El indie rock siempre ha sido incomprendido. De varias e inimaginables formas. Representa muchas cosas y a la vez es muy poco probable que la gente se pueda poner de acuerdo con respecto a qué es y en dónde lo podemos ubicar. No es que exista un género llamado así propiamente, es más bien una red gigante de bandas que están siendo representados por disqueras independientes. Pero ni eso es suficiente, todavía hay más. También es un sonido particular, porque hay bandas “indie” manejadas por compañías monstruo. No por nada asociamos al indie rock más como a un género que como a un movimiento encabezado por la libertad creativa y que es inherente al sentimiento juvenil. Eso sí, esta “red” cambió por completo el panorama musical en la década pasada. Hay nombres que salen de inmediato cuando decimos esto: Arcade Fire, Interpol, Franz Ferdinand, The Strokes, The White Stripes, Arctic Monkeys. La verdad todo se remonta a algo mucho más lejano. Al shoegaze, al grunge, al rock alternativo de los ochentas, al post punk, al new wave. Los primeros dos se caracterizaban por tener un sonido particularmente crudo, resonante, lleno de espacio y de energía. Quizás esas etiquetas sean las que encajen mejor con el disco en cuestión, éste.
No hay mucho que
decir sobre los Black Kids salvo que son una banda de indie rock
estadounidense que empezó justo en el auge de la nueva ola de rock
alternativo a la que nos referimos. Debutaron con Partie Traumatic
en el 2008 y
no sacaron disco hasta casi
diez años después, cuando el panorama musical había cambiado tanto
que apenas se reconocería. Es por eso, y quizás sea lo más
importante, que Partie Traumatic
se queda congelado como una fotografía de aquel año ya tan lejano,
diez años se dicen fácil.
Encapsular
el sonido del álbum es bastante fácil, es indie rock. Así, sin
más. Tiene absolutamente todo lo que un disco de éstos debe tener.
No es broma, todo. La duración, la instrumentación, la confianza y
la indulgencia equilibrada.
El estilo es el mismo y se mantiene congruente con el de las bandas
antes mencionadas. Pero, no por eso deja de ser bueno. El disco
perpetúa
esa aura de juventud que caracteriza a las bandas de aquel entonces
antes de que la experimentación se hiciera patente, para bien o para
mal. Y es que Partie Traumatic
impresiona por su energía, su jovialidad y su cohesión. De
principio a fin se mantiene en una línea bien definida y nunca llega
a hartar, porque acaba en el momento justo. Hasta las canciones
“lentas” pueden parecer llenas de una carga emocional tremenda.
Un tour de force que gusta porque es sencillo. El estilo recuerda a
los Arctic de los primeros dos álbumes, a los Strokes cuando eran
jóvenes ilustres y hasta el tipo de vocales hace que la comparación
con Arcade Fire sea irremediable. El vocalista Reggie Youngblood (aún
ignoro si es seudónimo o en verdad es así) es acompañado por una
voz femenina que emula la
química entre Win Bulter y Regine Chassagne. La diferencia quizás
radica en que es un coro
casi infantil y paródico, como Everything Now
pero esa es otra historia. La voz de Ali Youngblood (puede que hasta
sean matrimonio, como Arcade Fire) es un cojín en el que las vocales
y el estilo de Reggie caen perfecto; aunque en ocasiones parezca
estar de más, porque
la música es desinteresada, no pasa desapercibida pero no se
caracteriza por sobresalir intelectualmente tampoco,
es rock juvenil puro, con todo y lo que esa etiqueta conlleva. Aquí
también agregamos el hecho de que la variedad de ritmos es
sorprendente, y en eso radica su vivacidad, su energía cautivadora.
Es
eso precisamente
lo que mantiene el disco a flote y le da seguridad, la paleta de
ritmos y de formas de instrumentación. El dance rock se hace
patente, pero aunque podamos percibirlo en todas las pistas, no es la
base principal y encontramos guiños a el new wave, al grunge, a la
primera ola de rock alternativo, incluso al rockabilly. Las letras se
mantienen iguales, el tema es el mismo, es indie rock después de
todo. “Hit the Breakers” mantiene una similitud velada con casi
todas las demás, “I’m Not Gonna Teach Your Boyfriend How To
Dance With You” (los nombres largos vienen también con la etiqueta
indie) y “I Wanna Be Your Limousine” por ejemplo. El amor
adolescente y la fiesta están mezclados en un disco que puede bien
entrar
como uno que habla
sobre la eterna juventud. Lo que le da el carácter coherente
y concreto es, insisto, su diversidad. Los sintetizadores están
donde deben estar, las guitarras no abruman, la batería no ensordece
con tarolas insoportables, la voz es confidente y no se desgasta en
versos ni en pasajes innecesarios. Al
final lo que importa no es el mensaje, es el cómo lo mandas. Hay
incluso momentos de distensión a mitad de las canciones en los que
los instrumentos no se estorban unos con otros, con guitarras,
teclados y líneas de bajo precisas, con idas y venidas como montaña
rusa. Y eso en un debut
se agradece bastante. Las
opus primus son armas
de doble filo, contienen toda esa euforia que hizo a la banda
acredora de grabar algo, es la declaración de principios en la que
el grupo deja por sentado de dónde viene y a dónde va. Y aquí lo
lograron con creces, definir lo uno y lo otro, para llegar a un punto
de quiebre en el que la música parece que se compone
por sí misma.
No
hay mucho más qué decir. El disco es sencillo pero contenido en sí
mismo. La música indie es también un arma de doble filo, es tan
vasta y tan variada que parece que suenan todos igual, la verdad es
que llega el punto en el que eso pasa. El tedio y la bruma llenan
todo cuando las bandas suenan a
lo mismo y dejan de ser
novedad. Aquí el caso es contrario y hemos descubierto una joya
divertida y creativa. Si necesitáramos un ejemplo para alguien que
no haya escuchado indie rock (bastante improbable), quizás sería
este, que ya lo tiene todo y que habla por sí mismo. En verdad, no
puede pedirse más.

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