domingo, 22 de diciembre de 2019

Pereza - Aviones



Hace unos meses me topé con un vídeo en el que un sujeto decía que había llegado el fin de la melodía. Que había analizado varias épocas, géneros y artistas y llegó a la conclusión de que, efectivamente, la complejidad y emotividad de las melodías en las canciones había reducido bastante. Cómo comparar, decía, las melodías y coros tan cuidados de los Beatles, Eric Clapton e incluso Madonna en los ochentas; a Billie Eilish que apenas parece que canta, a Taylor Swift con sus habilidades expresivas reducidas a sólo un buen ritmo con acordes pegajosos. La tendencia, argumenta, es casi una infección en toda la música occidental en los últimos años de este siglo. Las canciones no dejan de ser interesantes, no ahuyentan su atractivo comercial, pero también no puedes decir que se caractericen por tener una melodía muy complicada o muy trabajada. Sin meternos en detalles, la melodía es la parte que junta prácticamente todo, ritmo, tonalidad y armonía en una pieza. Por ende, es la parte más complicada de hacer a la hora de componer algo. Es lo que volvió a las canciones de otra época algo que se quedó en nuestras cabezas por décadas. Es imposible olvidar esas líneas en “Don’t Stop Me Now” como una invitación segura a moverse hasta para el más renuente amargado del lugar. Y aunque “Bad Guy” no es mala, ni Billie Eilish es mala artista tampoco, no podemos decir que su éxito recaiga en la misma razón que hizo a Freddie Mercury el mejor cantante de rock de todos los tiempos (lo es, ya es hora de aceptarlo). Lo de si ella es, con su disco y con unos cuantos sencillos, la voz de su generación, es cosa aparte, y que me genera sentimientos encontrados.

No olvidemos que este año, y esta década, terminó por cerrar una etapa de transición en la industria musical. El streaming y los éxitos virales fueron un carrusel a punto de volar. Turbulencia y mareo incluidos. Nunca fue tan fácil hacer un hit, y nunca fue tan difícil mantenerlo. Por eso, a media década, un amigo publicó una vez una canción terriblemente bella, y que por ende distaba muchísimo de todo lo que mencioné arriba. “Al otro lado de las vías estoy, el Sol se esconde…”. Unos cuantos acordes en piano, una sección de metales y era todo lo que necesitaba. Yo sabía de Leiva por su relación con Sabina desde hacía un tiempo, con Pereza, pero esto me voló la cabeza. Era un coro monumental, emotivo gigante. Entonces, la búsqueda inició. La principal característica que encontré en él fue su capacidad para hacer coros y versos buenísimos al puro estilo clásico del rock setentero, pero con un toque renovado que debe tener toda buena grabación. “Nuestra revolución era una ensoñación. Fin de la historia, oh oh oh…”. Tenía todo para ser un himno. Luego, en una búsqueda en internet me topé con “El Día Que No Pueda Más”, ya con Rubén Pozo, para ser un corte de Aviones. Lo diferente era su cualidad acústica, porque Leiva es guitarrero con toda la crudeza y finura que eso requiere. La melodía de los versos y el coro eran ya también una declaración de principios y a pesar de que la línea “El día que no pueda más voy a matarte” es una invitación segura a una controversia para Twitter si hubiera caído en estos años, la verdad es que es de las mejores canciones que he escuchado en mucho tiempo.

Entonces, Aviones fue una referencia obligada que toma rato en escuchar completo. La cultura de esta década se hizo presente, escuchar 17 canciones en un disco es casi un suicidio musical si no lo anuncias como un álbum doble, y con todo y que fue publicado en el 2009, sigue teniendo una frescura que es difícil encontrar no sólo en el rock, sino en la música iberoamericana en general. Entonces, entendí que Leiva llevaba ya años construyendo ese sonido que en Monstruos se oye impecable, y en el que ya era dueño de sus recursos literarios y musicales. La obra de un artista es un libro en blanco, que se escribe una nota a la vez, para a quien le importa un poco más de lo normal dejarnos algo memorable. Desde “Windsor” ya advertimos su forma orgánica y desinteresada de plasmar simplemente canciones bien curadas. Los coros, otra vez, se cantan ligeros y potentes por igual. Listos para los estadios como para cualquier sala de conciertos pequeña. Y así, se sigue una sucesión de canción tras canción en la que puede que se sienta que se reciclan melodías, pero que tenuemente se matizan con los acordes de Leiva y las frases de Rubén Pozo. Es que parece que ya eran un super grupo desde entonces. El rocanroleo no se pierde para nada, y Dylan como Bon Iver se hacen presentes para continuar un sonido americano profundamente arraigado en una raíz española. Lograr la conjunción de esas cosas es tarea titánica, y lograrlo merece que se use para sí el apelativo de Titán, sin dudas. “Lady Madrid” sigue una línea también muy definida, en la que los amores contrariados son una temática principal.

