Óyeme como quien oye llover,
ni atenta ni distinta.
‒Octavio Paz.
En esta temporada de huracanes, la imaginación nos lleva a sitios donde lo que más se ansía es leer acompañado de un café mientras se miran las gotas cayendo por la ventana, o es lo que dicen algunos. La verdad es que la lluvia es una gran metáfora, quizá se disputa el primer puesto con el amor, la muerte y los tacos. Juan Villoro se ocupa de mostrarnos quiénes son los poetas que son capaces de cambiar el clima usando sólo sus versos. A una conferencia acuden adeptos al tema y a veces los hay quienes llegan a ese lugar para refugiarse de la lluvia, qué gran ironía que la charla tenga todo que ver con lo que ocurre afuera. Este libro es un paraguas: todos caben para refugiarse del agua y empaparse de su relación con la poesía amorosa.
En el prólogo, Juan Villoro dice: «El teatro es un género literario peculiar: se escribe en un mundo y se representa en otro.» Traigo este tema porque el libro se trata de un monólogo que se escribió para la inauguración del teatro Antonieta Rivas de la biblioteca de México. En el monólogo se aborda un rincón en la vida de un bibliotecario que se encuentra acaso en el cenit de su vida, cargando a cuestas con un volumen de lectura enorme de todos sus años en el puesto (Villoro explica que se trata de un retrato de Jaime García Terrés). Ser albacea de la biblioteca lo ha llevado a conocer la manera en que se acomoda esta colección de amores, de repudios, de sinsabores y de nostalgias; a la par también la ha dejado un dolor de espalda que se relaciona con todas las veces que su oficio le exigió agacharse, y toda la baraja de posiciones que adopta al leer; aún así va a necesitar ponerse de pie por no sé cuánto tiempo para dictar una conferencia.
Ahora, el bibliotecario es un ratón de biblioteca, o sea un completo ser introvertido que, a pesar de lo que esto conlleva, encontró el amor en al menos dos ocasiones. Esto de aquí es el nudo dentro de la historia que se desarrolla, y sólo me dedicaré a decir que se trata de dos mujeres: primero con una mujer cuyo nombre iniciaba con S y rimaba con la soledad, y luego Laura con los problemas que le acarreaba. Nos encontramos aquí con un hombre melindroso, lo que se vuelve un problema mayúsculo con Soledad, y sin embargo esa misma melindre se convierte en la más tierna cualidad que encuentra Laura en él.
Al final una presencia nos sorprende junto con la lluvia. Debo decir que la mayor lección debe ser no devolver un paraguas olvidado, quién sabe lo que podemos encontrar del otro lado.

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