martes, 11 de diciembre de 2018

Kendrick Lamar - Damn



En este año más que en ningún otro, se viven tiempos convulsos para la música popular. Este 2018 ha estado plagado de muchas sorpresas, en el sentido más neutral posible. Porque hemos visto el auge del desenfreno total, de la masificación desmedida del consumo de arte, de las tendencias casi extremistas de las bandas y los artistas, de lo volátiles que han sido nuestros gustos en lo que ha sido este año. Y es que ha sido un maldito caos, sí, un caos. Estamos viviendo una época prolífica y democratizadora de los medios y los recursos musicales, con cada vez más artistas accesando y subiendo sus creaciones casi inmediatamente que los terminaron. ¿Es malo? La verdad es que no. El problema viene cuando la saturación es excesiva. La rapidez de los lanzamientos han permitido a bandas y cantantes llegar a un público más grande y de forma más eficaz, esto logrado por supuesto gracias a los servicios de streaming. Spotify y Apple Music han sido los catalizadores de esta bomba nuclear que es el mercado musical en estos años. Porque nos han permitido escuchar, literalmente, millones de canciones de forma inmediata, prácticamente todos los artistas que uno busca están en estos servicios, sus discos, colaboraciones, etcétera. El impacto es tan grande que la compra de discos físicos se ha visto mermada, al punto de que, estoy seguro, muy pronto vamos a ver cerradas las tiendas de discos de las provincias en todos los países. Paradójicamente, el vinilo ha regresado junto con el cassette, algo que es otro tema, pero que es igual de insólito.

En toda esta maraña de consumismo, hemos visto el realce del Reggaetón, nos guste o no, y del Hip Hop. Éste último ha jugado un papel importante en todo lo que vemos y escuchamos en los medios de comunicación. Por nuestra condición de latinos, el Reggaetón es más fácil de notar, pero en sí los dos géneros tienen algo en común: su fácilidad de producción. Y es que es verdad, los dos siguen exactamente el mismo procedimiento: un músico (llamémoslo en este contexto productor) crea una pista instrumental, baterías electrónicas con bombos atronadores y hi-hats rápidos y sintéticos, a ésto agreguemos unos cuantos acordes, mayores en su mayoría, un sample de alguna canción de rock y casi terminamos. Luego agregamos unos cuantos sintetizadores y listo, tenemos un beat. El beat es esta parte instrumental que no involucra la voz. Este productor entonces buscará a alguien a quien vender su nueva pista, alguien que ponga voces en ella y la vuelva un producto de consumo. Ahí entran los Malumas, los J Balvins, los Bad Bunnys (en el caso latino) y los Drakes, los Migos, los Lil Pumps, los XXXTentacion en todo lo demás. Y todo esto sin salirse de la computadora o incluso de la tablet. No hubo músicos de sesión, ni horas de ensayo prolongadas, ni estudios de grabación carísimos, ni burocracia vorágine de por medio. ¡Es por eso que estamos rodeados de Rap y Reggaetón! Porque en dos días de trabajo podemos tener el pŕoximo éxito de radio y volvernos millonarios. Y es que la inmediatez ha permitido casos tan extremos como Kanye West lanzando cinco discos en poco más de un mes. ¡Cinco discos! ¡CINCO! La duración de los mismos es cuestionable, porque ninguno dura más de treinta minutos y algunos pasan rozando los veinte. Si eso es un “larga duración” para mí es más que dudoso. Pero así estamos. Y con todo y que Kanye es productor y rapero al mismo tiempo. ¡Que también estaba por lanzar el sexto en noviembre! Drake también lleva una racha de lanzar discos dobles por año. Pero es que son muy fáciles de hacer. Los discos de Hip Hop en general, no hablo de que lo sean precisamente los de Kanye y Drake, ahí la afirmación se ve pretenciosa, pero no deja de ser cierta hasta cierto punto. Es una barbaridad la cantidad de música que se lanza y a la que tenemos acceso. La trascendencia monetaria de la nueva ola de Hip Hop es tal que las canciones que están en los Top 10 de Spotify o de Apple Music producen, semanalmente, 25 millones de dólares. Ahí es nada.

