La década ha terminado y con ello, un huracán de géneros y discos más que memorables. Aquí crecí yo, di el paso de la adolescencia a la adultez, y más allá de ser los mejores disco de la década, son una mezcla entre mis favoritos y los que debieron ser los mejores. Sin orden cronológico o del peor al mejor. Así pues, sin más preámbulos, la primera parte de mis discos de los 2010s.
Queens of the Stone Age
- …Like Clockwork (2013)
La oscuridad siempre ha
sido una parte importante en la mente atribulada (de excesos, obviamente) de
Josh Homme. Sin embargo, los rumores sobre sobre una larga y profunda depresión
debido a una sobredosis o un accidente trágico que lo dejó postrado en cama
durante meses corrieron rápido antes del lanzamiento de …Like Clockwork.
La llamarada desembocó en una obra intrigante pero sobre todo más humana que
cualquier otra cosa que hubiera hecho hasta la fecha. La parte personal se
mezcla con un intento de salir a la superficie de una manera por demás
existencial pero llena luz, eso sí. Josh Homme tenía en el pasado un catálogo
crudo musicalmente, desde Kyuss hasta su magnífico superdisco con The Crooked
Vultures, por lo que el verse expuesto de esta manera, tanto musical como
personalmente sigue siendo motivo de admiración, o al menos debería serlo. La
crudeza ya no radicaba en el sonido, sino en su coraza de emociones y
reflexiones sobre su propia mortalidad. “The Vampyre of Time and Memories”
sigue siendo una declaración de antecedentes inesperada: “I want God to come
and take me home. ‘Cause I’m all alone in this crowd”. La obra más íntima e
increíblemente concebida que la banda jamás hará y sin dudas una de sus mejores.
Para sentar un precedente en un movimiento musical que empezaba a carecer de
expresión y de humanidad.
Pistas Favoritas: “I Sat
By the Ocean”, “The Vampyre of Time and Memories”, “If I Had a Tail”, “…Like
Clockwork”.
Run the Jewels – Run
the Jewels 2 (2014)
Lo sabemos, hasta el hartazgo,
pibe: fue la década del Hip Hop. Run the Jewels fue la culminación de un
proyecto que Killer Mike y El-P debieron hacer hace mucho. Su primer disco
homónimo fue un meteorito que impactó sin previo aviso en la forma y el estilo
de hacer música. Justo cuando la década ya estaba bien entrada y el Hip hop
empezaba a tenderse monótono. Muy a pesar de eso, cuando salió su siguiente
entrega, aún faltaba un torrente que no dejara respirar todavía. Un tratamiento
casi punk que sirviera de tour de forcé para un género que dominaría
absolutamente todo en años venideros. No fue necesario decir que Run the
Jewels 2 no sólo cumple ese propósito, sino que con sus menos de cuarenta
minutos creó un avance en producción del que no teníamos registro. Ningún
elemento está fuera de lugar, y aunque parece que estamos tratando con beats y
producción avanzados, no deja de sonar orgánico en todo momento, cortesía de
El-P. Killer Mike lanza sus mejores versos y las colaboraciones son robustas e
inmejorables. El final de “Angel Duster” con un solo de piano de casi dos
minutos es un pasaje que aún no ha sido superado hasta ahora, mientras que el
coro psicodélico de “Early” es algo que Travis Scott está aún a varios años de
igualar. Menudo golpeteo de cabeza para nosotros que aún queremos todo ya
digerido.
Pistas Favoritas: “Jeopardy”, ”Close Your Eyes (And Count to Fuck)”, “Early”, “Angel Duster”.
Deftones – Diamond
Eyes (2010)
Es verdad y no los culpo,
Koi No Yokan fue mejor disco de los Deftones que Diamond Eyes.
