miércoles, 13 de junio de 2018

Arctic Monkeys - AM




Sí, es otra nota sobre los Arctic Monkeys. No es para menos, algo tenía que decirse, viendo en retrospectiva, sobre lo que su discografía pasada ha significado para que tengamos un Tranquility Base.
Han estado en la mayoría de nuestras reuniones sociales, casi de facto, querámoslo o no. Pero, antes del Alex Turner crooner-a-lo-Sinatra, hubo una banda de cuatro chavales que querían hacer música, de la forma que sea, con nada más que guitarras, bajo y batería. El ideal era sencillo, un grupo común, que misteriosamente pegó como ninguna otra en la juventud de esta época. No decían nada que no se hubiera dicho antes, sin embargo esa mezcla entre el aspecto apático y la música enérgica pero desinteresada cayó como meteoro en la escena mundial de los años 2000. Después de todo el espíritu juvenil huele a eso: a apatía y vitalidad, llena de contrariedades como la juventud misma. Aquel Whatever People Say I Am That’s What I’m Not ya se considera uno de los mejores discos de la década (aunque no me guste para nada, personalmente) y catapultó al grupo como un fenómeno global, fresco y esencial en su escucha. La ventaja, y es algo que yo agradezco, es que Alex Turner y compañía no se durmieron en sus laureles y al año siguiente ya entregaban un Favourite Worst Nightmare que por mucho (muchísimo) refinó el sonido de su predecesor y abrió el paso a más influencias, con un sample de Ennio Morricone en “505” y la inclusión de un dance marcado. La intensidad se ve en la duración de las canciones y, por supuesto, logran enganchar. La novedad también fue que, aunque el álbum es vívido, se nota cierta introspección, como nocturna, que a partir de entonces iba a permear los siguientes lanzamientos. Humbug y Suck It And See fueron buenos trabajos, el primero mejor que el segundo, y que contó con la producción de Josh Homme de Queens of the Stone Age para desencasillar un poco el sonido que la banda estaba tendiendo a reciclar. El resultado fueron discos mucho más contemplativos, más enfocados en la canción misma que en el ritmo y la intensidad y que crecen en producción, con teclados, a veces sintetizadores, eclécticos aún más en sus influencias. La banda nunca había sido tan activa, y me cuesta encontrar a otra que haya evolucionado tanto con cuatro lanzamientos en poco más de cinco años (Axl Rose tardó dieciocho y no notamos mucho la diferencia, Tool es un enigma) y que mantuvieran más o menos la calidad y el arrastre de sus primeras grabaciones.

Y es aquí cuando Leviatán atacó, porque cuando AM salió a la venta fue para cuestionarlo todo. La agrupación dejó los estudios y la comodidad europea y se mudó definitivamente a Los Ángeles, ciudad del mal (no por nada David Bowie dijo que debería ser borrada de la faz de la tierra) y la influencia es más que evidente. Recuerdo que cuando salió “Do I Wanna Know?” como primer sencillo todo voló. Era un cambio, quizás no tan radical, contundente. Las guitarras eran gruesas y la batería había sido mezclada casi como un beat de rap. La letra era sincera, demasiado, y se volvió un himno (sí, emblemática) del despecho. La introspección que inició en el Favourite Wirst Nightmare nunca se había visto tan oscura, y cuando anunciaron el título del disco y la portada, entendimos que sería un disco para la noche. Alienó a muchos fans, sí, pero ganó otros por montones. Se presentó a la banda como dandies del indie rock, el Alex Turner todo ñoñazo de “I Bet You Look Good on the Dance Floor” se había ido para siempre y daba pauta al Elvis que marcó esa etapa. La canción es buenísima, cruda (lírica y musicalmente) hasta los rincones pero no por eso no está bien producida, James Ford ha sido el artífice de esta evolución y nadie más que él entiende la misma dinámica. Para haber sido lanzada en el verano apuntaba a algo completamente ajeno a esos hits de temporada. Tres meses después del lead single vimos por fin con todo detalle qué había pasado. El giro diametral fue lo que se esperaba y mucho más.

