Ha
tomado mucho remontar el paso del Rock en estos días. En otras
ocasiones he mencionado esto, y es que los discos que han salido en
esta década casi presagian un naufragio seguro para el género. Hace
unos días estaba con unos amigos y estábamos intentando encontrar
cuáles eran los artistas de Rock más importantes de este periodo y
fue muy difícil. Porque las bandas que iniciaron en el pasada nos
han decepcionado terriblemente: Arcade Fire, Arctic Monkeys, Muse,
The Killers, The Strokes, Franz Ferdinand, Interpol, Coldplay. El
“Rock joven” ya no lo es en realidad, y las nuevas bandas la
verdad es que no prometen mucho, casi nada, más bien. El auge de la
Electrónica, lejos de anunciar una nueva forma de entenderlo, lo
polarizó muchísimo más, pudiera ser que la respuesta estaba en el
música dance menos comercial, como Aphex Twin, Boards of Canada,
Autechre, Burial; como ya lo mostró Radiohead en el Kid A.
Es sólo hasta tiempos muy recientes que hemos visto una mezcla que
no cause escepticismo inmediato entre Rock y los samples
sintetizados. Radiohead aparte por ejemplo, ellos ya lo hacían
bastante bien. Y aquí entra The National.
Porque,
ha costado entender que no se tiene que hacer música con ritmo dance
y guitarras para volver electrónico algo que no lo era. No, el
equipo y el enfoque es lo que le costó mucho esfuerzo a los artistas
entender, y aunque el crecimiento y la frescura apenas se palpan en
estos años, ha sido un buen comienzo. Su Sleep Well Beast
es un ejemplo claro de esto. No
es muy difícil de entenderlos, tampoco. The National se una a la
lista anterior de bandas que en los años 2000 iniciaron una nueva
ola de Rock fruto de la agonía del Brit Pop de Blur y de Oasis. Con
el paso de los años se han mantenido más discretamente alejados de
los reflectores, pero no por eso menos relevantes. Han mantenido un
sonido bastante coherente y que en Sleep Well Beast
adquiere un nuevo tono, más oscuro, más envolvente. Trouble
Will Find Me ya tenía tintes
electrónicos, y se mantenía más en el revival del New Wave que ha
permeado un poco estos días.
Entonces, este último disco viene a concretar la producción más
sintética, mucho más artificial, pero más atrayente. Y sí,
mantiene la nube oscura que hizo al New Wave tan interesante, pero a
la vez tan presto al sarcasmo, allá hace más de treinta años.
Y
es que, Sleep Well
Beast es un caso un poco
extraño. En el buen sentido de la palabra. Porque la voz de Matt
Berninger no le permite llegar a momentos de desenfreno total muy
característico de las bandas de hoy. No, su voz tiene un registro
bajo que se oye muy bien en pasajes que no abundan en aceleración a
ultranza. Quizás en ese sentido, es que todo éste álbum navega en
esta línea contemplativa que inicia en “Nobody Else Will Be
There”. Los teclados ya forman una parte importante de la
grabación, y las guitarras son mínimas, aunque están en el lugar
correcto. No hay exceso de nada, toda la instrumentación está donde
debe estar. Es una introducción muy larga, que sienta el humor del
disco desde entonces, con la voz de Berninger, recordando a los
mejores años de Interpol con un toque electrónico muy a lo que
hacen The XX. Cuando pasamos a “Day I Die” tenemos su sonido tan
característico una vez más, Post-punk casi en su totalidad, con el
aparatejo de banda de Rock
original y los arreglos sintéticos que no van a faltar. Luego,
“Walk It Back” regresa a la producción que inició en la primera
pieza. Aquí, la voz de Berninger es tan baja que casi parece que
está recitando la letra, y aunque hay acordes mayores en su mayoría,
Lou Reed vino a dejar su huella casi inconsciente. Podemos empezar a
advertir lo que será más o menos la idea musical del disco. Las
bases rítmicas pasan de un lado a otro entre el Rock más
convencional y los samples artificiales que van a colonizar buena
parte de la pista. En buena medida, casi hasta parece que estos dos
estilos de producción se saltan uno y uno, porque “The System Only
Dreams in Total Darkness” vuelve a la convencionalidad. Y así
sucesivamente, el disco tiene dos partes, una rockera centrada en la
guitarra y la batería acústica, y la otra que está llena de
melodías más atmosféricas hechas con sintetizador y scratches de
sonidos prefabricados. “Born
To Beg” está más cerca del primer lado que del otro, pero los
loops constantes lo ponen en un punto medio, porque el piano es más
cálido y la voz juega muy bien con esto. Luego, esta idea
continúa con “Empire Line” y “I’ll Still Destroy You”. La
primera es una joya, porque aunque parte de un beat electrónico, el
ambiente y el cómo lo resuelve es una genialidad. Es Post-rock sin
los crescendos (ya sé, es contradictorio) alarmantes y con las
vocales más confidentes. La
última es más cercana al Drum and Bass, pero con líneas melódicas
melancólicas encima de unas baterías atronantes. Ésta sí parece
bastante prescindible, porque tiene un final casi épico, pero en
general es bastante repetitiva y poco inspirada. Luego, “Guilty
Party”, que
toma su curso
también de una base industrial, en general continúa con la
directriz de la pista
anterior, que ya de por sí quedaba claro cuando ésta apareció.
