Cuando la década ante
pasada terminó, me topé con una lista muy curiosa. Siempre al final de las
décadas hacen las listas de lo mejor que hubo, discos, canciones, videos,
artistas. También de lo peor y lo menos memorable, que rememoramos porque la condición
morbosa siempre pesa más de lo que admitimos. Pero, también del punto medio, y
eso fue lo que me sorprendió. Rolling Stone hizo una lista de los discos
más infravalorados de la década. Los 2000s fueron muy predecibles
musicalmente, Indie Rock, Gangsta rap que agonizaba, el inicio del EDM. Esta
lista tenía en primer lugar al Sam’s Town de The Killers como el disco
más infravalorado de la década. Le eché un vistazo al Metacritic y sí,
efectivamente, las reseñas fueron malísimas. Y el disco siempre ha sido uno de
mis favoritos de la vida. Si es un mal disco, la verdad es que es una mentira,
porque no lo es, pero lo otro de si es lo que Brandon Flowers calificó como el
“álbum que mantendrá al rock and roll a flote”, pues eso también es
bastante discutible.
Hace diez años yo me
acababa de topar con el nuevo disco de Linkin Park. Estaba en la secundaria y
lo que siempre tuvimos a la mano fue el Nü metal y el Rock pesado de hacía ya
treinta años. Con esto, me tocó ver cómo Linkin Park lanzó un disco que estaba
condenado al fracaso. Por muchas razones. La primera era un disco completamente
diferente a lo que habían hecho hasta entonces, en todo sentido. Y la segunda,
no apelaba al público joven del que siempre se habían nutrido durante tanto tiempo.
Y proporcional a su fracaso, fue que creció en mí como uno de mis álbumes más
entrañables de esa época. También quizás el disco más infravalorado de la
década que terminó hace unos meses. Y justo como pasó con los The Killers, aún
no se le ha hecho la justicia que merece. Este año es el décimo aniversario de
haber salido, y más allá de haber sido la-obra-en-turno de la banda, parece que
fue relegado al olvido. Injustamente, por supuesto que sí.
A Thousand Suns es
una obra de arte. Así de sencillo. Intricado en el detalle, y secuenciado como
una maquinaria compleja de principio a fin. El primer y único disco conceptual
que creó Linkin Park, el más inusual e impredecible de todos. El más humano y
el más acorde a los días por demás extraños que estamos pasando en estos
momentos, de los que no tenemos idea alguna de cómo nos irá en los próximos
meses.
Yo me topé con “The
Catalyst” cuando salió. Una pista convencional, con los rapeos tan
característicos de Mike Shinoda y los coros melodramáticos de Chester
Benington. Nada en especial, nada que no hayan hecho antes, salvo por un factor
electrónico más marcado que nunca. Linkin Park siempre han tenido a un
tecladista que hace las veces de DJ cual banda de rap que funciona con samples.
Pero ahora, este sampleo se ve menos claro y su producción empezaba abarcar un
rango mucho más amplio. Aunque apenas lo advertí cuando la escuché por primera
vez. La verdad me gustó más porque tenía noticias frescas de Linkin Park que
porque en verdad fuera una canción buena. Así pues, cuando en los meses
siguientes los sencillos y los videos continuaron saliendo, no presté demasiada
atención. Sin darme cuenta de que el disco salió casi inmediatamente.
Hasta que un día, muchos
meses después “Burning In The Skies” apareció por ahí. Recuerdo que la escuché
de pasada, y que sólo me pareció familiar por la voz de Chester, porque por lo
otro no se parecía en nada a lo que tenía yo tan familiarizado. Y me gustó,
demasiado. Luego me hice del disco como pude y henos aquí.
