martes, 3 de noviembre de 2020

El Túnel

«...en todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario, el mío.»

Primero, este sujeto se atrevió a epigrafiarse a sí mismo, y yo también lo epigrafío aquí. En segundo lugar, este sujeto nos cuenta el final al inicio de este libro: ¡Brutal!
En general cuando me preguntan qué libro es mi favorito me resulta difícil. No me lo pregunten, hace mucho tiempo que dejé de clasificarlos por genialidad y simplemente lo ignoro; pero si me lo preguntan, es casi seguro que diga que mi favorito es El túnel. A lo mejor es verdad, y no me molestaría en lo absoluto que así fuera, cuando es un gran libro (oxímoron forzado).

Sucede que hay un no sé qué que qué se yo con los escritores rusos que siempre me hace volver a disfrutar sus páginas, y en particular eso implica que llegue a Dostoievsky. Lector, sucede también que Ernesto Sábato es el más dostoievskiano de entre todos los escritores latinoamericanos. No son palabras mayores, sólo es cuestión de enumerar algunos pocos autores y pensar en su estilo... ¿ahora lo ves? A mí también me sorprendió esta conclusión. El protagonista es un pintor de nombre Juan Pablo Castel, y también está muy presente María Iribarne. Nosotros podemos estar seguros de que tanto Castel como Iribarne están a la altura de los personajes de Dostoievsky (otras vez este tipo), Hemingway o Woolf, por mencionar sólo pocos nombres.
El túnel es una novela que se asemeja a una pintura (vamos, que Castel era un pintor), y en esa pintura de la que hablamos la composición es simple: con una imagen central llamativa, pero uno debe esforzarse por apreciar los detalles superfluos, ver a través de la ventana. Nos encontramos mirando directo a los ojos a una obra maestra de la psicología, que al intentar leerla se pone a leernos. Encontramos en sus pinceladas una completa metáfora de la desesperanza, con aquello de los túneles paralelos.




Coda
«Yo siempre he sentido un poco de lástima
hacia aquellas personas que no han conocido
el Ajedrez; justamente lo mismo que siento
por quien no ha sido embriagado por el amor.
El Ajedrez, como el amor, como la música,
tiene la virtud de hacer feliz al hombre».
Siegbert Tarrasch.


Estos días vi en Netflix una miniserie que me encantó. Desde siempre he sido un fanático del ajedrez, por lo que cuando me apareció en las sugerencias un Gambito de Dama lo acepté (guiño guiño) y me pareció increíble. Cuando se trata de ajedrez es difícil realizar una serie acerca de este tema sin que se incline a la pedantería o al hastío, le pasó a En busca de Bobby Fischer y a La jugada maestra (que no he visto, sin embargo es posible inferir que dado el poco éxito que tuvo, también le pasó). No sé si yo pueda gritar a los cuatro vientos que es una obra maestra, pero sí es una joya que de seguro atraerá a más personas a este hermoso deporte, y a lo mejor también contribuya a que se den mejores producciones sobre el ajedrez y quién sabe si a la larga alguna vez nos muestren otra apertura y la historia de otro ajedrecista.

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