miércoles, 13 de mayo de 2020

El velorio de mi cuarto: refutando a Gonzalo Celorio

Llegué a este librito después del buen sabor de boca que me dejó haber leído Y retiemble en su centros la tierra cuando me encontraba buscando cualquier otra lectura de este autor. Lo segundo que diré es que para nada pretendo refutar al buen Gonzalito, sólo que esa palabra se escuchaba chida cuando pensaba en el título; más bien se trata de una corta apropiación personal y no estoy dispuesto a hacer un cambio en el nombre. Lo último que quiero decir de manera introductoria es que no hallo cómo enmarcar este libro, ya que no me gusta que se diga que es narrativa, y por la descripción que hace lo podría equiparar a un poema en prosa o un ensayo de recovecos muy personales.
En el número 26 de la calle Tiziano en la colonia Mixcoac se encuentra la casa a la que Gonzalo Celorio llegó para instalarse hace más de 35 años y en ella permaneció 17 años, escribiendo estas líneas como despedida al sitio que llamó hogar por ese tiempo.
Pues bueno, yo quisiera hacer un falso facsímil de los cambios a la manera en que lo retrata Celorio, y lo hago del lugar en que el mundo ha sido mío desde allá por el 2004. Sucede que por cuestiones de la vida que no quiero abordar, he vivido en cinco casas desde que recuerdo, para los puristas serían cuatro porque la primera y la cuarta son la misma pero la casa y yo no éramos los mismos en ambos encuentros. De manera precisa, la casa de El Paraíso es la primera y la cuarta, yo atraqué ahí en 2004 para refugiarme del mundo.
Como todos los niños de siete años, pasé por diferentes etapas del ¿qué quieres ser de grande? que asumí primero desarmando mis juguetes para obtener de sus entrañas los cables, motores y algunos regaños cuando improvisé un carrito con una tabla de madera, taparroscas de refresco y un carro a control remoto que me habían regalado. La faceta de científico loco la asumí con mis microscopios y mi juego de química, fue en ese tiempo cuando comencé a darle acomodo a las cosas en mi cuarto, usando una mesa como la base de mi laboratorio y así siguió el asunto hasta que me empañaron los lentes del microscopio, se rompieron los últimos tubos de ensayo y también se terminaron los reactivos en verdad no recuerdo qué cosa pasó primero, no me sorprende que en realidad hayan pasado de manera simultánea. Transcurrieron años en que todo esto importó poco y hasta que entré a la prepa me dio otra vez por cambiar de etapa cuando descubrí la literatura y a la par me hice adepto a la bibliofilia. Con lo que me sobraba del dinero del camión compré mis primeros libros de Tomo y EMU, y recuerdo con mucho cariño cuando me adentré más y compré La Tregua junto con el Historias de Cronopios y de Famas que siempre está en mi mesa esperando a que acuda a él. Aprendí a base de Google y un diccionario qué es esa encuadernación rústica que era la única que me permitía mi presupuesto, o la encuadernación española, la holandesa y la japonesa; qué es un colofón, las guardas, los tejuelos de los lomos; también busqué la diferencia entre las letras VERSALES y la versalitas. Con la lista de cosas que descubrí creo que pudiera seguir, sin embargo no es el caso. Con mis primeros pocos libros sobre la mesa, comencé a pensar en las expansiones para que estos se hallaron más cómodos, en ese momento comencé con la instalación de las repisas, y en el momento en que menos acordé ya estaban desbordando de lo llenas que estaban. Hice algunos arreglos para desposeer al estudio de uno de sus libreros ya casi vacíos y con esfuerzo lo subí a mi cuarto, lo acomodé y ahora lo vacío eran mis repisas además del librero, pues no llenaba ni uno de sus cuatro pisos. Con la prepa llegó también el amor, y las pequeñas cosas que uno conserva de esas aguas requieren un lugar separado de la vista del curioso, y la colección de piedras las que me gusta tomar cuando voy caminando por el cerro que sirven como fachada para todo. La máquina de escribir que pertenecía a la mamá de mi archi-enemiga (es curioso que sea amiga de mi mamá) tomó su lugar junto con las revistas sobrantes que editaba y le daban un ritmo acompasado a mi existencia.