Pero aquí encuentro algo que necesitaba decir y espero que se me disculpe esta
excepción (la primera de unas cuantas que verán en esta lista). Y es que,
mientras la banda aún estaba expectante por la mejora de su bajista Chi Cheng
que quedó en coma (y posteriormente murió) debido a un accidente, Chino Moreno
y compañía necesitaban desenajenarse del sonido clásico de la banda e intentar
algo diferente. Aunque no lo lograran del todo, si pudieron regalarnos un mar
de guitarras y riffs pesadísimos con pasajes electrónicos formidables sin
perder en absoluto la integridad original de la banda. Aún existe ese sonido característico
de Around the Fur y de White Pony en pistas como “CTRL / CMND” o
“This Place is Death”, pero el Shoegaze es la puerta liberadora en “Diamond
Eyes” o “Beauty School”. Chino Moreno encontró una forma increíble de procesar
su voz como nunca. Todo esto no sólo repetirían en Koi No Yokan o en Gore,
lo mejorarían y lo llevarían a un punto de equilibrio que le permitió a la banda
darse un segundo aire más que necesario. Y a nosotros tres discos inmejorables
al hilo. Quizás Diamond Eyes peque de ser simplón y un poco carente de
emoción, lo que sin duda es falso, pero su figura como parteaguas en una nueva
etapa de la banda es indiscutible, y puede ser que aquí se encuentre la esencia
original de lo que hicieron estos últimos años. Así ya suena mucho mejor.
Pistas Favoritas: “Diamond
Eyes”, “Beauty School”, “Sextape”, “This Place is Death”.
Bon Iver – 22, A
Million (2016)
El paso de estos años fue
bastante bizarro en comparación con la década pasada. No sólo el Rock fue
relegado a un plano secundario muy inferior al que estaba acostumbrado, sino
que tuvimos una evolución astronómica en cuanto al Folk. Por supuesto, Justin
Vernon fue quien nos dio el avance y el respiro que necesitaba. Desde su debut,
Bon Iver era una banda fuera de lo común. Con su Bon Iver demostraron
que las melodías primorosamente hechas no eran casualidad, y en 22, A
Million lograron dar el salto a un sonido que aún ahorita sigue adelantado
a su época. El uso de samples, de los beats casi Hip Hop, y de la voz de Justin
Vernon como fuente inagotable de atmósfera volvieron a este disco el mejor
ejemplo de composiciones por demás personales pero con una entrega épica y
desmedida. Los sintetizadores se mezclan con los pasajes Soul como peces en el
agua y en ningún momento se sienten forzados. Hay baterías gigantes y guitarras
mínimas como si sólo entregaran melodías de lejos. La tercera parte en su
tetralogía de las estaciones, 22, A Million era el verano tan necesario
en la vida de Vernon, y que acabó resposada y desinteresadamente en i,i hace
unos meses. También una epopeya en la vida, o en un año, de la vida de cualquiera
de nosotros.
Pistas Favoritas: “22 (Over
Soon)”, “29 #Strafford Apts”, “666 (Upsidedowncross)”, “0000 (Million)”
Michael Kiwanuka – Love
& Hate (2016)
De entre todos los
crossovers posibles para estos años, los más exagerados siempre fueron los que
tuvieron más atención. Cuando Kiwanuka llegó con un Soul reposado y un tanto
neblinoso, la verdad es que no tuvo la repercusión que uno esperaría de una
obra de esta calidad. La razón es sencilla, Kiwanuka crea piezas que son
maravillas de la composición pero que figuran en un plano mucho más minimalista.
Bueno, si diez minutos de “Cold Little Heart” es minimalismo, está a la opinión
de cada quién. Pero volviendo a esta canción, sin duda una de las mejores de
esta década fue, precisamente, “Cold Little Heart”. Con un intro de Big band
que deja helado a cualquiera durante más de cinco minutos, la voz melódica y el
Folk se mezcla con la producción no ortodoxa de Danger Mouse. Con coros
abrumadores, guitarras crudas, y efectos casi infantiles de acompañamiento, por
decir algo. Love & Hate no sólo tiene ese aire de que estás hablando
posiblemente con una leyenda de antaño del Soul, sino que tiene ese elemento
moderno que lo vuelve algo atemporal. La alta fidelidad estuvo muy abandonada
en estos días, y Kiwanuka la retoma para crear piezas concisas y, ciertamente
entrañables. Pequeñas cartas al corazón, indelebles. Y muy gratificantes,
también.
Pistas Favoritas: “Cold
Little Heart”, Black Man in a White World”, “Love & Hate”, “Father’s Child”.
