lunes, 29 de abril de 2019

Los treinta añirijillos amarijillos

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Hace algunos años yo decía que "Uno puede ser tan famoso como quiera, puede ser tan rico como quiera, tan listo como quiera... pero si no ha tenido aparición en Los Simpson no se puede considerar importante". Era mi frase y se apuntaba como mi máxima de vida a ser escrita con martillo y cincel en mi lápida, lo cierto es que tiempo después viendo una entrevista en televisión vi cómo alguien lo decía y se apropiaba de esa frase mía. La verdad detrás de esa broma se encuentra en que ha sido grande el desfile de personalidades que han pasado por la caricatura (algunos con su propio facsímil amarillo, otros aportando su voz y otros tantos sólo han sido mencionados). Podemos pensar sin problema en la aparición de Barack Obama con su esposa Michelle, Tony Bennett, Larry King, Ringo Starr, Paul McCartney, Neil Patrick Harris, Magic Johnson, Jose Canseco, Kimmy Robertson, Adam West, Leonard Nimoy, Elizabeth Taylor, Kathleen Turner, Buzz Aldrin, Maryl Streep, Susan Sarandon, Mandy Patinkin, Tito Puente, Lisa Kudrow, Anne Hathaway, Katy Perry, Lady Gaga, Carla Bruni, Taylor Swift, Tom Hanks, Ronaldo, Kim Basinger, Elton John, Stephen Hawking, Michael Jackson... y todos los que mi memoria no alcanzó a recordar. Son de especial renombre aquellas bandas que han contribuido a darle buena música a algunos de los episodios de Los Simpson, como U2, Ramones, Green Day, Kiss, Coldplay, Red Hot Chili Peppers... y de nuevo es para lo que alcanzó mi memoria.
También destacan las bien conocidas (supuestas) profecías de esta caricatura, como cuando Lisa recibe un gobierno en ruinas del presidente Trump, o el triunfo de Alemania en el mundial del 2014, los smarwatch, la caída de las Torres Gemelas. Junto con esto una interminable lista de momentos Simpson como parodia a algunos de los eventos más representativos de la historia de la humanidad.
Allá por el 2001 yo comencé a ver Los Simpson, esa caricatura del arquetipo de familia estadounidense. Era una gran alegría esperar a que dieran las ocho de la noche para que la familia pudiera reunirse en torno a esa televisión gigantesca para reírse, entre el tedio del día a día, de las aventuras y desventuras de los cinco personajes protagonistas en ese pueblo de alguna parte.
Quiero contar la historia de hace algunos años, cuando fundé una revista (primero como una actividad para una materia, luego el hobby me consumió en una de las más grandiosas aventuras de mi vida). Cuando la gente me pregunta acerca de cómo ocurrió mi respuesta es la siguiente:
"Como muchas de las grandes ideas de la humanidad, todo surgió con Los Simpson. En aquel capítulo en que Lisa se enfrenta a Montgomery Burns (quien personifica a William Randolph Hearst) con un periódico casero, yo tuve la visión de iniciar un pequeño periódico a máquina de escribir y mimeógrafo. El problema subsecuente fue encontrar la máquina de escribir y el mimeógrafo, con lo que poco a poco, ayudado por las ldemás limitantes que esto conlleva, el concepto se transformó a tener una fanzine de corte cultural/literario".
Lo demás, como saben algunos, es que entrando a la universidad los tiempos nos consumieron a mí y al consejo editorial, por lo que El Conejo en la Luna cayó cuando se encontraba en su mejor momento: nunca me disculpé con los lectores que mes tras mes desembolsaban $2.50 (o $3.50, $4.50, etc.) por comprar un ejemplar, y en parte esto es una disculpa con un largo retraso.
Fuera de eso, mi primer acercamiento a Thomas Alva Edison se dio a través del programa de la familia amarilla, y a lo mejor por eso también surgió mi deseo por ser inventor, buscando derrotar a Homero y subsecuentemente a Edison en la cantidad de invenciones. Fue también por este programa que emprendí algunas otras locuras desde mis años de infancia. ¿Cómo olvidar cuando con mis primos hice un ejército para pelear con globos de agua? ¿Cómo olvidar cuando después de ver un capítulo de Los Simpson me llené de gallardía para parar el edificio de Prepa I? ¿Cómo olvidar mis deseos de ser Astronauta? ¿Cómo olvidar cuando quise ingresar (o crear) mi hermandad secreta?  Lo cierto es que además de esos impulsos de ideas maravillosas, quien se encuentre conmigo en una conversación sufrirá por ataques de referencias a citas y momentos icónicos de Los Simpson (compartidos con Bob Esponja, Los Padrinos Mágicos, Futurama, Malcolm el de en medio, Pinky y Cerebro, El laboratorio de Dexter, Jimmy Neutron, por mencionar unas pocas de entre mi enciclopedia de datos inútiles).
Es un poco temprano para decir que han llegado a los 30 años, considerando que faltan al menos 7 meses para que sea aniversario de su primera transmisión. Esta serie ha enfrentado múltiples transformaciones en su vida. Sabemos todos que sus chistes van perdiendo vigencia a medida que avanzan las temporadas, y se vuelve triste pensar que se esforzaron tanto en las primeras temporadas que simplemente ya no quedó material suficiente para sustentar las siguientes temporadas. Hemos visto también la transformación de Homero como un gordo buena onda algo tonto, a un obeso completamente idiota; Marge de una esposa ideal y madre de familia de tiempo completo, a una Marge que no se da abasto con las locuras de Homero y Bart; quien dejó de ser niño travieso a un criminal juvenil con algunas de sus acciones; Lisa pasando de ser a una niña activista ambientalista a una chaira que se enfrenta protestando ante cualquier acción; y la locura más grande es que Maggie, después de 30 años, sigue siendo una bebé. Este es el hecho que me parece más terrible, pensar que tal vez Bart jugó de nuevo con el reloj que detiene el tiempo y los personajes se ven obligados a quedarse atrapados en esa edad en un bucle que sólo se rompe con esas visiones al futuro que les espera, los episodios de La casita del horror y los especiales de navidad. Enhorabuena por ellos, por nosotros que nos tocó verlos y esperemos que los momentos Simpson sean mejores. Aquí les dejo algunos de mis favoritos.
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sábado, 13 de abril de 2019

