jueves, 1 de febrero de 2018

U2 - Songs of Innocence / Songs of Experience

Hace no mucho salió Songs of Experience. Fue una novedad, sí. Prescindible para casi todos, también. No tuvo la repercusión que tuvo Songs of Innocence, su contraparte. Aquel escándalo de los iPhones y la imposición del disco en sus cuentas de iTunes fue noticia y dio a los periodistas musicales debate para mucho tiempo respecto a las formas de lanzamiento, la relevancia de U2 para hacer esa movida, la re-definición del disco como objeto al hacerlo gratuito. Músicos y críticos se partieron la cabeza tratando de entender esta jugada. Pocos, muy pocos, se dieron a la tarea de hablar de la música que el disco contenía. Y es que U2 siempre ha dado de qué hablar, su afán de permanecer relevantes cueste lo que cueste le ha hecho pasar a Bono sarcasmos seguros y de forma perpetua se les ha visto como arrogantes. La verdad sea dicha, es el mismo ejemplo que con Kanye West: nos dedicamos tanto en odiar a la persona detrás del nombre en la placa, que la música queda en segundo plano, y eso siempre será una injusticia de nuestra parte. La diferencia es que Kanye tiene todo para presumir de sus redaños y U2 quizás no tanto.

Cuando salió Songs of Innocence hace más de tres años nadie lo esperaba. Fue totalmente repentino. De un momento a otro se dejó ver en las redes sociales noticias de que el nuevo disco de U2 había salido al mismo tiempo que el iPhone 6… ¡y que era gratis! Desde Radiohead no se había visto algo así proveniente de una banda tan grande. Fue retador, casi una declaración de principios. La primicia de que no sólo fue gratis sino de que habían sido introducidos por fuerza en los dispositivos Apple de todos también trajo un sin fin de quejas, al punto de que Apple tuvo que crear una aplicación especial para que los inconformes lo borraran. Ese acto de queja no deja de ser arrogante también. Hay que aceptar algo: creemos que nuestros gustos son tan preciados que cuando nos regalan un disco de U2 parece que acabamos de ser víctimas de una afrenta contra nuestra integridad, tanto que ocupamos de la ayuda de alguien más para borrar ese trauma. No me malentiendan, no defiendo la estrategia de U2, sólo no deja de parecer soberbia esa reacción, después de todo, si en su lugar hubieran puesto un disco de cualquier género deleznable que pasa por la radio en estos días, ni siquiera imagino qué clase de reacción pudiese haber tenido la gente. En fin, recuerdo aquella tarde en que las notas corrieron por todo Facebook y quise darme prisa para descargarlo. Tuve que hacer una cuenta de Apple y demás cosas tediosas para por fin tener las canciones. Había pasado ya mucho tiempo desde la última vez que lanzaron algo nuevo. Tenía once años cuando No Line on the Horizon salió e inundó los estadios con la gira de U2 360°. No voy a negarlo, siempre he sido fan de U2, cualquier intento de mi parte por mostrar lo contrario será mera pose. Desde entonces estaba esperando lo que sería Songs of Ascent, aquel disco que ellos mismos describieron como contemplativo y reflexivo y que no ha visto la luz. El niño que los escuchó por primera vez era una persona completamente distinta cuando Songs of Innocence aterrizó. Pasaron muchísimas cosas, entonces tenía diecisiete y qué decir del año que me tocó vivir cuando lo . La verdad es que me gustó, muchísimo. Desde las seis de la mañana que desperté al día siguiente hasta la hora de dormir estuve oyéndolo, no pude sacarlo de mi cabeza. Y es que “Every Breaking Wave” era ya un himno por sí misma. Cálida, brillante. La oda al amor siempre idealizado. De este álbum no podría hacer una reseña cual crítico pretencioso, porque el muchacho que lo encontró entonces no tenía afanes de nada, sólo de disfrutar. Es de los últimos discos que se han quedado pegados a mi memoria, que están ligados a los momentos y a las circunstancias en que llegaron. Quizás quien está escribiendo esto es también aquel adolescente que tenía todo un mundo por comerse y que parecía más atento a lo que pasaba. Tengo recuerdos muy vívidos de mis escuchas de aquellos entonces; un pasaje de ensueño particularmente hermoso fue cuando escuché “Iris (Hold Me Close)”, iba de noche en carretera en autobús y la melodía suave con la música tan lejana, espacial pero moviéndose casi me hicieron llorar. Era una joya que sigue sonando perfecta aún hoy día, porque la lejanía que evoca Bono en la letra no tiene tiempo, es imperecedera y habla a todos y a ningún lugar, en este caso al recuerdo de su madre. Como dije, “Every Breaking Wave” engancha desde el principio, advertimos a una banda renovada y el coro no es sólo pegajoso, sino que compensa una melodía memorable. Las demás canciones, “Song for Someone”, “Volcano”, “This is Where You Can Reach Me Now” etc. ya figuran en mi imaginario permanente, del mismo modo, atemporales. Son el reflejo de una época especialmente luminosa. Y es que no podía ser de otra forma, en las letras U2 habla de inmadurez, de episodios de juventud, del paso al niño al hombre, de la pérdida de la infancia. Hay una línea en “Iris” que ilustra perfectamente todo esto: “Iris playing on the strand, she buries the boy beneath the sand”. Bono recuerda un día en la playa con su madre a la que perdió cuando tenía dieciséis años, alegóricamente es una metáfora del golpe que supone perder la inocencia, con aquel evento desde el cual ya no somos los mismos niños de antes. Resumiendo, el disco es uno de mis favoritos, de toda la vida. No porque sea bueno, en realidad es de los peores que ha hecho U2 y no es muy recordado precisamente, sino porque estuvo presente y fue la banda sonora de un tiempo ya idealizado, lejano, que para bien o para mal representa mis últimos resquicios de inocencia. Es por eso que no puedo ver el disco como alguien crítico, simplemente no puedo. Porque las fallas que tiene, que son muchas, no representan para mí en lo más mínimo un problema cada y que lo escucho.