Enrique Bunbury – Las
Consecuencias (2010)
Bob Dylan estuvo presente
en esta década de maneras que nadie se imaginó. La menos obvia, creo yo, fue
con este disco de Bunbury. Tengo un gusto por los discos de Bunbury que siempre
me ha costado defender. Yo sé que el tipo puede caer mal, que peca de
pretencioso, pero nadie ve que la calidad de sus discos debería hablar por sí
misma. Bunbury inició una nueva etapa mucho más orientada al Rock convencional
cuando fundó Los Santos Inocentes en el super álbum que es el Hellville
DeLuxe. Entonces, dio un giro de ciento ochenta dos años después con Las
Consecuencias. Es difícil grabar al trovador con su guitarra americana y
que siga sonando perfecto, eso sólo en la cuestión técnica, si las canciones
son buenas en todo aspecto es cosa aparte, y el reto se intensifica. Bueno
pues, Las Consecuencias cumple estos dos requisitos, y con creces. Hay
brillantez, como en “El Boxeador”, y explosión catártica como en “Es Hora de
Hablar”. Todos en su justa medida. Los momentos tranquilos son también pequeñas
joyas, como el piano ligero de “Nunca Se Convence del Todo a Nadie de Nada”, o
la guitarra de “Frente a Frente”. Podrán criticarle lo que quieran, pero
Enrique aún puede hacer discos buenísimos. Por supuesto, Expectativas no
fue la excepción.
Pistas Favoritas: “Las
Consecuencias (Asustar Un Poco)”, “Frente a Frente”, “Es Hora de Hablar”, “Nunca
Se Convence del Todo a Nadie de Nada”.
Foals – Holy Fire (2013)
Foals ha tenido un lugar
un poco extraño dentro del panteón del indie rock de estos años. Han hecho
música de manera continua durante diez años y toda ha tenido un sello estándar
de calidad que los deja como una banda de la que no se puede esperar nada malo.
Sin embargo, con Holy Fire aún estaban en la expectativa de todos y no
sólo renovaron su propio sonido math rock abriéndolo a espacios más
convencionales, también nos dejaron su obra más completa hasta la fecha. Con
sencillos potentes, licks de guitarra pegajosos y una batería infranqueable, el
álbum completo tiene una organicidad y un aire de ingenuidad que, a pesar de
que es una mera apariencia, jugó a su favor como no lo volvió a hacer en sus
próximos trabajos. Los ritmos bailables y las baladas (nada melosas) dan una
secuencia muy buena para un indie rock que en cualquier otra banda hartaría de
inmediato. Aún hoy suena fresco, y sigue siendo una postal de que los tiempos
vertiginosos para la música aún estaban por venir.
Pistas Favoritas: “Inhaler”,
“My Number”, “Late Night”, “Milk & Black Spiders”.
Nick Cave and The Bad
Seeds – Ghosteen (2019)
La canción de autor
estuvo muy abandonada en estos años. Vimos la pérdida de Leonard Cohen, Lou
Reed, y Bob Dylan lleva ya muchos años haciendo sólo discos de versiones de
Sinatra y compañía. Con un Nobel, sí, démosle el beneficio de la duda. Por eso,
cuando Nick Cave inauguró un nuevo sonido en el Abattoir Blues después
de un infructífero Nocturama, esta década vio no sólo una refinación,
sino una propuesta impresionante. En una revista leí, cuando salió Ghosteen,
que si uno tenía la sensación de que Nick Cave llevaba ya varios años haciendo
el mismo disco no era fortuito. Pero la afirmación es engañosa, porque, aunque
desde el Push the Sky Away hemos visto a Cave en un estado de trance, ni
de cerca Skeleton Tree o Ghosteen son el mismo. El mismo Cave
dijo que eran una trilogía, con dos de ellos permeados por la muerte de su
hijo. Por eso, con una culminación con Ghosteen, Nick Cave entregó el
que es el mejor disco que ha hecho casi en décadas. Los pasajes ambient y la
voz en falsetto de Cave lo vuelven un álbum muy peculiar. Disco doble, porque,
aunque cabe perfectamente en un solo CD, está estructurado de esa manera, es un
hueso duro de roer, muy a pesar de su encanto hipnótico. Una parte relacionada
con “los niños”, otra con “sus padres”, y fue descrito como un “espíritu en
migración”. La verdad es que no es un álbum fácil de escuchar. En los tiempos
volátiles en los que vivimos, Ghosteen necesita prácticamente toda
nuestra atención. Desde “Spinning Song” y sus referencias a Elvis: “It was a
spinning song about the King of Rock and Roll”, hay cierto tono en la voz
de Cave aparte de la obvia familiaridad, y más bien intenta decir algo por sí
misma. No es la habitual vigorosidad de su talante de siempre, y para el final,
con su falsetto inesperado, podemos abandonar toda certeza de que estemos ante
el Nick Cave de siempre. “Bright Horses” tiene uno de los mejores versos que
jamás haya escuchado en todas sus grabaciones, y tanto “Ghosteen” como “Sun
Forest” tienen unos de los mejores pasajes instrumentales que haya hecho en su
carrera. Monolito difícil de digerir, pero cálido y esperanzador en su debido
momento, eso es Ghosteen.