Calamaro hace una aparición estelar en “Amelie”, en la que tenemos el título del disco en los versos. El ritmo blues y country no se deja de lado, y aunque instrumentación no cambia de forma considerable, las texturas de las guitarras son variadas por mucho y no caen en redundancias, el pecado mortal del rock en nuestros días. Cada canción parece que se ha hecho con toda la alevosía de crear himnos, extractos que la gente puede cantar y cantar no importa en la época en la que se encuentre. Las bondades del uso de la guitarra acústica son precisamente esas, Rick Rubin mencionó una vez, a propósito de la versión de “Lovesong” de Adele, que todas las canciones que son las mejores pueden reducirse a un piano o guitarra y al cantante. Entonces, crear canciones que un profesional puede cantar como un amateur son las joyas que la gente tiende a infravalorar de inmediato. Porque para cuando llegamos a “Leones”, esta primicia no sólo se confirma, se potencia y se mejora con triunfo. Para “Champagne” tenemos quizás el cambio de dinámica más importante. A estas alturas, “Champagne”, con un jazz blues de película negra, desemboca en un coro entre optimista e irónico, que se queda bajo la superficie. Los metales llegan para contrastar una melodía en plan soul y que no opacan ni dejan lugar que se sienta vacío. La producción es muy buena hasta estos momentos. Es en “Que Parezca Un Accidente” en el que tenemos el primer desliz. La melodía pop no queda, para nada, rompe el hilo orgánico de la grabación y con todo y que su coro sigue siendo su fuerte, su afán por subirse a la tendencia de líneas melódicas del 2009 no le sienta nada bien. Probablemente el único momento que está demás en un álbum con una hora que apuntaba a ser un resultado un poco indigesto. Insisto, la paciencia de Facebook no era para las obras de esos años. “La Chica de Tirso” también tiene un lugar muy importante que tiene su justo y merecido valor dentro de los éxitos de Pereza. Aquí en el contexto del disco nos regresa al humor decadente y volátil que necesitaba esta colección en estas alturas. La letra debe ser un mensaje directo que no logramos entender los profanos de la vida de Leiva, pero es emotiva como debe ser, no empalagosa, ni excesivamente deprimente. El punto medio necesario. Las canciones en voz de Rubén Pozo empiezan a escasear, vaticinando el final, quizás. Y para “Voy a Comerte” uno empieza a sentir que quizás era necesario cortar algunas canciones. Aunque su valor lírico vale millones, eso sí.

Entonces, viene la recta final y lo que me trajo a aquí. “El Día Que No Pueda Más” inicia una última fase en un disco que no se siente que haya durado tanto todavía. La letra aún me estremece por momentos. Pero es que esa “me levanto lento, voy hasta arriba, no me trago y compro mi compañía” sigue siendo una de las mejores partes del rock español en esos años. Siempre he tenido la idea de que hay una canción que nunca termina de encajar en cualquier disco. No que esté de más, pero su estructura, su cadencia y su humor general no empatan con el resto. Esta canción es esa. Baja de tajo el tempo y se pone profundamente confesional. Sincera, lo más probable. Su letra rígida y honesta la quita del resto precisamente por esa razón. Las canciones hasta ahora tienen un aire fantasioso que brillan gracias a ello. Esta es sincera y desinteresada, lo que se aleja del plano ficticio que tienen las demás. La voz susurra más que canta, como suplicando, y eso también la lleva a otro plano aparte. La madurez de Leiva como letrista está aquí inmejorable y siempre ha sido mi favorita de todas las de Pereza. Con sus metales tipo “Penny Lane” y su órgano “Strawberry Fields Forever”, es la joya, seguro.

El blues regresa con “Escupe”, con renovada energía después de la emotividad y tour de forcé que es la pista anterior. También es probablemente la mejor letra cínica y brutal que tiene Rubén Pozo. Y para rematar, como haciendo batalla por la mejor línea y fraseo de Robert Johnson, “Señor Kioskero” es otra perfecta canción, más en tono hard rock, que da un subidón al álbum a espera de sus últimos momentos. Finalmente, “Llévame al Baile” acaba tranquila y plácidamente este cóctel de blues y rock que no deja de ofrecer diferentes escuchas cada vez que me lo topo. La única canción en la que Pozo y Leiva cantan a dueto, no le pide nada a las mejores baladas de su época. Regresando a su temática romántica y contrariada. Un guiño a lo que sería “Palermo No Es Hollywood” varios años después.

La cosa ha sido muy complicada. Pereza se disolvió, y Leiva ha intentado hacer carrera solista con cuatro discos muy buenos, es la verdad. Leiva ha optado por prescindir casi por completo de la guitarra acústica. Y en Polvora llegó a otra madurez que parecía que ya no mejoraría en Aviones. El vals sin final de “Llévame al Baile” es una pasada de coda, con un solo de guitarra intenso que deja con ganas de más.

Aunque no pudimos haber visto la muerte del rock como género mayoritario, ni que Spotify iba a dictarnos de manera tan fascista qué escuchar, Pereza todavía es algo que podría brindarnos inspiración para muchos años más. Aviones ha envejecido con gracia, algo impensable en un disco de este año, y a sus diez años todavía podemos ver su maestría como algo atemporal, porque se basa en raíces más profundas que una tendencia. Y porque sus coros se cantan a todo pulmón aunque no podamos decir una palabra en voz alta. La melodía seguía más viva que nunca y, por eso, los condenados, una vez más, los saludamos. 


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