lunes, 8 de enero de 2018

David Bowie - Blackstar


You say you’l lleave me.
And when the sun is low,
And the rays high.
I can see it now,
I can feel it dying.”
-Heathen (TheRays)

David Bowie





Siempre es difícil empezar a hablar de David Bowie. A estas alturas, para entender un poco al Blackstar es necesario tener en cuenta lo que él mismo representa después de casi cincuenta años de carrera. Yo comencé a escucharlo cuando tenía unos quince años, justo en ese año había salido a la luz TheNext Day. En todas las reseñas que leí antes de escucharlo, algo pésimo para quien disfruta de la música sin más, mencionaban el regreso de “Bowie, El vanguardista”, “Bowie, El innovador”. Yo tenía inquietudes musicales extrañas en aquellos días, me oponía férreamente al indie rock y buscaba un cambio de aire a una época en la que mis gustos artísticos andaban sin rumbo. El Next Day supuso ese regreso al mundo de los vivos. Supongo que Bowie también quería eso después de diez años de no grabar absolutamente nada. En fin, se volvió uno de mis álbumes de cabecera en ese año, no porque fuera la gran obra maestra de Bowie, sino porque era buen rock, convencionalmente orgánico y con sinceridad, sin rayar en el exceso que ahora está tan de moda. Ese y el Random Access Memories de Daft Punk fueron mis discos del ya muy lejano 2013. Si algo tienen en común es la honestidad, el amor por la alta fidelidad y una música de maravilla. La figura de David Bowie comenzó a imponerse entre mis gustos musicales de forma permanente.
Eso sí, el Next Day no proporciona nada nuevo. Es un muy buen álbum, pero en ocsaiones da la impresión de que se hizo sólo porque ya era hora de grabar algo después de tanto tiempo de ausencia. Duré mucho tiempo sin escuchar otra cosa de él que no fuera ese disco. Me informaba cada vez más sobre sus principales grabaciones pero no las escuchaba. Casi un año y medio después encontré hurgando en internet la discografía completa. Desde mucho antes mi padre me inculcó el gusto por Kraftwerk, así que cuando en “Trans-Europe Express” encontré una referencia a Bowie y al Station to Station me pareció un buen punto por el cuál empezar. El Station to Station es oro puro, la canción que lleva el mismo nombre es una de las mejores canciones que he escuchado. Épica, llena de atmósfera y de ritmo, sin perder la fineza, era un tesoro haberla descubierto. Las demás canciones se dejan escuchar perfectas, pero esa primera intención del torbellino en “Station to Station” es insuperable. Conocí también “Heroes” y “Ashes to Ashes” pero, nuevamente, tomó otro año para que me dispusiera a escucharlos todos, en un acto de irremediable coincidencia con su muerte un mes después.
Me hice de todos los discos, los veintiséis que conforman su discografía de estudio y me propuse escucharlos. No hablaré de todos ellos, eso no es lo que nos compete ahora, sólo diré que me tomó unos cinco meses y llegue a hartarme. Son demasiados, tan variados uno del otro que abruma. Lo que sí puedo afirmar es que Bowie ha sido el artista total. Su discografía ya es el reflejo de lo que se escuchaba en cada época. Desde su debut en el que parece presentador de show de variedades, seguido por el rock espacial en “Space Oddity”, el pop experimental desde Honky Dory hasta Aladdin Sane, el protopunk en Pin Ups, la transición en Station to Station, la vanguardia pura en la Trilogía de Berlín, la comercialización en los años ochenta, el cambio big beat-industrial a lo Nine Inch Nails-Chemical Brothers en los noventas, un Bowie consciente y consistente en Heathen y Reality y, finalmente el regreso triunfal en The Next Day. Cada álbum representa un testimonio de las tendencias de aquellos días. Algunos tan seminales, como Low y “Heroes”, que dieron paso a nuevas tendencias, ahora tan famosas que no se imagina el mundo sin ellas: el post rock, el new wave, el ambient, el post punk, el house y la lista continúa. Sí, después de todo este parloteo, David Bowie ha sido el artista más influyente de todos los tiempos, superando quizás a los Rolling Stones y a los Beatles.
