Sí, es otra nota sobre los Arctic Monkeys. No es para menos, algo tenía que decirse, viendo en retrospectiva, sobre lo que su discografía pasada ha significado para que tengamos un Tranquility Base.
Han
estado en la mayoría de nuestras reuniones sociales, casi de facto,
querámoslo o no. Pero, antes
del Alex Turner crooner-a-lo-Sinatra,
hubo una banda de cuatro chavales que querían hacer música, de la
forma que sea, con nada más que guitarras, bajo y batería. El ideal
era sencillo, un grupo común, que misteriosamente pegó como ninguna
otra en la juventud de esta época. No decían nada que no se hubiera
dicho antes, sin embargo esa mezcla entre el aspecto apático y la
música enérgica pero desinteresada cayó como meteoro en la escena
mundial de los años 2000. Después de todo el espíritu juvenil
huele a eso: a apatía y vitalidad, llena de contrariedades como la
juventud misma. Aquel Whatever People Say I Am That’s
What I’m Not ya se considera
uno de los mejores discos de la década (aunque no me guste para
nada, personalmente) y catapultó al grupo como un fenómeno global,
fresco y esencial en su escucha. La ventaja, y es algo que yo
agradezco, es que Alex Turner y compañía no se durmieron en sus
laureles y al año siguiente ya entregaban un Favourite
Worst Nightmare que por mucho
(muchísimo) refinó el sonido de su predecesor y abrió el paso a
más influencias, con un
sample de Ennio Morricone en “505” y la
inclusión de un dance
marcado. La intensidad se ve en la duración de las canciones y, por
supuesto, logran enganchar. La novedad también fue que, aunque el
álbum es vívido, se nota cierta introspección, como nocturna, que
a partir de entonces iba a permear los siguientes lanzamientos.
Humbug y Suck
It And See fueron buenos
trabajos, el primero mejor que el segundo, y que contó con la
producción de Josh Homme de Queens of the Stone Age para
desencasillar un poco el sonido que la banda estaba tendiendo a
reciclar. El resultado fueron discos mucho más contemplativos, más
enfocados en la canción misma que en el ritmo y la intensidad y que
crecen en producción, con teclados, a veces sintetizadores,
eclécticos aún más en sus influencias. La banda nunca había sido
tan activa, y me cuesta encontrar a otra que haya evolucionado tanto
con cuatro lanzamientos en poco más de cinco años (Axl Rose tardó
dieciocho y no notamos mucho la diferencia, Tool es un enigma) y que
mantuvieran
más o menos la calidad y el arrastre de sus primeras grabaciones.
Y
es aquí cuando Leviatán atacó, porque cuando AM
salió a la venta fue para cuestionarlo todo. La
agrupación dejó los estudios y la comodidad europea y se mudó
definitivamente a Los Ángeles, ciudad del mal (no
por nada David Bowie dijo que debería ser borrada de la faz de la
tierra)
y la influencia es más que evidente.
Recuerdo que cuando salió “Do I Wanna Know?” como primer
sencillo todo voló. Era un
cambio, quizás no tan radical, contundente. Las guitarras eran
gruesas y la batería había sido mezclada casi como un beat de rap.
La letra era sincera, demasiado, y se volvió un himno (sí,
emblemática) del despecho. La introspección que inició en el
Favourite Wirst Nightmare
nunca se había visto tan oscura, y cuando anunciaron el título del
disco y la portada, entendimos que sería un disco para la noche.
Alienó a muchos fans, sí, pero ganó otros por montones. Se
presentó a la banda como dandies del indie rock, el Alex Turner todo
ñoñazo de “I Bet You Look Good on the Dance Floor” se había
ido para siempre y daba pauta al Elvis que marcó esa etapa. La
canción es buenísima, cruda (lírica y musicalmente) hasta los
rincones pero no por eso no está bien producida, James Ford ha sido
el artífice de esta evolución y nadie más que él entiende la
misma dinámica. Para haber sido lanzada en el verano apuntaba a algo
completamente ajeno
a esos hits de temporada. Tres meses después del
lead single vimos por fin con
todo detalle qué había pasado. El giro diametral fue lo que se
esperaba y mucho más.