Todo este panorama ha dado pie a que exista lo que coloquialmente se le conoce como mumble rap. Canciones y beats que prácticamente no tienen sentido y que nunca fue ese su propósito original. La verdad es que es casi abominable. Así pues, el disco no sólo como formato físico sino como obra completa y contenida en sí misma se ha visto afectada, casi ignorada. Porque la inmediatez nos da la posibilidad de escuchar una canción y olvidarla todo en un sólo día. Es por eso que, en medio de toda esta ola de negligencia por lo estéticamente “correcto” sobresale un personaje singular, un rapero que tiene toda la pinta, o tenía, de ser uno como los demás. Porque los productores con los que trabaja son los mismos, porque sus beats no son la vanguardia tampoco, musicalmente hablando. No, es singular porque tiene esa artisticidad que lo vuelve alguien completamente distinto a los demás. Y sí, ese es Kendrick Lamar. La pregunta obvia es qué lo vuelve especial, y la respuesta no es fácil de obtener. Nos tenemos que remontar a cuando Kendrick era un aspirante a rapero que llegaba a publicar ciertos mixtapes esporádicamente. Hasta que un día, bendito entre los benditos, lanzó de forma independiente aquel Section.80 que a su vez fue encontrado por el mismísmo Dr. Dre, santo entre los santos. Section.80 es un disco “común” pero que tiene algo que parece distinto. Quizás la respuesta entonces era la narrativa que utiliza para contar historias, pero uno se tarda en entender eso. Luego, vino un año después ese pedazo de disco que es el good kid mA.A.d city. Ya de la mano de Dr. Dre como productor ejecutivo, vino uno de los mejores discos, sí, en lo que va de la década. Aquel GKMC es una obra de arte. Y es que, dos oriundos de Compton se encontraron de forma nuclear, como una explosión épica de proporciones inestimables. Aquí, Kendrick da un retrato de lo que es vivir en una ciudad como Compton, y crecer, sobretodo crecer. Porque en algunos lapsos nos encontramos con episodios del rapero viendo morir a sus amigos, en otros el cómo tuvo que lidiar con el alcohol, el qué implica crecer en un lugar que está lleno de prácticamente todo tipo de desesperanza. Kendrick parte de ahí, porque la ruina trajo consigo y de la mano a las musas, el disco es una obra conceptual, contenida en sí misma, coherente y completa, que ya es un clásico. La narrativa ya era excepcional, al punto de que cuando leí la letra de “Swimming Pools (Drank)” me veía a mí mismo atado a una copa de alcohol, hastiado, y mágicamente al instante ya estaba nadando en una piscina llena de licor. Tal y como pasó cuando era más joven, exageraciones poéticas de lado pues. Por aquel entonces no veíamos la tormenta de canciones y hits que se volvería el 2018, pero nadie hubiera imaginado que el formato álbum estaba por extinguirse, y menos con una obra tan monumental como lo fue el Good Kid. Aunque el disco es más bien introspectivo, la temática personal abrió un parteaguas en un género que se caracteriza por la presunción de dinero, mujeres y drogas. Y aunque la tendencia era a acelerar los ritmos, éste era más bien un disco downtempo que carecía de falsas pretenciones y de retoques innecesarios. Kendrick era una promesa. Luego vino la obra cumbre, To Pimp A Butterfly. Es la obra cumbre porque así es, es su disco más complejo hasta la fecha, el mejor hecho, en el que es dueño de sus recursos, musical y líricamente. Es casi un compendio de música afroamericana, todo en 78 minutos de viaje interno sobre la identidad negra en Estados Unidos. Es mi mejor resumen, porque obviamente el disco es mucho más que eso. Aquí Kendrick hace un cóctel de todo: Jazz, Funk, R&B, Soul, Hip Hop. Mientras que en la parte narrativa todo se vuelve un viaje por la psique de Lamar, combinado con el ambiente sociopolítico que era entonces Estados Unidos, con todo y que Trump aún no llegaba al poder. Aquí es necesario hacer la pausa. Porque ya en pleno 2015, Kendrick volvía a reafirmar la necesidad del disco, por eso el Pimp A Butterfly se vuelve icónico. Las canciones, aunque hubo sencillos promocionales, están hechas para escucharse en conjunto, y por eso el disco se vuelve un viaje más interesante, artísticamente. Lo sobresaliente también es que aquí Kendrick incrusta en sus letras referencias literarias cada vez más variadas, en este caso todas relacionadas con la identidad afroamericana.