La tercer etapa se dio cuando entré a la universidad y las circunstancias me arrojaron a la necesidad de tener que hacerme con componentes electrónicos: resistencias por aquí, transistores por allá, un par de arduinos y algunos cables. Luego acomodarlo, buscar saber qué tengo sin que se me olvide para la próxima vez que lo requiera, saber qué presté y no me regresaron, enterarse qué se quemó. Buscar que no se mezclen las cajas donde tengo mis componentes electrónicos con mis libros en el librero. Luego las circunstancias me llevaron a buscar un par de pintarrones donde escribir mi lista de tareas y dónde desarrollar los problemas que se presentaban en cada una; las mismas circunstancias me acarrearon a adquirir libros de ingeniería, con lo que se complicó el asunto de cómo ordenarlos. Borges, en un poema al borde de la ceguera, hablaba algo de la manera en que se acomodan los libros, diciendo que eso es en principio una forma de crítica (lo parafraseo pobremente a falta de una referencia a la mano). También por esos día encontré una Dosfilos con un texto de Gonzalo Lizardo (así es, otro Gonzalo) titulado «Los libros, los lugares y las cosas» que lo único que me dio como aportación fue una intriga que me duró dos años y medio, en los que por pura pedantería me dediqué a crear un sistema de clasificación bibliográfica que estuvo basado en el sistema Dewey y el de la biblioteca del congreso, esto me permitió tener una especie de orden caprichoso en categorías que se asemejaban a las establecidas por el tío Tito. Me figuraba abarcar incluso libros de medicina, de derecho y de otras cosas en mi colección así, ya viejo y habiéndome divertido, podría aprender de esos temas tan alejados de mis intereses. Fuera de ese plan tan a largo plazo, comprendí que el proceso de armar una biblioteca personal es un proyecto de vida, así que yo comencé por adquirir libros de literatura, filosofía, política, historia, divulgación científica, ingeniería y algunos de cocina. A lo largo de cada adquisición fue evolucionando mi exlibris, de ese nombre garabateado con mi letra hasta el sello que ahora mandé a hacer con algunas de las cosas que creo que me representan.  Algo de lo que no me enorgullezco es cómo los dejo a la espera de ser leídos cuando otros nuevos van llegando, pues tengo una manera un poco rara de leer libros que no es para nada una pila ni una cola, otra forma de crítica.
En otro tenor, pensé en hacer este escrito por el conflicto de un mueble, pues ahora me encuentro viviendo en mi quinta casa, me encuentro en un espacio más reducido y mi pequeñísima biblioteca ‒no sé si llamarle en verdad biblioteca‒ sigue en el cuarto que tardé en acomodar a mi gusto en un tiempo total parecido a quince años, allá también están mis herramientas, los proyectos que construí con esmero durante la carrera, y otros enseres personales. Encima no he mencionado que también tengo ropa, y parte de ella también está allá (poca en realidad). Lo llamo ahora velorio porque por más que me resista sé que debe llegar el cambio, de momento pienso en la mudanza de la cuarta y quinta casa, que representa un traslado completo de mi plan de carrera. Toca quitar mis repisas que alguna vez me abrieron la cabeza, y dejar todo como cuando llegué. Por ahora en mi mente ya sé en cuántas cajas meteré mi vida, falta por calcular cuánto me costará hacérmelas llegar al futuro, e inicia el gran proceso de hacerme a la idea de sacar también los recuerdos percutidos en ese espacio a lo largo del tiempo.
Zacatecas, Zacatecas
Mayo 2020

No hay comentarios:

Publicar un comentario