En
su momento no fue un disco fácil de escuchar. Aunque muchos digan lo
contrario. Apuesta por una mezcla sonora muy alejada a lo que una
banda de indie rock acostumbra a hacer. “Do
I Wanna Know?” ocupa el lugar que le compete por
excelencia y abre el disco
abrumadoramente. Es un choque de nostalgia rabiosa, acentuada por el
hecho de que Alex Turner rompió con la modelo que era entonces su
pareja, y que ya de por sí deja un amargo sabor de boca. En
aquel año también vimos el regreso de QOTSA en ...Like
Clockwork que también es oscuro
y que contó con Turner como invitado especial, uno no hubiera
pensado que la influencia del stoner rock mermara tanto en la
grabación del AM pero
la verdad es que sí, y mucho. “R U Mine?” es quizás la más
pesada de todo la grabación, con
guitarras aún más gruesas que la pista anterior y con riffs
certeros que dan espacio para respirar sólo cuando escuchamos
la voz (ebria acaso) de Turner para repetir el coro en acapella. Es
una de las pistas mejor logradas, con la batería galopante que, no
es broma, crea esa imagen perfecta de ir en el desierto en un
Cadillac al atardecer. Cuando Alex turner dio imagenes muy
suerralistas para describir el disco no se equivocaba, es exactamente
lo que evoca uno cuando lo escucha. Los
versos
empiezan a tener un tono irónico, sentimental (no ardido) llenas de
las fases contradictorias del post-rompimiento. En otra entrevista
Turner mencionó que el disco tendría cierta vibra que recuerda los
beats de Dr. Dre, pero, y cito, “le dimos un corte de
hongo tipo Ike Turner y lo mandamos a galopar en el desierto con una
Stratocaster”. Les
digo, imágenes muy concretas. Y es en “One for the Road” donde
ese ambiente hip-hop se nota más. Las armonías que recuerdan a un
coro soul de mujeres empiezan tomar una parte importante del trabajo
y el resultado es una canción de bajo calibre pero increíblemente
atrayente. Lenta y concisa, un momento bajo que da un descanso un
poco adelantado. Para cuando “Arabella” entra en escena es para
juntar todos los sonidos que hemos escuchado hasta entonces y los
derrite mezclando la influencia stoner con las bases de Dre. Es
pesada, es directa, es
reposada. Quizás una segunda parte mejor hecha de “One for the
Road”, las letras son muy provocadoras,
con un Alex Turner cantando: “she wraps her lips ‘round
a Mexican coke and makes you wish you were the bottle”, una
frase sensual por montones que graba la imagen en nuestras cabezas de
inmediato, como veremos más adelante con
otros ejemplos. Y sí, los
Arctic plagiaron a Black Sabbath, yo no veo el pedo ahí. Las
siguientes pistas quizás sean la parte más flaca del disco, con “I
Want It All” y “Fireside” mostrando un punto medio entre esa
agresividad que enganchaba de las pistas iniciales, que no termina de
cuajar, y “No. 1 Party Anthem” y “Mad Sounds” como baladas
casi folk que juntas dividen al disco en dos mitades. Para bien o
para mal, creo que esas canciones son necesarias, pero
definitivamente pudieron ser mucho mejor producidas.
Para
cuando “Fireside” llega lo hace de forma tan predecible que ya no
sorprende tanto, al final. Y ahora, los hitazos. “Why’d You Only
Call Me When Your High?” es oro puro. Es un beat pegajoso con
guitarras que hacen juego perfecto y con un bajo en esteroides que
resalta lo más importante, el ritmo. El coro es divertido y las
imágenes de sus letras vuelven a ser sugerentes, en
extremo reales.
Es una de las mejores pistas de todo el disco y aunque se aleja
completamente a lo que han hecho hasta entonces el resultado es
inmejorable, también es casi un himno de juventud. Igualmente
nocturna, por supuesto. “Snap
Out of It” es un piano rock bien logrado. Con un coro pegajoso y un
puente con las armonías ya mencionadas, Alex Turner tiene cierto
aire de crooner, como anticipando al Tranquility Base.
“Knee Socks” es la joya de la corona, por derecho
propio. Toda la esencia del
disco está contenida ahí y en “Arabella”, la última
ejemplifica el lado distorsionado que evoca el desierto y la primera
es la imagen de la noche misma. Y es que ya la letra es
impresionante, deja más
preguntas que respuestas, y aunque uno puede decir con justa razón
que parece más bien desvaríos de un excéntrico, la verdad es que
las instantáneas que creó en mi cabeza son difíciles de olvidar.
“When the zeros line upon the twenty-four hour clock,
when you know who’s calling even though the number is locked”
es un coro más que memorable, porque recuerda esas sensaciones que
hemos tenido todos cuando pasamos por lo que Turner pasaba entonces,
las premoniciones, la paranoia, el deseo irremisible. “When
you walked around the house wearing my sky blue Lacoste and your knee
socks” es una línea que ya se
merece todos los premios. Joselo Rangel de Café Tacuba le agradecía
por la imagen que le creó
ese verso, y en vista de esto
la verdad yo también. Josh
Homme hace su aparición cantando unos coros gigantes y lejanos que
hacen a la pista todavía más intrigante. Una
colaboración magnífica aunque dure sólo el último coro.