El desastre de Fukushima
estaba fresco por esos días. La idea de que hubiera un desastre tipo Chernóbil
ya en pleno siglo XXI recuerdo que fue motivo de mucha discusión en las
noticias. Y de que el cuchillo de Damocles de la energía nuclear estaba siempre
pendiendo de todos, por alguna razón. Por eso, cuando escuché la voz de Robert
Oppenheimer en “The Radiance” la primera vez, supe que tenía que regresar a
verlo todo desde el principio y poner atención. Se me estaba escapando todo y no
concluía nada para entenderlo. Entonces, lo primero fue ver quién era
Oppenheimer. El Proyecto Manhattan hizo la primera bomba nuclear para vencer a
Japón en la Segunda Guerra Mundial, y Rober Oppenheimer como director dedicó
unas palabras, tan crípticas como ciertas, que decían: “sabíamos que el
mundo no iba a ser el mismo, algunas personas se rieron, otras lloraron, la
mayoría estaban callados. Recuerdo esa línea de la escritura hindú el Bhagavad
Gita, Vishnu está persuadiendo al Príncipe de que haga su deber, y para
impresionarlo, tomó su forma con múltiples brazos y dijo, ‘me he convertido en
Muerte, el destructor de los mundos’. Supongo que todos pensamos eso, de alguna
forma u otra.” Y ahí fue donde el concepto de A Thousand Suns cobró
sentido, porque Oppenheimer en otra ocasión hizo alusión al cataclismo nuclear
como si se juntara el equivalente al “brillo del mil soles, sería igual al
resplandor del Todopoderoso”.
Para este momento, “The
Requiem” había pasado sin pena ni gloria, pero también cobró sentido cuando
entendía que contenía versos de “The Catalyst” a modo de obertura. La sola idea
de tener dos introuducciones me pareció rara, porque sí se sentía un poco
tediosa la secuencia, hasta que “Burning In The Skies” aparecía. Y aunque ya
habíamos visto a Mike Shinoda cantar en Minutes to Midnight, acá era la
primera voz de la banda que lo hacía, con un tono desesperado y fingiendo una
falsa calma tranquilizadora. Pero regresemos un poco otra vez. Describir
canción por canción no ayuda mucho. Por la razón de que, aunque es un álbum
conceptual muy bien armado y estructurado, la verdad es que canción por canción
suena muy inconexo. Hay interludios, pasajes electrónicos ambient a mitad de
las canciones que no parece que tengan mucho sentido, y que probablemente fuera
lo que polarizó tanto a la crítica. Lo impresionante fue ver esa modalidad tan
compleja de armar un concepto para un disco en una banda como Linkin Park. De
entrada, relegada al melodrama y a la tendencia más comercial del Rock de
aquellos años. Con esto en mente y después de varios meses de escucha desde
entonces, A Thousand Suns está dividido en tres partes, como suites, de
cinco pistas cada una. Esto se nota por el cómo hay un silencio cuando termina
cada parte, y por cómo hay un seguimiento en la secuencia dentro de ellas.
Casi cada suite puede
tratar un tema en específico. Y así, aproximamos. Vemos que son tres etapas en
la evolución de una guerra nuclear o de cataclismo humanitario debido a esto. “The
Requiem” es la introducción al mismo, con los versos de “The Catalyst” cantados
como letanía, y da paso al humor completo del disco. “The Radiance”, por su
ritmo vertiginoso puede ser precisamente el punto entre una explosión nuclear y
el inmediato efecto que hay cuando recobramos la idea de qué es lo que pasó
exactamente. Con la voz de Oppenheimer más relevante que nunca, y con tambores
electrónicos haciendo un ritmo tribal. Aquí me di cuenta de algo, porque el uso
de sintetizadores nunca había creado tanta textura como antes en un
trabajo de Linkin Park. Aquí se palpan las resonancias de cada ataque al
tambor, y las líneas de teclado que hacen la forma de un tic tac del reloj
parecen como vidrios que se quiebran a cada golpe. La precisión en el detalle
es algo que advertí apenas en esta parte, pero que sería mucho más visible
luego. Entonces, “Burning In The Skies”. El ritmo de rock alternativo suave es
lo que predomina aquí. Con guitarras limpias, y voces no muy procesadas. Hay un
piano preponderante que con su limpieza le da mucha intimidad a una pista que
pintaba a sonar un poco mecánica. Sin embargo, las letras no son tan amigables
como lo es la música misma. Mike y Chester dan un panorama general de lo que
parece ser el desastre nuclear recién sucedido, con el verso iniciando “I
use the dead wood to make the fire rise, the blood of innocence burning in the
skies”. De manera alegórica, lo obvio es el mensaje a la niñez y la parte
desprotegida que siempre paga las consecuencias por actos de los adultos. La
verdad es que trata de la condición humana en general de forma más pesmista,
cuando en el segundo verso dice: “we held our breaths when the clouds began
to form, but you were lost in the beating of the storm, and in the end we were
made to be aparte, like separate chambers of the human heart”. Es oscura,
sin mucho lugar al optimismo. Después de un interludio bélico, en español por
cierto, en “Empty Spaces”, “When They Come For Me” viene a terminar la parte de
manera épica. Es el primer rap de Mike Shinoda que me gusta de verdad. El
enfoque electrónico es inmejorable aquí y suena de maravilla. La textura de
toda la pista es abrasiva y no da un solo respiro. La letra está más alejada
del concpeto del disco, pero su humor militar y al mismo tiempo como pagano la
vuelve la mejor pista de todo el disco. Es agresiva, y llena de contrastes. No
fue difícil entender como con cinco pistas en la primera parte, sólo tenías dos
canciones convencionales propiamente, las demás son interludios o bien pasajes
para sentar el ánimo.