Luego de toda esta larga introducción, hace un año y medio nos sorprendió, y bastante, con el que sería el sucesor de lo que yo pensaba que iba a ser un insuperable, Pimp A Butterfly. Por Marzo él mismo lanzó “Humble”. Lo primero que pensé fue un “ya valió madres”. Porque el beat era Trap, con todo y lo que detesto esa clase de instrumentales. La letra y su forma de rapearla me hizo ver que quizás estaba viendo al Kendrick venderse al monstruo comercial. Era una lástima, porque Kendrick tenía todo para ser el artista de la década. Así pues, lanzó Damn y no tuve mucho que decir. Porque me pareció muy incoherente aquella primera escucha. En principio duraba casi media hora menos que el TPAB y tenía sólo tres colaboraciones. Aunado al hecho de que sonaba mucho más moderno. Era experimental, me pareció un Life of Pablo que no necesitábamos de su parte. Así fue durante un tiempo, escuché “DNA” y como era también Trap, me pareció que quiźas no era para mí. Así pues, era el disco al que estaba más renuente de escuchar, porque no lo entendí y sentía que no me aportaba nada. Entonces, pasó algo curioso. Estaba en Cholula, Puebla, cansado por las desveladas y muriéndome por tirarme a la cama, cuando en el camino de regreso a Puebla, en el camión decidí cerrar los ojos un poco, ponerme los audífonos y esperar a que terminara el viaje. Quise darle una oportunidad, después de todo no perdía nada, y aunque ya me empezaba a gustar un poco más “Humble” y “DNA”, el disco por sí mismo no me daba buena espina. Así que lo puse, con “Blood” como preludio. Ese “Is it wickedness? Is it weakness?” aún resuena muy profundo en mi memoria. Aquella voz medio Soul daba un aire un poco extraño, pero como dura muy poco, no fue para tanto, aunque la rareza seguía ahí. Luego empieza un instrumental como de Big Band y Kendrick procedió a contar una historia. Ahí, narra como fue a dar un paseo un día y en el trayecto se topó con una mujer ciega, que parecía estar buscando algo, como si lo hubiera perdido. Luego nos cuenta que se acercó a ofrecer su ayuda diciendo: “Seems to me that you’ve lost something”. Para que esta le responda: “oh yes, you’ve lost something, you’ve lost your life”. Y un disparo en seco se oye. Mi fatiga se esfumó y, como si algún mecanismo hubiera sido accionado de improviso, todo tuvo sentido. Pasaba por unos días un poco malos por allá, y ese disparo fue un detonante que iluminó algo que no entendía del todo. Sorprendido, dejé que la música siguiera, escuché ese reportaje sampleado donde un conductor de Fox News se queja de las letras de Kendrick, y que da paso a “DNA”. Aquellos dos minutos y los que siguieron a “Blood” han sido unos de los más sorprendentes que he pasado últimamente, con música pues. Entonces me pareció magistral, de eso hace más de un mes.

