El
rock alternativo ha cambiado tanto que no se sabría ni por dónde
empezar. Desde que R.E.M. y los Smiths dieron un salto a lo fugaz con
sus canciones el panorama ha evolucionado irremisiblemente a lo
incalculable. Y es que no ha sido para menos, todas estas bandas han
estado muy ligadas a la contracultura, a la libertad creativa. De
alguna forma los grupos y los artistas de aquel entonces nos
demostraron que no se necesitaba seguir una línea de marketing voraz
para que la música fuera exitosa, lo era por sí misma. Después de
eso hemos visto pasar una cantidad gigantesca de discos memorables,
otros no tanto, que han moldeado géneros y generaciones completas.
Desde Nirvana, My Bloody Valentine, Radiohead, Muse, los Strokes,
Interpol, Arcade Fire, Franz Ferdinand y, claro, los Foals.
Quizás
en menor grado que otras bandas, cuando los Foals salieron a escena
con su singlar debut Antidotes,
el indie rock volvió
a saborear el sonido de una banda que mantenía intactos sus
principios creativos de sus inicios. Era math rock amigable, con
síncopas y ritmos cambiantes que armonizaban unas guitarras, jugando
con armonías casi infantiles. Tenía momentos épicos, agresivos,
pero al mismo tiempo fríos y reposados. Era una combinación
bastante concreta
y que prometía muchísimo. Con el tiempo y un par de discos, la
banda consolidaría ese sonido y lo sabría llevar de una manera
impresionante en los conciertos en vivo. Y es que, aquel debut es un
Franz Ferdinand, un
Funeral, un Turn
on the Bright Lights, atemporal,
siempre moderno. Por eso
mismo, y como aquellas agrupaciones, el despegue los catapultó a lo
que fue su cumbre y, como dijo Serrat, tuvo
a ser cuesta abajo el resto del camino. Era muy difícil mantener ese
ritmo, esa intensidad, y el resultado fue un Total Life
Forever que se relegó a un
lanzamiento menor. Sin embargo, y aquí entramos, después de unos
años Holy Fire vino a
llenar de combustible ese cohete que caía a la deriva.
Holy
Fire es genial, así de
sencillo. Por muchas razones. Para empezar fue producido por Flood y
Alan Moulder, ambos productores veteranos que desde los ochentas han
ayudado a crear obras maestras, desde un Violator de
Depeche Mode o un Downward Spiral de
Nine Inch Nails, a un Sam’s Town que
ha sido injustamente infravalorado. Ellos de alguna forma han
moldeado el sonido alternativo desde los noventas con una visión
sónica muy distinta a lo que se acostumbraba, y también
hicieron
que podamos escuchar trabajos fantásticos completamente
ajenos a todo eso que inunda la radio. La
hazaña que hicieron en Holy
Fire es palpable y se nota a
leguas la distancia entre su debut y ésta entrega. Luego, aunque el
disco mantiene una simpleza y un sonido reposado, más ligero, el
groove y la atmósfera se mantienen impecables y ninguna choca con la
otra. La banda se fue alejando de los excesos del math rock y nos
regalaron algo que le puede gustar tanto al más puritano como al
ajeno sin remedio. La dinámica se mueve entre ritmos fáciles y
coros para las arenas. Es una montaña rusa que no da espacio a la
predicción fácil, y sin embargo suena bastante uniforme durante los
más de cuarenta minutos que ensalza.
Desde la introducción en “Prelude” vemos esa agresividad pasiva
de la que hablo y logran con creces sentar precedente al crear
expectativa. Ahora, “Inhaler” llega aprovechando el subidón y lo
lleva a otro nivel, con un coro tan abrasivo que no da lugar para
respirar, es una de las mejores pistas del disco, es intensa y a la
vez brillante. Aquel 2013 estuvo muy marcado por la influencia disco
y funk en las grabaciones, “My Number” es el primer ejemplo de
esto, un éxito total,
y es que el ritmo es bailable pero recuerda a otra época; aquí la
guitarra es la que guía toda la cosa y cumple
la proeza de crear un coro para grandes conciertos. Aunque el disco
tiene varias pistas que pudieran considerarse baladas, “Bad Habit”
no es mero sentimentalismo, da un descanso a lo grandilocuente.