“Robot Boy” inicia la
segunda parte, que junto con “Waiting For The End” tienen un ambiente más
optimista, pero a secas. No son mis favoritas del disco, definitivamente. Esta
parte más bien trata con las secuelas sociales que puede dejar un desastre así.
“Jornada del Muerto” es el desierto donde se hizo la prueba Trinity de la
primera bomba nuclear, a la que alude Oppenheimer, y al estar cantada en
japonés su referencia a las bombas caídas en Hiroshima y Nagasaki se vuelve
también obvia. “Blackout” puede llegar a ser por momentos muy cursi, y muy
contrastante. Entre su pretendida agresividad y su melodía la vuelven un momento
extraño en el álbum. Hasta ahora, esta segunda parte lidia con las
consecuencias morales de la situación, los dilemas morales que asoman cuando la
responsabilidad cae en los individuos. Detallan la mentira y la falta de ética.
Finalmente, “Wretches And Kings” habla del poder, de la forma en cómo una
situación límite lleva a todos a cuestionarse si las acciones de las personas
en el poder en verdad son las equitativas, y justas, para toda la población.
Usualmente este nunca es el caso, y de ahí que la canción tome ese ritmo vertiginoso,
muy similar al de “When They Come For Me”. Aquí también da un preámbulo de la
tercera parte en cuanto a que es un llamado a la justicia social de cierta
manera.
La última parte inicia
igual de oscura y reveladora al mismo tiempo que en “The Requiem”. “Wisdom,
Justice And Love” musicaliza un discurso dado por Martin Luther King Jr. en el
que habla sobre cómo la compensación moral por los hechos ocasionados por algo
que marca un giro enorme en nuestra comprensión de los valores no puede
simplemente sanarse con buena voluntad y justicia, sino que es algo que casi
nunca se resuelve del todo. Aquí están las palabras más claras de lo que dice
el disco o intenta decir. De que después de hacer y ver todas las atrocidades
que se cometen por orden de guerra, ni las consecuencias que tienen en las
familias y en las vidas de los demás pueden simplemente compensarse con cosas
obvias como “sabiduría, justicia y amor”, sino de que las huellas son mucho más
profundas, si es que se llegan a ver algún día. “Iridiscent” llega a poner una
nota mucho más optimista, la única completamente así, en la que la música y la
letra están en perfecta sincronización, tanto en humor como en estructura.
Fuera de contexto puede sonar muy cursi y predecible, pero en dentro del marco
del disco, cae como anillo al dedo en momentos muy oscuros para un disco
oscuro. “Fallout” es un interludio como lo fue “Jornada del Muerto” en el que
se repiten las frases de “Burning In The Skies”, para dar paso a “The
Catalyst”. Esta pieza da el sentir apocalíptico y resume no sólo esta parte del
álbum, sino al álbum mismo. La parte más humana está aquí en el que se tiene
que ver a futuro después de un cataclismo así, y de cómo las secuelas son las
que se quedan, más allá de las decisiones de aquellos en el poder, o de los
daños materiales que se tengan que reparar. También es una especie de análisis
sobre la negligencia de todos nosotros, o eso me gusta pensar. “The Messenger”
es inesperada, es acústica, completamente diferente a todas las pistas, en la
que la voz sin retoques de Chester suena limpia y sincera. Y aquí, la frase que
lo suma todo: “when life leaves us blind, love keeps us kind”. También
es de mis favoritas, por ser directa al punto, y por no dejarse llevar por una
producción tan maximalista como lo fue todo el disco, que aquí termina.
