...Mi única culpa es no haber sido lo bastante combustible para que a ella se le calentaran a gusto las manos y los pies. Me eligió como una zarza ardiente, y he aquí que le resultó un jarrito de agua en el pescuezo. Pobrecita, carajo.
—Rayuela, capítulo 33.
Rayuela se encuentra como elemento principal en la bandera hipster. Cuando comencé a leer a Cortázar, siempre terminé fascinado por la manera en que hasta para llorar había instrucciones, junto con instrucciones para subir una escalera (quiero pensar que es por esto que me caía tantas veces). Jamás me imaginé que los Cronopios existieran, y mucho menos que fuéramos nosotros los Cronopios en esta realidad. Aprendí a querer a los Axolotes como a un hermano. No cabía por mi mente que alguien pudiera pasar tanto tiempo en una autopista, que alguien pudiera vomitar conejitos, pero pensándolo bien háganse a un lado porque aquí viene uno (onomatopeya de vómito).
Leí a Rayuela en el 2013, justo cuando Alfaguara editó la versión del 50 aniversario de la primera publicación. Ese libro grande y tosco no se podía comparar con aquel ejemplar de la editorial Sudamericana que nos viene a la mente cada que pensamos en Rayuela; sin embargo el texto se encontraba íntegro y tenía contenido extra. Era más que suficiente para que un preparatoriano como yo pudiera comenzar con su mes de lectura (fueron tres veces que lo leí: De corrido, luego con el tablero que viene al inicio, y al final una lectura comandada por el azar).
Rayuela es una buena fuente de epígrafes y citas (falsos y verdaderos), es una historia de amor, es una historia de desamor, es un gran ensayo literario, es una entrevista frente al espejo, es una guía de viajes de París, un amigo con quien se puede practicar el francés. Uno puede leer el capítulo 7 una y otra vez para enamorarse del amor, puede leer y barrer cada capítulo buscando (y encontrando) aquella frase que le alivie el alma, amalando el noema a cada párrafo; pero lo que uno no puede encontrar es aquel «Y confío plenamente en la casualidad de haberte conocido...». Como guía de viajes, desde la primera página nos transporta por las calles de París en un juego de encuentros y desencuentros entre Horacio Oliveira y la Maga. Es un amigo para hablar francés si en principio se sabe el francés, y cuando no (como pasó conmigo) se vuelve un dolor de cabeza al no poder continuar con la lectura hasta que Google diera la más aproximada de las traducciones. No se puede dejar de lado el ensayo literario de la mano de Morelli (un escritor francés al que todos los personajes de la novela idolatran, álter ego de Cortázar, uno de los tantos personajes que desarrollan esta tarea en Rayuela, por eso también forma una entrevista frente al espejo para Cortázar).
¿En qué prefiere confiar usted, lector? ¿El azar? ¿El destino? Es absurdo pensar que todo se encuentra escrito, es absurdo pensar en hilos rojos invisibles; y como no me gusta pensar en el absurdo, yo me inclino por el azar. Si uno lanzara un par de dados, la probabilidad de que la suma de los puntos sea 7 es de 1/6; sin embargo la probabilidad de que, por ejemplo, caiga 12 se disminuye a 1/36; no hablemos entonces de que pudiera caer 14, lo cual más que imposible es improbable. Por la propia improbabilidad del hecho es que uno prefiere sólo tomar ese primer resultado y cargar los dados para que cada vez que se tiren salga ese número improbable; de manera que una vez que el azar logra que salga 14, uno coincide (lo que sea que significa esto) y empieza a hacer trampa para hacer más bella esa coincidencia. En la rayuela, por su parte, el objetivo es llegar de la Tierra al Cielo de a poco, de piedrita en piedrita; el problema viene que cuando uno acaba de remontar la piedrita hasta el cielo se acaba la infancia de manera inevitable. Es por este par de razones que uno se sorprende al ver cómo un che argentino se pudo encontrar con una che uruguaya en París, hicieron trampa y acabaron por maldecir esa coincidencia hasta que acabó su infancia. Horacio Oliveira es de manera obvia Julio Cortázar, un trompetista traductor argentino que trabaja para la UNESCO y que huye a París a vivir la época de oro de las artes. No podemos decir lo mismo de La Maga, quien no es Aurora Bernárdez, tampoco Alejandra Pizarnik o Edith Aron; sin embargo estas tres mujeres formaron parte de las múltiples historias de amor que tuvo Cortázar y hay un poco de magia en cada una de ellas. Es por esto que la novela es una historia de amor y a la par la más grande historia de desamor, le duela a quien le duele. La Maga (Lucía) muerta no fue la víctima de este texto, y tampoco lo fue el loco de Oliveira, ni Gekrepten, ni nadie. ¡La víctima fue Rocamadour!
