“You
say you’l lleave me.
And
when the sun is low,
And
the rays high.
I
can see it now,
I
can feel it dying.”
-Heathen
(TheRays)
David
Bowie
Siempre es difícil empezar a hablar de David Bowie. A estas alturas, para entender un
poco al Blackstar
es necesario tener en cuenta lo que él mismo representa después de
casi cincuenta años de carrera. Yo comencé a escucharlo cuando
tenía unos quince años, justo en ese año había salido a la luz
TheNext
Day.
En todas las reseñas que leí antes de escucharlo, algo pésimo para
quien disfruta de la música sin más, mencionaban el regreso de
“Bowie, El vanguardista”, “Bowie, El innovador”. Yo tenía
inquietudes musicales extrañas en aquellos días, me oponía
férreamente al indie rock y buscaba un cambio de aire a una época
en la que mis gustos artísticos
andaban sin rumbo. El Next
Day
supuso ese regreso al mundo de los vivos. Supongo que Bowie también
quería eso después de diez años de no grabar absolutamente nada.
En fin, se volvió uno de mis álbumes de cabecera en ese año, no
porque fuera la gran obra maestra de Bowie, sino porque era buen
rock, convencionalmente orgánico y con sinceridad, sin rayar en el
exceso que ahora está tan de moda. Ese y el Random
Access Memories de
Daft Punk fueron mis discos del ya
muy lejano
2013. Si algo tienen en común es la honestidad, el amor por la alta
fidelidad y una música de maravilla. La figura de David Bowie
comenzó a imponerse entre mis gustos musicales de forma permanente.
Eso
sí, el Next
Day
no proporciona nada nuevo. Es un muy buen álbum, pero en ocsaiones da la impresión de que se
hizo sólo porque ya era hora de grabar algo después de tanto tiempo
de ausencia. Duré mucho tiempo sin escuchar otra cosa de él que no
fuera ese disco. Me informaba cada vez más sobre sus principales
grabaciones pero no las escuchaba. Casi
un año y medio después encontré hurgando
en internet
la discografía completa. Desde mucho antes mi padre me inculcó el
gusto por Kraftwerk, así que cuando en “Trans-Europe Express”
encontré una referencia a Bowie y al Station
to Station
me pareció un buen punto por el cuál empezar. El Station
to Station es
oro puro, la canción que lleva el mismo nombre es una de las mejores
canciones que he escuchado. Épica, llena de atmósfera y de ritmo,
sin perder la fineza, era un tesoro haberla descubierto. Las demás
canciones se dejan escuchar perfectas, pero esa primera intención
del torbellino en “Station to Station” es insuperable. Conocí
también “Heroes” y “Ashes to Ashes” pero, nuevamente, tomó
otro año para que me dispusiera a escucharlos todos, en un acto de
irremediable coincidencia con su muerte un mes después.
Me
hice de todos los discos, los veintiséis que conforman su
discografía de estudio y me propuse escucharlos. No hablaré de
todos ellos, eso no es lo que nos compete ahora, sólo diré que me
tomó unos cinco meses y llegue a hartarme. Son demasiados, tan
variados uno del otro que abruma. Lo que sí puedo afirmar es que
Bowie ha sido el artista total. Su discografía ya es el reflejo de
lo que se escuchaba en cada época. Desde su debut en el que parece
presentador de show de variedades, seguido por el rock espacial en
“Space Oddity”, el pop experimental desde Honky
Dory hasta
Aladdin
Sane,
el protopunk en Pin
Ups,
la transición en Station
to Station,
la vanguardia pura en la Trilogía de Berlín, la comercialización
en los años ochenta, el cambio big beat-industrial a lo Nine Inch
Nails-Chemical Brothers en los noventas, un Bowie consciente y
consistente en Heathen
y
Reality
y, finalmente el regreso triunfal en The
Next Day. Cada
álbum representa un testimonio de las tendencias de aquellos días.
Algunos tan seminales, como Low
y
“Heroes”,
que dieron paso a nuevas tendencias, ahora tan famosas que no se
imagina el mundo sin ellas: el post rock, el new wave, el ambient, el post punk, el house y la lista
continúa. Sí, después de todo este parloteo, David Bowie ha sido
el artista más influyente de todos los tiempos, superando quizás a los
Rolling Stones y a los Beatles.
Ahora
bien, después de varios meses de intentar entender a Bowie, cosa de
niños para los especialistas que lo estudian por años, el Blackstar
llega
con muy poca sorpresa, musicalmente y en apariencia. El acto surreal que supuso el
lanzamiento eso sí es tan intempestivo y asombroso que da miedo. Se
anunció como el regreso al krautrock que había experimentado en sus
años en Berlín y la noticia me entusiasmó: después de todo no
caería nada mal escuchar una cuarta entrega en la saga del Bowie
puramente experimental. Siendo sinceros no seguí del todo las
actualizaciones que se hacían sobre él, distintos problemas me lo
impidieron, por lo que sólo me di cuenta de la inmediatez de las
cosas cuando salió “Blackstar” y su por demás extraño video.