A Thousand Suns
fue un experimento que le costó a la banda cierta credibilidad. Credibilidad en
el sentido más frívolo posible, que es el que rige los gustos masivos y el
mercado musical. Tan es así que no volvieron a hacer algo semejante y en su
lugar utilizaron los elementos que desarrollaron en este disco para hacer
cambios más acordes a lo que la banda ya hacía. Menos pesados, menos
dramáticos, más enfocados en la escritura misma de las canciones. No me gusta
ver a este disco como uno de transición, que son tan comunes en las bandas.
Tiene un carácter propio y un significado más profundo del que se habla
siempre, si es que alguien ha vuelto a hablar de él.
Bueno, tal parece que estos días
se han escapado a nuestra comprensión. No hay precedente cercano a lo que está
sucediendo ahorita y todo parece apuntar a que estamos improvisando y tanteando
nuestra suerte como especie mientras cae una nueva revolución forzada en
nuestro pensamiento. La actual pandemia nos ha demostrado que muchas cosas
deben cambiar, ha desenmascarado a un sistema económico que trata a sus
empleados como basura cada vez más agresivamente pero que sin ellos toda su
maquinaria se cae como un castillo de naipes en un huracán. Hasta pareciera que
el virus fue hecho de modo que si no existe una colaboración genuina entre el
poder y el pueblo todo esto se puede ir a la alcantarilla en poco tiempo, y ese
es quizás el reto más importante que nuestra civilización ha afrontado. Hace
poco me topé con un artículo del Imperial College sobre los modelos de
mitigiación en el que el encabezado decía “We’re not going back normal”. En ese
preciso instante la frase de Oppenheimer de “we knew the world would not be
the same” vino a mi cabeza y volví a A Thousand Suns buscando la
sabiduría que creía tener cuando lo escuché por primera vez, topándome con el
muro rígido de la incertidumbre a estas alturas. Porque cualquier cosa que
podamos pensar como solución se nos escapa de las manos. Y porque ese
encabezado del Imperial College sólo corroboraba lo que ya estábamos
presintiendo, que las cosas a partir de ahora no iban a ser las mismas. Pero no
sólo eso, reacomodar el sistema económico es la parte más fácil, digan lo que
digan, lo verdaderamente importante es algo de lo que no tendremos noticia
hasta muchos años después, y es qué queda de nosotros como individuos en
sociedad. Qué valores nos regirán a partir de hoy. No pueden ser los mismos, el
disco lo dice, porque tal parece que la condición humana es estar separados como
los vasos en el corazón humano.
A Thousand Suns
reverberó en mi cabeza hoy más que nunca como una postal de lo que podía ser el
futuro, un futuro que yo imaginaba lejano y que nos está tocando ver de primera
mano frente a nuestros ojos. Hace diez años, cuando todo parecía no ir más allá
de lo normal. Para bien o para mal, cuando existe un cambio en nuestra forma de
pensar, radical, no puede existir éste sin primero purgar, por decirlo de
alguna forma, todas las cosas que nos describen en colectivo y que ya no pueden
continuar, o haremos esto un infierno aquí en la Tierra. Lo peor de todos
nosotros debe exponerse para poder ser evitado en el futuro, y para eso
habremos de enfrentar la cruda verdad de que aparte de crear y de ser los
motores del progreso somos los seres más perversos y mezquinos que habitan en
este planeta. Ya lo estamos viendo, desde nuestros gobernantes, desde la calle
en la que vivimos. Así, este disco está más vigente que nunca porque nunca
pensamos que algo así iba a ocurrir. Y la verdad sea dicha, las soluciones
quizás estén más allá de lo que nosotros vemos como obvio, tal cual dice la
banda en palabras de Martin Luther King Jr. Como dijo Bob Marley: “emancipate
yourselves from mental slavery, none but ourselves can free our minds”. Hoy más que nunca, espero que no nos
toque ver los estragos de mil soles ardiendo, pero quizás sólo así
encontraremos la luz suficiente para iluminar un futuro que se cae. ¿Al
Todopoderoso? Bueno, puede que también.

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