viernes, 3 de abril de 2020

Tokio Blues: Norwegian Wood

En una entrega anterior, hablé de mi primer acercamiento al escritor nipón Haruki Murakami, en aquella ocasión hablé del libro «Los años de peregrinación del chico sin color». En la reseña que ahora escribo, les hablo acerca de mi segundo acercamiento a autor, ahora a través del libro «Tokio Blues: Norwegian Wood». Se trata de una novela que no es necesaria para comprender al autor y sus pretensiones (porque, ¿qué es un escritor sin pretensiones?), mas es de gran ayuda para mostrar una de sus facetas.
La dinámica de la novela es diferente: se siente diferente desde el fuerte intento por conciliar la cultura oriental de su país con la cultura occidental que comenzaba una fuerte invasión en un Japón debastado por la guerra y el poder del átomo. Era un amplia posguerra, habían pasado algo más de 20 años y la nación del sol naciente tenía aún traumas que se reflejaban en la juventud que se escapaba de las cicatrices para salir a tomar las calles.
Por inicio de cuentas, la historia es protagonizada por Toru Watanabe, quien es un estudiante en una escuela de teatro de Tokio. Tres cuartas partes de la historia transcurren con Watanabe viviendo en una casa de estudiantes, dejando el resto de la historia al mismo Watanabe ahora viviendo en un cobertizo que rentaba. La historia comienza cuando un Toru ya mayor en edad, que inicia un largo viaje al pasado cuando escucha Norwegian Wood de The Beatles. Todos tenemos una canción que nos transporta a otra época: en este caso la canción de The Beatles llevó a Watanabe de viaje a los días de su juventud en que se perdía con Naoko en los trenes y estaciones del metro de Tokio. El viaje estuvo accidentado con varios topes en la memoria que le hicieron recordar cómo le prometió a Naoko que no la olvidaría; se lamentó tener que escuchar Norwegian Wood para poder llamar a Naoko de vuelta a su mente.
Desde el momento en que ella acude como un personaje a la historia, todo el tiempo transcurre como un ente de dimensión lineal, con excepción de los momentos en que es necesario usar la memoria para referirse a cualquier otro hecho que cobra relevancia. Entre los momentos a los que viajaba Watanabe en su memoria, con frecuencia se encontraban con los años de instituto cuando su mejor amigo era Kuzuki, quien además era el novio eterno de Naoko. Varias veces en la historia viaja al recuerdo de la última vez que jugó billar con él, la tarde anterior a la noche que él se suicidara. Por azares de la historia que se teje, varios años después Toru y Naoko se encontrarían en el metro de Tokio y juntos recorren las estaciones, sin saber cuál de todas esas sería la última vez que se verían juntos antes de que ella se recluyera en el sanatorio.
La primera ocasión que leí a Murakami, el autor mostraba una dominación espiritual que sostenía la historia, y ahora algo se sentía diferente en todo esto. El autor muestra una amplia influencia kafkiana que se manifiesta en la tragedia de los suyos y la eterna búsqueda de asegurar un futuro que ha partido lejos hace ya un tiempo. Junto con esos guiños, el autor se apropia de otros al incluir en las lecturas del protagonista La montaña mágica, un chiste de mal gusto cuando se dirige a visitar a Naoko en el sanatorio mental. Ahí conocen a Reiko (primero Naoko al ser su compañera de cuarto, y después Toru al visitrarlas), quien es un personaje que en una adaptación cinematográfica debe ser interpretado por Jane Lynch. En su habitación, después de todas las actividades recreativas en el sanatorio, las compañeras Reiko y Naoko se conocieron de más de una manera y llegaron a ser amigas, y en las tardes de lluvia cuando ya no había nada que hacer, era Reiko quien aprendía a tocar en guitarra cualquier canción después de haberla escuchado tres veces. Fue así como recibieron a Watanabe con una Fuga de Bach, después un popurrí de Simon & Garfunkel y de The Beatles; para entonces se le pedía permiso a Naoko para tocar Norwegian Wood que siempre la hacía llorar, y después cerrar tocando de nuevo esa Fuga de Bach. Tal vez esa era la razón por la que Norwegian Wood movía los recovecos de su memoria y siempre lo llevaba a los campos circundantes del sanatorio cuando le prometió que no la olvidaría.
La música vuelve a ser un elemento importante en la obra de Haruki Murakami, pero lo que le da a esta novela su título no es su obvia inclusión de la música como motor; se trata de ese compás que mueve a la historia: ese síncope improvisado del vaivén del protagonista en Tokio. Primero cuando a su llegada su compañero es Tropa-de-asalto, luego como compañero de parranda de Nagasawa y de manera incidental con Hatsumi —la novia de éste—, Midori Kobayashi como la chica medio loca que llega en el peor momento para desequilibrar su vida. Toru Watanabe ve la vida con Naoko apenas ella salga del sanatorio, no podía reñir con la idea de perderla a pesar de que Nagasawa lo llevara a conocer por el sexo fácil con las mujeres, ni cuando sintió el peso de todo el cariño que Midori sentía por él.
Volveré a leer a Murakami, ansioso.

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