su propósito secundario consiste en ser un auxiliar fundamental en un radiotelescopio como el que estamos construyendo. Tiene incorporada una bocina del tipo buzzer que pita a diferente volumen de acuerdo a la intensidad de señal recibida, lo que nos permite remover los cables de la bocina y conectarlo al jack de 3.5 mm de la computadora (ahí donde se suelen conectar los audífonos) y analizar el espectro en algún programa, ya sea Audacity o cualquiera que se le parezca, lo cual nos permitirá escuchar y reconocer diferentes objetos celestes. 
Otra opción al respecto en esa tarde fue usar nuestros conocimientos de Python y de búsqueda en Google y GitHub para tener un analizador de espectro acorde a nuestras necesidades. 
En esa imagen aún no se notan los cambios que se le han hecho, ahora ya contamos con botones para iniciar y detener la grabación, lo cual nos facilitarán las observaciones.

Y bueno, esto es lo que hemos hecho hasta ahora. Este proyecto aún necesita tiempo para poder completarse, pero a mi parecer va por buen camino. En este punto quisiera agradecer a Iván Santamaría por proporcionarnos el satfinder que estamos usando para este proyecto. Hasta la próxima entrega del contacto.

jueves, 1 de febrero de 2018

U2 - Songs of Innocence / Songs of Experience

Hace no mucho salió Songs of Experience. Fue una novedad, sí. Prescindible para casi todos, también. No tuvo la repercusión que tuvo Songs of Innocence, su contraparte. Aquel escándalo de los iPhones y la imposición del disco en sus cuentas de iTunes fue noticia y dio a los periodistas musicales debate para mucho tiempo respecto a las formas de lanzamiento, la relevancia de U2 para hacer esa movida, la re-definición del disco como objeto al hacerlo gratuito. Músicos y críticos se partieron la cabeza tratando de entender esta jugada. Pocos, muy pocos, se dieron a la tarea de hablar de la música que el disco contenía. Y es que U2 siempre ha dado de qué hablar, su afán de permanecer relevantes cueste lo que cueste le ha hecho pasar a Bono sarcasmos seguros y de forma perpetua se les ha visto como arrogantes. La verdad sea dicha, es el mismo ejemplo que con Kanye West: nos dedicamos tanto en odiar a la persona detrás del nombre en la placa, que la música queda en segundo plano, y eso siempre será una injusticia de nuestra parte. La diferencia es que Kanye tiene todo para presumir de sus redaños y U2 quizás no tanto.

