miércoles, 7 de febrero de 2018

Black Kids - Partie Traumatic



El indie rock siempre ha sido incomprendido. De varias e inimaginables formas. Representa muchas cosas y a la vez es muy poco probable que la gente se pueda poner de acuerdo con respecto a qué es y en dónde lo podemos ubicar. No es que exista un género llamado así propiamente, es más bien una red gigante de bandas que están siendo representados por disqueras independientes. Pero ni eso es suficiente, todavía hay más. También es un sonido particular, porque hay bandas “indie” manejadas por compañías monstruo. No por nada asociamos al indie rock más como a un género que como a un movimiento encabezado por la libertad creativa y que es inherente al sentimiento juvenil. Eso sí, esta “red” cambió por completo el panorama musical en la década pasada. Hay nombres que salen de inmediato cuando decimos esto: Arcade Fire, Interpol, Franz Ferdinand, The Strokes, The White Stripes, Arctic Monkeys. La verdad todo se remonta a algo mucho más lejano. Al shoegaze, al grunge, al rock alternativo de los ochentas, al post punk, al new wave. Los primeros dos se caracterizaban por tener un sonido particularmente crudo, resonante, lleno de espacio y de energía. Quizás esas etiquetas sean las que encajen mejor con el disco en cuestión, éste.

No hay mucho que decir sobre los Black Kids salvo que son una banda de indie rock estadounidense que empezó justo en el auge de la nueva ola de rock alternativo a la que nos referimos. Debutaron con Partie Traumatic en el 2008 y no sacaron disco hasta casi diez años después, cuando el panorama musical había cambiado tanto que apenas se reconocería. Es por eso, y quizás sea lo más importante, que Partie Traumatic se queda congelado como una fotografía de aquel año ya tan lejano, diez años se dicen fácil.

Encapsular el sonido del álbum es bastante fácil, es indie rock. Así, sin más. Tiene absolutamente todo lo que un disco de éstos debe tener. No es broma, todo. La duración, la instrumentación, la confianza y la indulgencia equilibrada. El estilo es el mismo y se mantiene congruente con el de las bandas antes mencionadas. Pero, no por eso deja de ser bueno. El disco perpetúa esa aura de juventud que caracteriza a las bandas de aquel entonces antes de que la experimentación se hiciera patente, para bien o para mal. Y es que Partie Traumatic impresiona por su energía, su jovialidad y su cohesión. De principio a fin se mantiene en una línea bien definida y nunca llega a hartar, porque acaba en el momento justo. Hasta las canciones “lentas” pueden parecer llenas de una carga emocional tremenda. Un tour de force que gusta porque es sencillo. El estilo recuerda a los Arctic de los primeros dos álbumes, a los Strokes cuando eran jóvenes ilustres y hasta el tipo de vocales hace que la comparación con Arcade Fire sea irremediable. El vocalista Reggie Youngblood (aún ignoro si es seudónimo o en verdad es así) es acompañado por una voz femenina que emula la química entre Win Bulter y Regine Chassagne. La diferencia quizás radica en que es un coro casi infantil y paródico, como Everything Now pero esa es otra historia. La voz de Ali Youngblood (puede que hasta sean matrimonio, como Arcade Fire) es un cojín en el que las vocales y el estilo de Reggie caen perfecto; aunque en ocasiones parezca estar de más, porque la música es desinteresada, no pasa desapercibida pero no se caracteriza por sobresalir intelectualmente tampoco, es rock juvenil puro, con todo y lo que esa etiqueta conlleva. Aquí también agregamos el hecho de que la variedad de ritmos es sorprendente, y en eso radica su vivacidad, su energía cautivadora. Es eso precisamente lo que mantiene el disco a flote y le da seguridad, la paleta de ritmos y de formas de instrumentación. El dance rock se hace patente, pero aunque podamos percibirlo en todas las pistas, no es la base principal y encontramos guiños a el new wave, al grunge, a la primera ola de rock alternativo, incluso al rockabilly. Las letras se mantienen iguales, el tema es el mismo, es indie rock después de todo. “Hit the Breakers” mantiene una similitud velada con casi todas las demás, “I’m Not Gonna Teach Your Boyfriend How To Dance With You” (los nombres largos vienen también con la etiqueta indie) y “I Wanna Be Your Limousine” por ejemplo. El amor adolescente y la fiesta están mezclados en un disco que puede bien entrar como uno que habla sobre la eterna juventud. Lo que le da el carácter coherente y concreto es, insisto, su diversidad. Los sintetizadores están donde deben estar, las guitarras no abruman, la batería no ensordece con tarolas insoportables, la voz es confidente y no se desgasta en versos ni en pasajes innecesarios. Al final lo que importa no es el mensaje, es el cómo lo mandas. Hay incluso momentos de distensión a mitad de las canciones en los que los instrumentos no se estorban unos con otros, con guitarras, teclados y líneas de bajo precisas, con idas y venidas como montaña rusa. Y eso en un debut se agradece bastante. Las opus primus son armas de doble filo, contienen toda esa euforia que hizo a la banda acredora de grabar algo, es la declaración de principios en la que el grupo deja por sentado de dónde viene y a dónde va. Y aquí lo lograron con creces, definir lo uno y lo otro, para llegar a un punto de quiebre en el que la música parece que se compone por sí misma.


No hay mucho más qué decir. El disco es sencillo pero contenido en sí mismo. La música indie es también un arma de doble filo, es tan vasta y tan variada que parece que suenan todos igual, la verdad es que llega el punto en el que eso pasa. El tedio y la bruma llenan todo cuando las bandas suenan a lo mismo y dejan de ser novedad. Aquí el caso es contrario y hemos descubierto una joya divertida y creativa. Si necesitáramos un ejemplo para alguien que no haya escuchado indie rock (bastante improbable), quizás sería este, que ya lo tiene todo y que habla por sí mismo. En verdad, no puede pedirse más.

No hay comentarios:

Publicar un comentario