Emerson,
Lake & Palmer siguen siendo controvertidos hasta en estos días.
La razón es muy sencilla: siempre representaron la parte más
pretenciosa del rock progresivo. Después de unos años de carrera la
banda se volvió prácticamente todo lo que estaba mal en un género
que permite ya de por sí pasajes de más de veinte minutos, en los
que el exceso de virtuosismo y de exageración sonora desembocan en
un pantano tan denso que sólo muy pocas personas aprecian, un
pantano tedioso y con neblina que es imposible atravesar. Es por eso
que, notable teniendo en cuenta la época, que cuando la banda entró
en la industria fueron una de las pocas bandas que lograron el
estrellato comercial pero con críticas malísimas por parte de los
expertos, en tiempos en los que el rock progresivo comenzaba a
dominar las listas con Pink Floyd, King Crimson, Yes y Rush.
Perfilaron un estilo que tuvo su debacle en muy poco tiempo, debido
siempre por sus abusos artísticos, pero que entonces fue la música
del futuro. La banda no fue la excepción por obvias razones, la
historia de ELP engloba casi la del género por sí misma: auge y
caída, potencial y auto complacencia.
A
pesar de todo, Tarkus supone
un momento de transición. El segundo álbum de ELP llegó con muy
poco entusiasmo. El debut pareció un
intento de ejemplificar la naciente escena prog con un órgano
onmipresente al estilo Doors y fue recibido con un entusiasmo
notable, quizás demasiado. Hecho como un híbrido entre el rock
psicodélico, música clásica y jazz, aquel álbum debut ya preveía
la pretenciosa
grandilocuencia pero se quedaba como un disco bastante ameno. Tarkus
expande ese sonido y lo llena de largos breakdowns de batería y
órgano, combinándolo con los siempre presentes pasadizos
psicodélicos, manteniéndose
entre un comienzo poco comprendido y el épico Trilogy.
No es sorpresa que empiece con una monumental como “Tarkus”,
cuyos
veinte minutos son un hueso duro de roer. La introducción sigue
siendo una marca registrada en la banda, toda una pieza de jazz
espacial con hammonds por doquier y una batería con solos de sobra,
en el mal sentido, es tanto al afán de virtuosismo que se pierde en
un mar de tarolas y percusiones. Las fracciones
siguientes siguen este orden,
un vaivén de cambios de métrica y de velocidad, pero ahora con Greg
Lake armonizando la pieza con versos escritos por él mismo. El salto
a un ritmo lento llega en el momento adecuado, justo cuando se
empieza a ver todo como una capirotada de abundancia. Sin embargo, la
canción regresa
a esos mismos lugares, se desenvuelve tarde y,
conforme uno avanza, se acaban los dedos de la mano para contar las
veces que regresan a los mismos solos autocomplacientes
de batería y órgano. Justo cuando la canción empieza a crear un
esqueleto, estas partes vienen a romper el equilibrio, y esa es la
falla de una canción que prometía volverse un épico pasaje en la
historia del rock progresivo. La
misma nunca llega a un clímax porque está llena de ellos, los
primeros diez minutos son iguales a los restantes y se reitera a sí
misma indefinidamente, salvo por “Battle Field”, donde vemos un
momento de distensión y Greg Lake nos regala un solo espacial más
que memorable, comparable a “Echoes” en atmósfera e intensidad.
Los
últimos minutos siguen sin aportar nada a la pista que pueda
distinguirse.
En
el segundo lado del LP encontramos “Jeremy Bender”, con una
melodía alegre y un ritmo bien definido al estilo de Queen en los
años de A Night
at the Opera.
Prescindible quizás, pero que está bastante bien hecha. “Bitches
Crystal” es “Tarkus” en una versión acortada. Son
básicamente la misma salvo por la voz agresiva de Greg Lake y el
solo en tipo blues de Keith Emerson; casi puedo apostar que están
hechas en el mismo tono y la progresión de acordes no varía de la
épica del primer lado del disco. El cambio viene con la
primera de dos partes:
“The Only Way (Hymn)”. El
órgano de iglesia le da ese toque casi sacro a una pieza que se oye
de maravilla. Minimalista y sobria, virtuosa en el uso del órgano
con sketches de Bach, quizás sea la única que se escuche completa y
con una cohesión concreta.
La continuación “Infinite Space (Conclusion)” es un pasaje de
piano que asemeja la banda sonora de una película muda, bien hecha y
definida pero completamente despreciable; no suma nada nuevo al
disco, aunque bien pudo terminarlo, ya que las siguientes pistas se
vuelven una parodia de una banda en consolidación. “A Time and a
Place” es una reiteración de “Tarkus” que si en “Jeremy
Bender” parecía tediosa, aquí se
ve
convulsa, con los mismos extractos que vuelven a ambas pistas
monótonas en ascenso. Continuando esta línea está “Are You Ready
Eddy?” para terminar la caricatura
repleta de momentos innecesarios. La misma es un rockabilly que no
termina de cuajar y que sobresale por su ritmo
vertiginoso llenando todo sin decir nada. Leyendo sobre el proceso de
grabación encontré que fue una celebración por haber terminado
Tarkus
y aquí podemos ver la alarmante ausencia de auto crítica que hizo a
la banda tan escandalosa por
aquellos años.
En el 2012 Steven Wilson remezcló el álbum y añadió una joya
perdida, “Oh My Father” es una balada que no fue incluida en la
versión original y que vale su peso en oro. Podemos quitar las
últimas dos pistas del tracklist dejando ésta al final y el disco
se salva porque se salva. Tiene una acabado perfecto, con una batería
acorde al sentimiento, un piano sobrio y consistente y un solo de
guitarra a la mitad que la vuelve la mejor canción del segundo lado.
El virtuosismo queda de lado y se escucha genial en un álbum
caracterizado por la falta de solidez.
Después
de todo esto creo que se puede apreciar la conclusión. Tarkus
es un álbum que en
general tenía todo por delante y que falla por su carencia de
creatividad, de iluminación. Ejemplifica perfecto el estereotipo del
rock progresivo y lo relega al punto en el que el exceso se vuelve la
parte seminal. Nunca he sido precisamente un fan de ELP, sus
composiciones siempre me parecieron repetitivas y poco interesantes,
pero creo que de todo lo que he escuchado éste es quizás uno de los
más consistentes. Es innegable la influencia que han tenido a lo
largo de los años, Dream Theater es un ejemplo más que claro, ya
que siempre representaron al género
tal cual es, con un punto de quiebre genial pero que después de una
primera ola iba a terminar sucumbiendo a la ceguera de la sobrecarga,
y alejándose cada vez más de algo tan importante como lo es la auto
crítica, mencionada ya arriba. El estudio da la técnica, pero no la
creatividad.
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