Cuando salió Songs of Innocence hace más de tres años nadie lo esperaba. Fue totalmente repentino. De un momento a otro se dejó ver en las redes sociales noticias de que el nuevo disco de U2 había salido al mismo tiempo que el iPhone 6… ¡y que era gratis! Desde Radiohead no se había visto algo así proveniente de una banda tan grande. Fue retador, casi una declaración de principios. La primicia de que no sólo fue gratis sino de que habían sido introducidos por fuerza en los dispositivos Apple de todos también trajo un sin fin de quejas, al punto de que Apple tuvo que crear una aplicación especial para que los inconformes lo borraran. Ese acto de queja no deja de ser arrogante también. Hay que aceptar algo: creemos que nuestros gustos son tan preciados que cuando nos regalan un disco de U2 parece que acabamos de ser víctimas de una afrenta contra nuestra integridad, tanto que ocupamos de la ayuda de alguien más para borrar ese trauma. No me malentiendan, no defiendo la estrategia de U2, sólo no deja de parecer soberbia esa reacción, después de todo, si en su lugar hubieran puesto un disco de cualquier género deleznable que pasa por la radio en estos días, ni siquiera imagino qué clase de reacción pudiese haber tenido la gente. En fin, recuerdo aquella tarde en que las notas corrieron por todo Facebook y quise darme prisa para descargarlo. Tuve que hacer una cuenta de Apple y demás cosas tediosas para por fin tener las canciones. Había pasado ya mucho tiempo desde la última vez que lanzaron algo nuevo. Tenía once años cuando No Line on the Horizon salió e inundó los estadios con la gira de U2 360°. No voy a negarlo, siempre he sido fan de U2, cualquier intento de mi parte por mostrar lo contrario será mera pose. Desde entonces estaba esperando lo que sería Songs of Ascent, aquel disco que ellos mismos describieron como contemplativo y reflexivo y que no ha visto la luz. El niño que los escuchó por primera vez era una persona completamente distinta cuando Songs of Innocence aterrizó. Pasaron muchísimas cosas, entonces tenía diecisiete y qué decir del año que me tocó vivir cuando lo . La verdad es que me gustó, muchísimo. Desde las seis de la mañana que desperté al día siguiente hasta la hora de dormir estuve oyéndolo, no pude sacarlo de mi cabeza. Y es que “Every Breaking Wave” era ya un himno por sí misma. Cálida, brillante. La oda al amor siempre idealizado. De este álbum no podría hacer una reseña cual crítico pretencioso, porque el muchacho que lo encontró entonces no tenía afanes de nada, sólo de disfrutar. Es de los últimos discos que se han quedado pegados a mi memoria, que están ligados a los momentos y a las circunstancias en que llegaron. Quizás quien está escribiendo esto es también aquel adolescente que tenía todo un mundo por comerse y que parecía más atento a lo que pasaba. Tengo recuerdos muy vívidos de mis escuchas de aquellos entonces; un pasaje de ensueño particularmente hermoso fue cuando escuché “Iris (Hold Me Close)”, iba de noche en carretera en autobús y la melodía suave con la música tan lejana, espacial pero moviéndose casi me hicieron llorar. Era una joya que sigue sonando perfecta aún hoy día, porque la lejanía que evoca Bono en la letra no tiene tiempo, es imperecedera y habla a todos y a ningún lugar, en este caso al recuerdo de su madre. Como dije, “Every Breaking Wave” engancha desde el principio, advertimos a una banda renovada y el coro no es sólo pegajoso, sino que compensa una melodía memorable. Las demás canciones, “Song for Someone”, “Volcano”, “This is Where You Can Reach Me Now” etc. ya figuran en mi imaginario permanente, del mismo modo, atemporales. Son el reflejo de una época especialmente luminosa. Y es que no podía ser de otra forma, en las letras U2 habla de inmadurez, de episodios de juventud, del paso al niño al hombre, de la pérdida de la infancia. Hay una línea en “Iris” que ilustra perfectamente todo esto: “Iris playing on the strand, she buries the boy beneath the sand”. Bono recuerda un día en la playa con su madre a la que perdió cuando tenía dieciséis años, alegóricamente es una metáfora del golpe que supone perder la inocencia, con aquel evento desde el cual ya no somos los mismos niños de antes. Resumiendo, el disco es uno de mis favoritos, de toda la vida. No porque sea bueno, en realidad es de los peores que ha hecho U2 y no es muy recordado precisamente, sino porque estuvo presente y fue la banda sonora de un tiempo ya idealizado, lejano, que para bien o para mal representa mis últimos resquicios de inocencia. Es por eso que no puedo ver el disco como alguien crítico, simplemente no puedo. Porque las fallas que tiene, que son muchas, no representan para mí en lo más mínimo un problema cada y que lo escucho.

Songs of Innocence fue un cambio radical para U2. Cambiaron de los habituales colaboradores Brian Eno y Daniel Lanois, benditos entre los productores, y optaron por Danger Mouse, quien era entonces y sigue siendo mi productor favorito. Su trabajo con los Black Keys, con Gnarls Barkley, luego con Michael Kiwanuka me impresionó desde entonces, cualquier cosa que produzca será digna de escuchar. El sonido de Danger Mouse se caracteriza por permear el de la banda que produce, es por eso que no importa de qué artista se trate, siempre podremos advertir la mano maestra de Brian Burton en la composición; Adele es un caso muy sencillo en el que en una sola canción podemos advertir este fenómeno. También contaron con la participación de otros expertos más jóvenes como Paul Epworth y Ryan Tedder, más conocido como cantante y compositor de OneRepublic. El sonido se oye mucho más vivo que el No Line y también vemos una introspección más palpable. Como dije antes, evocan sus años de juventud en Dublín, sus amores idealizados, sus recuerdos trágicos. El más personal que han hecho, y el más sencillo de escuchar a pesar de todo. Porque U2 siguen siendo aquellos que sacaron The Joshua Tree, esa obra maestra que no ha pasado de moda, guste o no a la gente y que en cada canción trata su relación con Estados Unidos de forma ambigua, siempre áspera y con renuencias a la aceptación, quizás por eso no tuvo sentido hasta el año pasado el hacer una gira por su aniversario, aún treinta años después parece que los tiempos son casi los mismos; también son aquellos que armaron el Achtung Baby, kraken colosal en el que se volvieron el “monstruo” mediático y petulante que ya son ahora.