Luego de buscar información sobre “Blood”, que no hay mucha, un comentario confirmado por Lamar fue particularmente interesante: según leí, la Maldad (“wickedness”) y la Debilidad (“weakness”) son los dos caminos descritos por el Libro del Deutoronomio como los que llevan a la condena. El alma está condenada (“damned” pues) debido a uno de estos dos defectos, uno por ingenuo y el otro por mala persona. Entonces, uno bien podría hacer la asociación con el resto de las canciones, la temática de algunas pueden ser, o bien “malvadas” o “ingenuas”. “DNA” entra pues, con toda esa agresividad y crítica, como una pieza malvada. De ésta no hay mucho que decir que no se haya publicado ya, que es una genialidad de rola en la que Mike Will Made It hace un beat inmejorable, lleno de textura y con una atmósfera siniestra. La crítica musical, la crítica social son los temas principales. El concepto ya de entrada me alucinó. Y aunque estaba muy renuente a que me gustara, quizás entonces era el momento adecuado, porque la canción quedó perfecta después de ese disparo. En “Yah” empieza lo curioso. Porque el disco, como ya mencioné, contiene muchas referencias al cristianismo. Kendrick, cristiano por sí mismo, hace una mezcla muy extraña sobre estos temas, en los que se ve a sí mismo como un condenado, pasando el camino de la purga hasta el Paraíso, o bien directo al Infierno. La palabra Yah es una abreviatura del hebreo Yahweh, el nombre original de Dios. Eso e introduciendo a su nuevo personaje Kung Fu Kenny. Los excesos se hacen presentes en esta parte, en donde habla de ciertas “nigga conditions” y habla de hacer despilfarro. Como si éstos elementos fueran inherentes en la vida afroamericana. El ritmo es lento, introspectivo por mucho, pero nuevo, contrario a los tempos bajos del Pimp a Butterfly, en los que el jazz y la instrumentación de estudio eran predominantes. Así entonces, “Yah” es una versión “ingenua” de “DNA”. Y el disco sigue así su curso. El alardeo se mantiene en “Element”, un alardeo a ultranza que cae mal desde el principio. El mismo sujeto que presenta a Kung Fu Kenny, añade ciertas lineas que apoyan al concepto general del álbum: “Ain’t nobody praying for me, Y’all know what happens on Earth stays on Earth”. Y aunque la temática se mantiene igual en toda la pieza, el beat es oscuro, inexplicable si tomamos la letra de la canción fuera de contexto. Es introvertido, con una instrumentación mínima, y aunque no es precisamente más elaborado, es casi siniestro. En “Feel” ese “nobody praying for me” se vuelve el tema recurrente, sin embargo, en el contexto de lo que le ha causado el estrellato. Kendrick analiza el como parece que la vida pública y la industria musical lo está consumiendo, porque aunque parezca lo contrario, sus demonios siguen habitándolo. Esta clase de confidencia no era común en el Hip Hop, en donde las debilidades no se tocaban. Aquí, parece casi el tronco común. En este punto del álbum las canciones parecen un tanto caóticas, como si no llevaran a ninguna parte, en parte por el beat, y por los constantes elementos que la contienen y que parecen nunca resolverse. La voz de Kendrick parece cansada, como anestesiada, por llamarle de alguna forma. “Loyalty” y “Pride” no son la excepción, porque, muy a pesar de que la primera tiene la primera colaboración con Rihanna, las dos mantienen la misma vibra un tanto oscura, ajena. La primera es una reflexión (continuamos con la introspección) sobre la lealtad (obviamente) y pureza en las relaciones que tenemos cotidianamente. La segunda continúa con las referencias bíblicas en la misma línea que teníamos antes. “Pride” menciona el hecho de que el orgullo, de alguna forma, es la causa de todos los males. Para dar paso, como un muy buen chiste, a “Humble”. La pista es exactamente opuesta a lo que se esperaría dado el contexto en que viene, después de “Pride”. Porque, “Humble” es también un alardeo al puro estilo “DNA” pero en un momento un poco extraño en el disco, de modo que a partir de aquí podemos ver un ligero cambio en el humor del disco. Es muy probable que el álbum tenga una segunda parte, mucho más oscura, que empieza en “Humble” y continúa con “Lust” y “Love”. Muy cierto es que tanto el amor como la lujuria están muy relacionados uno con el otro, y, aunque se repita el concepto, una es la parte “malvada” de la otra. Por eso “Lust” es oscura, con un beat en reversa, que justo a la mitad de la canción toma su curso habitual. Así, “Love” es una pista más abierta, más R&B que Hip Hop, muy al estilo Drake. Siguiendo con la crítica al la cultura racial estadounidense, tenemos “XXX” que, sorpresa, cuenta con U2 como colaboración. Eso también fue algo inesperado, porque U2 nunca ha dado colaboraciones fuera de sus discos, ni las ha tenido en los de nadie tampoco. Es por eso que no deja de ser aún más raro todavía este pasaje. Cuando escuché “XXX” por primera vez, que fue cuando salió, no me gustó tampoco, aunque definitivamente era lo mejor que había hecho U2 desde el Achtung Baby. Sí, lo dije, no me arrepiento de nada. Pero es que creo que resume muy bien la esencia del disco, porque Kendrick habla de asesinatos e inseguridad de manera claustrofóbica, el pasaje de U2 es lento, tranquilo y mínimo con esa frase que ya me gustaba de entrada por parte de la voz de Bono: “it’s not a place, this country is to me a sound of drum and bass...”