Entonces “Carin at the Liquor Store” regresa a la programación
habitual, muy necesaria a estas alturas. Una balada concisa y clara,
centrada en el piano, que es un momento estelar en el disco, sin
dudas. El solo de guitarra es inmejorable en tiempos en los que es
casi un sacrilegio hacer algo así. Después de quince minutos
artificiales, se agradece un regreso de lo profundo así. “Dark
Side of the Gym” continúa esto, y el resultado también es
buenísimo. Aunque la estructura algo insistente
en el ritmo hacen pensar que pudo durar un poco menos, sin quitar el
final, porque ese cuarteto de cuerdas (sampleado por supuesto) es
cumbre. Para entonces, llegamos al final con “Sleep Well Beast”
que otra vez trae la base electrónica. No aporta mucho musicalmente,
y también pudo durar mucho menos de los seis minutos que ya alcanza.
La verdad
se queda en medio de esa suite que comenzó con “Empire Line”. Si
la banda hubiera querido sentar precedente con estas pistas, quizás
puedo quedarse sólo con estas dos y la más atmoférica entre “I’ll
Still Destroy You” y “Guilty Party”, ahí sí hubiera quedado
en coherencia perfecta.
Bien,
aquí no es muy difícil entender el concepto. No es un disco
particularmente complejo. La producción es variada y ecléctica,
aunque por momentos da la sensación de que nos encontramos en el
mismo mar que no arriesga mucho, porque existe una cierta atmósfera
que está presente en todo momento, entre las líneas vocales que se
quedan en un registro nada variado, las guitarras pasaron, como ya
dije, a un segundo plano. Aquí lo impresionante es la
instrumentación y la noción de espacio que generan con los
sintetizadores. Es un disco envolvente, aunque no
abrasivo, que queda perfectamente con la etiqueta de contemplativo.
El gran avance es que, a comparación de Trouble Will Find
Me, el salto al vacío que dan
con este nuevo enfoque es, a mi parecer, el mayor logro de Sleep
Well Beast. Como casi siempre,
hubo momentos que eran perfectamente prescindibles, porque el álbum
dura una hora, pero en parte gracias a que intentaron lograr una
cohesión entre las pistas electrónicas sin que se perdiera de vista
la parte tradicional. Es
complicado lograr un disco que tenga todas nuestras ambiciones y que
no pierda coherencia, misma que sólo te puede dar tu zona de
confort, para bien o para mal.
Aquí,
The National hace una prueba
para el resto de los años. Porque, en verdad, costó mucho hacer
entender a los roqueros que quizás el futuro para volver a darle
frescura al género está en los electrónicos. Hace no mucho le
preguntaron a Enrique Bunbury qué opinaba de lo que decían de que
el Rock estaba muriendo, y él, afable, dijo que quizás había
dejado de ser un género mayoritario, pero que disco como el que sacó
The National iban a hacer que las bandas fueran cabezas de carteles
de los festivales. La solución no es fácil de obtener. Cuando Bowie
lanzó Blackstar a
principios del 2016 dejó una Piedra de Rosetta que sería el
traductor de muchos otros géneros fundidos en uno solo, y es que el
Rock necesitaba eso, que alguien se arriesgara a dar el paso al
eclecticismo y nos dejáramos de falsas poses. The National logró
pues, iniciar un proceso interno que desembocará en algo
completamente distinto a lo que ellos mismos siquiera estaban
contemplando hacer, y aunque el ejercicio es redituable más para
ellos, un precedente
se necesita para volver a hacer rodar a la piedra. Sleep
Well Beast es, entonces, una
especie de carta al futuro, y así, que ojalá
nos respondan los que pudieron entenderla.
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