Recuerdo también que anunciaron en el mismo día del lanzamiento de Songs of Innocence una segunda parte, Songs of Experience, haciendo juego con aquel libro de William Blake, los Cantos de la inocencia y de la experiencia. En palabras de Bono, si el primero fue un disco sobre sus primeros años, el segundo sería la confirmación de lo que son ahora. Quedé tan impresionado por el trabajo de Danger Mouse aquí que esperaba de verdad que también éste fuera producido por él. Dieron el anuncio de que en seis meses lo tendríamos en nuestras manos. Aquel medio año pasó, el año completo también. Dos años. Y al tercero pudimos ver la noticia de que saldría en diciembre de 2017. Ya en esos días ni siquiera creía que conservara el nombre original. Incluso entonces entendí que tampoco era el muchacho que escuchó aquellos primeros cantos a la inocencia, mucho menos el niño que les dio la primera oportunidad. Estuve tan atascado de trabajo cuando vi la noticia, que no me entusiasmó escuchar “You’re the Best Thing About Me” como primer sencillo. Me pareció prescindible, convencional. En las actualizaciones leí que decidieron retrasar la salida del disco casi un año para dar paso a que los ánimos se calmaran por el Brexit y la llegada de Trump al poder. Un argumento presuntuoso, con la megalomanía que caracteriza a la banda, como si el lanzamiento del disco fuera equiparable a un evento como aquellos, pensé. La verdad es que, y ahora lo entiendo, querían tener algo qué decir sobre todo eso, sobre el cambio que dio el mundo hacia lo conservador, y eso sólo se logra dando tiempo al tiempo para que los resultados a mediano plazo se empiecen a palpar. Me tomé la encomienda de escucharlo casi como un deber para mi Yo más joven, y aunque estuviera ahogado en trabajo me tomé la hora que casi dura el álbum para estrenarlo. Confirmé mi madurez, porque no encontré algo que me pareciera rescatable. No le encontré fallas, sólo me pareció un poco carente de espíritu. Las letras, eso sí, son geniales, Bono se lució con los versos. Son reposados, soberbios, directos y sin miedo, arriesgando todo. También noté ciertos guiños a las canciones del Innocence en las nuevas, en “Lights of Home” con “Iris”, en “American Soul” con “Volcano”, en “13 (There is a Light)” con “Song for Someone”, por decir algunas. Tuve que darme más tiempo para escucharlo, definitivamente el ambiente de estrés no ayuda en nada. Y así fue, ya dándole tiempo más fértil lo encontré casi igual de bueno que el anterior. Porque son dos caras de la misma moneda que se desenvuelven perfectas, la primera mejor que la segunda, pero que mantienen esa cohesión que las caracterizaba desde un principio. El muchacho del anterior álbum no habla ahora, porque el Experience no es un disco que vaya a marcar un período en mi vida como lo hizo el otro, pero entiendo que a pesar de eso, al oír éste último puedo ver con alegre nostalgia aquellos años en los que las mañanas frías de diciembre fueron acompañadas por unos versos sobre la pureza de la inocencia, aquella que yo creía lejana ya, pero que paradójicamente era la que pasaba entonces y a la que se referían las letras de Bono. Sin decir más, es un buen álbum para cerrar el ciclo de la autobiografía de U2, sensibles al dolor del mundo, atentos a los procesos políticos, contemplando perpetuamente sus propios sentimientos.


El Experience es un disco que igualmente me hace evocar viejos recuerdos, para verlos ya de lejos. Porque aunque las circunstancias en las que salió no hicieron que representara en mí un mantra particular, regalarle tiempo a ambos trabajos es siempre algo placentero, al menos para mí. Porque como ya dije, las fallas son muchísimas, sobretodo en el segundo, pero nunca está de más escuchar y darle la oportunidad a la casualidad. Nunca está de más hacer un espacio para disfrutar algo nuevo sólo para eso, disfrutar, sin afán de encontrarle errores, de ver en qué falla, de creernos capaces de encerrar todo ese trabajo en nuestro propio y ególatra intelecto. Quién sabe, después de eso quizás volvamos a encontrar algo como lo que yo encontré aquel día, hace cuatro años. Una joya que se congeló en el tiempo, aquel tiempo que no vuelve pero se incrusta en lo más profundo de nuestra memoria y es la causa de la añoranza, de alegre recuerdo, de volver la vista atrás y entender lo que somos ahora, más sabios pudiera ser, más torpes también, pero siempre buscando más allá y no sólo viendo los días y las horas pasar. Después de todo de eso se trata la vida ¿no? Ahora más que nunca, no dejando que el tedio y el hastío consuman los momentos que nos hacen crecer, porque cuando uno es más joven ve las cosas con un fulgor casi de ensueño, somos casi conscientes de nuestro lugar en el mundo y el aquí y el ahora se funden en el paso y el latido del tiempo, el ver las cosas como algo que se nos escapa al entendimiento y que nos hacen felices sólo por existir es lo que nos hace inocentes, y es lo que de alguna forma Bono y compañía lograron captar con maestría en estos dos álbumes. Por eso, cuando alguien se meta con alguno de aquellos objetos que nos hicieron la vida más fácil y los desdeñen como algo completamente inútil, estamos en todo nuestro derecho de enojarnos. Después de todo, es una cuestión personal.