Todo dura siempre un poco más de lo que debería

...Mi única culpa es no haber sido lo bastante combustible para que a ella se le calentaran a gusto las manos y los pies. Me eligió como una zarza ardiente, y he aquí que le resultó un jarrito de agua en el pescuezo. Pobrecita, carajo.
—Rayuela, capítulo 33.

Rayuela se encuentra como elemento principal en la bandera hipster. Cuando comencé a leer a Cortázar, siempre terminé fascinado por la manera en que hasta para llorar había instrucciones, junto con instrucciones para subir una escalera (quiero pensar que es por esto que me caía tantas veces). Jamás me imaginé que los Cronopios existieran, y mucho menos que fuéramos nosotros los Cronopios en esta realidad. Aprendí a querer a los Axolotes como a un hermano. No cabía por mi mente que alguien pudiera pasar tanto tiempo en una autopista, que alguien pudiera vomitar conejitos, pero pensándolo bien háganse a un lado porque aquí viene uno (onomatopeya de vómito).
Leí a Rayuela en el 2013, justo cuando Alfaguara editó la versión del 50 aniversario de la primera publicación. Ese libro grande y tosco no se podía comparar con aquel ejemplar de la editorial Sudamericana que nos viene a la mente cada que pensamos en Rayuela; sin embargo el texto se encontraba íntegro y tenía contenido extra. Era más que suficiente para que un preparatoriano como yo pudiera comenzar con su mes de lectura (fueron tres veces que lo leí: De corrido, luego con el tablero que viene al inicio, y al final una lectura comandada por el azar).
Rayuela es una buena fuente de epígrafes y citas (falsos y verdaderos), es una historia de amor, es una historia de desamor, es un gran ensayo literario, es una entrevista frente al espejo, es una guía de viajes de París, un amigo con quien se puede practicar el francés. Uno puede leer el capítulo 7 una y otra vez para enamorarse del amor, puede leer y barrer cada capítulo buscando (y encontrando) aquella frase que le alivie el alma, amalando el noema a cada párrafo; pero lo que uno no puede encontrar es aquel «Y confío plenamente en la casualidad de haberte conocido...». Como guía de viajes, desde la primera página nos transporta por las calles de París en un juego de encuentros y desencuentros entre Horacio Oliveira y la Maga. Es un amigo para hablar francés si en principio se sabe el francés, y cuando no (como pasó conmigo) se vuelve un dolor de cabeza al no poder continuar con la lectura hasta que Google diera la más aproximada de las traducciones. No se puede dejar de lado el ensayo literario de la mano de Morelli (un escritor francés al que todos los personajes de la novela idolatran, álter ego de Cortázar, uno de los tantos personajes que desarrollan esta tarea en Rayuela, por eso también forma una entrevista frente al espejo para Cortázar).
¿En qué prefiere confiar usted, lector? ¿El azar? ¿El destino? Es absurdo pensar que todo se encuentra escrito, es absurdo pensar en hilos rojos invisibles; y como no me gusta pensar en el absurdo, yo me inclino por el azar. Si uno lanzara un par de dados, la probabilidad de que la suma de los puntos sea 7 es de 1/6; sin embargo la probabilidad de que, por ejemplo, caiga 12 se disminuye a 1/36; no hablemos entonces de que pudiera caer 14, lo cual más que imposible es improbable. Por la propia improbabilidad del hecho es que uno prefiere sólo tomar ese primer resultado y cargar los dados para que cada vez que se tiren salga ese número improbable; de manera que una vez que el azar logra que salga 14, uno coincide (lo que sea que significa esto) y empieza a hacer trampa para hacer más bella esa coincidencia. En la rayuela, por su parte, el objetivo es llegar de la Tierra al Cielo de a poco, de piedrita en piedrita; el problema viene que cuando uno acaba