En
los rincones de mi memoria ya tenía la impresión de haber leído
este libro con anterioridad. Mis recuerdos no me engañaron y
encontré una pequeñísima reseña que preparé en ese tiempo para
un grupo de lectura que comparto con algunos amigos; esto de aquí es
una reseña también para el grupo de lectura (guiño, guiño). Existe
una maldición (?) que me persigue cuando regalo un libro, y es que
cuando lo hago siempre vuelve a mí con diferente edición; después
de varias incidencias es que he tomado una medida como precaución:
cada que regalo un libro le incluyo dedicatoria.
Regalé
El
principio del placer
hace algunos años y en sus primeras páginas incluí una nota que
llené de muchísimo cariño para la persona que le regalaría el
libro. Hace pocos días volvió a mí el libro en una edición más
nueva. En esta entrada del blog quisiera hablar de la otredad, del
Claudio que compró el libro en un puesto hace algunos años, y del
Claudio que recibió el libro ahora. Junto con la maldición que me
persigue cuando regalo libros, debo añadir que se me olvidan las
tramas de los libros al poco tiempo de leerlos, por lo que al
releerlos me llevo gratas sorpresas siempre.
La
reseña que escribí hace algunos años la inicié así: «Hay
básicamente dos maneras de decir las cosas: de golpe y como se debe.
A la hora de querer escuchar alguna, yo opto por la tercera: como
José Emilio Pacheco». Ahora mantengo lo que digo, y Langerhaus
es esa primera historia que se me viene a la mente cuando hablamos de
la otredad, pues en ella encontré historias de fantasmas la primera
vez, mientras que ahora en la segunda me parece evidente cómo el
olvido es un arma poderosa, y cómo la memoria es un arma falible
(por decirlo poco), como sea que se le quiera ver.
El
principio del placer,
la novela corta que comparte título con el libro, nos muestra a
Jorge, y me recuerda que yo soy casi diez años mayor que el Jorge
que retrata José Emilio Pacheco, parece tan actual esa historia
tanto cuando López Mateos era presidente como cuando yo estaba en
secundaria. Uno puede diseccionar a esa novela corta en cada uno de
sus órganos.
En
el cuento La
zarpa
se muestra la historia con un punto de vista retorcido acerca del
significado de la amistad. La
fiesta brava
es un cuento dentro de otro cuento, y a la vez son dos historias que
transcurren de manera casi paralela; una no existe sin la otra y se
vuelve una responsabilidad del lector llegar a la intersección; es una
de las historias que sirven como guía de viajes en la Ciudad de
México.
Terminamos
con Tenga
para que se entretenga
y Cuando
salí de La Habana, válgame Dios.
Un par de auténticas historias de fantasmas. Nos ponen la piel de
gallina, y sin embargo despiertan un miedo que requiere dos o tres
leídas más para concretarse.
Hasta
aquí mi reporte, ya luego veremos cómo lo describo cuando lo lea
por tercera vez.


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