Cuando vi las fotos promocionales me sorprendí, Bowie se veía mucho
muy acabado, más delgado y con unas arrugas terribles. Cuando
anunciaron su muerte un ligero escalofrío me recorrió la espalda
porque un día antes, uno después del lanzamiento, al ver las fotos
pensé que debía estar mucho muy enfermo. Sin embargo, antes de eso,
“Blackstar” me dejó pensando un rato. Sí, no me sorprendió
musicalmente, de Bowie hay que esperar lo inesperado, pero la canción
es oscura, muchísimo. No es un toque de aire fresco, más bien es un
regreso a lo profundo. Llena de texturas y de atmósferas envolventes
y, a pesar de mi acto de nula impresión, “Blackstar” es un logro
increíble. Progresiva y con un ritmo jazz electrónico que nunca
había escuchado jamás a lo Massive Attack, es una joya, una joya de
esas que brillan en la oscuridad. Desde el comienzo se advierte una
voz ligeramente desgastada, no es el Bowie de siempre, es un Bowie
que llora con ella. La pieza envuelve, como ya lo había mencionado,
es de esas canciones que, o te dejas enganchar largo rato con ella, o
intentas alejarte conforme
la atmósfera avanza.
Una verdadera joya. Junto con ella se anunció la salida del disco
para el 8 de enero. Conforme pasaban los días se fueron dando
detalles, el video musical muestra a un Bowie iluminado que parece
más bien un profeta, anunciando el rapto. Lo he visto una vez y me
parece suficiente.
Los
días siguieron su curso y esperaba con mediana impaciencia el
lanzamiento. Cuando salió me ocupé en otras cosas, por lo que no
tuve tiempo de escucharlo hasta que en la madrugada del 10 de enero
se anunció que Bowie había muerto. Dije: “Carajo, no me tomé la
molestia ni de buscarlo en el Pirate Bay y ahora ya no está”. Su
muerte me dejó atónito, era completamente improbable que se muriera
dos días después de lanzar su último disco, ¡y de su cumpleaños!
La ola de comentarios respecto a su defunción no se dejó esperar en
el internet, miles y miles de personas, que quizás no lo conocían
pero había que estar dentro del tren, mostraron su tristeza por
aquel fatídico desenlace. A pesar de eso, había una nota que
rondaba por las redes sociales, una nota en la que el productor de
toda la vida Tony Visconti mencionaba que Blackstar
y
el video para “Lazarus” habían sido el canto de cisne de David
Bowie y un regalo para los fans. Yo no vi el vídeo de “Lazarus”,
ni me tomé el tiempo para escuchar la canción, pero al verlo por
primera vez, aquel escalofrío volvió a mi espalda, pareciese como
si Bowie supiera de antemano que en ese mismo instante iba a morir,
él se veía con un pie en el más allá mucho antes de que pasara.
Un testamento, un adiós premeditado: “Look up here, I’m in
Heaven […] Everybody knows me now”. Fue algo tan aterrador como
artísticamente perfecto. Visconti, o Brian Eno, no lo recuerdo,
mencionó que hasta su muerte fue una obra de arte. Después de eso
hice una lista de reproducción con todas las canciones que me habían
gustado de él, y en eso se me fue el día, en escuchar a Bowie.
Unos
días después me armé de valor para escucharlo y mi primera
conclusión fue que no lo entendí. Para nada. Ni de cerca.
“Blackstar” era el perfecto de resumen de un álbum oscuro, pero
llevado a la perfección. Mi impresión por esa primera canción no
cambia mucho a lo que escribí arriba, quizás la entendía un poco
mejor ahora, quizás me pareció un poco más agradable entonces.
“’Tis a Pity She Was a Whore” fue el respiro, tal vez sea la
canción más “convencional” en todo el álbum, el ritmo
vertiginoso no varía mucho y la línea melódica no cambia tan
abruptamente, pero no por eso es menos virtuosa, ésta mantiene la
atmósfera oscura e infranqueable, pero deja al escucha un agradable
sabor de boca. Y el respiro, no olviden el respiro. Ahora bien,
“Lazarus” me regresó a esa incomodidad extraña, pero atrayente,
que “Blackstar” dejaba desde el principio. Un epitafio de
maravilla, probablemente el mejor, en cuyo saxofón nos toma por
caminos y veredas propias, a mi parecer, de las mejores películas de
cine negro, en un contexto mucho muy actual por supuesto. La letra ya
era pesada, la crónica de su muerte anunciada, y del video ni
hablamos. “Sue (Or In Season of Crime)” es esa pieza de jazz
experimental que estaba esperando. Nunca escuché la versión del
Nothing
Has Changed
y sigo sin hacerlo, pero la aquí hecha no es menos que virtuosa. Es
una de las más experimentales de todo el disco, con arreglos de
sintetizador, de orquesta, de saxofón geniales, propios de Bowie.