Songs of Innocence fue un cambio radical para U2. Cambiaron de los habituales colaboradores Brian Eno y Daniel Lanois, benditos entre los productores, y optaron por Danger Mouse, quien era entonces y sigue siendo mi productor favorito. Su trabajo con los Black Keys, con Gnarls Barkley, luego con Michael Kiwanuka me impresionó desde entonces, cualquier cosa que produzca será digna de escuchar. El sonido de Danger Mouse se caracteriza por permear el de la banda que produce, es por eso que no importa de qué artista se trate, siempre podremos advertir la mano maestra de Brian Burton en la composición; Adele es un caso muy sencillo en el que en una sola canción podemos advertir este fenómeno. También contaron con la participación de otros expertos más jóvenes como Paul Epworth y Ryan Tedder, más conocido como cantante y compositor de OneRepublic. El sonido se oye mucho más vivo que el No Line y también vemos una introspección más palpable. Como dije antes, evocan sus años de juventud en Dublín, sus amores idealizados, sus recuerdos trágicos. El más personal que han hecho, y el más sencillo de escuchar a pesar de todo. Porque U2 siguen siendo aquellos que sacaron The Joshua Tree, esa obra maestra que no ha pasado de moda, guste o no a la gente y que en cada canción trata su relación con Estados Unidos de forma ambigua, siempre áspera y con renuencias a la aceptación, quizás por eso no tuvo sentido hasta el año pasado el hacer una gira por su aniversario, aún treinta años después parece que los tiempos son casi los mismos; también son aquellos que armaron el Achtung Baby, kraken colosal en el que se volvieron el “monstruo” mediático y petulante que ya son ahora.

