viernes, 27 de diciembre de 2019

El principio del placer

En los rincones de mi memoria ya tenía la impresión de haber leído este libro con anterioridad. Mis recuerdos no me engañaron y encontré una pequeñísima reseña que preparé en ese tiempo para un grupo de lectura que comparto con algunos amigos; esto de aquí es una reseña también para el grupo de lectura (guiño, guiño). Existe una maldición (?) que me persigue cuando regalo un libro, y es que cuando lo hago siempre vuelve a mí con diferente edición; después de varias incidencias es que he tomado una medida como precaución: cada que regalo un libro le incluyo dedicatoria.
Regalé El principio del placer hace algunos años y en sus primeras páginas incluí una nota que llené de muchísimo cariño para la persona que le regalaría el libro. Hace pocos días volvió a mí el libro en una edición más nueva. En esta entrada del blog quisiera hablar de la otredad, del Claudio que compró el libro en un puesto hace algunos años, y del Claudio que recibió el libro ahora. Junto con la maldición que me persigue cuando regalo libros, debo añadir que se me olvidan las tramas de los libros al poco tiempo de leerlos, por lo que al releerlos me llevo gratas sorpresas siempre.
La reseña que escribí hace algunos años la inicié así: «Hay básicamente dos maneras de decir las cosas: de golpe y como se debe. A la hora de querer escuchar alguna, yo opto por la tercera: como José Emilio Pacheco». Ahora mantengo lo que digo, y Langerhaus es esa primera historia que se me viene a la mente cuando hablamos de la otredad, pues en ella encontré historias de fantasmas la primera vez, mientras que ahora en la segunda me parece evidente cómo el olvido es un arma poderosa, y cómo la memoria es un arma falible (por decirlo poco), como sea que se le quiera ver.
El principio del placer, la novela corta que comparte título con el libro, nos muestra a Jorge, y me recuerda que yo soy casi diez años mayor que el Jorge que retrata José Emilio Pacheco, parece tan actual esa historia tanto cuando López Mateos era presidente como cuando yo estaba en secundaria. Uno puede diseccionar a esa novela corta en cada uno de sus órganos.
En el cuento La zarpa se muestra la historia con un punto de vista retorcido acerca del significado de la amistad. La fiesta brava es un cuento dentro de otro cuento, y a la vez son dos historias que transcurren de manera casi paralela; una no existe sin la otra y se vuelve una responsabilidad del lector llegar a la intersección; es una de las historias que sirven como guía de viajes en la Ciudad de México.
Terminamos con Tenga para que se entretenga y Cuando salí de La Habana, válgame Dios. Un par de auténticas historias de fantasmas. Nos ponen la piel de gallina, y sin embargo despiertan un miedo que requiere dos o tres leídas más para concretarse.
Hasta aquí mi reporte, ya luego veremos cómo lo describo cuando lo lea por tercera vez.

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