En su momento no fue un disco fácil de escuchar. Aunque muchos digan lo contrario. Apuesta por una mezcla sonora muy alejada a lo que una banda de indie rock acostumbra a hacer. “Do I Wanna Know?” ocupa el lugar que le compete por excelencia y abre el disco abrumadoramente. Es un choque de nostalgia rabiosa, acentuada por el hecho de que Alex Turner rompió con la modelo que era entonces su pareja, y que ya de por sí deja un amargo sabor de boca. En aquel año también vimos el regreso de QOTSA en ...Like Clockwork que también es oscuro y que contó con Turner como invitado especial, uno no hubiera pensado que la influencia del stoner rock mermara tanto en la grabación del AM pero la verdad es que sí, y mucho. “R U Mine?” es quizás la más pesada de todo la grabación, con guitarras aún más gruesas que la pista anterior y con riffs certeros que dan espacio para respirar sólo cuando escuchamos la voz (ebria acaso) de Turner para repetir el coro en acapella. Es una de las pistas mejor logradas, con la batería galopante que, no es broma, crea esa imagen perfecta de ir en el desierto en un Cadillac al atardecer. Cuando Alex turner dio imagenes muy suerralistas para describir el disco no se equivocaba, es exactamente lo que evoca uno cuando lo escucha. Los versos empiezan a tener un tono irónico, sentimental (no ardido) llenas de las fases contradictorias del post-rompimiento. En otra entrevista Turner mencionó que el disco tendría cierta vibra que recuerda los beats de Dr. Dre, pero, y cito, “le dimos un corte de hongo tipo Ike Turner y lo mandamos a galopar en el desierto con una Stratocaster”. Les digo, imágenes muy concretas. Y es en “One for the Road” donde ese ambiente hip-hop se nota más. Las armonías que recuerdan a un coro soul de mujeres empiezan tomar una parte importante del trabajo y el resultado es una canción de bajo calibre pero increíblemente atrayente. Lenta y concisa, un momento bajo que da un descanso un poco adelantado. Para cuando “Arabella” entra en escena es para juntar todos los sonidos que hemos escuchado hasta entonces y los derrite mezclando la influencia stoner con las bases de Dre. Es pesada, es directa, es reposada. Quizás una segunda parte mejor hecha de “One for the Road”, las letras son muy provocadoras, con un Alex Turner cantando: “she wraps her lips ‘round a Mexican coke and makes you wish you were the bottle”, una frase sensual por montones que graba la imagen en nuestras cabezas de inmediato, como veremos más adelante con otros ejemplos. Y sí, los Arctic plagiaron a Black Sabbath, yo no veo el pedo ahí. Las siguientes pistas quizás sean la parte más flaca del disco, con “I Want It All” y “Fireside” mostrando un punto medio entre esa agresividad que enganchaba de las pistas iniciales, que no termina de cuajar, y “No. 1 Party Anthem” y “Mad Sounds” como baladas casi folk que juntas dividen al disco en dos mitades. Para bien o para mal, creo que esas canciones son necesarias, pero definitivamente pudieron ser mucho mejor producidas. Para cuando “Fireside” llega lo hace de forma tan predecible que ya no sorprende tanto, al final. Y ahora, los hitazos. “Why’d You Only Call Me When Your High?” es oro puro. Es un beat pegajoso con guitarras que hacen juego perfecto y con un bajo en esteroides que resalta lo más importante, el ritmo. El coro es divertido y las imágenes de sus letras vuelven a ser sugerentes, en extremo reales. Es una de las mejores pistas de todo el disco y aunque se aleja completamente a lo que han hecho hasta entonces el resultado es inmejorable, también es casi un himno de juventud. Igualmente nocturna, por supuesto. “Snap Out of It” es un piano rock bien logrado. Con un coro pegajoso y un puente con las armonías ya mencionadas, Alex Turner tiene cierto aire de crooner, como anticipando al Tranquility Base. “Knee Socks” es la joya de la corona, por derecho propio. Toda la esencia del disco está contenida ahí y en “Arabella”, la última ejemplifica el lado distorsionado que evoca el desierto y la primera es la imagen de la noche misma. Y es que ya la letra es impresionante, deja más preguntas que respuestas, y aunque uno puede decir con justa razón que parece más bien desvaríos de un excéntrico, la verdad es que las instantáneas que creó en mi cabeza son difíciles de olvidar. “When the zeros line upon the twenty-four hour clock, when you know who’s calling even though the number is locked” es un coro más que memorable, porque recuerda esas sensaciones que hemos tenido todos cuando pasamos por lo que Turner pasaba entonces, las premoniciones, la paranoia, el deseo irremisible. “When you walked around the house wearing my sky blue Lacoste and your knee socks” es una línea que ya se merece todos los premios. Joselo Rangel de Café Tacuba le agradecía por la imagen que le creó ese verso, y en vista de esto la verdad yo también. Josh Homme hace su aparición cantando unos coros gigantes y lejanos que hacen a la pista todavía más intrigante. Una colaboración magnífica aunque dure sólo el último coro. Para finalizar “I Wanna Be Yours” es una balada inusual para la banda, pero no por eso es menos interesante. Aunque la letra no es de ellos, el poema que musicalizaron ya es muy del estilo. If you like your coffee hot, let me be your coffee pot”, ¿lo ven? A esto me refiero. La canción cierra perfecto, con una sensación de inexplicabilidad que es ya la que inunda toda la grabación, de por sí.