Recuerdo también que anunciaron en el mismo día del lanzamiento de Songs of Innocence una segunda parte, Songs of Experience, haciendo juego con aquel libro de William Blake, los Cantos de la inocencia y de la experiencia. En palabras de Bono, si el primero fue un disco sobre sus primeros años, el segundo sería la confirmación de lo que son ahora. Quedé tan impresionado por el trabajo de Danger Mouse aquí que esperaba de verdad que también éste fuera producido por él. Dieron el anuncio de que en seis meses lo tendríamos en nuestras manos. Aquel medio año pasó, el año completo también. Dos años. Y al tercero pudimos ver la noticia de que saldría en diciembre de 2017. Ya en esos días ni siquiera creía que conservara el nombre original. Incluso entonces entendí que tampoco era el muchacho que escuchó aquellos primeros cantos a la inocencia, mucho menos el niño que les dio la primera oportunidad. Estuve tan atascado de trabajo cuando vi la noticia, que no me entusiasmó escuchar “You’re the Best Thing About Me” como primer sencillo. Me pareció prescindible, convencional. En las actualizaciones leí que decidieron retrasar la salida del disco casi un año para dar paso a que los ánimos se calmaran por el Brexit y la llegada de Trump al poder. Un argumento presuntuoso, con la megalomanía que caracteriza a la banda, como si el lanzamiento del disco fuera equiparable a un evento como aquellos, pensé. La verdad es que, y ahora lo entiendo, querían tener algo qué decir sobre todo eso, sobre el cambio que dio el mundo hacia lo conservador, y eso sólo se logra dando tiempo al tiempo para que los resultados a mediano plazo se empiecen a palpar. Me tomé la encomienda de escucharlo casi como un deber para mi Yo más joven, y aunque estuviera ahogado en trabajo me tomé la hora que casi dura el álbum para estrenarlo. Confirmé mi madurez, porque no encontré algo que me pareciera rescatable. No le encontré fallas, sólo me pareció un poco carente de espíritu. Las letras, eso sí, son geniales, Bono se lució con los versos. Son reposados, soberbios, directos y sin miedo, arriesgando todo. También noté ciertos guiños a las canciones del Innocence en las nuevas, en “Lights of Home” con “Iris”, en “American Soul” con “Volcano”, en “13 (There is a Light)” con “Song for Someone”, por decir algunas. Tuve que darme más tiempo para escucharlo, definitivamente el ambiente de estrés no ayuda en nada. Y así fue, ya dándole tiempo más fértil lo encontré casi igual de bueno que el anterior. Porque son dos caras de la misma moneda que se desenvuelven perfectas, la primera mejor que la segunda, pero que mantienen esa cohesión que las caracterizaba desde un principio. El muchacho del anterior álbum no habla ahora, porque el Experience no es un disco que vaya a marcar un período en mi vida como lo hizo el otro, pero entiendo que a pesar de eso, al oír éste último puedo ver con alegre nostalgia aquellos años en los que las mañanas frías de diciembre fueron acompañadas por unos versos sobre la pureza de la inocencia, aquella que yo creía lejana ya, pero que paradójicamente era la que pasaba entonces y a la que se referían las letras de Bono. Sin decir más, es un buen álbum para cerrar el ciclo de la autobiografía de U2, sensibles al dolor del mundo, atentos a los procesos políticos, contemplando perpetuamente sus propios sentimientos.


El Experience es un disco que igualmente me hace evocar viejos recuerdos, para verlos ya de lejos. Porque aunque las circunstancias en las que salió no hicieron que representara en mí un mantra particular, regalarle tiempo a ambos trabajos es siempre algo placentero, al menos para mí. Porque como ya dije, las fallas son muchísimas, sobretodo en el segundo, pero nunca está de más escuchar y darle la oportunidad a la casualidad. Nunca está de más hacer un espacio para disfrutar algo nuevo sólo para eso, disfrutar, sin afán de encontrarle errores, de ver en qué falla, de creernos capaces de encerrar todo ese trabajo en nuestro propio y ególatra intelecto. Quién sabe, después de eso quizás volvamos a encontrar algo como lo que yo encontré aquel día, hace cuatro años. Una joya que se congeló en el tiempo, aquel tiempo que no vuelve pero se incrusta en lo más profundo de nuestra memoria y es la causa de la añoranza, de alegre recuerdo, de volver la vista atrás y entender lo que somos ahora, más sabios pudiera ser, más torpes también, pero siempre buscando más allá y no sólo viendo los días y las horas pasar. Después de todo de eso se trata la vida ¿no? Ahora más que nunca, no dejando que el tedio y el hastío consuman los momentos que nos hacen crecer, porque cuando uno es más joven ve las cosas con un fulgor casi de ensueño, somos casi conscientes de nuestro lugar en el mundo y el aquí y el ahora se funden en el paso y el latido del tiempo, el ver las cosas como algo que se nos escapa al entendimiento y que nos hacen felices sólo por existir es lo que nos hace inocentes, y es lo que de alguna forma Bono y compañía lograron captar con maestría en estos dos álbumes. Por eso, cuando alguien se meta con alguno de aquellos objetos que nos hicieron la vida más fácil y los desdeñen como algo completamente inútil, estamos en todo nuestro derecho de enojarnos. Después de todo, es una cuestión personal. 

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