Pistas Favoritas: “Spinning
Song”, “Bright Horses”, “Sun Forest”, “Ghosteen Speaks”, “Ghosteen”.
The War on Drugs – Lost
in the Dream (2014)
“Lost in the dream, or
just the silence of a moment… it’s always hard to tell.”
Vaya frase para casi despedir un disco. Es cierto que, al igual que la canción
de autor, la innovación en cuanto a la instrumentación estuvo muy abandonada en
el mundo del rock. Es por eso que, cuando Adam Granduciel inauguró un sonido
por demás inusual en una grabación de esta década, aún había cosas que
detallar. En sus grabaciones pasadas, The War on Drugs tenía una esencia muy
particular, un sonido con raíces profundas del blues, sí, y una coraza clavada
en el Shoegaze y el Dream pop completamente inesperada. Uno era casi la
antítesis del otro y, aún así, emergió un estilo que aparte de necesario, era
revitalizador. Cuando el Lost in the Dream llegó a mis manos, no fue
precisamente un ejercicio intelectual de encontrar nuevas y exóticas cosas, fue
casi una confesión de fe, con perdón de Fitzgerald. Tenía la referencia
de hacía unos meses, y me tomó años en volvérmelo a topar. Para entonces, ya
casi estaba todo dicho. Porque fue difícil encontrar un disco que empatara con
un momento y un lugar tan exactamente con mi vida como lo hizo este.
Sentimentalismos de lado, el álbum es una obra maestra. Los pasajes densos,
cargados de instrumentos, de efectos, de filtros, son una maravilla. Cada
canción se toma su tiempo para desglosarse, y la atmósfera melancólica vertida
por la depresión de Granduciel sólo lo hacen tan enigmático como imponente.
Desde las primeras notas de la guitarra en “Under Pressure” y el piano que da
inicio a la parte rítmica, hay una sensación de belleza y de vaguedad muy
profunda y tranquilizadora. Sus casi nueve minutos pueden sonar a exceso, y
aunque al final casi lo es, casi, ojo aquí, no obstruye ni cansa como uno lo
esperaría. Uno de los talentos de Granduciel en esta grabación fue precisamente
lograr que una sucesión de canciones muy larga se sintiera como un respiro. Los
sintetizadores arrasan en el subidón que es “Red Eyes” y la calma vuelve para “Suffering”.
Los loops de batería se fueron haciendo convencionales en la industria poco a
poco, por eso en “Disappearing” el mismo patrón de ritmo se repite
infinitamente, mientras una armónica procesada le da el toque orgánico
necesario para embellecer la pista. Lost in the Dream tiene dos partes
muy importantes, una orgánica y otra artificial. Una y otra se pueden
ejemplificar con las influencias que Granduciel puso para este álbum. Desde Bruce
Springsteen, Fleetwood Mac, Tom Petty y los clásicos del Heartland rock, hasta
el New wave y el Post punk de Tears For Fears, Joy Division, My Bloody Valentine,
Spacemen 3. El estilo brilla por sí mismo, y logra un sonido difícil de emular
nuevamente, salvo por Granduciel. Cualquier intento por hacerlo sonará a
imitación por demás barata. La fórmula funcionó bastante bien, al punto de que
en A Deeper Understanding el sonido no cambió demasiado, y quizás sólo
se volvió una entrega más amigable y compleja de lo que Lost in the Dream fue
en su momento. De cualquier manera, los discos y las bandas hechas por un solo artista
brillaron más que cualquier otro tipo de agrupación. Tame Impala, Jack White,
Nine Inch Nails, Ghost, Bon Iver, etc. Son el ejemplo más claro de que quizás el
concepto de grupo como lo conocemos también está mutando. En fin, Lost
in the Dreams se merece más flores que las que le dieron después de que
salió. Un retrato de una era, que suena orgánico y robótico, extraño y deslumbrante,
como un clásico en todo su esplendor.