Para finalizar “I Wanna Be Yours” es una balada inusual para la
banda, pero no por eso es menos interesante. Aunque la letra no es de
ellos, el poema que musicalizaron ya es muy del estilo. “If
you like your coffee hot, let me be your coffee pot”, ¿lo
ven? A esto me refiero. La canción cierra perfecto, con una
sensación de inexplicabilidad que es ya la que inunda toda la
grabación, de por sí.
Por
supuesto fue un lanzamiento controvertido. Tenía que ser. Es un giro
de 180° a lo que había hecho la banda hasta entonces. Aquí no
existe el frenesí de “Brainstorm” o la melancolía de todo el
Suck It And See, es
algo completamente distinto. Es un buen disco para cuando se está
solo, pero también lo es para cuando uno está acompañado, casi
siempre en plan de fiesta. Son situaciones
que a priori no quedan juntas en contexto alguno. Porque
aunque tiene el humor de parranda segura, las letras dicen casi lo
contrario. Es un álbum que explora distintos humores pero
generalmente
con la misma actitud. Se ha vuelto emblemático por distintas
razones, cayó en un momento un poco heterodoxo a la hora de escuchar
música, con el EDM en su mejor momento, con esta ola de rap
empezando a despegar y con el rock más estático que nunca. Sí
redefinió un poco lo que uno podría esperar de una banda así.
Recordemos que nos tenían acostumbrados a lanzamientos que tardaban
máximo dos años, uno muy seguido del otro y que iban marcando pauta
cada cual. No era tan sencillo digerir algo así. La
controversia polarizó a los fanáticos, todavía es común escuchar
gente que detesta al disco sin más y gente que lo pone en sus
fiestas a como dé lugar. Era también predecible. Y es que como
digo, ya encapsula un tiempo muy preciso, es casi el disco que marcó
el año, bueno o malo. Los críticos lo amaron, el consenso fue casi
general. La producción voluptuosa pero confidente le daba un
carácter muy extraño, como algo que no entendemos del todo pero nos
gusta, tal vez porque la verdad lo entendemos tan bien que nos cuesta
trabajo verlo. Así funciona con discos como
éste, la mayoría son
arriesgados y caen al precipicio, otros envejecen con gracia, y
aunque algunos dicen que es uno de los trabajos con menos inventiva
en lo que va de la década, yo veo que ya la etiquetó.
El
tiempo apremia y es probable que tengamos mucho de qué hablar
todavía más en los años venideros sobre los Arctic Monkeys. Ahora
estamos inundados de publicaciones porque, no los culpo, tardaron
cinco años en hacer el sucesor del AM.
Supongo que era previsible,
cinco discos en siete años se dice fácil. Pero no sólo es eso,
también la banda tuvo que reinventar
de alguna
lo que tenía que hacer para tener la solvencia musical que siempre
los ha caracterizado. Es complicado. En AM
vimos un poco la transformación de la banda a
un conjunto de músicos que tocan las canciones que Alex Turner les
da. El disco es de los Arctic Monkeys pero está muy arraigado al
mismo Alex Turner. No me malentiendan, siempre habrá líderes en las
bandas,
pero de eso a volverla un proyecto casi solista es algo muy distinto,
que vimos culminado en el Tranquility Base,
donde Turner toca prácticamente todo con Jamie Cook y Nick O’Malley
haciendo rara vez aparición. Por lo pronto, quizás la banda
original haya terminado aquí, en el AM,
porque quién sabe cuándo volvamos a ver esta creatividad juvenil
que hizo de la agrupación
una de las últimas que marcaron toda una generación. En este
mundo perecedero es difícil encontrar algo así, y a como va la
década no se me ocurre aquella que sea La Banda, la que haga que
todos canten al unísono discos enteros y no sólo creen una
experiencia de cuarenta-y-tantos minutos, sino que en realidad se
impregne en nuestra memoria colectiva. Simplemente ya no hay grupos
así, al menos no en estos últimos diez años. Josh Homme escribió
en “...Like Clockwork”: “One thing that is clear is
all down hill from here”. Si
una frase pudiera resumir lo que nos toca por ver para los
Arctic Monkeys quizás sería
esa. De todas formas, discos como el AM
siempre se agradecen. Siempre.

No hay comentarios:
Publicar un comentario