Ahora bien, después de varios meses de intentar entender a Bowie, cosa de niños para los especialistas que lo estudian por años, el Blackstar llega con muy poca sorpresa, musicalmente y en apariencia. El acto surreal que supuso el lanzamiento eso sí es tan intempestivo y asombroso que da miedo. Se anunció como el regreso al krautrock que había experimentado en sus años en Berlín y la noticia me entusiasmó: después de todo no caería nada mal escuchar una cuarta entrega en la saga del Bowie puramente experimental. Siendo sinceros no seguí del todo las actualizaciones que se hacían sobre él, distintos problemas me lo impidieron, por lo que sólo me di cuenta de la inmediatez de las cosas cuando salió “Blackstar” y su por demás extraño video. Cuando vi las fotos promocionales me sorprendí, Bowie se veía mucho muy acabado, más delgado y con unas arrugas terribles. Cuando anunciaron su muerte un ligero escalofrío me recorrió la espalda porque un día antes, uno después del lanzamiento, al ver las fotos pensé que debía estar mucho muy enfermo. Sin embargo, antes de eso, “Blackstar” me dejó pensando un rato. Sí, no me sorprendió musicalmente, de Bowie hay que esperar lo inesperado, pero la canción es oscura, muchísimo. No es un toque de aire fresco, más bien es un regreso a lo profundo. Llena de texturas y de atmósferas envolventes y, a pesar de mi acto de nula impresión, “Blackstar” es un logro increíble. Progresiva y con un ritmo jazz electrónico que nunca había escuchado jamás a lo Massive Attack, es una joya, una joya de esas que brillan en la oscuridad. Desde el comienzo se advierte una voz ligeramente desgastada, no es el Bowie de siempre, es un Bowie que llora con ella. La pieza envuelve, como ya lo había mencionado, es de esas canciones que, o te dejas enganchar largo rato con ella, o intentas alejarte conforme la atmósfera avanza. Una verdadera joya. Junto con ella se anunció la salida del disco para el 8 de enero. Conforme pasaban los días se fueron dando detalles, el video musical muestra a un Bowie iluminado que parece más bien un profeta, anunciando el rapto. Lo he visto una vez y me parece suficiente.
Los días siguieron su curso y esperaba con mediana impaciencia el lanzamiento. Cuando salió me ocupé en otras cosas, por lo que no tuve tiempo de escucharlo hasta que en la madrugada del 10 de enero se anunció que Bowie había muerto. Dije: “Carajo, no me tomé la molestia ni de buscarlo en el Pirate Bay y ahora ya no está”. Su muerte me dejó atónito, era completamente improbable que se muriera dos días después de lanzar su último disco, ¡y de su cumpleaños! La ola de comentarios respecto a su defunción no se dejó esperar en el internet, miles y miles de personas, que quizás no lo conocían pero había que estar dentro del tren, mostraron su tristeza por aquel fatídico desenlace. A pesar de eso, había una nota que rondaba por las redes sociales, una nota en la que el productor de toda la vida Tony Visconti mencionaba que Blackstar y el video para “Lazarus” habían sido el canto de cisne de David Bowie y un regalo para los fans. Yo no vi el vídeo de “Lazarus”, ni me tomé el tiempo para escuchar la canción, pero al verlo por primera vez, aquel escalofrío volvió a mi espalda, pareciese como si Bowie supiera de antemano que en ese mismo instante iba a morir, él se veía con un pie en el más allá mucho antes de que pasara. Un testamento, un adiós premeditado: “Look up here, I’m in Heaven […] Everybody knows me now”. Fue algo tan aterrador como artísticamente perfecto. Visconti, o Brian Eno, no lo recuerdo, mencionó que hasta su muerte fue una obra de arte. Después de eso hice una lista de reproducción con todas las canciones que me habían gustado de él, y en eso se me fue el día, en escuchar a Bowie.
Unos días después me armé de valor para escucharlo y mi primera conclusión fue que no lo entendí. Para nada. Ni de cerca. “Blackstar” era el perfecto de resumen de un álbum oscuro, pero llevado a la perfección. Mi impresión por esa primera canción no cambia mucho a lo que escribí arriba, quizás la entendía un poco mejor ahora, quizás me pareció un poco más agradable entonces. “’Tis a Pity She Was a Whore” fue el respiro, tal vez sea la canción más “convencional” en todo el álbum, el ritmo vertiginoso no varía mucho y la línea melódica no cambia tan abruptamente, pero no por eso es menos virtuosa, ésta mantiene la atmósfera oscura e infranqueable, pero deja al escucha un agradable sabor de boca. Y el respiro, no olviden el respiro. Ahora bien, “Lazarus” me regresó a esa incomodidad extraña, pero atrayente, que “Blackstar” dejaba desde el principio. Un epitafio de maravilla, probablemente el mejor, en cuyo saxofón nos toma por caminos y veredas propias, a mi parecer, de las mejores películas de cine negro, en un contexto mucho muy actual por supuesto. La letra ya era pesada, la crónica de su muerte anunciada, y del video ni hablamos. “Sue (Or In Season of Crime)” es esa pieza de jazz experimental que estaba esperando. Nunca escuché la versión del Nothing Has Changed y sigo sin hacerlo, pero la aquí hecha no es menos que virtuosa. Es una de las más experimentales de todo el disco, con arreglos de sintetizador, de orquesta, de saxofón geniales, propios de Bowie. Aunque el riff principal se mantiene durante toda la pista, el clímax logrado en el