Luego, vemos que “Everytime” continúa con lo que “My Number”
dejó, una versión tranquila de “Inhaler”
por decirlo de alguna forma, y que llega a un clímax que asombra.
Cuando pasamos a “Late Night” sólo confirmamos el aire funk que
apadrina a toda la grabación, porque es un funk lento (de esos que
no se bailan hace tiempo) que con un solo de guitarra menos catártico
controlan la atmósfera y entregan una pista impresionante, algo que
nunca hubiera imaginado a alguien que los escuchó por primera vez
hace diez años. Si bien, “Late Night” es un poco oscura, “Out
of the Woods” sale a ver la luz del día y es otra canción muy
buena, que funciona como fondo o como escucha consciente. Y
ahora, mi favorita personal, “Milk & Black Spiders” combina
lo mejor de todas estas partes; con un ritmo rápido pero agradable,
con una letra directa al punto y un puente que genera un arranque
inmejorable, el final es arrollador y una belleza, ahí es nada.
Dedíquensela a alguien, que valga mucho la pena, háganlo. Después
de unos momentos de
tranquilidad (hotel y casino),
“Providence” regresa a lo agresivo, con la que probablemente sea
la más abrasiva de todas las canciones del disco. Por momentos
recuerda a los tiempos de sus primeras grabaciones. Para
finalizar, “Stepson” y “Moon” resumen lo que he tratado
anteriormente, con la primera siendo un modo tribal de mostrarlo, y
la última como una conmovedora balada cuyos arreglos ambient son
magníficos.
Ahora
bien, el disco es buenísimo por las razones que mencioné antes.
Pero no sólo por eso. Es así porque logra encapsular todo lo que un
buen disco debe tener. Tiene sus momentos álgidos, aquellos que no
lo son tanto, y otros en los que la tranquilidad sienta bien. Es algo
que no se da siempre, la cohesión entre las canciones permiten que
podamos escucharlo en cualquier momento que nos encontremos y el
resultado viene siendo el mismo. Es difícil encontrar una obra así,
que no sólo se mantenga por sí misma, sino que sea fiel a lo que en
un principio proponían como banda. Es complicado de seguir y,
sobretodo, de lograr. Aquel año fue cumbre para los Foals, porque
entendieron todo aquello que necesitaban para lograr un trabajo
completo y contenido en sí mismo. Para cuando What Went
Down llegó, la fórmula no sólo
había sido descubierta, también fue perfeccionada. Nada más
sencillo e imposible de lograr.
Cuando
los escuché por primera vez yo era alérgico al indie rock, estaba
cansado de la pretensión de las bandas, o quizás de quienes los
escuchaban, y prefería buscar otras cosas. Fue hasta que una amiga
me los recomendó y me atrapó. A partir de entonces empecé a buscar
más bandas y entendí que tuve siempre en mis narices todo un mundo
por conocer. Que en cierta medida ha estado marcado por el
exceso, los ideales de juventud o la carencia de ellos, la
experimentación y la repetición descarada. De alguna forma aquel
disco fue muy importante para lo que pude escuchar después, porque
entendí que las influencias variaban y era cuestión de suerte
encontrar algo que de verdad valiera la pena. El sólo acto de
escucharlo significó abrir una puerta que no entendía del todo y
que había pasado por alto. Como he dicho antes, el 2013 fue un año
impresionante para la música, porque nos libramos de cosas que no
necesitábamos escuchar, pero encontramos otras que en estos cinco
años terminaron hartándonos. No
imagino la música actual sin estos lanzamientos.
Supongo
que nunca podré pagarle aquella amiga el favor que me hizo al
hacerme escuchar a los Foals por primera vez. Quién hubiera dicho
que estaría escribiendo esto sobre ellos cinco años después, ya
más viejo, en teoría. La
vida es así, supongo. Y siempre se agradece.

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