domingo, 1 de marzo de 2020

Los años de peregrinación del chico sin color

Hace algún tiempo que ya quería leer a Haruki Murakami. Debo confesar que los caminos que me llevaron a él estuvieron pavimentados por su eterna candidatura al premio Nobel, por lo que esta lectura estuvo bordeando a algo parecido al morbo (?). No es necesario que me ponga a buscar mucho en mis recuerdos para darme cuenta que nunca en mi vida había leído algún texto procedente del oriente (a excepción de varios autores rusos), y de Japón lo único que me venía a mi mente eran los haikús como su herencia cultural.

Flores de cerezo en el cielo oscuro
entre ellas
la melancolía florece

Tenía ese haikú enterrado entre los dientes como un pedazo de carne y salió a florecer con la lectura del libro que ahora evoco. No importa en este momento cómo llegué a "Los años de peregrinación del chico sin color", sin embargo tengo que decir que las consecuencias de haberme topado con esta novela aún se siguen presentando.
No me atrevo a encasillar a este libro sólo como una historia, ya que el autor logra que la novela pueda resultar a partir de la composición de diferentes historias que son inteligentemente enlazadas en varios puntos de soldadura. Existe una historia principal, sí, y es en la que participa el protagonista Tsukuru. Cuando joven, él contaba con su pandilla o grupo de amigos, resulta que todos tenían un color en su apellido, a excepción del joven Tsukuru; la historia principal tiene un corte en su trama justo en el momento en el que los otros cuatro miembros de la pandilla deciden cortar de su vida a Tsukuru, y él sólo se ve obligado a aceptarlo. En el intermedio narrativo, se nos muestra a Tsukuru en su lucha contra la fuerte depresión que llegó a él a raíz del acontecimiento de ruptura, Tsukuru en su lucha por hacer nuevos amigos, también aparece su faceta profesional, romántica, familiar y de nuevo todo se encuentra empapado por un aspecto muy personal en el que se envuelve al protagonista en soliloquios bastante profundos.
El entorno romántico actual del personaje es el que provoca una rápida necesidad de saber qué pasó aquella vez que sus amigos decidieron cortar su relación con él. Sara es la chica que en esta ocasión le propone ir al encuentro con su vieja pandilla, y usa sus habilidades de stalker para localizar a cada uno de los cuatro involucrados, encontrándose con una terrible sorpresa que acabó por achicar los ánimos de Tsukuru en el momento anterior al inicio de su búsqueda. Creo que no he mencionado el significado de Tsukuru: el nombre corresponde al verbo japonés construir, y haciendo mano de eso, Tsukuru terminó siendo diseñador de estaciones de tren; al final el verbo construir en el nombre sería una cualidad de mayor importancia que el color en el apellido
Volviendo a la aventura de nuestro héroe, vuelve su ciudad natal de Nagoya a encontrarse con los dos miembros masculinos de su antigua pandilla: a cada uno se le aparece de sorpresa en sus respectivos empleos y conversan como si nada hubiera pasado más que el propio e imparable tiempo. Uno de los miembros femeninos de su grupo ahora vivía ahora en Finlandia, por lo que Tsukuru toma días de descanso en su trabajo y viaja a encontrarse con ella, también con la sorpresa como su arma. En este encuentro se condensan todos los sentimientos reprimidos durante los largos años que no hubo abrazos que les pudieran ayudar a sacar lo que llevaban dentro, aunque debo decir que me siento decepcionado de manera amplia porque el problema que resultó en la separación de la pandilla pudo dar una trama diferente.
Casi al inicio mencioné que esto no es sólo una historia y que implica la unión de varios sucesos. Entre ellos, me resultó agradable cómo Murakami se encarga de introducir la música en la novela y la hace suya, "Le mal du pays" de Liszt es la pieza musical que se encarga de marcar el tempo. También es evidente cómo la espiritualidad japonesa se hace presente mientras un hermoso cuento aparece como una costura que concilia la continuidad de los acontecimientos. Lo sobrenatural está presente también en cada lúcida adjetivación del paisaje. A lo mejor mi único reclamo sería la traducción española de Tusquets, tío.

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