. Un muy buen momento R&B, casi Soul. Entonces, “Fear” vuelve a ser otra vez nublinosa, mostrando tres etapas de miedo, cada una con diez años de diferencia, en la vida de Kendrick empezando por los siete años. En todos los versos reina una falta de seguridad tremenda, pero confidente, por contradictorio que esto suene. Casi para terminar, “God” es como su nombre, casi redentora. Es una pista con aires Gospel, aunque en realidad es Kendrick hablando de cómo ha llegado a ser lo que es, comparándolo a estar a cargo como Dios, relegando a los demás raperos que se sienten así como meros subordinados. El viaje termina en “Duckworth”, una historia de como Anthony Tiffith, fundador de Top Dawg Entertainment, la disquera de Lamar, casi pudo matar al padre de Kendrick en un asalto que él mismo hizo en un KFC donde el otro trabajaba, de haber pasado así, Lamar nunca hubiera nacido y Tiffith hubiera ido a la cárcel por asesinato. De cualquier forma, si uno muere y el otro está en la cárcel, ninguno hubiera logrado que Kendirck pudiera existir siquiera, menos su carrera en Top Dawg Entertaiment.

La historia del disco no termina ahí, porque escuchamos el disparo final que alegóricamente mata al padre de Kendrick y termina la música, para después empezar de ahí un rebobinado en reversa, en donde parece que se recapitula al disco de forma invertida, para terminar con el “I got I got” y el “So I was taking a walk the other day...” que inicia en “Blood”. Cualquier persona normal pudo haber terminado ahí, y dejarlo tal como está, para reflexionar sobre el disco después. Sin embargo, no podemos tener nada tranquilo con el Internet, y de inmediato empezaron a salir las teorías conspirativas sobre el concepto. Algunas bastante locas como que era la Biblia sintetizada, que era profético casi. Unas menos escatalógicas hablaban del orden correcto de escucha de las canciones. La teoría partía de la premisa de lo que ocurre en “Duckworth” al principio, porque alguien grita “just remember, what happens on Earth stays on Earth, we gon’ put it on reverse!”. Eso aunado al hecho de la pasada en reversa que termina el álbum. Por lo que de pronto empezaron surgir teorías que, en principio, decían que el disco se debía escuchar al revés, empezando con “Duckworth” y terminando en “Blood”, y que el álbum adquiría un nuevo mensaje, más revelador, al ser escuchado así. La idea escaló tanto, que el mismo Lamar la confirmó en una entrevista, y el meme cobró vida cuando la edición de colección salió así, con el orden de las canciones invertido. Porque Kendrick decía que el disco debía ser escuchado así, para empezar, y que la dualidad de la que se hablaba en el disco sobre la maldad y la debilidad era correcta, que el disco se trataba efectivamente de una lucha constante entre el bien y el mal, aunque nunca dio muchos detalles sobre eso. Si bien, el concepto original parte del hecho de que Kendrick es el condenado desde el principio y muere tan pronto como inicia la grabación, con este hecho, el que muere al principio es el padre y la condena adquiere un nuevo hilo narrativo. El disco abunda en la frase, como ya dije, de “ain’t nobody praying for me”, casi como letanía. Según la tradición Cristiana, cuando alguien muere, se le ofrecen plegarias para que el alma del difunto suba al cielo, y aunque pareciera que el Damn está repleto de referencias a esto, la idea pues es que Kendrick muere y que el viaje que hace para llegar con Dios en “God” requeriría que alguien rezara por él. Es una jornada, visto desde esta manera, un tanto extraña. Porque la jornada de la muerte aquí es más bien un viaje por la psique y las emociones más profundas del rapero, desembocando entonces en la gloria después de hacer la purga interior que uno tiene que hacer siempre que pasa por un estado parecido. “Duckworth” es más un epílogo que no aporta mucho a la grabación por sí misma, salvo por el hecho de que propone la idea de escucharlo en reversa, y aquí viene lo ingenioso. Porque si el disco acaba con un Kendrick Lamar renacido y que inicia con su propia defunción, de esta otra forma el disco empieza precisamente con la condena por las malas acciones, la maldad, y termina con un Kendrick muriendo a causa de esto. Y así la historia está contenida en sí misma, sin necesidad de recurrir a explicaciones externas, porque lo natural es que el camino a la condena empiece con una pérdida del “camino de la luz” como Dante, y termine efectivamente sin redención en su muerte.