final es buenísimo. “Girl Love Me” me parece extraña (como si no hubiese usado ese adjetivo antes en esta misma nota), es la que menos está cargada de atmósfera y de arreglos, pero la voz y sus accidentes me confieren un ambiente incómodo, no malo ni inapropiado, sólo inusual, es de la que menos tengo que hablar. “Dollar Days” es otro respiro. Una suerte de balada casi folk con saxofón que baja los ánimos y confiere un ambiente dramático y agradable al mismo tiempo. Con un arreglo de cuerdas cercano al “Muro de sonido” tan característico de los setentas, es una pieza hermosa, fina y con un acabado memorable. Ésta última, con sus segundos finales, sirve de transición hacia una pista que cierra un álbum de forma magistral. “I Can’t Give Everything Away” es la mejor despedida que he escuchado en algún disco jamás. El verdadero “Canto de Cisne”, el grand finale. Con una armónica escuchada previamente en el Low y con un buenísimo solo de saxofón digno de don Kamasi, pone una nota alegre y para nada derrotista a una carrera brillante, a una vida llena de episodios increíbles, a un ideal innovador que marcó a todas las generaciones que le sucedieron, a un arte en sí misma. El punto culminante en un disco que no se digiere fácil y que con eso propone nuevas escuchas. La voz de Bowie, lo repito, llora. Es como si escucháramos a alguien que de verdad le quedan pocos segundos para ir al más allá, que es realidad aparte”.
Hablando del disco como un todo, es difícil discernir la esencia de la grabación. La propia línea que lo conduce pareciera que no está tan definida, y se ve borrosa la mayoría de las veces. No estoy diciendo que carece de consistencia o que divague innecesariamente. En realidad me refiero a que no es fácil encontrar el núcleo que lo compone. La intención parece clara: un Bowie diciendo adiós a los que se quedan, un adiós lleno de acertijos y entramados tan colosales como aparentemente sencillos de entender. Sin embargo, y esto ocurre en casi todos sus discos, si nos quedamos con esta primera impresión nos perdemos de ese “algo más” que ha hecho a Bowie El artista. En buena medida Bowie rompió fronteras de géneros, y ahora más que nunca lo vemos. Las influencias en Blackstar van desde la IDM hasta los por demás bizarros Death Grips, pasando, entre otras bandas, por Kendrick Lamar y el épico To Pimp a Butterfly. Aquí no hay rock, no hay nada “convencional”. Tenemos enfrente, a mi parecer, un híbrido que pertenece a muchos géneros y a ninguno a la vez. Bowie prescindió intencionalmente de la influencia del rock and roll para crear Blackstar, y el resultado es una obra de total innovación en el mismo género. Si antes dije que The Next Day se caracterizaba por ser un lanzamiento de facto en la carrera de Bowie y sus otros discos podrían ser considerados fotografías instantáneas de la historia de la música popular desde los setentas, Blackstar es el legado de algo nuevo usando la música que a priori pareciera que no tiene nada que ver con lo que ha hecho él mismo antes. Quizás el mejor regalo es que podamos escuchar este disco como algo que siempre será inmediato no importa si ya pasaron más de cien años de su muerte. En el fondo, el núcleo radica en esto: recrear la historia del pop actual haciendo algo que los músicos de ahora ni siquiera se les ocurrió que podían intentar. No un nuevo género, aunque suene tendencioso, una declaración de principios quizás, de las muchas que él mismo ha hecho a lo largo de su vida. Y es así como se ha ganado de nueva cuenta la influencia en varios otros artistas que encontrarán en Blackstar lo que Daft Punk ha encontrado en la Trilogía de Berlín, o lo que Marilyn Manson encontró en Aladdin Sane y la lista continúa.
Han pasado muchos meses desde el lanzamiento del Blackstar y de la muerte de Bowie. En ese lapso ocurrieron mil y un atentados en todo el mundo, uno de ellos el tributo que le hizo Lady Gaga al propio Bowie en los Grammy; muchísimos homenajes, demás recuentos de sus múltiples facetas y personajes: “Bowie, El innovador”, “Bowie, El vanguardista”. Y es que, ¿de qué otra forma sería? ¿Cómo olvidar la Heroes Symphony que le compuso Philip Glass y que sucedió a la Low Symphony? ¿Cómo no admirar a alguien que legaba al mundo la fórmula del rock y del pop contemporáneos? Bowie creó todo un entramado de subgéneros que una lista condensativa no sería suficiente. Ziggy Stardust, The Man Who Fell to Earth, parafraseando a Poniatowska: meteoro radiante que brillará mucho tiempo en el cielo y en la Tierra.
Seeing more and feeling less
Saying No but meaning Yes.
This i sall I ever meant,
That’s the message that I sent.

-David Bowie

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