En el Club de la Serpiente Wong, Babs, Ronald, Étienne, Guy y Gregorovius siempre se asombraban de la manera en que Oliveira y la Maga convivían. Hablaban glíglico y jugaban al cementerio con tal habilidad que los demás se limitaban a apreciar esa faena. Ellos dos eran el amor materializado, la más bella historia de amor, y fruto de aquello nació Rocamadour (quien en Montevideo llevaba por nombre Carlos Francisco).
La Maga nunca dijo quién era el padre de Rocamadour, tampoco revela por qué adoptó este otro nombre, sin embargo todo mundo se da cuenta de que el verdadero verdugo es Oliveira. Rocamadour era el amor de la Maga y Horacio, y es entonces que nos damos cuenta que la Maga ya lo amaba antes de conocerlo, sólo era necesario que se conocieran para que Rocamadour pudiera materializarse como un niño, como una historia. Cortázar se obsesiona tanto en darle realidad a sus personajes que le encomienda a Oliveira dar cuenta al lector de que ningún escritor hace silvar a sus personajes, pero nunca se esfuerza por lograr que Rocamadour llore. Rocamadour llora porque cada miembro del club de la serpiente se da cuenta que llora y lo expresa en su diálogo, pero esto sólo ocurre cuando la pareja sudamericana pelea. El momento en el que Rocamadour, este niño enfermizo, murió, fue el mismo en que murió el amor entre Horacio y Lucía. A raíz de esto uno puede llorar cuando en el capítulo 20 La Maga dice:
—Cuando decís que ya no tenemos nada en común, ponés la boca de una manera...
Y tras un conjunto de diálogos extra, Lucía y Horacio intercambian un adiós adelantado:
—Nunca nos quisimos —le dijo besándola en el pelo.
—No hablés por mí —dijo la Maga cerrando los ojos.
Uno casi puede desfallecer al leer la manera en que se desgasta el amor, mientras Rocamadour agoniza, como dice Lucía en el capítulo 27:
...Ya estábamos un poco lejos aunque nos seguíamos queriendo todavía. Esas cosas no suceden de golpe.
Carlos Francisco (obvia traducción de Rocamadour al uruguayo) muere durante una reunión del club de la serpiente, al igual que el amor entre la Maga y Horacio Oliveira. Cada uno toma su rumbo. Lucía es vista muerta, Lucía es vista mientras continúa en París, Lucía es vista mientras va a Lucca, Lucía es vista cuando va a Montevideo, pero no se sabe a ciencia cierta cuál fue su destino. Horacio va a Argentina con su amigo Traveler, eso lo sabemos de cierto. Sobre el final nos damos cuenta que Horacio nunca acaba por olvidar a Lucía, y fuere cual fuere el destino de Lucía también le debe haber costado trabajo olvidar a Horacio. Porque aunque muerto, ambos llevaban un poco de la culpa de la muerte de Rocamadour, ya que un amor como el de estos sudacas los llevó de la Tierra hasta el Cielo con sólo un par de piedritas, práctica y algo de trampa.
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