Con anterioridad les había hablado aquí del libro Bonsái. Desde entonces he buscado los otros libros del autor, y hasta este momento llevo dos que conseguí en la FIL del año pasado. Es, pues, mi responsabilidad salir del silencio de estos meses que han pasado para hablarles de lo que ha sucedido desde entonces hasta ahora que leí este segundo libro: La vida privada de los árboles.
Compré una maceta de un tamaño mediano, tierra suficiente para hacer tres pasteles de lodo, y semillas de varios árboles. Estoy por decidir de cuál árbol haré mi primer bonsai, y después ya veremos y les cuento.
También, desde entonces, leí este libro,.
La escritura de Alejandro Zambra tiene algo que no he podido descifrar. No se parece a nada de lo que conozco, y a la vez me gusta más que muchas de las cosas que conozco. Desafía al intelecto al entregarte la historia ultraprocesada de tal forma que uno no encuentra nada nuevo que pueda pasar, pero te mantiene en vilo el tiempo suficiente para al final mostrarte que aún hay cosas pendientes, que estaban ahí escondidas detrás de una puerta de vidrio. La vez pasada les contaba que Zambra reveló la muerte de la protagonista al inicio del libro y esto sólo desapareció en la historia para contarnos todo lo demás y volver como una tormenta de bofetadas.
Ahora no se por dóde emperzar. Sigo esperando que Verónica vuelva. Julián y yo la hemos esperado porque su hija, Daniela, aguarda. Julián es el padrastro de Daniela. Es más feo que el papá de Daniela y es más joven. Luego Zambra hace una serie de comparaciones entre ambos, y quizá lo hace para que el lector tome un bando. Cuando hablamos de padres y padrastros, el público tendería a tomar un bando. Pero Verónica ya tomó uno, y la historia muestra la manera en que tal vez Daniela también tomaría un bando, cuando las circunstancias la van forzando a afrontar la decisión..
Me costó reponerme del golpe que fue para mí leer Bonsái. Podemos decir que Bonsái es hermanastra de La vida privada de los árboles, y digo hermanastra porque comparten cosas, pero hay tantas otras que las distancían y diferencían. Alejandro Zambra es el padre de ambas, pero cada una es de distinta madre, no sé cómo explicarlo y apelaré a que ciegamente me crean. Como hijas suyas, Zambra trató de educar a ambas novelas de manera similar, siendo en este caso el mimimalismo literario (que los critico definen y quizá Zambra ni enterado estaba). También es evidente cuando el autor lee poesía, y educa en este camino a sus novelas-hijas, lo cual es algo que uno como lector agradece.
La manera en que se conocen Julián y Verónica es una maravilla para nosotros, los amantes del pastel de tres leches. Por lo que no podemos decir que el libro pueda ser una historia de amor, y quizá sólo es una consecuencia de la vida con Karla. Tal vez sea mejor definirlo por los relatos que hace Julián a Daniela para antes de dormir cuando están en la habitación blanca, y que llanamente llaman La vida privada de los árboles; que son las cosas que en la cotidianidad suceden a los robles y los álamos, y los baobabs. Después de la peregrinaión que de lunes a sábado él hace por cuatro universidades de Santiago, los domingos se convierte en escritor. En sus domingos comienza a obsesionarse con los bonsái y escribe un libro con ese título, que trata de un hombre joven que se dedica a cuidar un bonsái. En este punto de la historia, las hermanastras se conectan y logra desviar nuestra atención de que Verónica no ha regresado de su clase de dibujo.
Tal vez he dejado muchas cosas al aire, pero si cierro las comisuras de la corta novela con esta reseña, entonces ya ustedes sabrían todo lo que pasa, y se molestarían conmigo por contárselos. Y sin sonar rebuscado, los invito a este proyecto de lectura que quizá te tome una tarde.
Así como disfruté la lectura de este libro, en una futura crisis existencial, disfrutaré su relectura. Y seguiré esperando a Verónica junto a Julián y Daniela, sólo que yo sentado en la habitación verde.
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