Por supuesto fue un lanzamiento controvertido. Tenía que ser. Es un giro de 180° a lo que había hecho la banda hasta entonces. Aquí no existe el frenesí de “Brainstorm” o la melancolía de todo el Suck It And See, es algo completamente distinto. Es un buen disco para cuando se está solo, pero también lo es para cuando uno está acompañado, casi siempre en plan de fiesta. Son situaciones que a priori no quedan juntas en contexto alguno. Porque aunque tiene el humor de parranda segura, las letras dicen casi lo contrario. Es un álbum que explora distintos humores pero generalmente con la misma actitud. Se ha vuelto emblemático por distintas razones, cayó en un momento un poco heterodoxo a la hora de escuchar música, con el EDM en su mejor momento, con esta ola de rap empezando a despegar y con el rock más estático que nunca. Sí redefinió un poco lo que uno podría esperar de una banda así. Recordemos que nos tenían acostumbrados a lanzamientos que tardaban máximo dos años, uno muy seguido del otro y que iban marcando pauta cada cual. No era tan sencillo digerir algo así. La controversia polarizó a los fanáticos, todavía es común escuchar gente que detesta al disco sin más y gente que lo pone en sus fiestas a como dé lugar. Era también predecible. Y es que como digo, ya encapsula un tiempo muy preciso, es casi el disco que marcó el año, bueno o malo. Los críticos lo amaron, el consenso fue casi general. La producción voluptuosa pero confidente le daba un carácter muy extraño, como algo que no entendemos del todo pero nos gusta, tal vez porque la verdad lo entendemos tan bien que nos cuesta trabajo verlo. Así funciona con discos como éste, la mayoría son arriesgados y caen al precipicio, otros envejecen con gracia, y aunque algunos dicen que es uno de los trabajos con menos inventiva en lo que va de la década, yo veo que ya la etiquetó.

El tiempo apremia y es probable que tengamos mucho de qué hablar todavía más en los años venideros sobre los Arctic Monkeys. Ahora estamos inundados de publicaciones porque, no los culpo, tardaron cinco años en hacer el sucesor del AM. Supongo que era previsible, cinco discos en siete años se dice fácil. Pero no sólo es eso, también la banda tuvo que reinventar de alguna lo que tenía que hacer para tener la solvencia musical que siempre los ha caracterizado. Es complicado. En AM vimos un poco la transformación de la banda a un conjunto de músicos que tocan las canciones que Alex Turner les da. El disco es de los Arctic Monkeys pero está muy arraigado al mismo Alex Turner. No me malentiendan, siempre habrá líderes en las bandas, pero de eso a volverla un proyecto casi solista es algo muy distinto, que vimos culminado en el Tranquility Base, donde Turner toca prácticamente todo con Jamie Cook y Nick O’Malley haciendo rara vez aparición. Por lo pronto, quizás la banda original haya terminado aquí, en el AM, porque quién sabe cuándo volvamos a ver esta creatividad juvenil que hizo de la agrupación una de las últimas que marcaron toda una generación. En este mundo perecedero es difícil encontrar algo así, y a como va la década no se me ocurre aquella que sea La Banda, la que haga que todos canten al unísono discos enteros y no sólo creen una experiencia de cuarenta-y-tantos minutos, sino que en realidad se impregne en nuestra memoria colectiva. Simplemente ya no hay grupos así, al menos no en estos últimos diez años. Josh Homme escribió en “...Like Clockwork”: “One thing that is clear is all down hill from here”. Si una frase pudiera resumir lo que nos toca por ver para los Arctic Monkeys quizás sería esa. De todas formas, discos como el AM siempre se agradecen. Siempre.

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