Aunque el riff principal se mantiene durante toda la pista, el clímax
logrado en el final es buenísimo. “Girl Love Me” me parece
extraña (como si no hubiese usado ese adjetivo antes en esta misma
nota), es la que menos está cargada de atmósfera y de arreglos,
pero la voz y sus accidentes me confieren un ambiente incómodo, no
malo ni inapropiado, sólo inusual, es de la que menos tengo que
hablar. “Dollar Days” es otro respiro. Una suerte de balada casi
folk con saxofón que baja los ánimos y confiere un ambiente
dramático y agradable al mismo tiempo. Con un arreglo de cuerdas
cercano al “Muro de sonido” tan característico de los setentas,
es una pieza hermosa, fina y con un acabado memorable. Ésta última,
con sus segundos finales, sirve de transición hacia una pista que
cierra un álbum de forma magistral. “I Can’t Give Everything
Away” es la mejor despedida que he escuchado en algún disco jamás.
El verdadero “Canto de Cisne”, el grand
finale.
Con una armónica escuchada previamente en el Low
y con un buenísimo solo de saxofón digno de don Kamasi, pone una
nota alegre y para nada derrotista a una carrera brillante, a una
vida llena de episodios increíbles, a un ideal innovador que marcó
a todas las generaciones que le sucedieron, a un arte en sí misma.
El punto culminante en un disco que no se digiere fácil y que con
eso propone nuevas escuchas. La voz de Bowie, lo repito, llora. Es
como si escucháramos a alguien que de verdad le quedan pocos
segundos para ir al más allá, que
es realidad aparte”.
Hablando
del disco como un todo, es difícil discernir la esencia de la
grabación. La propia línea que lo conduce pareciera que no está
tan definida, y se ve borrosa la mayoría de las veces. No estoy
diciendo que carece de consistencia o que divague innecesariamente.
En realidad me refiero a que no es fácil encontrar el núcleo que lo
compone. La intención parece clara: un Bowie diciendo adiós a los
que se quedan, un adiós lleno de acertijos y entramados tan
colosales como aparentemente sencillos de entender. Sin embargo, y
esto ocurre en casi todos sus discos, si nos quedamos con esta
primera impresión nos perdemos de ese “algo más” que ha hecho a
Bowie El artista. En buena medida Bowie rompió fronteras de géneros,
y ahora más que nunca lo vemos. Las influencias en Blackstar
van
desde la IDM hasta los por demás bizarros Death Grips, pasando,
entre otras bandas, por Kendrick Lamar y el épico To
Pimp a Butterfly.
Aquí no hay rock, no hay nada “convencional”. Tenemos enfrente,
a mi parecer, un híbrido que pertenece a muchos géneros y a ninguno
a la vez. Bowie prescindió intencionalmente de la influencia del
rock and roll para crear Blackstar,
y el resultado es una obra de total innovación
en el mismo género. Si antes dije que The
Next Day
se caracterizaba por ser un lanzamiento de facto en la carrera de
Bowie y sus otros discos podrían ser considerados fotografías
instantáneas de la historia de la música popular desde los
setentas, Blackstar
es
el legado de algo nuevo usando la música que a priori pareciera que
no tiene nada que ver con lo que ha hecho él mismo antes. Quizás el
mejor regalo es que podamos escuchar este disco como algo que siempre
será inmediato no importa si ya pasaron más de cien años de su
muerte. En el fondo, el núcleo radica en esto: recrear la historia
del pop
actual haciendo algo que los músicos de ahora ni siquiera se les ocurrió que podían intentar. No un nuevo género, aunque suene tendencioso, una declaración de principios quizás, de las muchas que él mismo ha hecho a lo largo de su vida. Y es así como se ha ganado de
nueva cuenta la influencia en varios otros artistas que encontrarán
en Blackstar
lo
que Daft Punk ha encontrado en la Trilogía de Berlín, o lo que
Marilyn Manson encontró en Aladdin
Sane
y la lista continúa.
Han
pasado muchos meses desde el lanzamiento del Blackstar
y
de la muerte de Bowie. En ese lapso ocurrieron mil y un atentados en
todo el mundo, uno de ellos el tributo que le hizo Lady Gaga al
propio Bowie en los Grammy; muchísimos homenajes, demás recuentos
de sus múltiples facetas y personajes: “Bowie, El innovador”,
“Bowie, El vanguardista”. Y es que, ¿de qué otra forma sería?
¿Cómo olvidar la Heroes
Symphony que
le compuso Philip Glass y que sucedió a la Low
Symphony?
¿Cómo no admirar a alguien que legaba al mundo la fórmula del rock
y del pop contemporáneos? Bowie creó todo un entramado de subgéneros que una lista
condensativa no sería suficiente. Ziggy Stardust, The
Man Who Fell to Earth,
parafraseando a Poniatowska: meteoro radiante que brillará mucho
tiempo en el cielo y en la Tierra.
“Seeing
more and feeling less
Saying
No but meaning Yes.
This
i sall I ever meant,
That’s
the message that I sent.
-David
Bowie

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