de remontar la piedrita hasta el cielo se acaba la infancia de manera inevitable. Es por este par de razones que uno se sorprende al ver cómo un che argentino se pudo encontrar con una che uruguaya en París, hicieron trampa y acabaron por maldecir esa coincidencia hasta que acabó su infancia. Horacio Oliveira es de manera obvia Julio Cortázar, un trompetista traductor argentino que trabaja para la UNESCO y que huye a París a vivir la época de oro de las artes. No podemos decir lo mismo de La Maga, quien no es Aurora Bernárdez, tampoco Alejandra Pizarnik o Edith Aron; sin embargo estas tres mujeres formaron parte de las múltiples historias de amor que tuvo Cortázar y hay un poco de magia en cada una de ellas.  Es por esto que la novela es una historia de amor y a la par la más grande historia de desamor, le duela a quien le duele. La Maga (Lucía) muerta no fue la víctima de este texto, y tampoco lo fue el loco de Oliveira, ni Gekrepten, ni nadie. ¡La víctima fue Rocamadour!
En el Club de la Serpiente Wong, Babs, Ronald, Étienne, Guy y Gregorovius siempre se asombraban de la manera en que Oliveira y la Maga convivían. Hablaban glíglico y jugaban al cementerio con tal habilidad que los demás se limitaban a apreciar esa faena. Ellos dos eran el amor materializado, la más bella historia de amor, y fruto de aquello nació Rocamadour (quien en Montevideo llevaba por nombre Carlos Francisco).
La Maga nunca dijo quién era el padre de Rocamadour, tampoco revela por qué adoptó este otro nombre, sin embargo todo mundo se da cuenta de que el verdadero verdugo es Oliveira. Rocamadour era el amor de la Maga y Horacio, y es entonces que nos damos cuenta que la Maga ya lo amaba antes de conocerlo, sólo era necesario que se conocieran para que Rocamadour pudiera materializarse como un niño, como una historia. Cortázar se obsesiona tanto en darle realidad a sus personajes que le encomienda a Oliveira dar cuenta al lector de que ningún escritor hace silvar a sus personajes, pero nunca se esfuerza por lograr que Rocamadour llore. Rocamadour llora porque cada miembro del club de la serpiente se da cuenta que llora y lo expresa en su diálogo, pero esto sólo ocurre cuando la pareja sudamericana pelea. El momento en el que Rocamadour, este niño enfermizo, murió, fue el mismo en que murió el amor entre Horacio y Lucía. A raíz de esto uno puede llorar cuando en el capítulo 20 La Maga dice:
—Cuando decís que ya no tenemos nada en común, ponés la boca de una manera...
Y tras un conjunto de diálogos extra, Lucía y Horacio intercambian un adiós adelantado:
—Nunca nos quisimos —le dijo besándola en el pelo.
—No hablés por mí —dijo la Maga cerrando los ojos.
Uno casi puede desfallecer al leer la manera en que se desgasta el amor, mientras Rocamadour agoniza, como dice Lucía en el capítulo 27:
...Ya estábamos un poco lejos aunque nos seguíamos queriendo todavía. Esas cosas no suceden de golpe. 
Carlos Francisco (obvia traducción de Rocamadour al uruguayo) muere durante una reunión del club de la serpiente, al igual que el amor entre la Maga y Horacio Oliveira. Cada uno toma su rumbo. Lucía es vista muerta, Lucía es vista mientras continúa en París, Lucía es vista mientras va a Lucca, Lucía es vista cuando va a Montevideo, pero no se sabe a ciencia cierta cuál fue su destino. Horacio va a Argentina con su amigo Traveler, eso lo sabemos de cierto. Sobre el final nos damos cuenta que Horacio nunca acaba por olvidar a Lucía, y fuere cual fuere el destino de Lucía también le debe haber costado trabajo olvidar a Horacio. Porque aunque muerto, ambos llevaban un poco de la culpa de la muerte de Rocamadour, ya que un amor como el de estos sudacas los llevó de la Tierra hasta el Cielo con sólo un par de piedritas, práctica y algo de trampa.