Bien, teorías aparte, el disco es complejo. No es fácil de entender al principio. Porque la vaguedad con la que se presenta ante la primera escucha es inaudita, uno no entiende cómo es que Kendrick pudo caer a un nivel de desconeptualización tan efímero, cuando él ya es un maestro en la narrativa introspectiva, muy cerca del más acá que del más allá, que es realidad aparte. La verdad es que no, Kendrick nunca pretendió hacer algo así, y la vaguedad aparente de la que hablo es sólo eso, apariencia. Porque aunque las ideas parezcan tan inconexas unas con otras, el hilo conductor que las une es el más importante: el viaje que hace Kendrick por su psique, de forma críptica y poco clara. Haciendo referencias a Dios, a la religión, al conflicto racial, a la epopeya moderna de vivir con estas debilidades. Es el disco más flaco musicalmente, el más oscuro y poco franqueable, pero el que conceptualmente atrapa más. Esta idea de la salvación y la redención como parte del quehacer diario de todos nosotros cuando admitimos nuestras debilidades debió ser un proceso casi terapéutico para él, porque lo vemos más expuesto que nunca, más asustado, más divagado y más consciente de ello. No es fácil nunca admitir las debilidades, y aunque parezca mentira, el empezar por ahí puede dar siempre más luz de la que uno cree. Estamos probablemente ante peor disco de Kendrick, musicalmente, pero una obra maestra conceptual por antonomasia, ahí es nada. Fue de todos sabido que por este disco Kendrick recibió el premio Pulitzer de Música, un premio que el mismo Hemingway ganó, en literatura claro, y que fue un acto insólito cuando se anunció. Fue como legitimar el Rap y el Hip Hop de forma casi académica. Y aunque el antecedente lo había tenido Bob Dylan con el Nobel de Literatura, llegamos al punto en el que al Rap ya se le ve con otros ojos, como lo que es, un género con mucho potencial.

Vivimos tiempos curiosos para la música popular, nunca había tenido tanto reconocimiento, y nunca había sido tan mal vista por igual. No es para menos, se han hecho cosas que valen mucho la pena y que se merecen todos los reconocimientos que haya, e igualmente se han hecho barbaridades que habría que olvidar cada vez más pronto. En ambos casos han sido bastante rentables, vendibles y comerciables. Y, queramos o no, para bien o para mal, es el turno del Rap de crear obras así, que trasciendan y le den un nuevo aire a un género que necesita legitimidad, hoy más que nunca. Aunque si con discos como este aún no la tiene, el problema a solucionar es otro, algo que ni mil Kendricks van a poder hacer, que abramos nuestra mente a lo que es verdaderamente bueno, sea como sea. Porque aunque habrá quien diga lo contrario, vivimos tiempos de obras maestras, y de genios de la composición, en parte gracias a Kendrick Lamar. Y, por eso, nosotros los condenados, lo saludamos.

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