Entre los libros que elegí para que me acompañaran durante los días de encierro, se encuentra Sin trincheras de Habacuc Antonio del Rosario (quien en la ilustración de abajo aparece diciendo «Eres arte, amiga»), un libro que abate fronteras. Primero me explico con esto de las fronteras: este libro resultó ganador del premio binacional de novela Frontera de palabras del 2014, en el que participan residente de alguna ciudad fronteriza de ese gran muro entre nosotros como México y nuestro vecino del norte. Me abstengo a listar todos los tipos de fronteras, son demasiados y eso de por sí ya es una frontera. Dentro del libro nos encontramos la geográfica que nos deja anodinos a ambos lados de la garita, que nos muestra la adicción allá con ellos y toda la violencia acá con nosotros.
De nuestro lado, la cantidad de fronteras es también gigante, me atrevo a decir que ha sido similar a lo largo de nuestra historia y sólo la declaración de la guerra al narcotráfico se revelan como muros endebles que nos ponen del otro lado de la realidad cuando los sicarios te piden derecho de piso, cuando los sicarios (por favor, no confundir a los sicarios con los sicarios) quieren tu camioneta. Una frontera entre los sicarios y los sicarios; al final todos pertenecientes a la mafia. La otra frontera etimológica que confronta a la mafia [Mazzini Autorizza Furti, Incendi, Avvelenamenti] con la caria [Calderón Autoriza Robo, Incendio, Asesinato].
La frontera (qué lata ya con la palabra frontera), de la familia, la del dinero, la del amor. La ciudad como una frontera que en los tejidos del tiempo te protege de morir acribillado cuando la frontera de las cuatro paredes de tu casa se vuelve papiro en agua ante las explosiones de bazuca, o que en el mismo proceso te da la mala suerte de ser violada y otra sarta de desgracias que nos toca por estar de este lado. Pero del otro lado de la primera frontera que describimos los sicarios se convierten en mulas, los muertos en adictos y el dinero que acá llega allá es droga, y eso permanece.
Coda
[…] Let me disclose the gifts reserved for age
To set acrown upon your lifetime’s effort [...]
T. S. Eliot. Little Gidding, II.4.
En el año 2015 se estrenó la película Pasante de moda, en ella Robert De Niro adquiere un personaje protagonista de nombre Ben, y por el otro lado Anne Hathaway como Jules, que se muestra tan encantadora como siempre. La película me ha resultado mejor de lo que esperaba y me limitaré a explicar un breve por qué.
Después de una larga trayectoria cinematográfica, la senectud se vuelve un argumento para desarrollar la historia cuando Ben se topa con un anuncio que lo sacaría de su solitaria rutina de un viudo jubilado de 70 años. Se buscan pasantes en una empresa de venta de ropa online, con el requisito de contar con al menos 60 años de edad. Hathaway es la estresada fundadora y directora de la empresa, y por la dinámica de la historia, lo que pareciera sólo una relación laboral se convierte en una carga de química y buena vibra. Quiero pensar que la película surge buscando la manera de insertar a De Niro en un papel dentro de la trama con base en su experiencia, léase en todos los sentidos.
No quiero ahondar en los recovecos de la historia (que por cierto tiene un ritmo tan ligero y fluido) ni las posibles moralejas que uno pudiera encontrar; algunas damas pudieran llorar por el choque emocional de algunas escenas de la historia, y gracias a la película es que los caballeros nos enteramos de por qué debemos cargar siempre con un pañuelo.
Dejo esta entrada hasta aquí antes de que se vuelva artículo de revista de chismes y me quedo sólo con el asombro que me provocó la película y que me hizo pensar en el par de versos de T. S. Eliot que epigrafíaa a este texto.


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