Pistas Favoritas: “Under the
Pressure”, “Disappearing”, “Burning”, “Lost in the Dream”, “In Reverse”.
Reseña de A Deeper Understanding original en el Blog.
Reseña de A Deeper Understanding original en el Blog.
Kendrick Lamar – To
Pimp A Butterfly (2015)
A estas alturas ya no hay
mucho que no se haya dicho sobre To Pimp A Butterfly. Que es una obra
maestra de esta generación, sí. Que es el mejor disco de Rap en muchos años,
pudiera ser. Que Kendrick es el mejor rapero vivo, pero claro que sí. En
verdad, las listas de lo mejor de la década estaban encabezadas por este disco.
Y es que, el componente artístico es algo que se fue por los cielos con este
álbum. Siempre hay un problema con la falta de identidad en las grabaciones.
Hay una idea de la pertenencia que tienen todas las bandas pero que muy pocas
veces sacan a relucir. Está en una primera etapa la identidad de la música que
tocan los intérpretes, el músico tiene que creerse lo que está tocando. Luego
está la compenetración con la banda misma, si es que la hay, no sólo tiene que
haber una interacción coherente, los músicos tienen que funcionar como una sola
entidad. Esto es más difícil de conseguir. Luego, está la cuestión del género
musical, los artistas tienen que estar dentro de no sólo que hacen con sus
instrumentos, la existencia de un estilo y de su pertenencia a él es algo que
ni el más pretencioso de los pedantes puede negar por más que se harte de las
etiquetas. Logramos un nivel de pertenencia del estilo y vamos más arriba. Entonces,
llega la parte difícil. La pertenencia con una cultura se trastoca cuando no
tenemos idea de cuál es el contexto en el que nos movemos. Por eso muchos
músicos se oyen falsos como el invierno en Monterrey cuando tocan, porque
aunque conecten entre ellos, con su estilo, no conectan con una cultura, que es
a lo que apela cualquier forma de arte, o debería hacerlo. El contexto
sociocultural es de lo más importante, porque garantiza una sinceridad ante los
demás necesaria para lo que le llaman, afinidades selectivas. Y,
finalmente, la conexión con un tiempo y un espacio determinados. El arte es un
reflejo de su tiempo, y más allá de ser una mera imagen a semejanza, debe
también ser parte del motor que lo haga avanzar. Bueno, pues después de todo
esto, Kendrick no sólo conecta con cada parte de la identidad musical que
enlisté, crea su propia identidad. Le da nombre a un tiempo, lo
describe, lo contempla. Pero no queda ahí, lo expone como parte de su propio
contexto personal, el cómo más allá de lo que uno cree que le aporta a la
sociedad misma, el exterior nos moldea para ser quienes somos en realidad. Las
políticas raciales en Estados Unidos durante estos años, la retrospectiva de la
cultura afroamericana no sólo como raza en un espacio particular, sino como mismo
motor de la historia. Y motor de Lamar, más allá de cualquier otra cosa. Porque
en Good Kid m.A.A.d. City Kendrick ya nos daba un retrato de su vida en
Compton, de forma casi cinemática. Bueno, pues en To Pimp A Butterfly
nos da el retrato de una época completa. Imperfecta. Y de cómo no sólo crea y recrea
la cultura afroamericana, sino de cómo tiene que ponerse en contexto para
entender lo que en verdad está pasando para alguien como Kendrick en estos
tiempos convulsos. No es sólo una reafirmación u homenaje barato de la
identidad, es precisamente la imagen de toda una raza puesta en perspectiva,
aunado con el mensaje de salud mental y de la fotografía (o varias) de la
psique de Lamar en ese momento. Más allá del cóctel de música negra que
Kendrick escoge para transmitir, porque, y no es broma, prácticamente toda la
música afroamericana tiene un lugar aquí. Con sus altos y bajos, con su
pertenencia a la misma como potencia creadora, como debe ser para crear no sólo
clásicos, sino precisamente, la instantánea que dice más de mil palabras.
Eso es To Pimp A
Butterfly. Probablemente el mejor álbum de toda esta década.
Pistas Favoritas: “Wesley’s
Theory”, “King Kunta”, “These Walls”, “Alright”, “i”.
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